sábado, 4 de abril de 2020

Poliantea 4


No quise casarme con ella. Así que todo terminó en la graduación, como se veía venir, y ella se marchó, creo que a España, con su título en literatura comparada; una chica alta y preciosa, de ojos oscuros, y no mucho después estaban en el correo las fotos de su boda. El novio no sólo era científico cognitivo, incluso se me parecía físicamente. Así que cuando me escribió unos pocos años después para decirme que le abandonaba supe que todo había terminado entre nosotros.

E. L. Doctorow, Andrew’s Brain (2014)


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Recibí su libro. Desde que lo abrí hasta que lo cerré he reído sin parar. Lamentablemente, no pude leerlo.

Groucho Marx, a otro humorista que le envió un libro.


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 Ello no puede ser motivo de sorpresa si tenemos en cuenta que tuvieron que pasar varios siglos antes de que se pusiera en funcionamiento un servicio postal regular, y que cerca de dos siglos después el Lord Chief Justice, sir Matthew Hale, quien creía a pies juntillas en la brujería, condenaría a la telegrafía por considerarla una invención del diablo.

Bram Stoker, Famosos impostores (1910)



El viejo K***, marido tierno y amoroso, mas padre desmemoriado, solía preguntarle a su mujer: “Dime, querida, por favor, ¿quién es el padre de nuestro hijo pequeño? No logro acordarme. Otras veces: “Me acaba de venir a la cabeza el nombre del padre de nuestro hijo, el segundo”.

P. A. Viázemski

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Yo podría haber sido una leyenda. O una epopeya, si nos hubiéramos juntado unos cuantos. 

José Luis Cuerda, del filme Amanece que no es poco


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Adorné la habitación con flores, que bajaba a coger por la noche, y no me las comía ni nada.  

Marie Darrieusecq, Marranadas (1996)


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El señor Rowe apenas se había vuelto para dar cuenta de su decepción, cuando el carirredondo hombre de negro (Colerigde) entró y disipó todas las dudas sobre el asunto al comenzar a hablar. No dejó de hacerlo mientras estuvo allí; ni lo ha hecho desde entonces, que yo sepa.

William Hazlitt, Mi primer conocimiento de los poetas (1823)


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Basta ya, señores, que hay víctimas. Han matado ustedes al digno señor López. Basta, por Dios. Ahora veo tambalearse al honorable señor Meléndez. Basta... Soy el juez de campo. No disparen más, caballeros... El honor ha quedado a salvo. Lo aseguro yo. Soy el único superviviente.    

Wenceslao Fernández Flórez, sobre los duelos

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—Diógenes—respondió Pantagruel—, queriendo un día distraerse, visitó a los arqueros que competían en tiro al arco. Entre ellos había uno tan torpe, imperito e inhábil que, cuando le correspondía disparar, todos los espectadores se apartaban por miedo a que los hiriese. Tras haberlo visto una vez disparar con tanta perversidad que su flecha cayó a más de una vara de la diana, al segundo disparo, cuando la gente se apartaba bien lejos, a un lado y otro, Diógenes corrió a colocarse de pie, contra el blanco, afirmando que aquel lugar era el más seguro, porque el arquero antes heriría otro lugar que el blanco, siendo el blanco lo único que quedaba al resguardo del disparo.

François Rabelais, Pantagruel (1564)

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Hammer era tres años mayor que Beard [...] Aunque caminaba arqueado, como un vaquero cansado de la silla, todavía jugaba al squash y recorría solo con una mochila las altas tierras. O decía que lo hacía. Después de pasar un tiempo en su compañía, Beard a menudo se imponía una dieta que duraba muchas horas.
Ian McEwan, Solar (2010)


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Toda afirmación de importancia ha sido dicha antes por alguien que no la descubrió.
 Whitehead

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El lado suburbano de Dios me desagradaba, y su retrato, en el manual del catecismo, aumentaba el desagrado: un señor hirsuto, encaramado en una nube y sujetando relámpagos en la mano como los electricistas, al cual nadie, con un poco de sentido común, abriría la puerta si lo encontrase de pie sobre el felpudo. Era imposible imaginarlo en la sala con mi familia: las visitas entrando en un torbellino de besos efusivos, dando con ese vagabundo desharrapado, la turbación de mi padre
-Le presento a Dios, señora Ángela
   el vagabundo que se levanta de la nube con un asomo de delicadeza inesperada, extendía una palma inmensa dudosa que obligaba a las visitas a limpiarse disimuladamente con el pañuelo, a pasar de la tarde en compañía de un ser extrañísimo que, en vez de hablar, endilgaba profecías en un lenguaje laberíntico, se jactaba de haber dejado morir a su propio hijo, se despedía
-Hasta mañana si yo quiero
Antonio Lobo Antunes


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¿Noé construyó un arca y salvó a todas las criaturas de Dios en 40 días, y Paul Haggis no puede hacer una película en 65?

