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jueves, 25 de diciembre de 2025

Arquitecturas resonantes en Elvira Navarro, Fernanda García Lao y María García Díaz

 


Cavar una fosa.

Edificar una casa. […]

El mismo techo de incertidumbres

para nuestro horizonte de sucesos

Amalia Iglesias Serna, Dados y dudas (1996)

 

Como ya comentamos en Pasadizos (2008), los espacios acaban emanando unas reverberaciones que van más allá de lo físico, para llegar, cuanto menos, al ámbito de lo simbólico. El arte y la literatura siempre han aprovechado esta potencialidad, que produce aún réditos de alcance. Desde un punto de vista psicoanalítico –disculpen, de cuando en cuando me da–, las casan son proyectos, pero también se proyectan sobre sus moradores: “Houses commonly appear in dreams as images of the psyche. Many times there are unknown rooms in the house, indicating hidden or unexplored areas of the patient’s potential ego structure”[1]. Esta cita de James A. Hall nos lleva de lleno a “The Fall of the House of Usher” de Edgar Allan Poe, a The Turn of the Screw de Henry James, a la casa vacía de la segunda parte de To the Lighthouse de Virginia Woolf, a “Casa tomada” de Cortázar, a “El huésped” de Amparo Dávila, o a House of Leaves de Mark Z. Danielevski, entre un infinito etcétera. En La poética del espacio, Gaston Bachelard dice que los espacios “se transportan fácilmente a otra parte, a otros tiempos, en planos diferentes de sueños y recuerdos”[2], y cita unos versos memorables del poeta y pintor brasileño Vincent Monteiro (1899-1970):

 

Como las gentes del pasado

Construyo en mí mismo, piedra

sobre piedra, un gran castillo con fantasmas.

 

Vamos a comentar dos prosas recientes donde los espacios resuenan y las arquitecturas proyectan espectros de sentido o sinsentido, muy distintas entre sí pero unidas por este aspecto anómalo reverberante y por su indudable calidad literaria.

 

Elvira Navarro, La sangre está cayendo al patio. Barcelona: Literatura Random House, 2025.

El cuento es una imagen que razona.

Gaston Bachelard, La poética del espacio

 

no podemos escondernos

de un plan urbanístico

mal ejecutado

Candela de las Heras, Calendario escolar 

 

Una de las virtudes literarias de Elvira Navarro es la de desajustar la experiencia de quien lee, sacándole de sus expectativas; incluso en aquellos relatos que parecen más realistas, algo se (nos) escapa, una parte del sentido huye; hay líneas de escape, puntos de fuga por los que no podemos asir del todo la historia, quizá porque el mundo, contemplado desde el punto de vista filosófico, es demasiado complejo para ser apresado por el lenguaje. Navarro, filósofa de formación, no solo conoce esa cortedad dantesca del decir: juega con ella y, a la vez, con quienes la leemos. La sangre está cayendo al patio es uno de sus mejores libros de cuentos, un género con el que debutó en la escritura –mediante el brillante y descarnado La ciudad en invierno (2007)–, y en el que muestra un virtuoso dominio de los resortes de extrañamiento narrativo, sin necesidad de góticos –los fantasmas, que los hay en estos relatos, surgen de dentro– ni de realismos mágicos.

Uno de los puntos donde Navarro se muestra más fuerte es en el retrato de esos personajes que van quedándose psicosocialmente al margen del resto, cada vez más solos dentro de sus propios abismos mentales; la autora suele generarles un correlato urbanístico-arquitectónico, identificado con los márgenes de la ciudad, esos terceros espacios entre el campo y la urbe –allí donde suceden también algunos libros de poemas de Fermín Herrero y Pablo García Casado– donde estas personas encuentran una suerte de lugares vacíos ideales para ubicar su nada interior, su desajuste, su vacío afectivo, su soledad radical. Goethe, en Las afinidades electivas, decía que “el arquitecto, el escultor, están altamente interesados en que las personas esperen de su mano y de su arte una señal de perduración de su existencia”; en los relatos de Navarro, por el contrario, lo que encuentran las personas en estos espacios arquitectónicos, configurados como imágenes pensantes, es la demostración de su inexistencia, de su nadería política y su condición de cero a la izquierda socioafectivo.

Navarro es una de las mejores lectoras de la ciudad actual, que acaba siendo un personaje más en sus libros. Bajo su mirada, los espacios urbanos y los edificios tienen una personalidad propia, cóncava (para Gaudier, según recuerda Ezra Pound, la arquitectura es un arte cóncavo[3]), tan fantasmal como palpable, que se impone sobre las personas que los habitan –y este es el punto de partida de algunos relatos como “El proyecto”, “El vigilante” o “La ciudad del miedo”–. En una de las entradas del magnífico blog que Navarro dedicó entre 2010 y 2016 a las afueras madrileñas, Periferia (https://madridesperiferia.blogspot.com/), afueras que paseó, fotografió y estudió sobre el terreno, podíamos leer esto:

