jueves, 17 de septiembre de 2026

Aburrirse es divertido

 Comparto el artículo publicado en Publishers Weekly España este mes de septiembre.

Aburrirse es increíblemente divertido

Vicente Luis Mora

 

Mientras los psicólogos advierten de los peligros de no aburrirnos, por culpa de la atención dilapidada en adminículos de entretenimiento idiota –antes conocidos como teléfonos–, yo disfruto aburriéndome con libros en los que nada pasa, llenos de zonas grises y tedio. Libros donde la experiencia de la nimiedad, lo infraordinario (Perec), lo mecánico y lo consabido protagonizan la trama. Pensemos en la novela de Jenifer Becker, Tiempos de aburrimiento (Alpha Decay, 2026, traduce Núria Molines Galarza), donde la treintañera Mila nos cuenta cómo quiere borrarse de redes y aplicaciones para no dejar rastro digital, por miedo a ser cancelada. Narra con todo detalle las gestiones con amigas, instituciones y webs para eliminar menciones o artículos donde se la nombre, y cómo deja su trabajo académico para buscarse a sí misma, a la vez que intenta aniquilar, como en el “William Wilson” de Edgar Allan Poe, a su doble digital. La novela es lenta, parsimoniosa, minimalista; no hay grandes emociones, ni escenas de sexo o violencia, ni epifanías o rupturas sentimentales. Sólo vemos a una chica que tira su vida por la ventana a cámara lenta. Dirán ustedes que esa descripción parece más dirigida a disuadir de la lectura de Tiempos de aburrimiento que a recomendar su lectura. En absoluto: no pude parar hasta terminarla. Porque, bien contada, la nadería es un tema fascinante.

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La poeta Lola Ruiz parece haber leído a Mila: “Escucho hablar del derecho al olvido. / Lo necesito, lo quiero, ahora […] / Si alguien se equivocó en su pasado / y reclama que desaparezca su nombre / de la faz de las redes, / pido yo, exijo / rápidamente olvidar el tuyo, / como un derecho universal, / irrenunciable e imprescriptible, / como si me fuese la muerte en ello” (Otras estaciones, El Toro Celeste, 2025).

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¿Qué tienen en común Samuel Beckett, Juan José Saer, Virginia Woolf, James Joyce, David Foster Wallace y Dino Buzzati? Según la ensayista Inma Aljaro, todos ellos levantan sus edificios narrativos convirtiendo el tedio en acontecimiento. En Tedio y narración. Sobre la estética del aburrimiento en la narrativa: de James Joyce a David Foster Wallace (Cátedra, 2024), el aparente oxímoron del aburrimiento divertido es el campo de juegos de esa narrativa experimental que cambió para siempre la literatura, cien años atrás. ¿Por qué nos atrae? Según Aljaro, “el lector cómplice que se entregue a la experiencia del aburrimiento quizás consiga descifrar algunos de los aspectos reveladores de este fenómeno que tanto revela de nuestra condición humana” (p. 130). En efecto, es en esos momentos donde parece no ocurrir nada cuando golpea la angustia metafísica: la nadería nos conecta, de inmediato, con el sentido de la vida. El modo en que cada personaje novelesco reacciona ante esa crisis tranquila es un retrato psíquico perfecto y, a la vez, un sismograma de la época que habita. Las añadas más jóvenes, que no toleran un instante de aburrimiento, ¿cómo construirán artísticamente su incertidumbre?

El inolvidable paseante que retrata Robert Walser en El paseo (1917) sale de casa una mañana y realiza un periplo en principio anodino, de recados por hacer; tareas que amenaza con narrar por lo menudo: “De estas gestiones se dará o rendirá informe tan minucioso y exacto como sea posible” (Siruela, 2024, trad. Carlos Fortea, p. 44). Sin embargo, asistimos maravillados a ese recorrido gracias al sentido del humor con el que el austriaco construye esa voz en primera persona, un obsesivo inconstante para el cual la más leve menudencia constituye un mundo relatable y lleno de facetas dignas de relieve. A diferencia del flanêur baudeleriano, que deriva por la urbe mirando hacia fuera, el paseante de Walser es un paisajista interno; es el efecto de las cosas sobre su mente aburrida lo que justifica el envite narrativo.

