Alberto Giordano, El tiempo
de la convalecencia. Fragmentos de un diario en Facebook. Barcelona:
Kriller71.
Alberto Giordano, El
tiempo de la improvisación. Avinyonet del Penedès: Candaya, 2022.
El diario desde
Giordano
Algunos libros relevantes nos obligan
a repensar y cuestionarnos cómo dialogar con ellos, de qué manera establecer el
debate, cómo forjar una escritura especial, vertebrada al caso, que
propicie el encuentro. Al principio pensé en darle a esta entrada la forma de
un diario de lectura, pero dos razones me convencieron de abandonar la idea: la
primera, que la metalectura de una metalectura es acaso un rizo gratuito; la
segunda, que ya lo había hecho antes.
*
Este texto no tiene por objeto
comentar los detalles ni los motivos, el fechado o el argumento de los dos
libros de diarios publicados en España del escritor y crítico argentino Alberto
Giordano; precisamente el esclarecimiento del primer término —la consideración
del autor sobre si es escritor, o cómo lo sería—, es parte del proceso
intelectual recorrido, que diríamos que se abre en El tiempo de la
convalecencia y se resuelve en El tiempo de la improvisación. El
término “convalecencia” es clave para entender por qué nace, tras una depresión
de Giordano, el impulso de escribir un diario en la red social Facebook. La
lectura del primer volumen me ha recordado esto de Rosa Martínez: “Alguien
tan reconocido como Matisse empezó a pintar durante un largo período de
convalecencia y durante toda su vida prestó sus cuadros a amigos enfermos para
que la visión de sus formas sensuales y placenteras calmara sus angustias”. Tampoco
vamos a entrar en el tema de la escritura como terapia, ni en el mucho más jugoso
de si la terapia es una escritura. Entonces, ¿de qué vamos a hablar, y por qué
durante tanta extensión?
*
Pues vamos a problematizar el
diario como género literario desde los diarios de Giordano, porque su
archi-autoconciencia de practicante de la “escritura del yo”, dentro del
presente “giro autobiográfico” (término inventado, o acuñado, por el propio
Giordano), nos permite una atalaya privilegiada para atisbar algunas ideas
sobre el género, al que he sido aficionado episódico por motivos profesionales
—para extraer, digámoslo claro, de la escritura menor de los grandes autores
pistas relevantes acerca de sus obras mayores—. Una precisión: si todos los
diarios que uno ha leído fueran como los de Giordano, uno hubiera sido adicto
al género. Pero la brillantez constante, salvo algunos casos de todos conocidos
—Rilke, Gide, Virginia Woolf, Jules Renard, Julio Ramón Ribeyro, etc.—, es una
rarísima excepción dentro de un mar de inanidad circunstancial. Siempre he
pensado que la grandeza de la microescritura se refugia más bien en el
dietario, género “más proclive
al ensayo de estirpe fragmentaria y la divagación dispersa” (Jordi Gracia) que los escritores sólo practican cuando se
sienten inspirados —Valéry, Cioran, Quignard, Martín Gaite, Ramón Andrés, etc. —,
y no viene lastrado por esa costumbre obligatoria, algo mecánica en la mayoría
de las ocasiones, del diario.
Esto es algo que pasa con las
escrituras del yo, si empiezas no sabes dónde acabas: el párrafo anterior lo
comencé hablando de Giordano y lo he terminado hablando de mí. Intentemos
corregir el tiro: les decía que la archiconsciencia de Giordano nos permite
abordar el género porque, como él mismo dice (El tiempo de la convalecencia,
p. 67), “la auténtica teoría de las escrituras de sí mismo es su práctica,
reflexiva e irónica”. Así que lo que van a leer ustedes es una especie de metaescritura
del yo, pero el yo no va a ser el mío, o casi nunca lo será, sino el
de Giordano, a quien se lo tomo prestado por unas páginas. ¿Recuerdan aquel
memorable caso, comentado por Andrea Valdés en Distraídos venceremos. Usos y
derivas de la escritura autobiográfica (Jekyll & Jill, 2019), del
escritor brasileño Carlos Sussekind, quien tomó los diarios inéditos de
su padre y los reescribió como propios? Pues haremos algo así, sin el drama
humano radicado en aquel alucinante hito de la autoescritura.