Tengo la sensación de que los inmuebles abandonados poseen una presencia mayor que lo nuevo, y no porque los talleres y las naves vacías y decrépitas sean más numerosos, sino porque su carácter se impone sobre lo demás. Lo connotativo, lo sugerido, tiene más fuerza que lo denotativo. El significado sin fisuras se encoge. Podríamos en todo caso tildar a este fenómeno de anomalía sensorial. Una anomalía en la que los inmuebles recientes parecen lo residual, lo que está a punto de extinguirse. Como si el barrio se estuviera construyendo hacia atrás en el tiempo.[4]

Estos relatos acogen esas anomalías sensoriales que resuenan sobre los personajes, que vienen ya derruidos y gastados de serie por la precariedad, la falta de expectativas sociales, el encierro pandémico o la incomunicación afectiva. “No se trataba solamente de la degradación, sino también de la cantidad de espacios anómalos” (p. 135), se dice en uno de los tres relatos que fabulan el entorno urbano como amenaza con la misma protagonista (“El miedo a la ciudad”, “Tela de araña” y “La ciudad del miedo”). El derrumbe psicológico de las psiques se precipita a veces por actos que no entienden y que hay que comprender, o no comprender –como el memorable relato que abre y titula el volumen, “La sangre está cayendo al patio”– en el marco de lo simbólico, más que dentro de lo fantástico. Porque lo que se propone Navarro, entiendo, no es crear sentido, sino dibujar la tormentosa atmósfera psicosocial de nuestro tiempo, auscultar el Zeitgeist, pergeñar nuestras Cumbres borrascosas –novela también estructurada por sus opuestos marcos arquitectónicos–, cartografiar todas las pulsiones que nos mueven y que impiden la felicidad individual y la calma colectiva. Navarro crea ciudad metafísica a la vez que crecen físicamente las ciudades, con la diferencia de que las suyas se pueden habitar con la dicha y la esperanza de las parejas que compran un inmueble sobre plano.

 

*

 

Fernanda García Lao, Estación Saturno. Barcelona: Candaya, 2025.


Algo les pasa a los argentinos con las casas fantásticas o encantadas: El cuarto de vidrio de Norah Lange, Mandinga (1895) de Enrique E. Rivarola, La casa endiablada (1896) de Eduardo Ladislao Holmberg, La invención de Morel (1940) de Adolfo Bioy Casares, “Casa tomada” (1946) de Julio Cortázar, “La casa de Asterión” (1947) de Borges, la casa menguante de La luz argentina (1983) de César Aira, Casa de geishas (1992) de Ana Maria Shua, “La casa de Adela” (2012) de Mariana Enriquez, “La canción que cantábamos todos los días” (2013) de Luciano Lamberti, Siete casas vacías (2015) de Samanta Schweblin, y, last but not least, la casa Tiānqì de la Estación Saturno (2025) de Fernanda García Lao –más otras muchas que desconozco, o que no recuerdo–.

El retorno a la casa paterna, que en la mayoría de la narrativa occidental se vincula a la vuelta al origen y lo conocido, en manos de Fernanda García Lao se convierte en el principio de la entropía y el desconocimiento. Dos hermanos, una mujer y un varón innominados, intentan encontrar el gato huido de un tercer hermano que acaba de morir, en unos parajes argentinos con vestigios ferroviarios abandonados. Este es el punto de partida de una aventura donde concurrirán elementos naturales y sobrenaturales que convierten Estación Saturno en un memorable laberinto. La novela aborda la desestabilización referencial, la pérdida de los puntos de apoyo de lo que consideramos elemental y básico: el yo, el hogar, la familia, el espacio, el tiempo. Algunos personajes creen ser copias de otros, ciertos espacios son resabios de lugares antiguos, distintos momentos parecen atrapados en una suerte de déjà-vu permanente. Nuestra sensación de lectura es un remedo de la estupefacción que sienten los personajes, que quizá son movidos como marionetas por un demiurgo maléfico que busca esclavos, atención, dinero o todo a la vez. De la misma forma, quien lee es zarandeado por los hábiles hilos manejados por Fernanda García Lao.

También se mezclan los géneros. El estilo, seco y corto, de continua parataxis, roza lo poemático por concentración gracias al tensionado del lenguaje, y no faltan los párrafos que podrían funcionar como poemas. También hay “exoaforismos” a lo largo de toda la obra: “el auto rodeado de lluvia es una pecera al revés” (p. 37), o: “Quizá el más allá es una copia mal realizada de la provincia” (p. 128). A lo que hay que añadir dimensiones teatrales, como ahora veremos.

