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domingo, 24 de junio de 2012

Fragmento Dijon

Transcribo una parte de la conferencia impartida en el marco del II Congreso Internacional de la Red de Investigación sobre Metaficción en el Ámbito Hispánico (Université de Borgoña; Faculté de Langue et Communication; Maison des Sciences de l’Homme de Dijon)



Cambio de vida: ser otro. La vida doble en las redes

El nuevo historiador no será humano.
J. P. Zooey, Sol artificial

A continuación vamos a ahondar en el estatuto digital de la imagen privada y en las consecuencias para la identidad, para luego recalar en sus consecuencias autoriales.

El reconocimiento social es una parte del proceso constructivo de la identidad muy importante, y desde el primer momento constituye, como apunta Honneth, no una libertad –como podría pensarse, en el sentido de fundar un espacio político de influencia– sino todo lo contrario, una limitación: “una persona o un grupo es reconocido mediante la aplicación de determinaciones de cualidades o atribuciones de identidad que son experimentadas por las personas o los miembros del grupo como restricción del espacio de juego de su autonomía”[1]. Internet, como exponíamos en Pangea y El lectoespectador, ha terminado con esa identidad cercenada, plantea el reconocimiento en la forma berkeleyana del esse est percipi y propone una posibilidad infinita de recomenzar el juego identitario y de reinventarse desde la otredad digital (seudónimos o avatares) o desde la notredad digital (anonimato). Desde ese punto de vista el ciberespacio aparece como un campo de juegos identitario aunque el juego, en estos temas, suele ser bastante en serio:

En estos tiempos el hombre disuelve su identidad de barro en fluidos perfiles informáticos. Deshace su único nombre en múltiples nicks. Su sexualidad deviene en identificación provisoria con emoticones mutantes. Y cuando el punto G se pulsa en un joystick, en la pantalla explota extasiado un ser que no es ni hombre ni mujer. El retrato estable se disgrega en granos de Photoshop hasta ser otro, y luego otro, en constante devenir.[2]

El estatuto digital, por su volatilidad, por el hecho de estar sometido a la dictadura de lo nuevo y estar marcado por la dificultad de concitar la atención debido a la vastedad de la oferta, necesita ser continuamente renovado. Uno debe actualizarse, contarse mediante updates o actualizaciones de su estado. Como ha explicado Raúl Minchinela, “la narración mediante updates no es sólo una nueva herramienta literaria: es un indicador de nuestro tiempo; el arma que enarbolamos como la modernidad mientras simultáneamente nos borra el pasado inmediato. Convertir tu vida en titulares te aplica el conocido adagio sobre los diarios: no hay un periódico más viejo que el de ayer. Nos estamos quedando sin historias. Eso cabe en un update”[3].

Erving Goffman describió tempranamente en Presentation of Self in Every Day Life (1959), los procesos performativos por los que nos presentamos en público y nos singularizamos identitariamente. A su juicio, el modo de re-presentarnos es muy similar a lo que sucede en la representación teatral: “whatever it is that generates the human want for social contact and for companionship, the effect seems to take two forms: a need for an audience before to try out our vaunted selves, and a need for teammates with whom to enter into collusive intimacies and backstage relaxation”[4]. Interpretación de un papel + interacción personal relajada, estos parecen ser también los resortes que mueven la comunicación en las redes sociales. De hecho, hay incluso aplicaciones informáticas que permiten la creación de una película del yo (http://www.timelinemoviemaker.com/) y de un museo de mí partiendo de la información volcada en Facebook. En la descripción del programa The Museum of Me (http://www.intel.com/museumofme/r/index.htm), se lee: “Esta exposición es un viaje de visualización que explora quién soy”. La impresión que intenta generarse en el internauta / consumidor es que tu vida no sólo es novelable, como decían los antiguos, sino que también es rodable, convertible en espectáculo cinematográfico, y que es digna de guardarse en un museo, como formas santificadoras máximas del egocentrismo de archivo.

El aspecto de la comunicación con los demás apuntado por Goffman, incluso íntima, es más importante de lo que parece. Ya en los primeros tiempos de Internet, Howard Rheingold declaraba que la red “será asimismo un lugar en el que las personas frecuentemente terminen por revelarse a sí mismos de una forma más íntima que aquella a la que les invitan a hacer otras sin la intermediación de pantallas y seudónimos”[5]. Y así parece ser, recordemos el estudio antes citado de Lanchester sobre los blogs y la descarada exhibición de intimidades que caracteriza la parte menos literaria y más relacionada con el diario íntimo de la blogosfera. El resultado de esta intimidad devenida exterioridad o extimidad (Paula Sibilia) es la gestión de la subjetividad propia como si el individuo fuese un Estado y las redes sociales el lugar de la gestión de sus foreign affairs. En este sentido, el poeta e investigador Juan Andrés García Román escribió en Facebook una reflexión crítica con notable carga de profundidad: “curioso que muchos particulares emitan comunicados en plan: mis condolencias para... o expreso mi malestar por... de repente todo el mundo es alto comisionado de las naciones unidas por un minuto, ministros de exteriores de sí mismos”[6]. Un mal uso de las redes sociales puede potenciar, por lo tanto, la hipertrofia de la personalidad. Estudiando el arte digital, Juan Martín Prada ha aportado el concepto de “egología”; a su juicio,

Se trata de reclamar una democratización de las posibilidades del yo expresivo, de la subjetividad que se hace pública, que se muestra y exhibe, como catalizadora de otras muchas voces interiores que se animarán a seguir ese ejercicio de un yo, dando palabra pública a la conciencia personal que se expresa y se investiga, que se ensaya en la escritura, en la colección e interrelación de cosas y aspectos que le interesan. (…) Propuestas las del “blog art” que no dejarán tampoco de plantear intensos cuestionamientos acerca de si el mundo es, como muchos blogs parecen mostrar, en su extrema intensificación de la presencia de un ego, correlato de aquello que “percibo yo”, “siento yo”, “creo yo”. [7]

