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lunes, 11 de junio de 2018

Nunca hay demasiado Milán


Comparecen en poco tiempo tres libros de Eduardo Milán: su último libro de poemas, Salido (2018), en Varasek Ediciones, y dos gruesos tomos publicados por Libros de la resistencia, editorial que está haciendo un enorme trabajo por la poesía y la reflexión poética en general, y sobre las de Eduardo Milán en particular. El primer volumen, publicado el año pasado, es Prosapiens seguido de Llegando a Milán. Aproximaciones y conexiones, cuyo subtítulo reza “Edición conmemorativa en el 65 aniversario del autor”, y en el que tuve el honor de participar, al incluirse en el volumen la entrevista que realicé a Milán para la revista Quimera en 2006. Este volumen, coordinado por Antonio Ochoa, reúne casi un centenar de breves ensayos poemáticos de Milán, varias lecturas de su obra a cargo de críticos relevantes, y algunas entrevistas con el autor. El tercer libro, que constituye una de las aportaciones poéticas más importantes del año, es Consuma resta I, primera entrega de lo que será la poesía reunida en varios tomos del poeta uruguayo residente en México desde hace décadas, que aglutina 400 páginas de exigencia lírica publicadas entre 1975 y 2013, con cambios y correcciones a cargo del autor.



Salido parece tender puentes semánticos y tonales con Tres días para completar un gesto (2013), al reunir poemas digresivos, acerados y críticos, que añaden algún elemento de interés ya presente en Tres días, como la consideración de la obra de algunos cantantes de pop, rock y rap como interlocutores poéticos de primer nivel, desde Dylan hasta Eminem pasando por David Bowie o Simon & Garfunkel, algo nada extraño en un pensador que también ha analizado —con distanciamiento crítico, pero reconociendo su interés— la obra de artistas como Damien Hirst, por poner un ejemplo. Pero la apertura referencial no implica que Milán no continúe su camino hacia lo hondo, hacia el no saber que, a su juicio, es esencial a la creación poética (Salido, pp. 114-15), entendida como “signos insolventes” (p. 17) que acaban desvelando su perplejidad, como en la excelente “Coda”:





Esta confluencia de publicaciones nos permite recordar algunas características de la obra de Milán. La primera, su generosidad. Generosidad escritora, pues no es un escritor cicatero, sino prolífico y abierto: más una obra en marcha que un autor de hitos concretos, como prueba su reescritura. También generosidad lectora, que se advierte en un respeto casi religioso por la tradición que le interesa (Vallejo, Borges, Góngora, Lihn, algunos poetas estadounidenses, la poesía concreta, etcétera), pero también largueza hacia los contemporáneos, como puede verse en libros como El camino Ullán (2009). ¿Quién homenajea a un poeta coetáneo con un libro completo? ¿Cuántos poetas son capaces de poner su obra al diálogo o al servicio de la de un compañero de profesión? Por no hablar de la generosidad crítica, de todas esas excelentes lecturas y recensiones que Milán ha ido haciendo de numerosos poetas, tanto vivos como desaparecidos.



La segunda nota definitoria de esta obra es su variedad. Variedad lectora y variedad de escrituras, de tonos, dentro de algunas características centrales de su poesía; amén de la descolocación de la palabra para quebrar el horizonte de expectativas del lector, como explicó en su ensayo Resistir (2004), estarían otros elementos de la obra de Milán apuntados por los críticos reunidos en Llegando a Milán: el desbordamiento expresivo (Benito del Pliego), la discusión con el origen (Nicolás Alberte), la continuidad con sus ideas ensayísticas (Appratto), “las repeticiones y digresiones [que] componen una continuidad que arrastra, aunque en su curso vayan rasgándose los nexos, las junturas” (Miguel Casado), o el diálogo con lo religioso (Felipe Cussen, J. Landa), en una escritura inclusa en las “políticas del decir” (Pablo López Carballo), conflictiva consigo misma, que “a medida que avanza va poniendo en duda los supuestos mismos con los que trabaja” (Edgardo Dobry). Hay que lamentar, en esta edición de Prosapiens seguido de Llegando a Milán, que se hayan traspapelado y barajado algunas páginas —al menos en mi ejemplar—, de forma que no pueden leerse por completo los ensayos de Cussen y Benito del Pliego. Si el error es general, ojalá haya una segunda edición donde corregirlo.