Una de las dimensiones más singulares y acertadas de esta breve novela es la psicologización de los espacios, convertidos en entidades psíquicas resonantes. La casa del hotel Tiānqì, centro neurálgico (y neurasténico) de Estación Saturno, es un auténtico hallazgo, con distorsiones espaciales y temporales, con lugares creados como mise en abyme; una casa que podemos describir como una casa encantada, pero también como casa manipulada y manipuladora. Y es posible que la novela que leemos sea otra casa Tiānqì, una trasposición espaciotextual de sus ambigüedades, porque hay agujeros de gusano entre visiones, entre párrafos, entre frases, así como momentos conectados espacio-temporalmente, reverberaciones, anticipaciones y reminiscencias. Novela psicoespacial, Estación Saturno es una historia planificada, que comienza por el primer espacio sensible: la corporalidad. Los personajes dudan de todo, menos de su cuerpo –son muy corporales las novelas de García Lao, llenas de deseo turbio y de goce insatisfecho–. Para quienes habitan en el hotel Tiānqì, el deseo es un modo de orientarse. En un artículo reciente, titulado “De la influencia como contagio”, escribe García Lao: “Leí teatro antes que narrativa. Jean Genet, Jean Anouilh, Sartre, Fassbinder”[5], y esa ascendencia es perceptible no solo en la eficacia de los diálogos, sino también en la consideración de las habitaciones como escenarios, perfectamente acotadas y concebidas como deambulatorios psíquicos por los que derivan los cuerpos ansiosos.

Otro aspecto que no suele citarse de la obra de García Lao es su humor negro, que me parece muy oportuno y que alivia en cierta medida la desolación general de las historias y la dureza de las relaciones entre los personajes. Una risa helada permanece en nuestro rostro mientras leemos sus libros, siempre personales, únicos, técnicamente virtuosos, divertidos y desolados, como la vida misma.

*

La tercera y última arquitectura resonante, con la que terminamos, es el poema “Reconstrucción de la casa de mis abuelos”, de María García Díaz, incluido en uno de los mejores libros de poemas que he leído este año: En tu piscina de esmeraldas calculé y lloré. Barcelona: Ultramarinos, 2025, p. 52:

 


 



[1] James A. Hall, Jungian Dream Interpretation. Toronto: Inner City Books, 1983, p. 82.

[2] Gaston Bachelard, La poética del espacio. Trad. Ernestina de Champourcin. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2000, p. 64.

[3] Ezra Pound, Il mare. Córdoba: Berenice, 2006, p. 96.

[4] Elvira Navarro, “Suanzes”, Periferia, 22/02/2016, https://madridesperiferia.blogspot.com/2016/02/foto-de-olmo-calvo.html

[5] https://cuadernoshispanoamericanos.com/de-la-influencia-como-contagio/ 

 

[Relación con las autoras: cordial con Elvira Navarro y Fernanda García Lao, ninguna con María García Díaz. Relación con las editoriales: ninguna] 

martes, 1 de diciembre de 2009

Arquitectura, arqueología, tierra




Ángel Martínez García-Posada, Sueños y polvo. Cuentos de tiempo sobre arte y arquitectura; Lampreave, Madrid, 2009.




Dos líneas paralelas rigen este bello e interesante libro de Martínez García-Posada, profesor de Proyectos Arquitectónicos de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Sevilla; en la primera, asistimos a la relación del arte moderno y contemporáneo con los elementos térreos, desde la piedra al edificio, y las diversas posibilidades de construcción/destrucción de los mismos. En esta primera dimensión destacan sobre todo los tratamientos que hace el autor de la obra del artista Robert Smithson, desde sus enterramientos de casas hasta su famosa Spiral Jetty (1970):







La segunda línea se centra en la obsesión estética sobre el tiempo, recorriendo un muestrario de posibilidades artísticas relacionadas con el tiempo en sus distintas formas: el tiempo en retracción y deterioro de Gran vidrio de Duchamp; el tiempo congelado de la foto de Proust muerto, realizada por Man Ray; el tiempo inmemorial de los obeliscos egipcios; el tiempo detenido primero y frito (literalmente) después en las Photo Fries (1969) de Gordon Matta-Clark; el tiempo arenoso de las ciudades en miniatura construidas por Charles Simonds en Nueva York y abandonadas en cualquier parte, para sumarse simbólicamente como minúsculas ruinas al deterioro urbano del entorno:






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Los dos ejes del libro tienen un punto de encuentro: el arte arqueológico, la estética que se presenta a la vez como vestigio y como hallazgo, como lo viejo y lo nuevo al mismo tiempo, alterada por su sedimentación bajo la tierra (o bajo el agua, como le sucedió a la Spiral Jetty, que emergió del Salt Lake de Utah con sus piedras blanqueadas por efecto de la sal, después de treinta años de haberse sumergido todavía marrón). “La arqueología –escribe Martínez– es la autopsia del suelo, un ejercicio de investigación” (p. 17). En lo arqueológico confluyen las superposiciones estratigráficas, las capas de polvo (como en el Gran vidrio, cuyas pelusas y partículas fueron barnizadas por Duchamp para fijar al cristal el paso del tiempo), el olvido térreo, la historia hecha arena. Algún pensamiento en este sentido es memorable: “la técnica de la reflectografía infrarroja (…) permitía conocer los bocetos iniciales bajo las capas de color definitivas. Se trataba de una investigación casi arqueológica (…) la reflectografía de un cuadro de Pollock sería otro cuatro de Pollock, anteriores estados de salpicación subyacentes” (pp. 104-105).