La sublimación de ese narcisismo electrónico tiene que ver no sólo con la exposición exhibidora de las dudosas bondades del yo, sino también con un inflado del ego en aras de una mayor influencia en los demás, sea con finalidad crematística o sentimental, como decíamos antes. Es decir, todas estas formas avatáricas de identidad trabajan lo que la pensadora María Rodríguez Magda ha denominado el márketing existencial[8] o se amparan en lo que Paula Drenkard ha denominado “espectacularización de la propia vida”[9]. Algo de lo que los autores son conscientes, como demuestra este explícito texto de la escritora mexicana Cristina Rivera Garza:

En su lugar se ha configurado el homo technologicus: un ser post-humano que habita los espacios físicos y virtuales de las sociedades informáticas para quien el yo no es ni secreto ni una hondura ni mucho menos una interioridad, sino, por el contrario, una forma de visibilidad. Conectado a digitalidades diversas, el technologicus escribe esa vida que sólo existe para que aparezca inscrita en fragmentos de circulación constante. Una extraña pero sugerente combinación entre el culto a la personalidad y una noción alterdirigida del yo dentro de un régimen de visibilidad total ha provocado que miles de seres post-humanos se lancen raudos y veloces a transmitir mensajes escritos sobre lo que les acontece en ese justo y pompéyico instante.[10]


[1] Y continúa: “Esto significa que un reconocimiento normalizante no puede motivar el desarrollo de una imagen de sí mismo positiva que conduzca a una asunción voluntaria de tareas y privaciones decididas por otros”; Axel Honneth, “El reconocimiento como ideología”, Isegoría nº 35, julio-diciembre 2006 [pp. 129-150], pp. 141-42.
[2] J. P. Zooey, Sol artificial; Paradiso, Buenos Aires, 2009, pp. 42-43.
[3] Raúl Minchinela, “Las actualizaciones y el sacrificio de las historias”, La Vanguardia, 16/12/2009.
[4] Erving Goffman Presentation of Self in Every Day Life; Doubleday, New York, 1959, p. 206.
[5] Howard Rheingold, The virtual community: homesteading on the electronic frontier; HarperCollins, New York, 1994, p. 27.
[6] Juan Andrés García Román en su muro de Facebook, 13/08/2011.
[7] J. Martín Prada, “La ‘web 2.0’ como nuevo contexto para las prácticas artísticas”, en VV.AA., Inclusiva-net #1. Nuevas dinámicas artísticas en modo web; Media Lab Prado, Madrid, 2007, pp. 18ss.
[8] R. M. Rodríguez Magda, La transmodernidad; Anthropos, Barcelona, 2004, p. 153.
[9] “Desde un planteo atravesado por el discurso psicoanalítico, retomando también el mito de Narciso, uno de los síntomas que se suman a la descorporeización y a la anteriormente mencionada “dispersión del yo” en distintos roles -vía las pantallas y el mundo digital- es la espectacularización de la propia vida, la exhibición de las máscaras mediante imágenes luminiscentes y planas, y al mismo tiempo el goce de ver y verse en esa reproducción. Estamos planteando no sólo el fenómeno del voyeurismo sino una repetición -como vuelta atrás, hacia adelante- de la etapa especular de la constitución subjetiva que S. Freud (…) llamó narcisismo primario y J. Lacan (…) estadio del espejo, en la que los sujetos quedan “pegados” a la imagen del espejo-imago-”; Paula Drenkard, “El cuerpo estallado o el espejo roto”, en Sandra Valdettaro (coor.), Mcluhan: plieges, trazos y escrituras-post; Universidad Nacional de Rosario Editora, Rosario, 2011, pp. 97-98. http://es.scribd.com/doc/76789612/eBook-McLuhan-Pliegues-Trazos-y-Escrituras-post-2
[10] Cristina Rivera Garza, “El escritor en Ciberia”, El País, 19/11/2011, http://www.elpais.com/articulo/portada/escritor/Ciberia/elpepuculbab/20111119elpbabpor_3/Tes. “Y sin embargo la identidad regresa aún en su versión mediatizada. Los roles y los códigos de conducta no desaparecen sino que se adaptan a las circunstancias. La identidad, esa enfermedad del nombre, no desaparece con la aparición de los metamedia, sino que se flexibiliza: las redes sociales explicitan como, lejos de ser una mónada autosuficiente, el individuo es un campo de fuerzas modulado específicamente por los otros”; Ernesto Castro Córdoba, “Mallas de protección. La codificación del yo en la Era Comunicativa”, en VVAA. Redacciones; Caslon, Valladolid, 2011, p. 38.
 

lunes, 5 de enero de 2009

Olvido digital vs. memoria digital


Manfred Osten
La memoria robada. Los sistemas digitales y la destrucción de la cultura del recuerdo. Breve historia del olvido; Siruela, Madrid, 2008.