La poética de Milán, o al menos parte importante de ella, brota de la exploración total de cada una de las palabras utilizadas en el verso —práctica que suele asociarse a la mayoría de los poetas, pero que raramente se revela de forma tan palpable como leyendo al poeta uruguayo—. Me refiero a una exploración semántica de los términos, claro está, pero también sonora y “sintáctica”, en el sentido de ahondar en la posibilidad de romper o dividir la palabra en fragmentos más breves que conserven y/o multipliquen su sentido. Una poética que encuentra su cénit —en mi opinión personal— en Acción que en un momento creí gracia (2005), que es uno de los grandes libros de la poesía del XXI en nuestra lengua. Por ello es clarividente la frase de Olvido García Valdés sobre Milán que abre Consuma resta: “Lo espectral es tu materia en poesía”. En efecto, Milán encarna lo inescrutable, lo abstracto, y lo materializa: no lo reifica, sino que le insufla vida a un conjunto de abstracciones, las dota de carne, huesos, células y movimiento, un movimiento que sucede en la mente de quien lee y que de pronto observa cómo la precisión, las ideas y la ideología se mueven tridimensionalmente mientras recorre los versos. Porque lo mental —que no deja fuera lo social, sino que lo incorpora tras analizarlo críticamente— es el centro de la experiencia creativa de Milán: “¿Crear? Inventar lo que tenemos dentro / con la ayuda de formas de afuera” (Consuma resta I, p. 164). Lo que nos recuerda aquello que escribió en cierta ocasión el filósofo Stanley Cavell: “la poesía ha de hacer que ocurra algo –en cierto modo– a aquel a quien le hable; algo interno, si se prefiere decirlo así.”[1]. Ese acontecimiento interior sucede leyendo a pocos poetas y, desde luego, Eduardo Milán se cuenta entre ellos.



[1] Stanley Cavell, En busca de lo ordinario. Líneas del escepticismo y romanticismo; Cátedra / Frónesis, Valencia, 2002, p. 64.


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sábado, 19 de marzo de 2016

Materiales para una encuesta sobre literatura hispanoamericana actual



Juan Casamayor, editor de Páginas de Espuma, responde a la pregunta qué le falta, o qué le sobra, a la literatura hispanoamericana actual:



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"Por cierto que en Colombia deberíamos leer más autores venezolanos. Aparte de Barrera Tyszka y Oscar Marcano, los más conocidos, y de Eloy Yagüe e Israel Centeno, hay autores aún jóvenes como Salvador Fleján (Intriga en el Car Wash) y menos jóvenes como Victoria de Stefano (Paleografías) que deben ser conocidos fuera de sus fronteras. La cultura venezolana, en general, debe ser más conocida fuera de sus fronteras", Santiago Gamboa. 
 
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Cuando acudo a una mesa redonda de escritores, hay un tema que no suelen tocar; un tema sobre el que reflexiono de un tiempo para acá: qué contar. ¿Historias ambiciosas con normalidad? ¿Historias normales con ambición? ¿Historias ambiciosas, ambiciosamente? Porque historias normales, contadas anodinamente, ya sé que no.


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Jorge Volpi responde a la pregunta de qué le falta, o qué le sobra, a la literatura hispanoamericana actual:




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“La censura del pasado, el orden al que se somete, las exclusiones deseadas y las inclusiones forzadas tienen, en ocasiones, el efecto reactivo de despertar el deseo de conocer lo excluido, que cobra la fascinación de lo prohibido. Ese fue el caso de generaciones de escritores puertorriqueños ante las fórmulas simplistas y engañosas de los currículos escolares. La curiosidad de lo sumergido sigue presente de algún modo en varios escritores actuales. De hecho, un diálogo con escritores más jóvenes sobre el concepto de tradición revela que la dispersión actual es propia de procesos dinámicos y, de manera compleja, enriquecedores. Si, por una parte, se piensa que la tradición nos marca como material genético, por otra, se reconoce una movilidad propia del mundo de las redes digitales y un momento ‘muy bueno y diverso de la literatura vinculada a Puerto Rico’ (Luis Othoniel Rosa)”; Marta Aponte Alsina, Somos islas. Ensayos de camino; Editora Educación Emergente, San Juan, 2015, pp. 68-69.

 
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Martín Caparrós: "si ahora un pintor pintara como Delacroix, se le miraría con algo de extrañeza, pero si escribe como Flaubert es un gran escritor":




 
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“(…) sí piensa que es necesario bajar de clase a los protagonistas, porque la clase media –esto lo piensa sin ironía– es un problema si se quiere escribir literatura latinoamericana”; Alejandro Zambra, Mis documentos; Anagrama, Barcelona, 2013, p. 191.
 
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"De los narradores dominicanos que han publicado por primera vez del año 2000 hasta el 2015, ¿Cuáles nombres te vienen a la mente? ¿Cuáles de esos viven fuera de la media isla? ¿Hay algunos elementos comunes presentes en sus obras?
AV: Una lista rápida y a fuerza de memoria traería a: Rita Indiana Hernández, Juan Dicent, Rey Andújar, Frank Báez, Gabriel del Gotto, Joan Prats, Ana Maurine Lara (publica en inglés). Creo que solo Dicent, Andújar y Lara viven fuera de la isla. Como mencioné arriba la crítica Fernanda Bustamante ve la narrativa de Báez, Hernández, Dicent y Andújar bajo la óptica del desenfado. A eso yo añadiría que existe una concentración en el elemento urbano y en el realismo sucio.
•Me ha sucedido que al hablar sobre escritores dominicanos con algunos extranjeros generalmente me mencionan tres nombres: Pedro Henríquez Ureña, Juan Bosch y Junot Díaz. ¿A qué factores atribuirías el que no se conozca más la obra de otros escritores de nuestro país fuera de la media isla?
AV: Eso tiene que ver con varios factores: falta de promoción editorial tanto a nivel nacional como internacional; baja calidad en muchos de los libros que se publican; y la falta de una política adecuada de traducción, sobre todo al inglés, lengua dominante en el mercado editorial mundial. En República Dominicana se publica muchísimo pero en este caso, como en muchos otros, la cantidad no es sinónimo de calidad, sino todo lo contrario.", en http://dominicanaenmiami.com/?p=16046



