Javier Moreno, La belleza del accidente. Contingencia e incertidumbre en la sociedad, la cultura y la tecnología contemporáneas. Madrid: Akal, 2026.
Puede ser un tópico emplear la metáfora de “mentalidad renacentista” para hablar de Javier Moreno, pero es llamativo que un coetáneo sea matemático, poeta, narrador, ensayista, profesor y haya creado una serie de ficción con inteligencia artificial (A New World). En su interesante faceta de ensayista en la que ya pudimos disfrutar El hombre transparente. Cómo el ‘mundo real’ acabó convertido en Big Data (Akal, 2022), un libro con asuntos conexos con el hoy comentado, Moreno estudia con rigor e inteligencia analógica cuestiones de primera importancia, como la inteligencia artificial, el error creativo, el accidente, la construcción de la realidad, la episteme científica, la abducción como tercer principio peirceriano de inferencia, la contingencia, el simulacro tardocapitalista, el Big Data y el papel del arte y la literatura en este nuevo escenario.
En La belleza del accidente. Contingencia e incertidumbre en la sociedad, la cultura y la tecnología contemporáneas nos encontramos con una interesante estrategia discursiva: el ensayo se construye en diálogo con un pensador serbio, Stefan Radonic, cuya obra de tres mil páginas Homo fallens se configura como corpus referencial para el ensayo de Moreno. No puede decirse que ese monumental tratado de Radonic sobre la realidad no exista, porque ahora existe, ya que Moreno nos ofrece numerosos fragmentos que, sumados, componen un interesante opúsculo sobre nuestra “caída en la falencia”, ya que la palabra fallens, astutamente elegida por Moreno, puede leerse tanto en latín (donde apela a quien engaña o falsea) como en inglés, donde apela a lo que cae (p. 79).
Su hábil estrategia discursiva de compartir espacio con un interlocutor, una idea que le hubiera gustado a Carmen Martín Gaite, convierte a La belleza del accidente en una muestra de ensayo con ficción, a dos voces (una racional y otra poética), que enriquece la lectura y permite al autor desdoblarse, cosa que por lo demás hace de continuo en sus diferentes facetas creativas, que en este blog hemos ido comentando durante veinte años, desde la reseña de su libro de poemas Cortes publicitarios en 2006. Así el ensayo cumple con la poética hautorial (p. 105) de “perder la voz” (p. 78) en que consiste su escritura especulativa.
Moreno desarrolla con originalidad y rigor conceptos como probabilidad, contingencia y principio de realidad, desde una perspectiva científica caracterizada por la claridad expositiva, gracias a la cual analiza la complejidad de esos y otros conceptos claves para entender nuestro mundo. Su “alineamiento” –por utilizar un término de moda en el entorno IA– con los temas de actualidad es de tal nivel que aborda asuntos, como la importancia de las ecuaciones Navier-Stokes (p. 57), que nos hace leer el ensayo como si fuera un diario o un noticiario bien informado. Si en El hombre transparente Moreno criticaba el movimiento reaccionario ligado a los oligarcas tecnológicos, anticipando fenómenos que hoy vemos a diario, en La belleza del accidente se destripan algunos de sus conceptos derivados, como el solucionismo tecnológico (Morozov), la miseria cognitiva (Shelley Taylor), el pensamiento computacional (Bridle) o el sesgo de automatización. Moreno propone la citada imagen del ser fallens, que incorpora con naturalidad el error y que, gracias a ello, nos permite “vibrar al unísono con el mundo” (p. 120), en unos términos que nos recuerdan la resonancia de Harmut Rosa, y presenta también metáforas sugerentes como la “muerte térmica de la mirada” (pp. 209ss, que toca un tema que me atrae, el de la pérdida del sentido de la maravilla por culpa de la técnica, al que dediqué un artículo en El País hace unos años).
Si tuviéramos que ponerle un reparo al ensayo, sería el de pasar de puntillas por los problemas éticos del uso de la inteligencia artificial (obviando consecuencias como el daño ambiental, el saqueo de las creaciones de artistas y trabajadores culturales, el plagio intelectual masivo, la distribución de bulos y paparruchas, el control social e individual, injerencias políticas y geoestratégicas –este tema sí se tocaba en El hombre transparente–, aplicaciones militares y colaboración con la eliminación de la privacidad, entre otros). Pero es cierto que la omnipresencia de la tecnología y su vinculación clara con el accidente, puntual o sistémico –algo de lo que no deja de hablarse en estas últimas semanas– es más que visible en el ensayo. Los peligros de nuestra dependencia están tratados a fondo, también las puntuales bondades y provechosas utilidades de ciertas tecnologías médicas, científicas o ingenieriles.
En resumen, La belleza del accidente es uno de esos pocos ensayos de mirada genérica y transversal: traslada una cosmovisión y un pensamiento dignos del nombre y contiene numerosas propuestas de interés, entre ellas un subyugante acercamiento a la incertidumbre que nos rodea, un completo aparato de referencias y citas que enriquece y amplía la lectura, y ofrece una sensata aproximación a temas que no podemos ni debemos esquivar, como la inteligencia artificial o la contingencia, expuestos mediante un discurso original y bien escrito, en ocasiones poético y propositivo, que nos hace entender mejor en qué mundo vivimos y hacia dónde vamos, como no tomemos las medidas pertinentes.