[Arriba: imagen de la actuación de Joseph Beuys 7000 robles, 1982]


Debemos destacar también la excelente edición de Ricardo S. Lampreave, cuidada en lo textual y exquisita en lo visual, eligiendo un blanco y negro que quizá afee algunas fotografías pero mejora el concepto plástico del libro. En la página web de la editorial, www.lampreave.es, puede verse un catálogo al que los aficionados a la arquitectura deberán estar muy atentos.




Relación con el autor reseñado: ninguna.

Relación con la editorial del libro: ninguna.

sábado, 7 de junio de 2008

Artcade (art + arcade)

Cuelgo este post absolutamente fascinado por una pieza de arte digital en 8 bits, accesible en Youtube, que me acaba de llegar de ese extraño artista, unas veces conocido como Luis Ángel Abad y otras como Koldo, que se dedica a llevar a cabo una novedosa reconstrucción de las relaciones entre arte y juego. Hace ya tiempo, Koldo se puso en contacto conmigo para enviarme el enlace a su http://musicalfantasylight.spaces.live.com/, donde podéis haceros con una idea de las singulares propuestas de este artista, y a través del cual se puede llegar a sus piezas musicales en MySpace, como la genial "Cinco horas con Mario", que bajo tan delibesiano título se refiere a... Mario Bros, el conocido videojuego del fontanero superhéroe.

Esta es la pieza en cuestión, "F for FROGGER"; pinchad en el link a la lista de reproducción. Dura más de diez minutos, pero os aseguro que merece la pena:

http://es.youtube.com/watch?v=8KxyRkgvHXY&feature=PlayList&p=ADEB2117D5AF7306&index=0&playnext=1

Traduzco parte de la explicación de la obra, redactada por el propio autor:

"El año pasado, el IVAM me solicitó hacer un video para una de las sesiones del festival IVAM Elektra. Eso fue la génesis de una propuesta que intentaba crear un diálogo entre el cine como una forma de expresión madura y el machinima, un género emergente que usa máquinas de videojuegos para crear películas. El proyecto asumía un objetivo absurdo: hacer un "remake" del clásico de Orson Welles F for Fake fotograma a fotograma, presentando caracteres clásicos de la cultura "Arcade" como las estrellas de la película, entendiendo todo el marco o estructura de cada videojuego como si fuera un actor. Así, Donkey Kong como Orson Welles, Pacman como Irving, I´m Sorry como Elmyr, etc. ASí, desde un concepto recreativo del arte como falsificación, el espíritu del documental de Orwon se tornaba en una reflexión irónica sobre su propio medio, inquiriendo por un diálogo abierto a (aparentemente) aspectos recreativos no muy respetuosos, pero profundamente comprometidos con mantener el desafío proyectado con el verdadero mensaje de la película. Sobre todo, , F 4 FROGGER es un homenaje a la película original (que en el contexto de su propio discurso ya incluye una paradoja) desarrollada sobre la simple y agradable forma de clásica de los videojuegos. La propuesta no sólo trata de poner a prueba la validez del mensaje de Wells, sino las expectatvias de machinima de llegar a ser un género con su propio discurso. (...) es clara la necesidad de examinar la intensa focalización del machinima en la recreación representativa de la realidad. (...) La película muestra un espejo cuyo aparentemente deformado reflejo se vuelve hacia sí mismo. Cuanto más se violan las buenas manera cinematográficas de la película original en ese reflejo, más se completa el desafío de Wells (sobre el significado histórico del arte como cadena de esfuerzos colectivos basados en el sentido 'falsificado' de cultura). El recuerdo de nuestro sentido recreativo actualiza el sentido de la película por la vía de una manifestación limitada a una relación aurática con el fetiche. Pero, al mismo tiempo, un velo de indulgencia irónica es invocado desde el territorio de la niñez, como extendido sobre el diálogo no equilibrado que surge de ambos polos opuestos. Quizá estamos hablando de alguna clase de poesía".

Así lo creo, o al menos el resultado me ha fascinado como tal. Gadamer decía que "la pujante vitalidad de los nuevos ritmos, el auge de los carteles, lo caricaturesco, lo significativo, quiere dejar totalmente atrás la identidad latente de la obra" (La herencia de Europa; Península, Barcelona, 2000, p. 76), y creo que algo de eso hay en la propuesta de Koldo -e incluso en la de Wells-. La utilización del Arcade por Koldo hay que entenderla como una mutación, una actualización técnica, de una tendencia bastante antigua ya, la comprensión del Arte como juego. Para Luis Cernuda, esa concepción artlúdica era una constante en las vanguardias y movimientos posteriores, y según Ortega y Gasset, “el poeta tratará su propio arte con la punta del pie, como un buen futbolista” (El tema de nuestro tiempo). Han seguido este modo de entender el arte como juego en lo literario desde el grupo francés Oulipo hasta Joan Brossa o Miquel de Palol (para Torrente Ballester, buena parte del Ulysses es un juego: un juego de palabras). Hay algunos que ha visto mal esta relación:

“Por consiguiente el artista es, como usted observa con gran agudeza, un ser falto de experiencia, infecundo espiritualmente, un completo estúpido como persona: no vincula sus experiencias con su vida, sino más bien con su obra; se mantiene alejado de la vida, y es una buena estrella la que finalmente hace que todo le parezca un juego en el que puede vencer y que puede abandonar” (Gottfried Benn, carta a Oelze).

