viernes, 6 de mayo de 2022

María Bastarós, Jesús Pacheco y Fernanda García Lao

 


María Bastarós, No era a esto a lo que veníamos. Candaya, 2021.

Hay varios aspectos sorprendentes en estos relatos. Uno de ellos es la capacidad pasmosa de Bastarós de crear ambientes con apenas unos trazos, visibilizando a la perfección las escenas con un estilo eficaz, despojado a veces, en la línea de cierto realismo estadounidense. La intención de los relatos no es esteticista, sino que parece ir más bien dirigida a generar conflictos en los que mujeres o niños se topan de frente con la brutalidad de la existencia y lidian con ella, bien desde una maldad esgrimida casi en legítima defensa —sobre todo en los casos infantiles— bien desde una resistencia casi estoica. Asombra la solvencia con que la autora describe situaciones de tensión, desasosegantes, incómodas, que trasladan a quien lee la angustia de los personajes, con pericia léxica y psicológica. A veces, el tono informativo de relatos como “Notre-Dame reducida a cenizas” —de título polisémico— enfatiza o realza la devastación que se narra, creando un hábil efecto basado en la oposición o contraposición de fuerzas. También domina Bastarós el arte del detalle revelador que captura a un personaje y su lógica social: “Las palabras del jefe salen de su boca perfectas, redondas y brillantes como un montón de pelotas de golf” (p. 53). A esos aciertos se une el de ubicar los relatos en espacios que contribuyen al enrarecimiento, sin caer en el tópico; de hecho, en manos de Bastarós cualquier lugar puede volverse infernal en un par de párrafos. En el gusto por esas ambientaciones también se advierten ecos, aunque la adaptación a un territorio reconocible se ha realizado con acierto, hasta convertirlo en apropiación o reapropiación.

Por eso mismo, extraña un poco que una autora tan fina, capaz de tanto cuidado en el detalle, se permita un importante trazo grueso argumental, un borrón maniqueo, por el cual todas las mujeres —o casi— que aparecen en el libro son estupendas y víctimas, y todos los varones —casi sin excepción— son violentos, pederastas, violadores, miserables o una mezcla de esos elementos. Sin embargo, y paradójicamente, este defecto es del libro, pero no de los cuentos: se produce por acumulación de conjunto y no hace desmerecer las piezas individuales, que funcionan a la perfección por sí mismas. Por este motivo, No era a esto a lo que veníamos es un libro estupendo, con algunas piezas realmente memorables, como “Las chicas no” o “El día de la escopeta”, capaces de alimentar las pesadillas de cualquiera.

 

Jesús Pacheco, Todos los cuerpos, el cuerpo. Granada: Valparaíso, 2022.

La reseña de este curioso y más que recomendable libro de poemas del joven Jesús Pacheco (nacido en 2000), podría hacerse a partir de versos del propio libro, pues su logomaquia es archiconsciente, en tanto autorretrato de un autorretrato. El autor entiende “la memoria / como una estructura de pensamientos”, y así es, y en su caso podríamos añadir que se trata de una estructura recursiva, donde la disposición de los elementos cobra tintes fractales, al construirse los poemas a partir de repeticiones o ritornelos que, como una letanía mecánica, tejen y retejen elementos cuya reaparición conlleva un gradiente emocional. Las piedras de este edificio lírico son recombinantes, y sus materiales (el autorretrato, el espejo, el nombre, la memoria, la madre, el pasado, el cuerpo) coinciden, no por casualidad, con la almendra misma de la identidad, ya sea concebida a la antigua usanza o como proceso posmoderno. Anáforas, repeticiones, ecos y paralelismos incorporan su arsenal duplicador para hacer crecer centrífugamente —diría Juan Ramón Jiménez—, o de forma geodésica —diríamos nosotros—, un llamativo libro de poemas, que pone a Jesús Pacheco en la línea de la atención debida: al menos quien esto firma estará muy pendiente de sus pasos.


 

 

Fernanda García Lao, Sulfuro. Candaya, 2022.

