Hay un cuervo en
mi pecho
Una
de las pocas novelas recientes que me han fascinado es Dura una eternidad y en un instante se acaba (Sexto Piso, 2025, trad. Ce Santiago), de Anne de Marcken.
Conjuga alta literatura experimental y zombis (la primera y memorable frase de
esta obra es “Hoy se me ha caído el brazo izquierdo”), y la protagoniza una
mujer ni viva ni muerta que hace un largo periplo hasta el último lugar donde
fue feliz. Con un tono que a ratos recuerda a David Markson, la novela de
Marcken desgrana una mirada poética sobre la existencia y el paso del tiempo
preñada de detalles fabulosos. Por ejemplo, la protagonista vacía parte de su
torso podrido para darle cobijo a un cuervo muerto hallado por el camino, y lo
ubica en el lugar donde estaba su corazón cuando latía. Marcken revierte así el
signo lúgubre del cuervo, que al menos desde Edgar Allan Poe y su poema “The
Raven” irradia en la cultura occidental un simbolismo tan negro como el color
de sus plumas. La autora reescribe ese sino y lo vuelve positivo, rico, vivaz:
“Tengo un cuervo dentro de mí y nadie puede saberlo. […] Es como todo el cielo
nocturno y todas las estrellas y todos los sonidos hermosos que puedas
imaginar. Es como estar tan ilusionada que no puedes dormir. […] Hay un cuervo
en mi pecho” (p. 27).
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No
está de más recordar que el poeta Robert Frost también se reconcilió con los
córvidos en su poema “Polvo de nieve”: “El modo en que un cuervo / sacudió
sobre mí / el polvo de nieve / desde un abeto / le ha infundido a mi corazón /
un nuevo ánimo, / salvando una parte / de un día de pesar”.
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Una
de las peores noticias editoriales de 2026 ha sido la muerte del editor y poeta
Aníbal Cristobo, a cuyo sello Kriller71 debemos valiosas publicaciones de
poesía actual en castellano (Autobiografía con objetos de Fernanda
García Lao), diarios (El tiempo de la convalecencia de Alberto
Giordano), ensayos (El pensamiento del poema de Mario Montalbetti) y
versiones de poesía extranjera. Una de las últimas obras preparadas por
Cristobo para Kriller71 fue un magno acontecimiento: la publicación de Cuervo.
El ciclo completo (2025) de Ted Hughes, en traducción de Jordi Doce, gran
conocedor de Hughes y excelente poeta, lo que garantiza una óptima llegada del
texto al español.
Doce
explica la importancia nuclear de Cuervo para el autor, que estuvo
rondando desde 1970 una versión mayor de esta “saga” con pájaro central, aunque
hasta la edición póstuma de los Collected poems de 2003 no fue posible
ver la magnitud de la obsesión de Hughes con este ciclo inacabado. Oscuro fue
su proceso creativo y más oscura aún la interpretación del arquetipo paseriforme,
exégesis entorpecida por la variabilidad de las declaraciones del autor al
respecto. El plan original, según Doce, “era contar el mito como un texto épico
hecho de fragmentos en prosa y en verso”, pero Hughes fue cambiando (o
ampliando) su idea, y, aunque las interpretaciones dadas son diversas, para
Doce el Cuervo podría ser la “personificación tragicómica de la fuerza
elemental de la vida”.
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Poema
“Mi cuervo”, de Raymond Carver (trad. Juan Carlos Villavicencio): “Un cuervo
voló hasta el árbol frente a mi ventana. / No fue el cuervo de Ted Hughes, ni
el cuervo de Galway. / O el de Frost, o el de Pasternak, ni el cuervo de Lorca.
/ […] Se posó durante algunos minutos en la rama. / Luego continuó y
hermosamente voló / fuera de mi vida”.
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Cirlot apunta en su Diccionario de símbolos que
el proceso alquímico de purificación del sujeto comienza tras experimentar el nigredo
o negrura de sus demonios internos, y de ahí pasa a la ablución salvífica.
Si bien el nigredo –como el cuervo– parece negativo, esa caída es
indispensable para poder avanzar. Marta del Pozo realiza en Nigredo (Bartleby,
2026) un viaje “mistérico” (Juan Carlos Mestre), que revela el proceso de
trasformación. Un trayecto cultural e íntimo a la vez, donde los pájaros son
compañía constante, sobre todo el cuervo, que “cae de una densa oscuridad a
otra” (p. 13), y que deviene imagen del cuerpo negro del poema sobre la nieve
paginal. Para el Jung de Aion el nigredo es la masa confusa o
caótica, y mediante el opus alquimicum se llega al claror del albedo. Pero Jung
también escribió Poesía y alquimia, y eso es justo es Nigredo, un
libro de poética alquimista, donde la voz rimbaudiana “va a ser otra” (p. 21),
cifrada en un lenguaje singular, renovador y valiente, de escasos parangones y
que merece nuestra atención lectora.
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Para
la voz de Nigredo y para la protagonista de Dura
una eternidad y en un instante se acaba, el cuervo marca el comienzo de un
proceso de renovación y de esperanza; en cambio, “Hugues percibió la crisis en
su propio interior, como un germen que crecía y se ramificaba en su sangre, y
creo un alter ego tragicómico, una extraña figura que bebe del mito, el
folclore y los símbolos del inconsciente colectivo” (Doce, p. 42). Tal es la
potencia simbólica de esta ave oscura, pharmakon capaz de dar vida o
muerte, según el enfoque estético.
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“Los
cuervos siguen volando”, Jesús Aguado, Los 108 nombres de Dios.
[Este texto es mi primera colaboración con la revista Publishers Weekly España, que ha comenzado este mes su camino. La versión aquí publicada es un poco más extensa que la aparecida en papel.]