En este ensayo, breve a pesar del largo título, Osten desarrolla varios temas que se van cruzando: la aceleración histórica, las consecuencias que la misma tiene en cuanto a la progresiva dificultad de conservar la memoria, los problemas histórico-sociales-culturales del olvido, y los sistemas de archivo digital. Esta cuadrangulación es interesante y tiene una obvia lógica relacional, que no ha pasado desapercibida ni al autor ni a los pensadores en que se apoya. Porque, digámoslo ya, Osten no es un gran pensador. No es un filósofo al uso, ni siquiera un fino ensayista, sino una persona inteligente que sabe leer libros y artículos de manera cruzada, tejiendo un texto a partir de las referencias de otros. No estamos defendiendo una absurda actitud de no citar a nadie, sino criticando la extendida costumbre de que las citas de los demás sean la parte más importante del texto, no por cantidad sino cualitativamente, obliterando aquella otra donde se exponen –o debieran exponerse– las hipótesis propias. La aportación de Osten es minúscula, y en realidad son otros pensadores alemanes (Harald Weinrich, Odo Marquard, Wolfgang Früwald, Wolf Singer, Wolfgang Hagen) los que sostienen el libro. Con todo, precisamente por la inteligencia lectora de Osten, el ensayo es muy interesante, por lo que tiene de clarificador en el planteamiento de los temas y por su labor difusora de los pensadores alemanes. Y enfatizo pensadores alemanes porque, en un gesto de cierto chovinismo alemán –por ser piadosos en la descripción– Osten escribe como si ningún pensador francés, norteamericano, español, chino o inglés hubiera escrito jamás sobre estos temas. Y si comenzar con unos rudimentos sobre filosofía de la historia puede hacerse, sin severos problemas, apoyándose exclusivamente en el pensamiento germano, conforme nos acercamos a la exposición de los sistemas digitales de archivo de datos, ciertas ausencias (Maldonado, Castells, Manovich) convierten al libro en un acercamiento muy limitado al tema de la consolidación de la memoria mundial. Osten parece ser uno más entre los numerosos pensadores que se acercan a los temas digitales sin saber lo que es una base de datos, un sistema operativo o una memoria en red. La ausencia total a lo largo del libro de referencias a los sistemas de trabajo en régimen Grid, por ejemplo, es una laguna crítica, porque apela directamente a la hipótesis de fondo del ensayo, esto es: que la aceleración histórica y los procesos de archivo de datos nos están sumiendo culturalmente en el olvido de la cultura tradicional. Desconocer algunos de los más importantes y revolucionarios modos de gestión de datos y procesos digitales, como el citado Grid, entre otros, desarticula la hipótesis y la deja a la intemperie de la Historia, que para algunos siempre incluye el pasado… pero casi nunca el presente.

Pero vamos a examinar algunas ideas del ensayo con los menos prejuicios posibles. En las primeras páginas expone Osten algunas ideas que merece la pena comentar. Por ejemplo:



La secularización de todas las relaciones de la vida comienza bajo el signo de una rápida aceleración y de la leva de cualquier anclaje en una molesta memoria. Se trata pues de arrojar por la borda supuestos lastres a favor de una exclusiva orientación hacia el progreso (…) Un proceso que se acompaña de ulteriores y radicales rupturas de la continuidad de la memoria en forma de guerras mundiales, quema de libros y revueltas sesentayochistas. Pero sólo en la sociedad global de la información del siglo XXI parece que este proceso ha conseguido una dimensión que amenaza con superar todos los estadios hasta ahora alcanzados: tanto en el carácter ilusorio del supuesto alivio de la memoria mediante los sistemas digitales como en la tendencia a la liquidación de las instituciones tradicionales de la memoria (bibliotecas, teatros, óperas, museos, etc.).