En uno de los poemas de Carnívora (2016), escribía Fernanda García Lao: “los muertos son más lascivos”, como adelantando alguna de las macabras vías narrativas de Sulfuro, la novela encarnada y desencarnada a la vez que aparece en España de la mano de Candaya, sello que ya publicara Nación Vacuna (2020). El nuevo título no viene de la nada, pues su singularidad conversa con sus obras anteriores, mostrando líneas de fuerza y de coherencia. Por ejemplo, el título de su novela Fuera de la jaula (Emecé, 2014), puede encontrarse en una línea de la página 43 de La perfecta otra cosa (2007). Fuera de la jaula, ya comentada por estos lares, tiene Sulfuro algún elemento en común, como por ejemplo hacer hablar a los muertos, aunque los finados aquí no son narradores, como allí, sino personajes. Porque el interesante narrador de Sulfuro es una instancia que habla en segunda persona, un enfoque habitual en narrativas autobiográficas —donde suele usarse, curiosamente, para introducir una distancia respecto al yo contado—, aunque no tanto en ficción novelesca, si bien cuenta con sus antecedentes ficcionales (Butor, Perec, Goytisolo, Fuentes, Sturgeon, Everett, Aira) y sus usos contemporáneos (Eloy Tizón, Pedro Mairal, Luis Rodríguez, Mario Cuenca Sandoval). Una de las posibilidades de ese uso es la bifurcación o escisión del sujeto que narra, que se sirve del “tú” para hablar consigo mismo/a como si fuera otro/a, lo cual quizá se ajusta a la protagonista de Sulfuro —que sostiene otros juegos de disolución de personalidad: uno con el personaje oracular de la Escribana, y otro con su propia madre (pp. 63, 77, 171)—, además de apelar al lector como interlocutor de esa larga conversación en que toda novela consiste. En García Lao este tipo de sujetos bifurcados no es nuevo, recordemos al bicéfalo ManFredo de Fuera de la jaula, por lo que en Sulfuro podríamos hallarnos ante una variación espectral del procedimiento. Para la autora, aficionada a la filosofía, la identidad es un pliegue deleuziano, y el eje entre inexistencia y existencia el lugar de sus apariciones. Sé que esta reseña está quedando un poco rara, ya me disculparán, pero una cosa me lleva a la otra y hablar sobre Sulfuro dispara mi atención sobre hilos diversos que sólo tienen en común estar trenzados por la mano de García Lao. Sulfuro dialoga con Nación Vacuna en la crítica social realizada desde el envés, desde las relaciones entre las personas, donde la corrupción social va mostrando sus tumefactas pústulas en los cuerpos domésticos e individuales; también en su voluntad de poner el cuerpo —o la ausencia del mismo, quien lea la novela entenderá esta alusión— en el centro del relato y en el núcleo de los personajes principales, como carcasa palpitante del yo. Eros y thanatos, sí, articulados no por morbo, sino con una sorprendente naturalidad: el sulfuro puede ser demoníaco, o derivar de aguas fecales, bajo la forma de ácido sulfhídrico: Petra, una secundaria de esta novela, es un original encuentro entre las dos posibilidades. Por último, Sulfuro también teje vínculos con una tradición argentina espectral (el poder opresivo de los muertos sobre los vivos, pues los muertos son “el obstáculo”, p. 164), y con otra reciente tradición latinoamericana, ese gótico contemporáneo ahora tan de moda. Sin embargo, el diálogo que la narrativa de García Lao establece con el otro lado y lo fantástico viene de lejos, ella se adelantó a la tendencia y es, en su caso, natural: “estoy al revés / como ese día en que fui vieja / tenía la muerte pintada en los labios”, escribía en 2014. García Lao lleva haciendo terror latinoamericano al menos desde La perfecta otra cosa (2007), donde hay drogas que desintegran a sus consumidores, varones de pene menguante y hermanos gemelos alucinados. Es decir: Sulfuro, con su microcosmos de dolor, irrealidad y belleza se integra en un cosmos más grande, también compuesto de pliegues, que es el mundo narrativo de Fernanda García Lao. Ello provoca que haya otras dimensiones en esta excelente novela, urdida con frases breves y punzantes como cuchillos, pero es mejor que las descubran ustedes por su cuenta.