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La Mila de Becker y el paseante de Walser tienen algo en común: son creadores sin trabajo. Como la pintora de La boca llena de trigo (Anagrama, 2026) de Mayte Gómez Molina, o el vago de la Oceanografía del tedio de Eugenio d’Ors. Como el pintor bloqueado de Fran Ruiz en Cuidar crisantemos, leer a Li Bai y tocar la cítara de siete cuerdas al anochecer (Ed. Rosita y Amparo, 2026): “desde que estás en paro no paras: […] puedes permitirte el lujo de la atención. Registras detalles imperceptibles, las más mínimas variaciones del instante” (p. 42). También borra sus redes sociales y sabotea sus entrevistas de trabajo. Vive en modo “negligencia infinita”, uno de los destellos de este ejercicio de “metacuadernismo” (término de Gema Monlleón para libros erigidos sobre cuadernos autoconscientes de su condición diversa). Puede todo, no hace nada. ¿Estamos ante un nuevo nihilismo?


 

martes, 4 de agosto de 2026

Poéticas de la niñería


Acaba de aparecer en Castilla. Revista de Literatura esta reseña que he escrito sobre el último libro de Berta García Faet, Poéticas de la niñería. Infantilidad, resistencia y subversión en la poesía latinoamericana e ibérica contemporánea (Berlín: Peter Lang, 2025). Enlace:

https://revistas.uva.es/index.php/castilla/es/article/view/poeticas_nineria_infantilidad_resistencia_subversion_garcia-faet/7670 



domingo, 19 de julio de 2026

Ammons y Backyard

Un vídeo breve sobre Backyard (2026), la antología de la poesía de A. R. Ammons traducida por Luisa Pastor para Auralaria Ediciones.

 

jueves, 16 de julio de 2026

Cuervos


 

 

Hay un cuervo en mi pecho

 

Una de las pocas novelas recientes que me han fascinado es Dura una eternidad y en un instante se acaba (Sexto Piso, 2025, trad. Ce Santiago), de Anne de Marcken. Conjuga alta literatura experimental y zombis (la primera y memorable frase de esta obra es “Hoy se me ha caído el brazo izquierdo”), y la protagoniza una mujer ni viva ni muerta que hace un largo periplo hasta el último lugar donde fue feliz. Con un tono que a ratos recuerda a David Markson, la novela de Marcken desgrana una mirada poética sobre la existencia y el paso del tiempo preñada de detalles fabulosos. Por ejemplo, la protagonista vacía parte de su torso podrido para darle cobijo a un cuervo muerto hallado por el camino, y lo ubica en el lugar donde estaba su corazón cuando latía. Marcken revierte así el signo lúgubre del cuervo, que al menos desde Edgar Allan Poe y su poema “The Raven” irradia en la cultura occidental un simbolismo tan negro como el color de sus plumas. La autora reescribe ese sino y lo vuelve positivo, rico, vivaz: “Tengo un cuervo dentro de mí y nadie puede saberlo. […] Es como todo el cielo nocturno y todas las estrellas y todos los sonidos hermosos que puedas imaginar. Es como estar tan ilusionada que no puedes dormir. […] Hay un cuervo en mi pecho” (p. 27).

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No está de más recordar que el poeta Robert Frost también se reconcilió con los córvidos en su poema “Polvo de nieve”: “El modo en que un cuervo / sacudió sobre mí / el polvo de nieve / desde un abeto / le ha infundido a mi corazón / un nuevo ánimo, / salvando una parte / de un día de pesar”.