La aceleración histórica desde la secularización es un hecho evidente; un pedagógico desarrollo histórico de la misma puede verse en el excelente libro de Reinhart Koselleck, Aceleración, prognosis y secularización (Pre-Textos, 2003), y es cierto que una consecuencia lógica es que los archivos culturales tienen menos tiempo para ser validados y su contenido asimilado por las sucesivas oleadas de procesadores, si queremos evitar el economizado término de consumidores. También es cierto, y muy triste, que asistimos, como dice Osten, “a la liquidación de las instituciones tradicionales de la memoria”, sobre todo de las bibliotecas, cuyos requerimientos de espacio físico casan mal con nuestros tiempos de especulación inmobiliaria. También se asiste, con dolor y resignación, al guillotinamiento masivo de ejemplares no vendidos de libros (recordemos el célebre caso de algunas colecciones de Alianza), por los altos costes de almacenaje, que es otra forma de liquidación cultural, en forma de incendio ecológico, ya que supuestamente los ejemplares guillotinados se convierten en pulpa para seguir imprimiendo. Pero en lo que no estamos de acuerdo es en la parte relativa (a la que se dedica el penúltimo capítulo del ensayo) a la dilapidación de la memoria colectiva (tradicional y/o histórica) por culpa de los problemas de compatibilidad de los soportes técnicos y de las memorias digitales. Sí, es cierto que “un PC moderno ya no está en situación de descifrar los contenidos del viejo Commodore” (p. 82). Ni falta que hace. Sí, es cierto que la BBC ha podido perder buena parte de sus contenidos visuales de los años 60. Mi hipótesis es que si eso ha sucedido es porque esos datos, como los de los viejos Commodores, en realidad no le interesaban lo suficiente a nadie. “Esto supone por una parte que se deje exclusivamente al parecer y criterio de las actuales élites de funcionarios el determinar qué contenidos de memoria estarán disponibles en el futuro y cuáles deberán considerarse obsoletos” (p. 85). Pues claro. ¿Acaso no ha sido siempre así históricamente? ¿No debemos a los funcionarios de los faraones los restos jeroglíficos de las tumbas, no debemos a los monjes medievales la supervivencia de la cultura anterior a ellos, no debemos a los eruditos árabes el rescate de los tratados de Aristóteles? Siempre hay una élite intelectual que decide, pero es que a esa élite es a la única que realmente le interesa la custodia de ciertos contenidos culturales. La ventaja es que los modernos medios digitales que Osten condena son, paradójica y cruelmente, los primeros en la Historia que han democratizado esos procesos de salvación del saber, y los han puesto a disposición de cualquier persona. En Wikipedia, un medio de conservación digital del saber que Osten, con pasmosa tranquilidad (será que no hay muchos contenidos wiki en alemán), ignora por completo en su ensayo, hay 180.000 colaboradores de todas las partes del mundo que han decidido sumarse a esa élite, del mismo modo que otros proyectos digitales, como el SAN (este sí citado por Osten), o la propia Encyclopaedia Britannica, que se ha pasado a la red. El resultado es que… ya no hay élite, por fortuna. Ahora somos decenas de millones de personas en el mundo las que mediante webs, wikis, blogs, videologs, fotologs, Youtube y demás recursos de almacenamiento cultural estamos dejando un testimonio de la cultura existente, tanto de aquella producida en marcha como de la almacenada durante siglos. El formato de almacenamiento de información conocido como byte es de los más reproducibles y perdurables que se han inventado, mucho más que las cintas de casete o las impresiones magnéticas o las tarjetas perforadas que ya pasaron a nuestro arcón de la memoria. Los bytes son líquidos, fluctúan, se almacenan fácilmente, y acumulan muchísima información en muy poco espacio. Will Wright, el creador del fascinante videojuego Spore estima que, en su creación, “un planeta entero, con su ecosistema, su orografía, sus civilizaciones y ciudades, cabe en 80 kilobytes, y que la cantidad de información necesaria para codificar un animal entero es apenas un par de kilobytes”
[1]. Ochenta kilobytes es apenas el triple de lo que ocupa este texto en formato Word. Todo lo que he escrito a lo largo de mi vida no supera los cincuenta megas, de forma que en un CD-Rom cabe la obra completa de 14 escritores polígrafos y en un simple DVD la de 70. Guerra y paz se almacena, bien comprimida, en un diskete de 1’4. Mientras los sucesivos soportes informáticos funcionen con esta tecnología, y todo parece indicar que así será durante mucho tiempo, la capacidad humana de acumular información es simplemente inagotable e indestructible. La era digital, por tanto, no es la enemiga de la memoria ni la partidaria del olvido cultural, sino todo lo contrario. Los pesimistas como Osten o Weinrich sostienen que, como dice el último, “almacenar datos supone olvidarlos” (citado en Osten, p. 16). Podemos mirarlo así. También podemos mirarlo de este modo: “almacenar datos mecánica y universalmente es la única manera de garantizar que, cuando queramos recordarlos o necesitemos volver a ellos, estarán a nuestra disposición”. Que estos nuevos modelos de almacenamiento están afectando a nuestra organización cerebral es obvio, del mismo modo que la calculadora redujo nuestro potencial de computación y que la televisión ha reducido nuestra capacidad de atención continuada. Los pesimistas ven esto como una pérdida. Yo lo veo como una liberación, como el medio en que el propio hombre se ha dotado de instrumentos para liberarse de los trabajos pesados y mecánicos para dedicarse a trazar respuestas entre conceptos lejanos, del mismo modo que el automóvil nos permitió llegar antes a los sitios donde queríamos llegar. Fui opositor durante años. Llegué a almacenar de memoria miles o millones de datos que luego han devenido absolutamente innecesarios. Todavía sueño con las listas de bienes inmuebles del artículo 334 del Código Civil o con las penas para el robo con escalo. Algunas sentencias judiciales que vemos de cuando en cuando nos garantizan que saber de memoria la ley no garantiza siempre la justicia. Hay muchos críticos de literatura que han leído mucho y no se han enterado de nada. Hay gente que se estudia las guías de teléfonos. Yo me alegro por ellos. Pero me encanta haber comprobado, por mí mismo, que la memoria por sí sola no significa nada. Que lo importante no es tener todos los datos de alguna materia, sino saber los suficientes para entender y poder localizar los restantes cuando es necesario. Nuestro conocimiento es ya demasiado vasto para que un Goethe acumule todos los saberes de su tiempo. Hoy nuestro Goethe se llama Google. Este Googlthe es el único que puede rastrear nuestras epistemes casi por completo, con la ventaja de que es un instrumento (como cualquier otro buscador, como la Wikipedia o como la WWW) a disposición de usted, que lee estas palabras, a disposición de cualquiera que se acerque a Internet. La tecnología sólo es mala cuando se utiliza mal. Cuando se utiliza bien por los hombres la tecnología elimina el cáncer, corrige la vista, controla las placas solares y los molinos eólicos, fabrica los medicamentos, canaliza el agua y la filtra, etiqueta los alimentos orgánicos, crea vacunas, separa a los niños siameses y les da esperanza a quienes nacen sin riñones y hasta devuelve la vista a algunos ciegos. Hasta contribuye a crear depósitos del saber, tanto virtuales como tangibles, donde todo el conocimiento del mundo está a salvo, incluso el conocimiento creado por los autores pesimistas, luditas y tecnófobos. Feliz año a todos.

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Notas
[1] Javier Candeira, “Un universo en una línea de código”, en VVAA, Mondo píxel, vol. 1; Editorial Tébar, Madrid, p. 58.

lunes, 3 de septiembre de 2007

Inmaterialidad y mercado. La gestión cultural de lo invisible

[Disculpen la extensión; recomiendo copiar en word y aumentar tamaño de letra, o imprimir, para una lectura cómoda. Este texto nace de la ponencia “Del tranvía al blog. Narrativa española contemporánea entre dos siglos”, impartida en el “IV Curso de Gestión cultural. Literatura del Siglo XXI: la Novela”, desarrollado por la Universidad de Zaragoza en Jaca (Huesca), del 31 de agosto al 2 de septiembre de 2007.]


Inmaterialidad y mercado. La gestión cultural de lo invisible



–Nunca leo los anuncios –dijo O’Shea desafiante.
Le sonreí.
–En esa declaración está encerrado nuestro mejor triunfo.