 

[Relación con los autores: ninguna. Relación con las editoriales: ninguna].

domingo, 17 de abril de 2022

Multigenérica

 


Sandra Santana, La escritura por venir. Ensayos sobre arte y literatura en los siglos XX y XXI. Zaragoza: Pregunta Ediciones, 2021.

Este conjunto de ensayos de Sandra Santana proponen un horizonte de lectura en el que el libro ha abandonado su dimensión metafísica, la de portador de un sentido (o conjunto de sentidos) cerrado, para vertebrarse en una —más abierta— condición física: el libro como el principio de un proceso de algo por venir, en el que la hibridación con otras materias, otras artes y otras visiones da cuenta de una búsqueda que parece personal, pero resulta ser colectiva, en cuanto preocupación constante de numerosas mentes desde el XIX (Mallarmé mediante) para acá. Santana dice en la p. 61 que “la cuestión del ‘libro por venir’ no surge con la aparición de las nuevas tecnologías”, sino que tiene antecedentes como Mallarmé, Vito Acconci, el grupo Art & Language, Michel Broodthaers, José Luis Castillejo, Yoko Ono o, podríamos añadir, el mexicano Ulises Carrión, los concretistas brasileños, Ann Hamilton, Louise Bourgeois o numerosos poetas visuales. Esta mixtión entre literatura y arte, como apunta Túa Blesa en su prólogo, es una de las constantes creativas de los dos últimos siglos, y la tensión acucia por igual a pintores o arquitectos que se lanzan a escribir como a escritores que se lanzan a explorar las posibilidades de la textovisualidad que explicamos en El lectoespectador, hace ya diez años.

Lo que hace recomendable el libro de Santana no es sólo el interés de los artistas estudiados, sino, sobre todo, la inteligencia analítica de los acercamientos realizados por su autora, capaz de convertir en legibles experiencias radicales, como la de José Luis Castillejo, que muestra “la escritura como una auténtica aventura donde las reglas están aún por escribirse” (p. 100). Castillejo y Broodthaers actúan como polos atractores en el tejido de intereses de Santana, a quien no le tiembla el pulso para criticar solventemente tendencias contemporáneas, como las uncreative writings de Dworkin y Goldsmith.


Casi al mismo tiempo que este libro de ensayos, ha aparecido el último libro de poemas de Santana, La parte blanda (Pre-Textos, 2022), una delicadeza que hay que leer con atención para extraerle todo su jugo. En sus Conversaciones, Kafka le explicaba a Janouch que es normal que los seres humanos tengan como una de sus principales vías mentales de escape, ante la crudeza de la existencia, la de pensarse transformados en animales, algo natural en la infancia y que en la vida adulta se desplaza al sueño, las fantasías de la vigilia o la expresión artística. 

Santana explora este intersticio entre lo humano y lo animal, para columbrar algunas similitudes entre los destinos de ambas especies, relacionadas con la caducidad de las partes blandas, de las carnes que aguardan la corrupción. En especial, el objetivo de varios poemas se cierne sobre la lengua y su poder referencial, como explica Juan Manuel Romero, apelando a la vez al lenguaje y al aparato fonador. 

La forma estrófica elegida por la poeta es minimal, de verso breve y afilado, que corta los conceptos como una navaja de Ockham, vivisección y disección al mismo tiempo. La sensibilidad con que Santana se asoma a los vértigos abisales de la existencia es exquisita, culminando una trayectoria radicalmente singular y propia, al margen de cualquier escuela o arraigamiento grupal.

 


 

Bibiana Candia, Azucre. Logroño: Pepitas de Calabaza, 2021.