De la serie Entourage (2006)

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Una tarde me encontré a Carlina; estaba más llenita y pensé, como todos en la colonia, en un embarazo de tres meses. Nada de eso. Amira me contó, con sádica precisión de cosmetóloga, que le habían encontrado una lombriz en los intestinos. Había sido flaca gracias a la tenia enroscada en su cuerpo. ¿Podía haber algo más aberrante que un organismo? La antigua Carolina, la que tuve dormida en mis brazos, me pareció deseable y repugnante. ¿No hay modo de saltarse las flemas, los vómitos de hiel, los cuerpos descompuestos?, me pregunté al entrar en la Facultad. En comparación con tantas especialidades donde hay glándulas y secreciones, la oftalmología se alzaba como una abstracción fascinante donde las mujeres no eran esbeltas gracias a una víbora.

Juan Villoro, El disparo de argón (1991)

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Nadie debe leer un artículo sobre el que campee la estirada e insoportable I, que indica que detrás de aquél vendrán otros...

Wenceslao Fernández. Flórez


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Ella, como buena telefonista, me dijo que sí.

Ramón Irigoyen
 
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Está ofendido, no logra hacerse oír ni por el hombre más tonto del mundo.

Elías Canetti, Hampstead (1994)

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La resistencia del maestro, sin embargo, debía ser escasa, ya que [...] se cansaba él antes de pegar que Oliver de recibir. Este alumno, por cierto, acabó sublimando su masoquismo con la creación de una librería especializada en poesía, operación mediante la que consiguió arruinar a varios familiares y amigos, comenzando por él mismo.

Vicenç Pagès Jordà, Los jugadores de whist (2009)

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Un miembro escribió una obra de teatro titulada El hombre que aburrió a todo el mundo [...] La obra considera el dilema de un hombre al que siempre que abría la boca para hablar se le decía que era un tostón. Por fin, el hombre en cuestión se aprovecha de su idiosincrasia exhibiéndose en un escenario como “El Mayor Aburridor del mundo”, pero la policía prohíbe el espectáculo porque la muchedumbre que hace cola para adquirir entradas demuestra que su aburrimiento es un fraude, si es capaz de interesar a tanta gente.
B. F. Skinner, Walden Dos (1948)

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A veces sucedía que alguien, al visitar a la señora Jitrovó por la mañana, se la encontraba estirada en la cama. Mientras, azorado, el visitante buscaba con los ojos un sitio para sentarse, oía decir: “No, en esa butaca no, es de Pushkin; no, en ese sofá no, es de Zhukovski; no, en esa silla no, es la silla de Gógol. Sentaos en mi cama, es el sitio de todos”.

Serena Vitale, El botón de Pushkin (1999)


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Al final del segundo acto, el muchacho preguntó con tono respetuoso a Pushkin -quería impresionar favorablemente a su ídolo, darle a entender que ya conocía y frecuentaba les gens du métier- si tendría el placer de volver a verlo en el miércoles literario del escritor X. “No frecuento ese tipo de casas desde que soy un hombre casado”, le contestó.

Serena Vitale, El botón de Pushkin (1999)

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En cuanto a vivir, los sirvientes pueden hacerlo por nosotros.

Villiers de L'isle-Adam

domingo, 22 de marzo de 2020

Versión actualizada del dispositivo Aira


La revista Penúltima, que organiza un interesante Archivo Pringles sobre Aira, me propuso republicar mi texto-mosaico construido a partir de citas más o menos autoexplicativas de la obra del argentino. Y se me ocurrió actualizarlo. No es fácil volver a un engranaje tan vasto, pero aquí está de nuevo esta locura, con 85 libros o textos diferentes de Aira incorporados:

http://revistapenultima.com/la-literatura-de-cesar-aira-explicada-por-ella-misma-por-vicente-luis-mora/

sábado, 14 de marzo de 2020

Poliantea 3


En este país hay una secular tendencia a pedir la dimisión de cualquiera que cometa una gorda. Especialmente, somos recalcitrantes peticionarios de dimisión cuando se trata de cargos que no suelen tener importancia para la marcha particular de nuestras vidas aunque sí para el bien general de la sociedad. Fíjense en la cantidad de entrenadores de fútbol que dimiten en cuanto fracasan los equipos que dirigen. En cambio, considérese el caso de los escritores. Publican novelas. En su mayoría malas novelas. Fracasos absolutos. En buena lógica, los lectores, al igual que hacen los forofos del fútbol, deberíamos pedir su dimisión como escritores, ¿no?