Frederic Pohl y C. M. Kornbluth, Mercaderes del espacio


Lo que nosotros llamamos Pangea se ha establecido sobre márgenes económicos muy claros, que no son otros que los de la globalización. Para los economistas José Miguel Andreu y Carmen Arasa, el mercado global es beneficioso “porque es posible que la mayor competencia derivada de la mayor libertad internacional de los movimientos de capitales haya dado lugar a un incremento de la eficiencia y a una mejora de la asignación de los recursos financieros existentes, a las distintas necesidades regionales y sectoriales del planeta”[1]. Pero añaden a continuación que también ha podido conllevar la fragilización de ciertos bancos o sistemas cambiarios, la falta de transparencia de los balances de los intermediarios financieros, siendo también responsable del incremento la velocidad de la transmisión de información, lo que hace más dificultosa la posibilidad de control y remedio por los gobiernos (Lamfalussy); igualmente dificulta los controles monetarios internacionales, y las concentraciones de capital irreversibles y negativas. En resumidas cuentas: la globalización ha convertido al capital en un simulacro[2], una red planetaria de cifras que circulan en mercados continuos de 24 horas, cuyos capitales especulativos, como apuntaba Baudrillard, “no salen para nada de su órbita: se acumulan y se pierden en su propio vacío especulativo”[3]. A este poder de lo económico, que como sabemos conforma nuestra sociedad, al establecer los mecanismos de producción, de trabajo y de relaciones laborales –las cuales determinan, en principio, la vida de cada uno de nosotros– hay que añadir que “la aldea global define una humanidad virtual, un sistema de realidades intangibles, ya se trate de sexualidad, guerra o finanzas, y no comprende, en fin de cuentas, sino un mundo etéreo y extático de simulacros”[4], difundidos a todo lo largo y ancho del globo por los medios de comunicación. Así que ya tenemos inmaterialidad económica y comunicativa; pero hay más: como se ha señalado, “las nuevas comunidades y estructuras sociales que nacen articuladas por las tecnologías de la información y la comunicación (…) no se caracterizan por tener un territorio físico como elemento de identidad, ni tampoco como canal de comunicación y cohesión social. Hoy en día se articulan principalmente en torno a Internet, aunque también empiezan a hacerlo a través de la telefonía móvil. Desde los colegios invisibles de la ciencia y las comunidades Linux hasta las smart mobs (muchedumbres inteligentes) y flash mobs (agrupamientos relámpago) –dos términos creados por Howard Rheingold–, adoptarán múltiples formas y tendrán un impacto cada vez mayor en la construcción de la identidad política y social de los individuos”[5]. Incluso los 3.000 trabajadores de la empresa a la que pertenezco nos comunicamos por una Intranet que evita que tengamos que movernos de sitio para dar un recado, o desplazarnos a otra ciudad para entregar un documento importante. Cuando trabajamos, a pesar de estar dispersos por varias Comunidades Autónomas, somos uno.

Todo esto tiene su efecto, por tanto, no sólo en la macroeconomía, en los grandes números de las bolsas internacionales, sino también en las economías de pequeña escala, e incluso en la bolsa de la compra de cada uno; como últimamente se ha visto, un resfriado en los tipos de interés del Tesoro estadounidense suponen unos muy tangibles y delicados sesenta o noventa euros de más al mes en nuestra hipoteca. Se ha producido, al menos en economía –y yo sostengo que en más sectores– lo que Kuhn denominaría un cambio de paradigma. “La vieja circunscripción de la idea del trabajo a la economía productiva y a la producción de objeto está quedando patentemente obsoleta, y no sólo por el desproporcionado mayor peso que la economía financiera y de la pura circulación de capitales está adquiriendo en las nuevas sociedades, sino también por el hecho de que la producción inmaterial y la circulación del sentido, de la información, se están convirtiendo en las modalidades de intercambio más importantes en las sociedades emergentes”
[6].

Y descendiendo hasta lo que nos interesa, el terreno cultural, ese cambio económico está redefiniendo, también, los espacios culturales, puesto que está reconceptualizando y descontextualizando las antiguas nociones de obra, autor, producción, autoría, mercado artístico, distribución, venta y derechos morales de autor. La aparición de Internet, sobre todo, con el nuevo net-art, las posibilidades interactivas, la creación en red, la “gran conversación” de la blogosfera
[7] y nuevas formas expresivas que luego veremos, como el hipertexto, están volviendo a pasos agigantados nuestra idea sobre el producto artístico. Ya no es posible hablar, en el sentido de Benjamin, de “aura” del objeto estético, porque en la mayoría de casos, éste no se ha producido, no ha tenido materialidad, en ningún momento. Benjamin decía que el original era siempre más valioso que la copia, porque “incluso en la reproducción mejor acabada falta algo: el aquí y ahora de la obra de arte, su existencia irrepetible en el lugar en que se encuentra. En dicha existencia singular, y en ninguna otra cosa, se realizó la historia a la que ha estado sometida en el curso de su perduración”[8]. Esto era así en 1936, cuando Benjamin publicó su famoso y fabuloso ensayo, pero ya no hay ni aquí ni ahora: el ahora es continuo, un gran instante global de tiempo agotado[9], y el aquí está, como el centro de Nietzsche o Ben Arabí, en todas partes. El cambio de la producción física y tangible a la inmaterial e invisible, y no sólo en lo artístico, nos suscita un grave problema al que pocos filósofos o pensadores han prestado atención, y es que a día de hoy, en realidad, todas las consideraciones marxistas o materialistas de la cultura se enfrentan ahora a un grave problema, expresado de manera quizá algo extrema por José Luis Molinuevo: “lo inmaterial de la comunicación había triunfado sobre la cerrazón del materialismo marxista”[10]. Digo que es un grave problema porque las tesis más razonables que teníamos sobre mercado y producción, objeto y sujeto productivo, capital y trabajo, las hemos aprendido en teorías de trasfondo más o menos marxista o, cuanto menos, materialista. ¿Cómo manejarse con esos mimbres en un mundo nuevo donde la producción a veces coincide con la distribución, donde hay sectores en los que han desaparecido los intermediarios, donde no es necesario el desplazamiento del objeto producido, ni existe ya el “mito del intercambio”[11], donde el producto no necesariamente es de un trabajador y su valor no reside siempre en su valor de cambio, sino a veces en su ausencia de valor, como ocurre con el software gratuito Linux? La imponente y soberbia descripción que hace Marx en 1844 de la sociedad capitalista –hoy diríamos paleocapitalista, con la que está cayendo– en sus Manuscritos: Economía y Filosofía es inapelable para la época, pero salvo algunas hipótesis generales y alguna expresión puntual, es inaplicable a la nuestra[12].