La cruda historia que cuenta Bibiana Candia en esta novela confirma lo que entrevimos al leer Fe de erratas. Metaliteratura (Ediciones Franz, 2018): el placer de hallarnos ante una narradora sólida con un excelente pulso literario. Azucre se articula sobre dos planos narrativos, y a cada uno de ellos se le otorga un narrador: la voz en tercera persona que ambienta y contextualiza la historia se mezcla sin solución de continuidad —lo que constituye un notable acierto técnico— con la voz en primera persona de Orestes, diluida a veces en el nosotros que colectiviza la historia y redistribuye el horror. Candia va tejiendo en elaborados fragmentos esos pronombres (ellos, yo, nosotros), de una manera tan contenida que sus 139 páginas dan pie a visualizar un mundo entero de pobreza, dolor y sometimiento. En la parte de los reparos, es algo molesta esa presencia ocasional de una voz naturalista, que con tono decimonónico pontifica sobre lo que cuenta, en vez de dejarle al lector el juicio, tan fácil de inferir. En la parte de los elogios, además de los ya apuntados, debe felicitarse a la autora por la altura puntual de algunas descripciones e imágenes, que nos sitúan el espanto físico y mental ante los ojos—por ejemplo, pp. 50-51, entre muchas otras, donde se describe la crueldad de los traslados humanos a través del Atlántico, un tema que comparte con algunos poemas de las Nuevas cartas náuticas (2022) de Adalber Salas Hernández—. Es normal que Azucre, poco a poco, lectura a lectura, boca a oreja, vaya acumulando reimpresiones y premios.

 

Bruno Mesa, Planes de fuga. Santa Cruz de Tenerife: Ediciones del Pampalino, 2021.

La discreción con la que Bruno Mesa elabora su obra, compuesta por aportaciones en varios géneros tan sugestivas como fragmentarias, casa mal con esta época de ruido y furia, en la que si no golpeas algo —o a alguien— parece que no existes. Planes de fuga es un conjunto exquisito de aforismos, de un nivel medio realmente llamativo. Como dice Sergio García Clemente en la contracubierta, los pensamientos de Mesa no son sentenciosos, ni moralistas, sino que su función es generar la incertidumbre interna y poner las ideas consabidas en cuestión. Pongo como ejemplo una página, aunque podría ser cualquier otra. Si les interesa el microgénero, simplemente no pueden dejar pasar este libro.



 

 

 [Relación con los autores: cordial con Sandra Santana, no conozco personalmente a Candia y Mesa. Relación con las editoriales: ninguna, salvo con Pre-Textos, que publicó varios libros míos.]

domingo, 3 de abril de 2022

Chejfec


Acabo de conocer el fallecimiento -temprano, tempranísimo- del escritor Sergio Chejfec, una de las voces más singulares e interesantes de América Latina. El pasado diciembre Chejfec me enviaba No hablen de mí. Una vida y su museo (Ed. Magdalena Arrupe. Buenos Aires: Malba, 2021), un pequeño ensayo construido a partir de una intervención en el ciclo La mirada documental (2016), organizado por Malba Literatura. Por supuesto, vamos a contradecir ese título -a su vez contradicción de uno de Dario Canton, sobre quien Chejfec monta su ensayo- y hablaremos de Chefjec; claro que todos hablaremos de él, ya que no es posible volver a hacerlo con él. Si en No hablen de mí Chejfec exploraba la extraña relación entre vida, documentación y actitud museística de Canton, ahora comprobamos que el "museo" Chejfec deberá constuirse única y exclusivamente a partir de los diversos y estimulantes testimonios documentales que nos ha ido dejando. 

Dejo aquí dos textos en los que hablé de alguna de sus obras. El primero pertenece a mi colaboración en el volumen colectivo Territorios in(di)visibles:dilemas en las literaturas hispánicas actuales (2021). 

 


El segundo es este post antiguo: https://vicenteluismora.blogspot.com/2015/12/lectura-riechmanniana-de-chejfec-o.html

Descanse en paz Sergio Chejfec. La única consolación plausible son sus libros, donde podremos leerlo y releerlo.