Víctor Moreno, Fuera de lugar (2009)

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Sí, esta novela es un abismo sin fondo; dondequiera que la toquemos, se abre ante nosotros una infinidad de caminos (la sistemática de las comas en el capítulo VI, por ejemplo, corresponde al trazado del mapa de Roma). 

Stanislaw Lem, Vacío perfecto (1971)

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El pobre Greg [hijo de McEwan] tuvo que estudiar Enduring Love en el colegio. Tenía una maestra. Y tu tuvieron que escribir una redacción: ¿quién es el centro moral del libro? Le dije a Greg: “Bueno, creo que Clarissa lo entendió todo mal”. Suspendió. La profesora pensó que Joe era demasiado varón en su modo de pensar. Bien, quiero decir, yo sólo escribí el maldito libro.

Ian McEwan, en New Yorker[i]

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Os voy a contar una anécdota que no conoce nadie y que es una preciosidad. [...] Se refiere a Chagall. [...] un día estábamos sentados él, Baba, su mujer, Pili  y yo, en la entrada de la Fundación de Saint-Paul-de-Vence, que es como un puentecito con dos pequeños muros. Y de repente aparece un individuo extrañísimo. Un tipo de una edad intermedia e indefinible, y se pone de rodillas delante de Chagall. Chagall le miraba con extrañeza y le dice el individuo: “Maître, maître”. “Maître” es maestro en francés, pero se pronuncia casi igual que “mètre”, que quiere decir metro. Y Chagall le miró con una cara de falsa modestia tremenda y le dijo: “Pas mètre, centimètre”.

Eduardo Chillida, Elogio del horizonte


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El caballo clama por el ojo del amo.

Rafael Pérez Estrada

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-Sí, doctor –dijo el director con orgullo–, el cuerpo está bien elegido. Aquí no hay ni un solo cuerpo agradable, simpático, normal y humano, son sólo cuerpos pedagógicos, como ya ve, y si la necesidad me obliga a tomar algún nuevo maestro, siempre me cuido mucho de que sea profunda y perfectamente aburridor, estéril, dócil y abstracto.

Witold Gombrowicz, Ferdydurke (1937)

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            El enemigo está en todas partes. Sólo es necesario poner algo de buena voluntad y ya se los encuentra uno.

Theodor Fontane, Antes de la tormenta (1878)


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En nuestra Unión Soviética, por supuesto, sólo se puede ser apolítico de la manera más entusiasta y militante. Se dice que, en una ocasión, Vlásov, cuando acababa de criticar la brutalidad hipócrita e insufrible de determinado artículo del Pravda, fue interrumpido por la visita de un apparátchik del Partido. En un santiamén se puso a elogiar el mismo artículo. Cuando el invitado se hubo marchado por fin, la esposa de Vlásov, de pie y aturdida en el umbral de la cocina, le dijo: “Andrei, ¿de verdad puedes vivir así?”.
William T. Vollmann, Europa Central (2005)

 
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Los perezosos representan lo más bajo de la existencia en el orden de los animales de carne y sangre: un sólo defecto más y su existencia hubiese sido imposible.

Georges Louis Lecrerc, Conde de Buffon

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Estos días pensaba que es una estupidez por parte de todas estas mujeres temer tanto a la muerte ya todo cuanto tiene que ver con ella, hasta el punto de ocultarles todo y llevar el Santo Sacramento a los moribundos cuando ellas están comiendo. ¡Eso es pueril! ¿A ti no te gusta ver un ataúd? A mí me encanta ver alguno de vez en cuando. Me parece que un ataúd es un mueble hermoso, incluso cuando está vacío [...]

Thomas Mann, La montaña mágica (1924)

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La cuarta vez que recogemos dinero en la taberna, el camarero me dice:
-Vosotros, los extranjeros, siempre estáis haciendo colectas para las coronas, vais a entierros sin parar.
Yo le respondo:
-Cada uno se divierte como puede.

Agota Kristof, Ayer (1995)

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Los antiguos no han existido nunca, porque también los antiguos tenían, a su vez, sus propios antiguos.

Ardengo Soffici
                                             
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Conservamos todavía un ejemplo divertido de la actualidad que seguía teniendo la idea de la teofanía de los hombres. Un grupo de agrigentinos beodos, a los que les daba tales vueltas la casa donde se encontraban que creían hallarse en un barco, en medio de la tormenta, arrojaron toda la basura de la casa a la calle, y cuando los estrategos (es decir, los agentes de policía) llegaron para imponer orden, los tomaron por tritones, y les prometieron honrarles en lo futuro como a las demás divinidades marinas.