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“Madrid [donde vive desde 1987] es mi segundo hogar. Pero confieso que todos los días pienso en Colombia, devoro comida colombiana y oigo música colombiana”, dice el autor de Impávido coloso (Alfaguara). “Colombia es mi único tema posible”, añade Sergio Álvarez (Bogotá, 1965), que lleva siete años en la capital catalana"; Rosa Mora, “Un masivo desembarco de talento”, El País, 13/03/2005.

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Edmundo Paz Soldán:




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“Su drama más grande, lo confesó cierta tarde, era no poseer una lengua materna. Desde que nació, por razones geográficas y de emigración, había tenido a su alcance distintos idiomas de los que podía escoger las palabras o los modos que más le sirvieran para determinada necesidad, lo que era una tragedia para hacer poemas. Tal vez por eso estaba tan interesado en crear un nuevo lenguaje exclusivo para la poesía”; Mario Bellatin, Canon perpetuo; PEISA, Perú, 1999, p. 126.


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"No hace falta haber leído toda la literatura latinoamericana y su crítica, para asumir una serie de convenciones y acuerdos tácitos que la regulan. Estas convenciones son las que persiguen normativizar las lecturas, establecer las jerarquías y certificar las legitimaciones, creando ese holograma ciberespacial llamado «literatura latinoamericana». Un delirio consensual que nos empuja, por ejemplo, a no cuestionar el uso del español en cuanto lengua oficial de dicho sistema y a considerar a los pueblos indígenas como sujetos adyacentes al mismo. El indígena, o el sujeto perteneciente a cualquiera de los grupos étnicos que transitan la cultura en términos de subalternidad, no es considerado un lector destinatario del corpus literario. A nivel de la imaginación colectiva, los pueblos indígenas son considerados sujetos pre-literarios o, en el mejor de los casos, vestigios vivientes de una literatura que ya no existe."; Allan Mills, "Literatura hacker y la creación del nahual del lector", Cuadernos Hispanoamericanos, nº 744, 2012, p. 16.


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“No son, en definitiva, Vladimir Nabokov o Joseph Conrad o Samuel Beckett, conocidos entre otras cosas por su versátil uso de una nueva lengua, sino Gerardo Deniz o María Negroni o, en efecto, Roberto Bolaño, escritores que habiendo pasado por América Latina escriben todavía en una de las formas del lenguaje dentro del cual crecieron. Ojo: aun cuando vivan en Estados Unidos, dentro de cuyo territorio se escribe hoy en día buena parte de la literatura latinoamericana de nuestros tiempos en inglés, no son US Latino writers, ni New Latino writers, ni US writers. Se trata de escritores que pasan por América Latina haciéndose también pasar por muchas otras cosas, abriéndole así la puerta a la despersonalización lo mismo que a la desterritorialización -que no es sino otra forma de enunciar la forma fluida y poco cabal de las identidades contemporáneas”; Cristina Rivera Garza, Los muertos indóciles; Tusquets, México D.F., 2013, p. 139-40.




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Juan Carlos Quiñones, Adelaida recupera su peluche (2011)


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Salvador Elizondo, después de ver Exiliados, de Joyce: “Nótese por ejemplo la identidad que hay entre Irlanda e Hispanoamérica por lo que respecta a la apropiación y superación de la lengua de los conquistadores por los aborígenes”, anotación del diario de 17 de noviembre de 1979, transcrita en Letras Libres en octubre 2008.


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“Historia trabando de construirse siempre, entonces, la nuestra. Tenía que coincidir con el devenir de nuestra poesía. Lenguajes fallidos cantando deseos fallidos de revolución; mimesis de formas eurocéntricas (…), intentos continuos de rebajar los niveles de comunicación estética al entendimiento del hombre medio; deseos de estar en otra parte, tal vez allí. (…) Pero no son los temas urgentes. En América Latina los temas siempre son: el hambre, la discriminación, la intolerancia, la represión, los modelos imposibles de crecimiento, los niños dejados a la buena del destino. Y una empecinada, central, ineludible necesidad de esperanza. No hay demasiada necesidad de búsqueda de la palabra original como fundamento de purificación del lenguaje poético”; Eduardo Milán, “Aclaración”, Resistencia; FCE, México, pp. 10-11.