Necesitamos nuevas formas de análisis que no olviden la inmaterialidad consustancial a nuestro mundo, a nuestra realidad más cercana. Esa pantalla que tienen ahí es material, pero lo que se proyecta en ella, el conocimiento, no lo es. Lo esencial no es la pantalla, podríamos proyectar una imagen de net-art contra la pared; lo esencial es la imagen, intangible, compuesta por bytes de información, vertida sobre ella. Necesitamos nuevas formas de análisis, por tanto, que deben, como La sociedad del espectáculo de Debord, no olvidar que el simulacro es esencial a las nuevas formas artísticas. Una reactivación, actualizada a los nuevos paradigmas, de la filosofía escéptica. En Circular 07. Las afueras, de inminente salida, desarrollo un paseo real que me di en febrero por la madrileña Feria Internacional de ARCO de 2007. En un momento dado reflexiono de la siguiente manera:

Una pista. “El espectáculo –decía Debord en La sociedad del espectáculo, acabo de recordarlo al colocarme frente a la pieza flotante de Damián Hirst– es un dinero sólo para mirar”; todo empieza a cuadrar ahora. El objetivo del espectáculo, en términos de arte internacional, es la circulación del producto, no del capital en sí. Es el movimiento, la sucesiva adquisición de la pieza, el cambio de coleccionista, el paso del coleccionista al museo, el que mejora el valor de cambio. Los artistas no quieren piezas paradas en la galería, quieren verlas circulando por Ferias Internacionales, ya que su presencia genera crédito para ellos. Debord tiene razón, siempre la tuvo, pienso mientras camino contemplando el gigantesco espectáculo del arte contemporáneo extendido bajo el cielo gris del Pabellón 9. (Berenice, 2007, p. 191)



Mercado y gestión cultural


A vosotros cinco no tengo que explicaros nada
sobre la parcialidad de lo invisible.
Jorge Riechmann, Conversaciones entre alquimistas

En los últimos tiempos, y mientras leo novedades literarias en mi trabajo de crítico, advierto un gradual crecimiento de los temas referentes al dinero, el consumo y la sociedad capitalista en las novelas y libros de poemas, antes alejados, en su mayoría, de estas cosas. Los centros comerciales, las hamburguesas, el shopping, las marcas de lujo y el consumismo desenfrenado comienzan a ocupar el espacio que antes tenían las flores, los cisnes y los atardeceres. Pero la visión, quizá por fortuna, es muy crítica. En un artículo titulado “La globalización: vida y muerte de una ideología”, el economista John Ralston Saul opina que "la ilusión neoliberal globalizadora tenía todos los elementos de una fe religiosa. Pero a fuerza de fracasos, hasta los devotos han empezado a dudar”[13]. Y en los nuevos catecismos se nota que también el lujo y el consumismo provocan desencanto. Alguno pensará que, sobre todo, decepcionan cuando no se pueden tener. Quizá algo de eso haya.

Pero el mercado y el consumo no son temas que afecten sólo a la creación, sino también a la gestión institucional que actúa sobre la actividad artística, lo que se conoce como gestión cultural. En Historia y crítica de la opinión pública (1962), Habermas sitúa a la publicidad política, la prensa y el mercado de bienes culturales en un terreno intermedio entre lo privado y lo público. Su configuración es esencialmente mercantil, en todos los casos, incluidos los bienes culturales[14]. Eso es cierto, pero ya hemos visto que el mercado de productos culturales ha cambiado y, en consecuencia, debemos revisar nuestros esquemas sobre la gestión cultural de los mismos. “El mercado de consumo y el patrón de conducta que requiere y cultiva se adaptan a la líquida ‘cultura de casino’ moderna, que, a su vez, se adapta a las presiones y seducciones de ese mercado. Ambos concuerdan bien, se alimentan y se refuerzan mutuamente. Para no malgastar el tiempo de sus clientes, ni condicionar o adelantarse a sus goces futuros aunque impredecibles, los mercados de consumo ofrecen productos destinados al consumo inmediato, preferiblemente de un solo uso, de rápida eliminación y sustitución, de suerte que los espacios vitales no queden desordenados una vez que pasen de moda los objetos hoy admirados y codiciados. Los clientes, confundidos por el torbellino de la moda (…) deben aceptar (y así lo hacen, agradecidos) las promesas tranquilizadoras de que el producto que hoy se ofrece es ‘justo lo que buscan’, ‘la bomba’, ‘lo imprescindible’, y aquello ‘en lo que tienen o con lo que tienen que ser vistos’”[15]. Ello ha producido un cambio de perspectiva en las empresas, instituciones y entidades que crean los nuevos productos para satisfacer esa demanda. Ya no se busca un producto cultural exigente y elitista, de alto standing y que requiera una gran cultura previa, sino que se van facturando productos culturales de perfil bajo, dentro de lo que Eloy Fernández Porta llama en Afterpop “pop de baja calidad”, fácilmente consumible y fácil de sustituir por otro producto, y su creador por otro creador. Esto ha favorecido la aparición de otro tipo de gestor cultural, al que llamaríamos gestor de baja cultura, formado sólo para atender estas necesidades básicas, más próximas al consumo de ocio que al de deglución de formas artísticas de cierto valor y complejidad.

Como dice Bauman en otro lugar, el problema es que los criterios de estos gestores “son los criterios del mercado de consumo, tal y como lo establecen la preferencia por el consumo instantáneo, la gratificación instantánea y el provecho instantáneo. Un mercado de consumo que satisficiera necesidades a largo plazo (…) sería una contradicción en sus términos. El mercado de consumo propaga la circulación rápida, la distancia más corta del uso al deshecho (…) y todo en pro de uno recambio inmediato de bienes que ya no son aprovechables. Todo esto está en manifiesta oposición a la naturaleza de la creación artística y del mensaje de las artes”
[16], que en teoría busca lo duradero, los valores estéticos permanentes. Dilucidar el alcance de nuestro subrayado de las palabras en teoría es un propósito demasiado complejo para entrar ahora, nuestra preocupación va por otros derroteros, que son el encaje entre los valores culturales actuales y los valores de mercado.