Una de las peores noticias editoriales de 2026 ha sido la muerte del editor y poeta Aníbal Cristobo, a cuyo sello Kriller71 debemos valiosas publicaciones de poesía actual en castellano (Autobiografía con objetos de Fernanda García Lao), diarios (El tiempo de la convalecencia de Alberto Giordano), ensayos (El pensamiento del poema de Mario Montalbetti) y versiones de poesía extranjera. Una de las últimas obras preparadas por Cristobo para Kriller71 fue un magno acontecimiento: la publicación de Cuervo. El ciclo completo (2025) de Ted Hughes, en traducción de Jordi Doce, gran conocedor de Hughes y excelente poeta, lo que garantiza una óptima llegada del texto al español.

           Doce explica la importancia nuclear de Cuervo para el autor, que estuvo rondando desde 1970 una versión mayor de esta “saga” con pájaro central, aunque hasta la edición póstuma de los Collected poems de 2003 no fue posible ver la magnitud de la obsesión de Hughes con este ciclo inacabado. Oscuro fue su proceso creativo y más oscura aún la interpretación del arquetipo paseriforme, exégesis entorpecida por la variabilidad de las declaraciones del autor al respecto. El plan original, según Doce, “era contar el mito como un texto épico hecho de fragmentos en prosa y en verso”, pero Hughes fue cambiando (o ampliando) su idea, y, aunque las interpretaciones dadas son diversas, para Doce el Cuervo podría ser la “personificación tragicómica de la fuerza elemental de la vida”.

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Poema “Mi cuervo”, de Raymond Carver (trad. Juan Carlos Villavicencio): “Un cuervo voló hasta el árbol frente a mi ventana. / No fue el cuervo de Ted Hughes, ni el cuervo de Galway. / O el de Frost, o el de Pasternak, ni el cuervo de Lorca. / […] Se posó durante algunos minutos en la rama. / Luego continuó y hermosamente voló / fuera de mi vida”.

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Cirlot apunta en su Diccionario de símbolos que el proceso alquímico de purificación del sujeto comienza tras experimentar el nigredo o negrura de sus demonios internos, y de ahí pasa a la ablución salvífica. Si bien el nigredo –como el cuervo– parece negativo, esa caída es indispensable para poder avanzar. Marta del Pozo realiza en Nigredo (Bartleby, 2026) un viaje “mistérico” (Juan Carlos Mestre), que revela el proceso de trasformación. Un trayecto cultural e íntimo a la vez, donde los pájaros son compañía constante, sobre todo el cuervo, que “cae de una densa oscuridad a otra” (p. 13), y que deviene imagen del cuerpo negro del poema sobre la nieve paginal. Para el Jung de Aion el nigredo es la masa confusa o caótica, y mediante el opus alquimicum se llega al claror del albedo. Pero Jung también escribió Poesía y alquimia, y eso es justo es Nigredo, un libro de poética alquimista, donde la voz rimbaudiana “va a ser otra” (p. 21), cifrada en un lenguaje singular, renovador y valiente, de escasos parangones y que merece nuestra atención lectora.

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Para la voz de Nigredo y para la protagonista de Dura una eternidad y en un instante se acaba, el cuervo marca el comienzo de un proceso de renovación y de esperanza; en cambio, “Hugues percibió la crisis en su propio interior, como un germen que crecía y se ramificaba en su sangre, y creo un alter ego tragicómico, una extraña figura que bebe del mito, el folclore y los símbolos del inconsciente colectivo” (Doce, p. 42). Tal es la potencia simbólica de esta ave oscura, pharmakon capaz de dar vida o muerte, según el enfoque estético.

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“Los cuervos siguen volando”, Jesús Aguado, Los 108 nombres de Dios.

  

 

[Este texto es mi primera colaboración con la revista Publishers Weekly España, que ha comenzado este mes su camino. La versión aquí publicada es un poco más extensa que la aparecida en papel.]