Al recorrer los apuntes de
Giordano, poco a poco van apareciendo personas, algunas para volatilizarse y
otras para permanecer. El motivo ya lo expuso Walter J. Ong: “Incluso en
un diario personal dirigido a mí mismo, tengo que crear al destinatario. De
hecho, el diario requiere, en cierta forma, la invención máxima de la persona
que habla y de aquella a la cual se dirige.”. Dentro
de sus creaciones subjetivas, primero aparece el Giordano normal, que es
convenientemente expulsado de los libros, al quedar convocado sólo el Giordano
brillante; el ciudadano vino para quedarse en el banquillo y ver jugar a los
demás. Luego, aparece el autor consciente de que está escribiendo “sucesivas
pérdidas”, bajo la conciencia, cada vez más clara, de que “todo diario es
diario del duelo” (El tiempo de la convalecencia, p. 62). Esto, de
inmediato, hace surgir al tercer Giordano, el que de verdad mueve esta
escritura: el Giordano futuro que, desde una fingida retrospectividad,
va eligiendo aquellos momentos del presente del diario que el Giordano diarista
considera que son los salvables, los que merecen recuerdo. Una especie de
espectro (de la escritura) por venir que vuelve fantasmática la decisión de
seleccionar lo diariable, lo anotable.
El acierto literario no depende
de que sean esos al final los hechos que derivarán acontecimientos. Imagino que
el acierto personal sí, pero esa puntería íntima ya preocupa solo al diarista,
no a sus lectores.
Y luego, en última instancia,
aparecen todas las personas vivas o muertas —espectros de otro tipo— sobre quienes
Giordano escribe, reflexiona, acecha o merodea, que no pocas veces arrojan
momentos memorables, por la esquinada inteligencia con que son abordadas:
recordemos que Giordano sabe que lo miran.
*
Una de las fortalezas de Giordano
es la madura calma con que confirma sus debilidades.
*
“Pienso con frecuencia en la
palabra Nada, escrita por Luis XVI en su diario en la fecha que iba a señalar el
comienzo de su agonía: 14 de julio. Todos estamos en su caso, no distinguimos
el comienzo exacto de nuestra decadencia”; Emil Cioran, Cuadernos.
*
Mientras que los diarios
procedentes de la propia cultura nos generan siempre la tentación de tomar una
postura —conozco eso y no me gusta, comparto eso, disiento siempre de aquello—,
la intimidad individual / sociológica del diario escrito en otros imaginarios
—y las latinoamericanas son culturas distintas, también entre ellas— produce la
sensación de asomarse a costumbres, posibilidades o miradas que no pueden
compartirse ni rechazarse, que no mueven a tomar partido o sentir familiaridad.
Esto, lejos de ser un problema, conlleva una enorme riqueza: quien lee adquiere
una especie de vida vicaria, como si el yo del diarista fuese el personaje de
un videojuego que se vive en primera persona —la de quien escribe el diario—,
pero que sucede en un mundo ignoto, cuya realidad se clausura en el momento
mismo en el que acontece.
En términos narratológicos, cada
entrada de diario íntimo es un vistazo a un mundo posible.
*
Uno de los méritos literarios
que estimo más dignos de encomio es el de crear una sensibilidad personal,
única, no transmisible ni equiparable a otras, lograda en exclusiva a través
del texto. Kafka le preguntaba a Milena si sería posible enamorar mediante la
sola escritura; análoga cuestión cabe respecto a la conmovesión, la
capacidad universal de conmover.
La sensibilidad extrema y
singularísima, de sabio frustrado, que logra Giordano, en ocasiones descarnada
y a ratos de una ternura radical que no molesta —porque no es cursi, ni
estratégica, ni bobalicona—, me parece un hallazgo literario de primer orden.