Y hay otros que la han visto bien:

“se trata de liberar a la arquitectura de ciertos valores de la estética. (...) No existe finalidad. Hay un juego. Se trata de situar a la arquitectura en su lugar específico, es decir, en un espacio que no esté subordinado a valores, por ejemplo utilitarios, estéticos o incluso metafísicos o religiosos”, Jacques Derrida, No escribo sin luz artificial.

En este sentido, la opinión más inteligente que he leído es la de la poeta Marina Tsvietáieva, en su ensayo El poeta y el tiempo: “Con frecuencia se ha comparado al poeta con el niño tan sólo por su inocencia. Yo los compararía por su irresponsabilidad. Irresponsabilidad en todo menos en el juego”. En efecto, hay una responsabilidad en acometer un examen estético desde un presupuesto lúdico: en principio el artista quiere desacralizar la obra, bajarla de su pedestal, al modo duchampiano. Pero ese acto, por más humor e ironía que contenga, trasluce un gesto muy serio en sí mismo: poner a prueba una manifestación de arte canonizado, revisarla, someterla a consideración, "testarla", como dice el inglés original del proyecto de Koldo hablando de testar el F for Fake de Wells. No se eligen malas obras de arte para someterlas al juego (salvo excepciones, como cuando Miró repintaba cuadros malos comprados en almonedas o en casos de arte povera), sino por lo común, grandes manifestaciones artísticas, como las Meninas, la Gioconda (recordemos L.H.O.O.Q., también de Duchamp), y un largo etcétera. Con lo cual, y en paradoja inversa, esa decanonización (que entronca, si seguimos a Ihab Hassan, con un espíritu plenamente posmoderno o proto-posmoderno) acaba convirtiéndose en una canonización inversa: dime con qué juegas, y te diré qué estás afianzando en la Historia del Arte.

En el fondo, esta actitud tiene, por tanto, cierto carácter tranquilizador. Fíjense en lo que escribía Harry Roberts, en una crítica en el New Statesman de 11 de marzo ¡de 1933!: "El arte del juego, y también, me siento inclinado a pensar, el arte de la vida misma, consiste ante todo en la creación de un entorno en el que uno disfrute de cierta importancia. La conciencia de la propia inferioridad, que hoy en día caracteriza a tanta gente, y que destruye su sosiego y la empuja a empellones hacia la maraña de alambre de espino de las falsas filosofías, se debe en gran medida a la inobservancia de este principio básico" (es también interesante ver al respecto el artículo de Mihai I. Spariosu, “Play, liminality and literary discourse” en Tropelías, nº 3). El resultado, por tanto, es la creación mediante el juego de un espacio semiológico tercero, distinto del correspondiente al creador, pero también distinto del que corresponde al receptor, en el que el signo es encerrado en un entorno (en Koldo el sentido de la palabra entorno es especialmente significativo, al apelar directamente al entorno virtual de los videojuegos arcade) de revisitación lúdico-crítica, desde donde crear una nueva tensión de lectura de la obra, en la que el punto de vista del jugador cobra, efectivamente y como dice Roberts, una importancia: el artista-jugador se coloca a la altura de la obra original y juega con ella, la modela-interpreta-manipula-deconstruye-reconstruye, en un proceso cuya validez artística dependerá al final, sola y exclusivamente, del nuevo sentido que sea capaz de de construir con ese proceso. El resultado nuevo puede ser una obra de arte nueva, concebida a partir de ahí (esa nueva "especie de poesía" a la que Koldo alude), o un nuevo modelo de crítica de la representación de lo real, algo que también me parece muy necesario e interesante, tanto desde los planteamientos del arte conceptual como desde la teoría de la Estética. Las otras posibilidades (no entro a valorar si artísticas o no) no me interesan, creo que entran más bien en operaciones de mercado, en iniciativas del tipo "si me meto con Duchamp o con Picasso, me harán más caso". Disculpen el horroroso pareado.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

El faro mutante

[Publicado en el último número de la revista Zut.]
[ http://www.zut-ediciones.com/index.php?sec=sumario]



Un proyecto ha de tener para mí siempre este tipo de movilidad conceptual: poder ser enunciado en términos arquitectónicos, plásticos, filosóficos o tecnológicos. (…) la transversalidad, la sinergia, es para mí una condición crucial de la arquitectura. Porque la arquitectura es finalmente un acto de pensamiento.
Jean Nouvel[1]
(…) bienvenidos al distrito urbano del siglo veintiuno.[2]



El paisaje de Barcelona entró con la Torre Agbar en el siglo XXI. Sus autores, Jean Nouvel (AJN) y Fermín Vázquez (b720 Arquitectos), sufrieron numerosas críticas ya durante la construcción, pero a la luz del resultado, y con las puntualizaciones que haremos, es obvio que estamos ante un acontecimiento arquitectónico –no así ante un acontecimiento urbanístico– de gran calado. La fascinación que la Torre sigue produciendo es increíble; desde kilómetros de distancia es fácil encontrar aún gente parada, mirando el enhiesto surtidor de sombra y sueño, fotografiando el edificio desde lejos con el teléfono móvil, o simplemente contemplando su hueco fenomenal en el espacio pero, sobre todo, en el tiempo.