Jacob Burkhardt, Historia de la cultura griega (1898-1902)


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            Todos los traductores llevaban puesto un auricular y un micrófono, y parecían haber adquirido, a lo largo de su carrera, o quizás de su vida entera, un tinte verdoso semejante al de las pantallas de computadora que tenían delante.

Daniel Alarcón, The King Is Always Above His People (2009)

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¿En qué momento la poesía se convirtió en una repostería deliciosa, en un manjar? ¿Se han vuelto las lecturas de poesía la forma canónica de la animación de fiestitas infantiles? ¿Será ése su nuevo lugar? ¿Será que la suerte del poeta ya no se juega en el texto, sino en integrar elemento estable de la festividad? ¿Acaso se equivocan los diarios cuando cada seis meses publican una nota llamada “La movida de la poesía”? Que cada semana haya en Buenos Aires decenas de lecturas de poesía, ¿es estimulante o simplemente una desgracia? ¿No tiene el poeta joven que va de lectura en lectura algo en común con el visitador médico que va de consultorio en consultorio? Al menos al visitador le cabe la figura del explotado, en cambio el aspirante a poeta del momento parece adherir al discurso de la servidumbre voluntaria.
Damián Tabarovsky, Autobiografía médica (2007)

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¿Dante?, aventuró Plotzbach sin demasiada ilusión de haber disimulado su ignorancia. No, D’Annunzio, dijo el capitán. Y añadió: Créame, amigo Plotzbach, nunca confíe en un pueblo capaz de dar al mundo tan buenos poetas.

Ignacio Padilla, La Gruta del Toscano (2006)

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[...] y me encaminé hacia la literatura inglesa, a la que tantos poetas frustrados acababan dedicándose como profesores vestidos de tweed con la pipa en los labios.

Vladimir Nabokov, Lolita (1955)

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            Tanta ciencia sólo podía desembocar en la hambruna.

Víctor Hugo, El hombre que ríe (1869)

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Tiene facilidad para crearse relaciones personales, y suspira por el amor como un poeta suspira por un auditorio.

Iris Murdoch, Bajo la red (1954)

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Entre los viajantes de comercio, los industriales errantes, los promotores de negocios y comandita y los poetas absorbentes hay una sola diferencia: aquella que existe entre la propaganda y la prédica; el vicio de estos últimos es absolutamente desinteresado.
Charles Baudelaire, La Fanfarlo (1847)

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            Verdugo era, si va a decir la verdad, pero un águila en el oficio; vérsele hacer daba gana a uno de dejarse ahorcar.

Francisco de Quevedo, El Buscón (1626)

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            El notable telegrama que Dorothy Parker envió a su agente, que por desgracia pierde la genialidad al ser traducido: “Tell the editor I’ve been too fucking busy –or vice versa”.

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Una mujer apareció por la tienda. Compró unos cables para el teléfono y nos dijo que los militares habían destituido al Presidente. “A lo mejor lo que viene es una guerra”, dijo la mujer. “Coño, va a empezar una guerra justo el día en que consigo trabajo”, pensé yo, y me vi de nuevo en la casa mirando la televisión y escuchando los gritos de mi mamá y de mi esposa.

Juan Carlos Méndez Guédez, Hasta luego, míster Salinger (2007)

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            Ceslaw Milosz escuchaba en sus lecturas californianas las preguntas post-estructuralistas de los estudiantes estadounidenses sobre reificación y objetividad y respondía, según Robert Hass, de forma muy calmada: “eso es muy sofisticado para mí, prefiero leerles un poema de Li Po”.

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Uno que antes de morir reparte su dinero entre quienes le caen bien a primera vista. Sale a la calle y los va eligiendo. En cuanto alguien le agrada, le da al instante lo que otro sólo legaría. Esta ocupación, que lo hace feliz, lo llena durante un tiempo; él la prolonga y se vuelve más ahorrativo. Le hace falta mucho tacto para no herir a la gente. Las mujeres le creen enseguida, y algunas se decepcionan de que no espere nada de ellas a cambio del dinero. Pero en líneas generales sus candidatos desaparecen pronto, por miedo a que pueda volver a pensárselo.

Cuando el azar vuelve a llevarlo al mismo sitio, todos fingen no conocerlo.

Elías Canetti, Hampstead (1994)

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            Me acordé de Tom Sawyer en el extranjero cuando el negro Jim cree que Virginia tiene que ser eso que abajo de porque Virginia en uno de los pocos mapas que está pintada de rosa.

Luis Chitarroni, Peripecias del no. Diario de una novela inconclusa (2007)


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Vista a cierta distancia, cualquier vida es de pena.

Francisco Brines






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[i] En Daniel Zalewski, “The Background Hum”, 23/02/2009, traducción nuestra, accesible en http://www.newyorker.com/reporting/2009/02/23/090223fa_fact_zalewski