Algo que lo convierte a él, de forma irreversible, en escritor, aunque él
quiera arribar a la postautonomía y vindicar la persona real (improvisación,
p. 99). Demasiado tarde, profesor: ya pasó de estudioso a estudiado, y ese
paso no puede deshacerse, no depende de la voluntad autorial. Es el riesgo de
publicar libros: se corre el peligro de devenir escritor, aunque suceda muy pocas
veces.
Esa hiperestesia de Giordano es
ya parte de mi propio bagaje emocional. Quiero decir que en mi futuro aguardan momentos
Giordano que reconoceré cuando los alcance. Y tendré que volver a estos
textos, al yo de Giordano, para entender el mío.
*
“En su diario lo
ha contado de otra manera. No puede contar la verdad, tan deshonrosa. Esta vez
no escoge las palabras con cuidado, ni si esfuerza en mejorar su letra, como
hace normalmente. Escribe rápido, con precipitación, sintiéndose aliviada según
rellena la hoja, pero muy mal cuando acaba y relee lo escrito. Las frases son
contradictorias, están llenas de mentiras que son como aristas, de tanto como
pinchan.”; Sara Mesa, Cara de pan;
Anagrama, 2018, p. 103.
*
Giordano es a veces severo en
sus juicios, casi siempre crítico, puntilloso y en alguna ocasión, implacable.
Pero lo que despierta inmediatamente mi simpatía es que jamás es mezquino.
*
Porque, a fuerza de retratarse, la persona que sostiene un diario
acaba, afortunada o desgraciadamente, por aparecer.
“Dicho con otras palabras, el novelista arriesga su prestigio
artístico, el autobiógrafo, además, su crédito como hombre.”; Manuel Alberca, La máscara o la vida. De la autoficción a la
antificción; Pálido Fuego, 2017, p. 237.
Iñaki Uriarte, o más bien su personaje, no me cayó nada bien cuando leí
sus exitosos Diarios 1999-2010 seguidos de un epílogo (Pepitas de
Calabaza, 2019). Se supone que ese no debe ser el objetivo de un libro, caer
bien o mal al lector; pero cualquier diario, pese a sus considerables dosis de
ficción, entra voluntaria y fatalmente en ese juego. Me sucede con
Uriarte como a Giordano con Piglia: algo chirría, algo me escama. No puede
negarse que en los diarios de Uriarte abundan los momentos interesantes. Frases
y párrafos ingeniosos, perlas brillantes, citables sin dificultad, que
compensan en parte el largo esfuerzo de lectura, pero. Pero. Uno se pregunta si
esa inteligencia no hubiera corrido mejor suerte en otro género —por ejemplo,
el ensayo— donde la posible antipatía ante el posibilismo del autor y sus
estudiadas poses no se erigiera como inexpugnable farallón de resistencia.
El Tomás Sánchez Santiago que aparece en El murmullo del mundo (Trea,
2019), por el contrario, me agradó en extremo; he ahí alguien de quien uno
podría ser amigo —hablo del personaje, al autor no lo conozco; y así está bien,
me ahorro la posibilidad de la decepción—. Leí y leí páginas y notas de sus
diarios, y más páginas y más notas, hasta que llegó un momento en que dejé de
leer, porque ya tenía suficiente: ya había entrado en su mundo, al que vuelvo
de cuando en cuando en las entradas nuevas de Los
cuadernos pálidos que va publicando Sánchez Santiago en El Cuaderno.
Por suerte, los diarios no son objeto de mi trabajo académico; eso me permite
espigar, no completar, picotear aquí y allá sin culpa. El estilo de Sánchez
Santiago es demorado, reflexivo; el ingenio es controlado por una tendencia
natural de su autor a huir de lo superficial y anclarse en otro espacio sólo
aparentemente menor, ese murmullo intrahistórico al que apela en el
título de su recopilación.
*
Otra ventaja de los diarios de Giordano es la contención: tienen un
tamaño justo, asimilable.