Caos / Orden
El aspecto del edificio es el de una catástrofe congelada, o la cristalización de una detonación cúbica. Las 4500 ventanas cuadradas, de 92 cm. de lado, no repiten en ningún momento su secuencialidad, no hay dos estructuras iguales. El desarrollo matemático de la fachada, que aparece reproducido en alguna publicación
[3], parece un mensaje codificado extraterrestre, bello en su estetizante disparidad. La búsqueda de ese lugar hermético e imposible entre la ordenación y la entropía es una constante de Jean Nouvel. En el impresionante Quai Branly Museum (París, terminado en 2006 -foto de la izquierda-), que tiene un aire de familia con su ampliación del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Nouvel juega en el exterior a hacer lo contrario de un museo; según sus declaraciones, un museo es un conjunto de paredes blancas donde se cuelgan las piezas como sellos en un álbum[4]. Su propósito es alterar desde fuera esa concepción, haciendo un puzzle de 4.000 piezas, planchas de diferentes rojos combinadas con blancas, en un orden azaroso muy interesante, aunque sin llegar al paroxismo de nuestro edificio. La distribución de las piezas de la Torre Agbar, incrementado su caos por la iluminación nocturna, rotatoria, y por las posibilidades de señalética (su superficie exterior tiene 16.000 m² de espacio legible) otorgan infinitas posibilidades expresivas a un edificio cuyo estatismo sólo es físico. Es evidente que alguien debe de poner orden a todo este azar, y está claro que las nuevas tecnologías han ayudado a esta riqueza; detrás de la fantasía animada de la Torre están, por supuesto, los ordenadores:


We use computers. But we also understand that computers are not completely sufficient to create the depths of the reflections and views. You can try with the drawings to give the ideas, but when you have something so complex and with such depth it is impossible. I cannot have a perfect image, but I am sure that the reality generated will be better than the drawings.[5]

El caos y la arquitectura tienen una curiosa relación; en principio, el objeto de la construcción es evitarlo pero, como señalaba Rem Koolhaas, no es algo tan fácil como parece: “En nuestros momentos más permisivos nos hemos rendido a la estética del caos, ‘nuestro’ caos. Pero en un sentido técnico, el caos es lo que ocurre cuando no ocurre nada, nada que pueda ser técnicamente abordado o aprehendido; es algo que se infiltra; no puede ser fabricado. La única relación legítima que los arquitectos pueden mantener con el tema del caos es ocupar el lugar que les corresponde en el ejército de quienes están dedicados a combatirlo, y fracasar”
[6]. Sin embargo, la Torre Agbar quizá le quite la razón a Koolhaas en esa parte de la ecuación que señala que el caos “no puede ser fabricado”. La fachada circular e inacabable de la Torre es la prueba irrefutable de que sí.


Agua
Las referencias del edificio han querido buscarse en reverberaciones simbólicas de las torres de la Sagrada Familia, con las que dialogaría en la distancia, e incluso con el Monasterio de Montserrat. También se le ha buscado parecido con la Swiss Re Tower de Foster en Londres, que aparece en la segunda –y menos interesante– parte de Instinto básico. Sin embargo, la asociación que ha presentado Nouvel ha sorprendido a muchos: un géiser, un surtidor estable de agua. En un texto explicativo, escribe Nouvel:


No es una torre, ni un rascacielos en el sentido norteamericano del término: emerge en mitad de una ciudad más bien tranquila. Tampoco es una línea esbelta vertical como las de las agujas de los campanarios que puntúan las ciudades horizontales. No, se trataría más bien de una masa fluida que hubiera perforado el suelo como un géiser permanente. La superficie del edificio evoca el agua: lisa y continua, pero también vibrante y transparente, pues la materia se lee en su profundidad coloreada e incierta, luminosa y matizada. Esta arquitectura proviene de la tierra, pero no tiene el peso de la piedra, si bien podría ser un eco lejano de algunas obsesiones formales catalanas traídas por los misterios del viento que sopla el Montserrat. Las incertidumbres de la materia y de la luz hacen vibrar el campanile de Agbar en el skyline de Barcelona.[7]


En un panorama teórico como el urbanístico, preocupado por la idea de integración, ¿qué aportación más sustanciosa que la de una torre que es capaz de hacer lo más difícil, incorporar hasta al propio mar a la urbe, ese mar convocado de día y de noche por el edificio, que hace las veces de faro? Ignoro hasta dónde lo permitirá exactamente la curvatura de la Tierra (se supone que 30 kilómetros), pero la torre Agbar debe verse desde bastantes millas náuticas mar adentro; sobre un barco el edificio parecerá, de noche y desde lejos, un faro mutante, irisado y multicolor[8].



