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domingo, 16 de julio de 2017

La condición animal y Réplica





Valeria Correa Fiz, La condición animal. Madrid: Páginas de Espuma, 2016.

La condición animal pone sobre la mesa un viejo debate respecto a los libros de cuentos: la añeja discusión acerca de si deben ser volúmenes orgánicos, donde un mismo clima (o tema) y parecido tono sostienen todos los relatos, o si es suficiente con que sean una buena recolección de relatos dispares entre sí, carentes de un aire de familia aglutinador. El libro de la argentina Valeria Correa Fiz pertenece al último grupo, y a pesar de que la autora ha tejido mañosamente entre los relatos el hilo de lo animal que mueve -como es natural- a todo lo humano, no es difícil detectar que La condición animal acoge cuentos pertenecientes a distintas épocas, e incluso, sospechamos, a diferentes geografías emocionales y estéticas (las variantes de castellano utilizadas en los relatos también nos invitan a pensar en esos términos). La disparidad de cronología, aludida en los “Agradecimientos” de la autora, incluidos en la página 163, influye en el diverso valor de los mismos, pero bastan tres piezas, los relatos “Una casa en las afueras”, el excelente “Nostalgia de la morgue” y el maravilloso “Criaturas”, para justificar la existencia del volumen, que además se acompaña de otras piezas más que eficaces, como “La vida interior de los probadores”, “Regreso a Villard” o “Leviatán”. Hay que destacar la versatilidad técnica de los relatos y la capacidad de la autora para crear ambientes, atmósferas y espacios visibles para el lector, así como para introducir destellos que resumen en una frase una idea o detalles reveladores: “eran unos ojos candorosos (ya lo dije), pero no sé cómo describirlos. Eran sin telarañas.” (p. 101). Los mundos que recrea Valeria Correa Fiz son enfermizos y no poco crueles, pero están oximorónicamente llenos de belleza y de compasión humana. “Criaturas” será una distopía terrible, sí, pero su horror fascinante ha iluminado un buen rato de mi existencia y volverá a hacerlo en el futuro. Son los minúsculos milagros que depara la buena literatura.



Miguel Serrano Larraz, Réplica; Candaya, Canet de Mar, 2017.

“Hay algo de ideal en todo lo real (social), lo que no implica que todo sea ideal en lo real. Las ideas no son una instancia independiente de las relaciones sociales, sino que las representan retrospectivamente al pensamiento. Lo ideal es el pensamiento en todas sus funciones, presente y actuante en todas las actividades del hombre, el cual sólo existe en sociedad. Lo ideal no se contrapone a lo material, puesto que pensar es poner en movimiento la materia, el cerebro: la idea es una realidad, aunque una realidad no sensible”, escribió Maurice Godelier en Lo ideal y lo material. Podría haber escogido esta reflexión por la lucha que hay en Serrano Larraz entre el humanista actual y el antiguo materialista que estudió Física antes de pasarse al lado oscuro de las ideas no demostrables científicamente. Pero lo que me interesa en realidad de la frase de Godelier para hablar de Réplica, el último libro de relatos de Serrano Larraz, es la expresión “poner en movimiento la materia”. Cuando la crítica se refiere a algunos grandes poemas del XX, como Zona de Apollinaire, los denomina “poemas en movimiento”, imagen dirigida a recoger su capacidad de dirigir una estrategia semántica variable a través de una canalización formal que asuma la digresión, la atención al detalle casual y pasajero, la anécdota que no da la impresión de venir del todo “a cuento”, lo crudo y lo cocido, lo importante entreverado con lo secundario. Serrano Larraz ha logrado en dos piezas de Réplica (“La disolución” y el magistral cuento que da título al volumen) esa misma artesanía del relato-en-movimiento en el que puede incluirse cualquier cosa sin disfunción ni sensación inarmónica, donde los elementos encajan con naturalidad en el argumento o ausencia de argumento, de la misma manera que el personaje de Réplica tiene claro que “en la vida hay que hacer lo que sea para encajar” (p. 167). Son dos relatos de gran altura en un conjunto que, como su primer libro de relatos, Órbita (2009), también tiene altibajos y piezas menos acertadas, como “Logos”. Pero, como hemos dicho más arriba, bastan un puñado de buenos textos para hacer recomendable un libro de relatos, y además de las dos excelentes piezas ya dichas Réplica aporta “Recalificación” y “La frontera” (dos relatos notables que dan una original retorsión a temas muy trillados por la narrativa de la crisis), así como “El payaso” (una inteligente reflexión metaliteraria) y “Central”, una extraña y sugerente relatonovela o cuenovela.

*


Al margen, pero al mismo tiempo indisolublemente unido a lo ya dicho: gracias a Candaya y Páginas de Espuma por sus continuas aportaciones al panorama de ediciones alternativas que siguen ofreciendo gran parte de la narrativa en castellano más interesante de la actualidad. 