Con los diarios extensos llega —o me llega— un momento en que sucede
aquello que apuntaba Savater respecto a La montaña mágica: sí, el guiso
es estupendo, y el primer día paladeas tres platos de lentejas; al día
siguiente tienes por delante más estupendas raciones de lentejas, que saben
igual que ayer —ese es para mí el problema de los diarios, su homogeneidad
estilística, la ausencia de sorpresa, sus escasísimas variaciones de forma—,
y sabes que mañana te esperan otros dos o tres platos rebosantes, y, al cuarto
día más lentejas…
No niego que el problema esté en mí, que sufra una especie de urticaria
ante lo autobiográfico extenso. Lo siento, pido disculpas universales. Quizá
por ello digiera mejor los tomos cortos, como Envejece un perro tras los cristales, de Horacio Castellanos Moya (Literatura Random House, 2019), o las
selecciones breves de diarios que publica José de Olañeta Editor, donde la
literariedad consustancial a los diarios (Álvaro Luque)
se muestra en su máximo esplendor. En mi personal y me temo que muy
solitaria opinión, los diarios íntimos ganan cuando se publican en una exigente
selección, antologados por personas distintas de sus autores.
Quizá un diario íntimo es como la vida: sólo merece la pena pasar el
trago de aguantarla por entero para vivir los momentos interesantes si eres el
protagonista.
*
Leer a Giordano despierta una
elucubración con posible fundamento: uno de los problemas de la crítica
cultural es la interrupción constante del análisis a causa de la amistad o la
camaradería. De lo que resulta que el crítico ideal es una persona formada y
brillante carente de amigos, conocidos o enemigos en el campo literario. Tiendo
a pensar que tal espécimen no existe, porque el extraneus, con su
primera reseña, ya gana un amigo o un enemigo, y ustedes deben conformarse con
los escombros; es decir, con nosotros.
*
“Un periodista italiano [...] de
visita en París, a mediados de los años cincuenta, tenía la intención de
entrevistar al famoso novelista, pero no pudo hacerlo. [...] Al fin una
confidencia de uno de los íntimos le dio la clave de tantas reticencias: Julien
Green era ‘un esclavo de su Diario’. Es decir: no quería verlo porque después
tendría que relatar el encuentro en su Diario, y ése un trabajo por el cual, a
diferencia de su interlocutor, nadie le pagaría. En su afán de sinceridad de
sinceridad, y de no dejar nada fuera del registro escrito, Green había llegado
al punto de cuidarse de tener experiencias nuevas si no estaba seguro de
antemano de que no iba a tener problemas para escribir sobre ellas”; César
Aira, Las tres fechas; Beatriz
Viterbo Editora, Rosario, 2001, pp. 80-81.
*
Lo único imperdonable de El
tiempo de la improvisación es que Giordano confiese en cierto apunte que le
encanta una canción de La oreja de van Gogh.
Hasta ahí podíamos llegar.
*
Supongo que alguno de los muchos
estudiosos del diario habrá apreciado lo que podríamos denominar la ley de
rendimientos crecientes del género. No he leído miles de diarios, pero me
ha parecido apreciar que los diaristas dan sus primeros pasos en el camino de
forma sintética, espigando lo mejor, y luego sus pequeños volúmenes van
engordando el número de páginas, sobre todo cuando ya tienen claro que van a publicarse
en libro. El tiempo de la convalecencia tiene 134 páginas, y El
tiempo de la improvisación, pese a abarcar apenas seis meses más de
cronología vital, llega hasta las 332.
Las causas de esta ontología
crecientemente desatada se me escapan, por no ser especialista, pero imagino
que una de las claves puede ser el autoposado. Saco la expresión de una
anécdota que alguien me contó de los diarios de Trapiello. Según mi interlocutor,
que supongo veraz, Trapiello malignamente retrataba a un por entonces joven
poeta español que intentaba ser ingenioso a toda costa en su presencia;
Trapiello sugería que el vate estaba posando para su diario, para salir
favorecido en él.
De acuerdo, pero también sería
necesario hablar del diarista que posa para sus propios diarios, que deja de
vivir en primera persona para desarrollar una existencia adecuada para
aparecer favorecedoramente en su diario, aunque no carezca de autocrítica.