Estructura
Transcribo descripción técnica, porque para hablar de estructuras hay que ser preciso: “el edificio responde a un modelo de núcleo y perímetro exterior portantes, que transmiten las cargas de unas plantas libres de apoyos intermedios. Desde una consideración estrictamente constructiva, la edificación se trata de dos cilindros de hormigón de planta oval en los que se apoyan tramas de jácenas metálicas que soportan forjados de chapa de acero grecada y una capa de hormigón”
[9]. La presencia de piel, otra constante de Nouvel desde sus primeras obras[10], la dota de un aspecto atractivo, que disimula su forma interior, radial y vanguardista. El colorismo de la decoración ha creado espacios reluctantes y algunos interiorismos que sugieren el cruce de Mondrian con un Matisse desaforado; debe resultar difícil guardar la concentración en unas oficinas tan intensamente cromáticas. Pero aun así, o quizá por eso, hay cierto morbo con el edificio; de hecho, no hace mucho fue objeto de una invasión del movimiento por una Vivienda Digna para habitar las oficinas vacías. Debo decir que no me uní a la propuesta por no enterarme a tiempo: yo de mayor también quiero trabajar dentro de la Torre. No sólo por el especial carisma del lugar; también las vistas son espectaculares, como puede comprobarse en la página web del edificio, que incluye un montaje de gran angular giratorio desde la planta 15 del mismo[11].


¿Necesidad urbanística?
Barcelona se enfrenta periódicamente a una reinvención de sí misma. Como escribía Josep Acebillo, “ha sido siempre una ciudad que se ha crecido, enfrentándose decididamente a los problemas y vicisitudes de cada época”, recordando que los abuelos de los barceloneses tuvieron que convertir “algunos de los mejores espacios agrícolas de la ciudad en un paradigma de distrito industrial europeo”[12]. Cada cierto tiempo Barcelona se pone en cuestión; mientras que Madrid ha adoptado un apacible modelo de crecimiento indefinido, Barcelona parece requerir el replanteado constante, quizá por la limitación geográfica de su posibilidad de crecer hacia lo ancho, con lo cual sólo le quedan dos resquicios: crecer hacia lo alto, o hacia lo simbólico.

En un sensato artículo, Xavier Antich defendía que el modelo de operación municipal sobre Barcelona distaba mucho de otros, más democráticos y participativos, orientándose como una intervención continua y centralizada sobre el tejido (el caso paradigmático sería el “cuchillazo” de modernidad del MACBA en el Raval), con la consecuencia de que “el discurso institucional de la transformación reciente de la ciudad opera virtualmente, hasta tal punto que casi podría hablarse de un univocismo urbanístico a la hora de entender el modelo hegemónico de la ciudad. Y univocismo quiere decir sobre todo la reducción del discurso de ciudad a sólo uno de sus aspectos: la transformación física del espacio
”
[13]. Nouvel, desde una entrevista de 1994, contestaba por anticipado:

Yo andaba por entonces [1968] cuestionando la legitimidad de del acto arquitectónico, por lo que me interesó aquello de las estrategias participativas como forma de incorporar la democracia al programa arquitectónico. A través de aquellas experiencias llegué a distinguir claramente entre los hechos culturales y los democráticos, para acto seguido permitirme declarar su independencia recíproca. Uno puede decidir democráticamente sobre el programa, la localización, los usos, pero el hecho estético no es negociable. La tarea de los arquitectos es precisamente la de dar una definición cultural del entorno construido.[14]


Razón por la cual Nouvel no permite a sus comitentes la posibilidad de alterar el edificio hasta después de habitarlo al menos 3 años. Parte del discurso de Antich y otros como él (recordemos al Rem Koolhaas de La ciudad genérica, que ponía a Barcelona como modelo[15]) se ha incorporado a la necesidad o no de un edificio como la torre Agbar, pero me gustaría aclarar que, en este caso, la transformación de Barcelona que ha operado la torre no tiene sólo que ver con algo físico, sino que es algo profundamente simbólico. Salvo el puntual caso de Bilbao gracias al Museo Guggenheim, quizá ninguna ciudad española haya sufrido un cambio tan drástico por culpa de un solo edificio. Barcelona ha pasado con la Torre bruscamente al siglo XXI, lo cual tiene su lado bueno… y su lado malo.


