Win or go home
Lema de los playoffs de la NBA
Manuel Borja Villel, director del Museo Reina Sofía, decía hace poco en una entrevista que “el éxito es una obsesión anglosajona”. Como dándole -brutalmente- la razón, sólo un día después, la actriz anglosajona Stephanie Parker se suicidó tras cancelarse la serie de la BBC en la que trabajaba, Belonging.
En efecto, los anglosajones en general y los estadounidenses en particular sufren una enfermedad contagiosa (no me refiero a la gripe porcina, que tanto juego metafórico, y tan poco ingenioso, está dando a ambos lados del océano), que se transmite de generación en generación, y es el obsesivo síndrome del éxito. Les pongo varios ejemplos. Una vez, en una reunión por estas tierras con empresarios yanquis, uno de ellos anunció que se jubilaba. Los demás se miraron entre sí morbosamente, como diciendo: “uno menos; John está acabado”: el tal John iba a dejar de ser productivo y no podría tener más triunfos en el futuro... Otro caso, aún más inquietante: hace días unos niños jugaban en las calles próximas a mi casa, persiguiéndose unos a otros con las bicicletas. Se desafiaban de esta forma: “si no me alcanzas, eres el mayor perdedor del mundo”. El otro respondía: “si te pillo, serás un tarado y apestoso perdedor”.
Un programa televisivo norteamericano -bastante exitoso, por desgracia- se denomina Bigger Losers (Los mayores perdedores). El título es un juego de palabras. Se trata de un concurso donde se admiten sólo participantes de peso superior a 130 quilos, y gana quien más peso pierde en varias semanas. Ver un capítulo da vergüenza ajena, como podrán imaginar, tanto por la condescendencia con que son tratados los participantes como por el preocupante sentimiento de vergüenza que ellos sufren por su sobrepeso. El doble sentido del título alude a que el gordo (como el feo, como el bajito enclenque, como el albino, como el mutilado), está fuera del sistema, es un perdedor nato, es una especie de freak o bicho raro que no se atiene al sistema icónico tradicional dirigido al cuerpo danone.
Pero no es sólo la pantalla. Los medios de inoculación del veneno del síndrome del éxito son a veces evidentes y a veces más sutiles y, por ello, temibles. Es frecuente ir conduciendo por estos lares y ver en la parte posterior de los coches pegatinas con lemas como: “Soy el orgulloso padre de un alumno destacado de Hill School”; o: “Mi hijo es honored student en la Universidad de Virginia”. Esas pegatinas son fabricadas por las propias instituciones académicas, que las regalan a los padres cuando sus hijos alcanzan las menciones. Hay cosas todavía más chocantes. Una de mis vecinas tiene un cartel en su ventana avalando que fue una animadora premiada en un concurso de animadoras deportivas (cheerleaders; ojo al “leaders", líderes, de la palabra).
Max Weber ya estudió cómo el crecimiento del protestantismo en los países anglosajones creó un modelo teológico que no era incompatible ni con el éxito colectivo ni con el enriquecimiento personal. Esta tranquilidad de conciencia, producida por un credo comprensivo con el modelo empresarial, puede explicar a juicio de Weber el rápido crecimiento de Inglaterra y Estados Unidos durante los siglos XIX y XX y su éxito económico (hoy en horas bajas). Decía Elías Canetti en La conciencia de las palabras (donde habla de una tranquilidad de conciencia muy diferente) que, para los hombres, “su deseo de vivir experiencias ajenas desde dentro no debería ser determinado nunca por los objetivos que integran nuestra vida normal u oficial, por decirlo así; debería estar libre de cualquier aspiración a obtener éxito o importancia”. En Europa, estas palabras suenan a utopía; en Estados Unidos, a algo absurdo, si no sacrílego. Es cierto que el fracaso cansa, como dijera Alejandro Rossi, pero el éxito continuo, sobre todo el de los otros, cansa una hartá.
.