De hecho, si de cuando en cuando no se perpetrara autolesiones, ¿cómo podría un
diario ser favorable?
Pensar en la performance continua
del diarista, su permanente acción (acción de acciones) artística,
materializada en la documentación posterior de la vida literaria. El diario
como catálogo de una exposición, de la autoexposición.
*
Poses.
1) “Y ¡ojo con caer en el diario! El hombre que da en llevar un
diario -como Amiel- se hace el hombre del diario, vive para él. Ya no apunta en
su diario lo que a diario piensa, sino que lo piensa para apuntarlo.”; Miguel
de Unamuno, Cómo se hace una novela;
ed. Teresa Gómez Trueba,
Cátedra, 2009, p. 185.
2) Mariano Peyrou:
-Yo no puedo librarme de la
sensación de estar posando.
-¿Cómo posando?
-El otro día encontré mi
diario de cuando tenía quince años. Estaba en el trastero, buscando otra cosa,
y apareció ahí. En realidad son varios, cuatro o cinco. Luego lo estuve leyendo
y me pareció terrible.
-¿Por?
-No sé, es totalmente falso.
Es eso de la pose que te decía. [...] No sé cómo explicarlo, Pola, pero sé que
nunca he posado tanto como en mi diario. Y mira que he posado. Y posar en un
diario, en el diario íntimo, es especialmente patético.
3) “Pienso que éste es el peligro de llevar un
diario: se exagera todo, uno está al acecho, forzando continuamente la
verdad.”; Jean-Paul Sartre, La náusea;
traducción de Aurora Bernárdez, Unidad Editorial, 1999, p. 15.
*
El 18 de junio publico esto en
Twitter, directamente sacado de la página 74 de El tiempo de la
convalecencia:
Pero ahora, en El tiempo de
la improvisación me encuentro lo siguiente: "releyendo los Diarios
de Ángel Rama, encontré citada esta máxima de Carlos Real de Azúa: 'La crítica
también es el arte de saber cambiar de tema’" (p. 188). ¿Rama? ¿José Pedro
Díaz? ¿Carlos Real de Azúa?
Empiezo a pensar que la frase es
del propio Giordano, que en cada nuevo texto se la va atribuyendo azarosamente
a un autor distinto.
*
El frecuente y agudo sentido del
humor de Giordano me recuerda aquello que escribió Piglia: “El diario, sin
duda, es un género cómico” (Crítica y ficción; Anagrama, 2001, p. 91).
Pero su género, quizá el de toda expansión intimista, es más bien la
tragicomedia. Y ese es su más claro y directo anclaje con la experiencia vital.
*
Giordano me escribió diciéndome
que tenía interés en que leyese El tiempo de la improvisación. Supuse
que era por mi condición de crítico. Sin embargo, leyendo algunos pasajes, me
surgió una intuición oscura: “¿Y si Giordano quiere que lo lea para que
aprenda? Ignoro si esa era la razón, pero lo cierto es que he aprendido.
*
Quienes escriben dan a sus
herramientas de publicación funciones muy distintas. Mientras Giordano es
consciente de practicar en Facebook primero y sus libros después el “intimismo
espectacular” (improvisación, p. 64), en la línea de la extimidad
de Foucault y Paula Sibilia, Tomás Sánchez Santiago utiliza la web de El
Cuaderno para irradiar un diarismo a la antigua usanza, por completo
autista frente a su condición de work in progress cibernética realizada
en tiempo real ante un indeterminado número de personas. El tratamiento de
alguna de sus esquirlas no es muy distinto del que reciben sus poemas editados en
libro.
Giordano sabe que “El diario íntimo constituye la
quintaesencia de la literatura autobiográfica, su manifestación más genuina y
consustancial, aquella que permite —por la inmediatez de la escritura— una
mayor espontaneidad en la exteriorización del yo” (Anna Caballé),
y que, por lo tanto, es normal en él una calculada ligereza, nunca
superficial ni despojada.