Las críticas
Porque todo es criticable. Amén de las sornas de artistas como Jordi Colomer
[16], personas de gran prestigio dentro de la arquitectura española, como Josep María Montaner, han criticado por ejemplo la disgregación urbanística que provoca la Torre; a su juicio “el conjunto de las Glories es lo contrario: un depósito de objetos en el que todos pretenden ser los protagonistas y que desarrollaron su juego autista, precisamente, en torno a un nudo de circulación mal proyectado”[17]. En general, se le critica al edificio no su diseño, en general objeto de elogios, sino su ubicación, precisamente aquello que Nouvel no deja de repetir como lo más esencial en sus proyectos constructivos. Como señala Alejandro Zaera, “el suyo es un método de operación ‘por migración o desplazamiento’, por exterioridad, que multiplica las operaciones de desterritorialización y territorialización”[18]. En tal caso, parece haberse preterido la dimensión territorial por la otra. Pero –apunto medio en broma medio en serio– ¿no es lo insular, lo diferente, la característica no sólo de Barcelona, sino del buen barcelonés? ¿No habrán entendido a la perfección Nouvel y Vázquez que el alma catalana podría ser, ella misma, una afirmación antinatural sobre el espacio, una búsqueda de diferencia geográfica? Contesta Nouvel en una entrevista reciente, a la pregunta de qué le da alma a los edificios: “la relación con el lugar. Estoy en contra de la arquitectura genérica”[19]. Sólo entendiendo lugar en una acepción más amplia que la natural, más próxima a la primera definición del diccionario de la R.A.E. que a la segunda, más espacio que sitio, puede entenderse el razonamiento constructivo de la Torre Agbar.

Todas estas disquisiciones sobre su aislamiento urbano, sobre su autismo constructivo, debían de haberse planteado antes, por supuesto. Ahora, a estas alturas, ya sólo queda una serie de preguntas en pie: ¿es mejor que exista la Torre que el haberse quedado en proyecto? Sí. ¿Pudo haberse emplazado mejor, o más tarde? Seguro que sí. ¿Es mejor ciudad Barcelona por tener la Torre? No. ¿Es más especial por tenerla?

Indudablemente.




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Notas
[1] J. Nouvel en El croquis, “Jean Nouvel 1987-1994”, nº 65-66, Madrid, p. 18.
[2] Anuncio de Diagonal Mar en suplemento de Barcelona Informació, nº 44, noviembre 1998-enero 1999, Ayuntamiento de Barcelona.
[3] Ver el número doble de Croquis, 112-113, Jean Nouvel 1994-2002. El orden simbólico de la materia, Madrid, 2002, p. 248.
[4] J. Nouvel, entrevistado en GA Document, nº 93, Tokio, septiembre de 2006, p. 14.
[5] J. Nouvel, entrevistado en GA Document, nº 93, Tokio, septiembre de 2006, p. 8.
[6] Rem Koolhaas, ¿Qué fue del urbanismo?, Revista de Occidente, nº 185, octubre 96.
[7] J. Nouvel, “Torre Agbar”, Quaderns d’arquitectura i urbanisme, nº 240, 2004, p. 82.
[8] “una de las vistas más reveladoras de la ciudad contemporánea es la que tenemos desde un vuelo nocturno”; Jean Nouvel en El croquis, “Jean Nouvel 1987-1994”, nº 65-66, Madrid, p. 34.
[9] Texto sin atribución de autor publicado en revista On / Diseño, nº 277, 2006, p. 215.
[10] “Pero en la obra de Nouvel existe también la otra corriente: la ingeniería experimental de pieles artificiales y los mecanismos, que impregna y personaliza cada proyecto independientemente del tamaño o del presupuesto”; Norman Foster, “El sobresalto de lo nuevo”, A & V, monográfico especial Jean Nouvel 1981-1991; nº 31, 1991, p. 3.
[11] Merece la pena entrar en http://www.torreagbar.com/home.asp.
[12] Josep Acebillo, “Una nueva geografía urbana. Las cinco ideas programáticas del proyecto del Fórum”, Arquitectura Viva, nº 94-95, 2004, p. 53.
[13] X. Antich, “Urbanismo y ciudadanía”, Quaderns d’arquitectura i urbanisme, nº 240, 2004, p. 12.
[14] Entrevista para El croquis, “Jean Nouvel 1987-1994”, nº 65-66, Madrid, p. 11. El subrayado es mío.
[15] “A veces, una ciudad antigua y singular, como Barcelona, al simplificar excesivamente su identidad, se torna Genérica. Se vuelve transparente, como un logotipo”; R. Koolhaas, La ciudad genérica; Gustavo Gili, Barcelona, 2006, p. 14.
[16] Véase su proyecto Anarchitekthon en http://jordicolomer.com/anarchitekton/.
[17] http://www.clarin.com/suplementos/arquitectura/2003/05/05/a-554394.htm.
[18] A. Zaera, “Jean Nouvel. Intensificar lo real”, El croquis, “Jean Nouvel 1987-1994”, nº 65-66, Madrid, p. 45.
[19] J. Nouvel, en “Toledo será una utopía de la modernidad”, El País, 15/04/2006, p. 55.



Este artículo hubiera sido imposible sin la amabilísima colaboración del Colegio de Arquitectos de Córdoba. Gracias de nuevo.