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viernes, 22 de enero de 2010

Pasadizos entre cajeros automáticos

“Mientras la lengüeta se tragaba el chip y los mecanismos atacaban su concierto gangoso, me separé un paso de ese monumento a la abstracción. Aunque quería reunir toda mi integridad, ya se me había encogido el alma y sentí que brotaba la oración híbrida que he ido componiendo con la larga experiencia de estos trances. Escúchame, cajera automática, musité. Mole condescendiente con el tecnófobo. Delegada del plutócrata avariento. Agiliza, por favor, las evoluciones de tu sistema neumático”

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Marcelo Cohen, Donde yo no estaba; Norma Editorial, Buenos Aires, 2006, p. 29.

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“Es un hombre que camina solo por el barrio. Un martes por la mañana a la hora en que los demás trabajan. Que mira su teléfono móvil comprobando que funciona correctamente, que tiene suficiente batería y cobertura. Que todavía puede controlar la situación. Es un hombre a la espera de noticias, que ha salido de casa porque necesita pensar, pensar en algo. Su mujer lo mira desde el balcón con el niño en brazos, el camisón deja entrever los pechos caídos de la maternidad. Pechos una vez de brillantina, la locura de la sala de fiestas, todos esos hombres y sólo tú, con tu cara de pájaro. Ven aquí, voy a llevarte lejos de este infierno, tengo negocios. El mismo hombre que hoy se arrodilla en el cajero automático y que suplica, perdónanos, Señor, perdónanos".

Pablo García Casado, “Sevilla Este”, Dinero; DVD Ediciones, Barcelona, 2007, p. 46.

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“Me dirigí al cajero automático para verificar mi saldo. Inserté la tarjeta, tecleé mi código secreto y mecanografié la solicitud. La cifra coincidía aproximadamente con mis previsiones (…) Me sentí inundado por una oleada de alivio y gratitud. El sistema había concedido su bendición a mi existencia”

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Don DeLillo, Ruido de fondo; Seix Barral, Barcelona, 2006, p. 67.

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Los subrayados en negrita son nuestros.

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