[Relación con las editoriales: ninguna. Relación con los autores: limitada a correspondencia sobre sus libros.]


sábado, 2 de mayo de 2009

Órbita, de Miguel Serrano




Miguel Serrano Larraz, Órbita; Candaya, Barcelona, 2009


Llamativo debut, éste de Miguel Serrano Larraz (Zaragoza, 1977), que ha compuesto un libro de relatos original, personalísimo (con algunos guiños a Roberto Bolaño y a Manuel Vilas, que prologa el volumen), y con momentos puntuales de notable altura.

Todos los libros de cuentos de la historia de la literatura tienen un problema estructural, casi siempre irresuelto, y es el de mezclar piezas de distinta temperatura y tono y calidad. Nunca he leído un libro de cuentos, ni siquiera de los clásicos, donde haya una calidad constante; si bien es cierto que tampoco en una novela o en un poemario es posible la homogeneidad total. Si Poe decía en su Método de composición que un poema largo es el resultado de la convivencia de varios trozos de poesía con otros de prosa versificada, una novela puede ser el fruto de la mezcla entre alta narrativa y crónica de sucesos inventados; y un libro de relatos podría ser hijo de la alternancia de cuentos con dramatizaciones narrativas (piezas que interpretan el papel de un cuento, sin serlo del todo). También Órbita, como todos los demás, es irregular, y también hay piezas flojas en comparación al resto, como “Perspectivas”. Otros relatos del volumen carecen de equilibrio entre sus partes internas, y quizá pudieran haberse acortado o sintetizado para mantener los momentos de tensión, como “Y del amor sólo queda el veneno”, o “Zaragoza, a 8 de noviembre de 2002”, que tienen partes muy buenas (en el primero hay algunas páginas desopilantes), diluidas a ratos por ciertos estiramientos argumentales. La tendencia, en este sentido, de Serrano Larraz al cuento largo y a la presencia de numerosos personajes nos hace pensar (y disculpen esta aproximación prospectiva, sin más argumentos de soporte que la intuición) que, en un futuro breve, Serrano Larraz quizá divida en dos líneas su narrativa, situando esa propensión suya a la complejidad (algo normal en una persona con estudios de Física y con habilidad para la descripción de relaciones internas en grupos de personajes) dentro de la novela, y manteniendo la otra línea dentro de la escritura de cuentos. No obstante, incluso en los relatos más novelescos siempre hay detalles, giros inesperados, hallazgos, que nos hacen terminar con agrado (y puntual asombro en piezas como “Órbita” o “Últimas señales”) el relato, y nos deja con ganas de afrontar el siguiente.

Dice Vilas en su interesante prólogo que no cree que Órbita sea experimental; soy de su opinión: a estas alturas de milenio ser narrador experimental es otra cosa, y requeriría de decisiones más arriesgadas que las que toma Serrano Larraz. Ello no significa que nos hallemos ante un narrador tardomoderno en cuanto a su estilo; tampoco que sea convencional en sus planteamientos narrativos: diría más bien que Órbita está –perdonen la obviedad de la metáfora física, pero el libro las utiliza de continuo– en velocidad de escape respecto a la gravitación narrativa española, a punto de entrar, como dice el propio título, en situación geoestacionaria. Escribe Vilas: “Tanto en Serrano, desde la narrativa, como en [David] Mayor y [Jesús] Jiménez, desde la poesía, veo un afán de originalidad literaria propio del siglo XXI. Observo esa originalidad como un desdeo de superación de las literaturas del siglo XX. No se trata sólo de escribir buenos libros, sino de escribir buenos libros interesantes porque son distintos, porque son diferentes” (p. 6). En efecto, así es –también en los dos poetas citados, ambos muy interesantes–: Órbita es diferente, está hecho desde una perspectiva curiosamente glocal, zaragozana y universal al mismo tiempo, lo que provoca que la Zaragoza de los relatos de Serrano sea diferente de la Zeta de la narrativa de Vilas; la de Serrano Larraz es una ciudad levítica, desdibujada, compuesta por paisanajes y definida casi como un no-lugar, mientras que la Zeta de Vilas es unas veces una ciudad de provincias española y otras la misma puerta del infierno –de forma literal–. La maleable forma de abordar cada historia, los toques científicos, la mezcla de nihilismo con sentido del humor y puntual melancolía, algún párrafo excelente
[1], los finales inesperados e inevitables a la vez, convierten a Órbita en un debut interesante, sugerente, con instantes de duda pero también con momentos redondos, como los relatos que abren y cierran el volumen.


Nota.
[1] “Tal vez el turista merecía morir. El Shaman era un bar, pero también era Venecia en el gran Carnaval. Las máscaras no quitan el frío, nos decíamos. La seda no abriga. Las gafas no engañan a la sed. Las góndolas no saben qué cosa es la piedad”; Miguel Serrano Larraz, Órbita; Candaya, Barcelona, 2009, p. 66.