El valor de mercado contemporáneo es un complejo que incluye, desde luego, elementos como la fácil sustituibilidad, la reciclabilidad inmediata y el continuo cambio de tendencia al efecto de generar necesidades continuas (y caras): todo ello viene facilitado por la inmaterialidad, porque elimina muchos de los costos tradicionales de producción. Mientras que el consumo tradicional, por su producción de residuo material, genera luego un costoso tratamiento de residuos, el inmaterial tiene la ventaja de que sus productos se destruyen apretando el botón de suprimir: no sólo no hay residuo, no hay basura a reciclar, sino que encima el resultado es doblemente satisfactorio: amén de eliminar lo superfluo, libera espacio en la memoria. El modelo de consumo cultural de hoy en día es el “Modelo Youtube”. Si hay una canción que gusta al consumidor, éste ya no tiene que molestarse en bajar al comprar el disco. La busca en Youtube y aparece al instante el vídeo musical, el clip que la discográfica difunde gratuitamente. Ni siquiera hace falta almacenarlo, basta con volver a entrar en Youtube, teclear de nuevo el nombre de la canción y en breves segundos el videoclip aparecerá, con una calidad de sonido aceptable, ya que en el pop o rock de baja calidad la buena audición de los graves, la delectación ante la limpieza de los agudos de una soprano o la buena reproducción de los rasgueos de Paco de Lucía no tiene la más mínima importancia. El consumidor cultural del modelo Youtube no busca la perfección, ni la música de calidad en la mejor de sus condiciones, sino sólo la satisfacción inmediata de su deseo de satisfacer aquello de lo que se habla, la canción de moda, esa de la que todo el mundo habla y que aparece en el último anuncio de telefonía móvil. En estas coordenadas de cultura Youtube, la gestión cultural responde, por desgracia, al “Modelo Emule”; es decir, a la capacidad de distribución inmediata, por los mismos canales de comunicación por los que viene la demanda, de los productos culturales instantáneos. El Emule, como el Kazaa, es un programa informático P2P (peer to peer, entre iguales) que permite el intercambio de archivos digitales, desde ordenadores situados en cualquier parte del mundo. Por mucho que se limite judicialmente este tipo de programas, a través de páginas-espejo y servidores periféricos siempre se encuentran medios para que sigan funcionando, al margen de los derechos de autor y de los royalties. Hay artistas que cuelgan libremente en ellos sus creaciones, como la mayoría de artistas plásticos que exploran el net-art, y otros que los demandan en los tribunales, como el grupo de rock Metallica. En esta cultura de lo misceláneo, donde el consumidor ya no quiere álbumes, sino canciones, y no quiere novelas, sino antologías de microcuentos o poemas
[17], la gestión cultural deberá aprender a hacerse un hueco como distribuidora, como difusora especializada de esa cultura de baja intensidad que genera millones de movimientos y descargas de nivel. Su papel consistirá en dar un servicio inmediato de podcasting, pero también en una selección de ofertas alternativas o consecutivas, del modo de las librerías digitales: “los clientes que compraron este libro, también compraron…”: definir, a la vista de un solo producto, un posible perfil de cliente, unos gustos, para ofrecer inmediatamente una amplia gama de posibilidades alternativas fructíferas al consumidor, para ganar su confianza y que haga descansar en esa empresa mediadora-gestora el suministro habitual de productos de consumo. Estamos en una cultura de la circulación de la información a toda velocidad[18], y del buen acomodo a ese movimiento digital depende buena parte del futuro de cierto tipo de cultura, y de cierto tipo de gestión cultural. Como dice José Luis Brea, “En las sociedades del siglo XXI el artista no percibirá sus ingresos de la plusvalía que se asocie a la mercantilización de los objetos producto de su trabajo, sino que percibirá unos derechos asociados a la circulación pública de las cantidades de concepto y afecto que su trabajo inmaterial genere (será una generador de riqueza inmaterial, no el primer eslabón en una cadena de comercio de mercancías suntuarias). La nueva economía del arte no entenderá más al artista como productor de mercancías específicas”[19]. Una vez más lo inmaterial, al fondo de todo.


Redefinición de productos culturales y de gestión de productos culturales

Bauman, a pesar del pesimismo de su visión, coincide con T. W. Adorno en que los productores de la cultura y los gestores culturales están condenados a entenderse, porque su ámbito de trabajo es el mismo: la creación de valor alternativo a la vida cotidiana, en expresión de Joseph Brodsky. A partir de nuestra afirmación, por supuesto discutible, de que la gestión cultural tendrá que tener cada vez más en cuenta la distribución, porque la sociedad se construye económica e incluso intelectualmente como una circulación de bienes inmateriales, podemos avanzar en que esa circulación ininterrumpida también es un punto de contacto entre ambos, creadores y gestores. Brea apunta, a mi juicio con acierto, que “en las sociedades del siglo XXI, el arte no se expondrá. Se producirá y distribuirá, se difundirá”[20]. Y el también filósofo especialista en estética Boris Groys concuerda con él: “La universalidad el pensamiento es sustituida por la universalidad de la difusión mediática de cualquier pensamiento local”[21]. En realidad, producción y difusión coinciden, es la segunda la que da carta de naturaleza a la primera, las obras del net-art son, tienen existencia, sólo al difundirse.