Sánchez Santiago escribe su
diario como si cada anotación fuera a esculpirse en piedra; hasta su relato de
sucesos cotidianos o encuentros casuales se encarna en un estilo inmemorial. No
se busca la comunicación, como apuntaba Hans Rudolf Picard, sino la literatura de
antes, una especie de clasicidad.
Giordano utiliza un presente que
mira hacia el futuro, en un estiramiento anacrónico que se explicita a veces,
como cuando piensa en su hija leyendo El tiempo de la convalecencia cuando
él ya no viva. Sus posts en Facebook saben que acabarán en libro, y esos
libros en relecturas, movidas por el afecto personal o el rigor académico.
Sánchez Santiago, en cambio, nos
escribe siempre desde un presente que sucedió en el pasado.
*
Gracias a Giordano descubro una
dimensión del diario en la que no había reparado: la de la escritura íntima
como “cuidado de sí” (improvisación, p. 155), expresado por Rodolfo
Rabanal de este modo: “escribo para mi bien” (citado en convalecencia,
111). Luego, en mis notas de lectura, descubro que María Moreno ya nos lo había
contado en su momento: “Las autobiografías, según Alberto Giordano, son ‘ejercicios
espirituales laicos y cuidado de sí bajo la forma autobiografía’”. El
ordenador como suplemento de la memoria.
Es decir, con palabras de Jacques
Derrida, el diario puede ser parte de un movimiento inmunitario, “un movimiento de salvación, de salvamento y
de redención”,
que corre el riesgo de volverse auto-inmunitario. Pero qué duda cabe de que,
mantenido dentro de unos límites, su ejercicio debe ayudar, y a Giordano parece
haberle ayudado.
*
Otra de las felicidades de
Giordano es su habilidad para acuñar sentencias fulminantes en el núcleo de
párrafos digresivos: “Cuando la alientan mandatos superyoicos, la crueldad de
la imaginación se vuelve exuberante” (improvisación, p. 189).
A ratos pienso que la puntual
dureza de Giordano puede ser un mecanismo para esconder su radical necesidad de
sentirse necesitado —esto se advierte en pequeños detalles reveladores, como
cuando atesora una reseña de El tiempo de la convalecencia porque el
reseñista la define como “querible”—. No sé si detrás de un crítico se agazapa
una persona vulnerable, que lucha por no parecerlo analizando con fiereza las
capas de mentira discursiva de las demás.
*
Supongo que alguien habrá
formulado la analogía con anterioridad, pero el diario íntimo puede ser una
variante de aquellos antiguos palacios de la memoria que compartimentaban un
edificio imaginario para rememorar mejor un discurso, una suma de conocimientos
o un relato de hechos. También, como allí, sucede la asociación entre el
concepto y el cuerpo, porque el texto siempre es un exocuerpo, una prolongación
de la sensibilidad por otros medios. Al modo de las antiguas técnicas
mnemotécnicas descritas por Frances A. Yates, el diario no es una forma de
olvidar sistemáticamente, sino de saber dónde se puede ir a buscar algo más o
menos real que debió de suceder en el pasado, si es que uno necesita reencontrarlo.
*
Cuando me quedaban tres o cuatro
páginas para acabar El tiempo de la improvisación interrumpí la lectura.
No quería rematarlas. Me defendía de este sentimiento que sabía inminente: el
de terminar los diarios de Giordano y acusar la ausencia fulminante de un nuevo
amigo que, durante un tiempo cuya duración hay que medir en intensidad y no en días,
ha llenado de inteligencia, humor y rabiosa humanidad tus escasos tiempos
libres.
Mi analista interior me dice que
debo seguir, que ya no necesito a Giordano. Y yo me digo que sí, que acaso será
verdad, pero seguir… ¿cómo?
[Relación con el autor reseñado: ninguna. Relación con las editoriales: ninguna]
Mariano Peyrou, De
los otros; Sexto Piso, Madrid, 2016, pp. 38-39.
Anna Caballé, Narcisos de tinta. Ensayo sobre
la literatura autobiográfica en lengua castellana (siglo XIX y XX); Megazul, Málaga, 1995, p. 51.