Por ese motivo, las partes materiales de la obra comienzan a sobrar, son restos excrementicios de materialidad, cuyo valor es relativo o simplemente desaparece. Estamos comenzando a ver claros ejemplos de esa tendencia, incluso de artistas mundialmente conocidos. En la serie de 21 conciertos que está dando Prince en Londres, su último disco, Planet Earth (2007), se regala a la entrada. Lo importante ya no es el producto material, sino el inmaterial de los conciertos, que no se graban ni se registran; lo importante es estar ahí, viendo a Prince en el auditorio, en vivo. Se paga por la experiencia. Existen ya, como vimos en Pangea (2006), editoriales de audiolibros que sólo los “publican” en Internet, e incluso Stephen King colgó hace poco un de sus novelas en Internet, que no ha llegado a publicarse en papel; sus lectores debían de pagar por leerla on line. En nuestro país, Jesús Ferrero, con bastante menos éxito, ha hecho algo parecido, y ahora mismo hay varias experiencias de novelas interactivas por Internet, una de ellas patrocinada por La Vanguardia. En todo este cambio de panorama, aparece todo un movimiento de nuevas ideas sobre el concepto de propiedad intelectual. El copyleft
[22], el software libre tipo Linux, las licencias Creative commons han alterado el concepto tradicional de propiedad artística, desnaturalizándolo. No son pocos los autores que publican sus libros y trabajos, incluso en formato libro, bajo licencia Creative commons, para hacer su trabajo accesible y cesible para un número indefinido de personas, renunciando a parte de los tradicionales derechos de autoría. Todo esto está contribuyendo a alterar nuestro antiguo modo de entender la cultura y su difusión. El nuevo espacio literario digital tiene la ventaja de que limita las posibilidades de injerencia del mercado en la producción de la obra, que nace de este modo, por inmaterial, más limpia de pretensiones mercantiles. Al no actuar sobre ella figuras de corte económico como el editor, el agente literario o el distribuidor, la posibilidad de influencia sobre la obra disminuye. También es cierto que al desaparecer el buen editor literario (una figura que escasea, es cierto) también se corre el peligro de que algunas obras aparezcan con más errores estructurales de los deseables, por no hablar del peligro de dejar en manos del corrector del procesador de textos la corrección ortográfica y gramatical del texto, en vez de un corrector profesional. Como vemos, estamos en un momento de tensión estructural, de apertura de muy diversas posibilidades que pueden cambiar o están cambiando ya los modos de producción artística, de creación individual y de difusión y, en consecuencia, los modelos de gestión cultural, cada vez más encaminados al abandono de la visibilidad y al negocio con lo invisible. Así lo vaticinaba, por lo demás, el poema de Antonio Méndez Rubio[23]:


Se está nublando.

No hay camino
donde se encuentran
sólo
señas sin completar
del extravío.

Se ve en su
mansedumbre
cómo esta luz oculta
sombra o más
luz. Es así
como lo
que no llega
viene a tientas a ser
lo necesario.



.
Notas:

[1] José Miguel Andreu y Carmen Arasa, Banca universal versus Banca especializada: un análisis prospectivo, Sª. de Estado de Economía, Ministerio de Economía y Hacienda, Madrid, 1990, p. 20.
[2] Véase Eduardo Subirats, La existencia sitiada (Fineo, México, 2006).
[3] Jean Baudrillard, “La impotencia de lo virtual”, Pantalla total; Anagrama, Barcelona, 2000, p. 74.
[4] Eduardo Subirats, Viaje al fin del paraíso; Losada, Madrid, 2005, p. 137.
[5] Javier Bustamante, “De la catedral al bazar: nuevos paradigmas éticos en comunidades virtuales”, Debats, nº 84, primavera 2004, p. 10.
[6] José Luis Brea, “Redefinición de las prácticas artísticas s.21”, Debats nº 84, “Lo virtual”, Valencia, primavera 2004, p. 71.
[7] Véase el Manifiesto Cluetrain (2001) en www.cluetrain.com.
[8] Walter Benjamin, “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” (1936), en Discursos ininterrumpidos, I; Taurus, Madrid, 1990. p. 20. El subrayado es mío.
[9] Explicado con detenimiento en V. L. Mora, “El tiempo ha muerto”, Pangea. Internet, blogs y comunicación en un mundo nuevo; Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2006, pp. 231ss.
[10 ]José Luis Molinuevo, La vida en tiempo real. La crisis de las utopías digitales; Biblioteca Nueva, Madrid, 2006, p. 25.
[11] Ver T. W. Adorno, Consignas; Amorrortu, Buenos Aires, 2003, p. 46, y J. Baudrillard, El intercambio imposible; Cátedra, Madrid, 2000.
[12] Aunque alguna sí; observemos la potencia metafórica de esta frase de Marx para extrapolarla a ciertas formas de creación del narrador o del yo elocutorio del poeta actual: “el objeto que el trabajo produce se enfrenta a éste como algo extraño, como una fuerza independiente de quien la ha creado”; ver al respecto Sidney Finkelstein, “La expresión artística de la alienación”, en VVAA, Marxismo y alienación; Edicions 62, Barcelona, 1972, p. 70.
[13] Citado en Joaquín Estefanía, “La globalización y la Unión Europea”; El País 24/10/2005.
[14] J. Habermas, Historia y crítica de la opinión pública; Gustavo Gili, Barcelona, 1994, p. 68.
[15] Z. Bauman, Vidas desperdiciadas; Paidós, Barcelona, 2005, p. 153.
[16] Zygmunt Bauman, “Caer de la sartén al fuego o las artes entre la administración y el mercado”, en Andrés Alonso Martos, Vicente Raga Rosaleny y Juan D. Mateu Alonso (eds.), Surcar la cultura; Pre-Textos, Valencia, 2006, p. 20.
[17] Véase el interesante ensayo de David Weinberger, Everything is miscellaneous. The Power of the Digital Disorder; Times Books, New York, 2007.
[18]"La velocidad es la forma de éxtasis que la revolución teórica ha brindado al hombre. Contrariamente al que va en moto, el que corre a pie está siempre presente en su cuerpo. (...) Todo cambia cuando el hombre delega su facultad de ser veloz a una máquina: a partir de entonces su propio cuerpo queda fuera de juego y se entrega a una velocidad que es incorporal, inmaterial, pura velocidad, velocidad en sí misma, velocidad éxtasis". (Milan Kundera, La lentitud).
[19] José Luis Brea, “Redefinición de las prácticas artísticas s.21”, Debats nº 84, “Lo virtual”, Valencia, primavera 2004, p. 70.
[20] J. L. Brea, op. cit., p. 69.
[21] Boris Groys, “La ciudad en la era de su reproducción turística”; Zut, nº 1, primavera 2005, p. 16.
[23] En el curso de estas jornadas de Jaca, una relevante novelista me comentó que su próxima novela, incluida en una prestigiosa colección nacional, aparecerá bajo copyleft.
[24] A. Méndez Rubio, Trasluz; Calambur, Madrid, 2002.