jueves, 4 de junio de 2015

Diario de una pelea con Evan Dara



Miércoles, 28 de mayo. Cometo el error de leer de un tirón casi 100 páginas de la novela de Evan Dara El cuaderno perdido (Pálido Fuego, Málaga, 2015, traducción de José Luis Amores). Tal hecho no es en sí mismo un error, porque las disfruto como un enano a pesar de la complejidad de entrada; el error que cometo es que al día siguiente salgo de viaje y aparco durante cuatro días la lectura de la obra. #fail

Domingo, 31 de mayo: Regreso y recorro 120 páginas más. Leo con sensación de jet-lag mental; no por el viaje, sino porque debido al tiempo transcurrido no recuerdo bien los detalles e ignoro si la parte que estoy leyendo tiene relación o no con la leída cuatro días atrás. A pesar de mi sensación de pérdida me doy cuenta de que los personajes sufren otra sensación similar y de que hay cierta fluidez o liquidez (Dara habla en esta novela, publicada por primera vez en 1995, de identidad líquida –pág. 236– cinco años antes de que Zygmunt Bauman hiciera la descripción teórica de la figura) en la estructura novelesca; intento decir que siento que si la hubiera leído de un tirón no estaría mucho más perdido. Me asombra el modo de Dara –o de quien se disfrace tras ese nombre– de cruzar historias, hilos narrativos y discursos prescindiendo de cualquier fijación o hito y de cualquier ancla significante sencilla de descifrar, sin que eso afecte a la lectura, que discurre fácil, tranquila, asombrada y maravillada a ratos, como quien cruza en coche una ciudad desconocida.

Lunes, 1 de junio, 4pm: Me pregunto cómo J. L. Amores, el traductor, sabía cuál de los sucesivos narradores en primera persona era hombre o mujer, teniendo en cuenta que en inglés casi nunca es identificable el género en una voz que cuenta desde un yo. No tengo a mano el original para buscar los marcadores genéricos que ha podido seguir, pero imagino la inmensa dificultad de la traducción. / Me topo con esta cita y creo que guarda algún sentido fractal respecto a la propia significación de la novela: “la agudeza de nuestro entendimiento sobrepasa con creces lo que recibe a través de la experiencia… o, lo que es lo mismo (…) reconstruimos el cristal con fragmentos de vidrio dispersos… ¿cómo aprendimos a hacerlo?... es decir, desde luego yo no fui a la escuela de fragmentos, ¿y tú?” (p. 264, también 310). Yo sí, pero a la vista está que no he aprendido nada. / En 266 leo: “las páginas de la carta se habían desordenado con el ajetreo, pero encontré el hilo, sin dificultad, tras reorganizarlas un poco”. Pues serán las tuyas, yo sigo felizmente perdido y devorando páginas. Sigo leyendo con una idea feliz en la mente: encontrarme ante el primer libro que puedo terminar sin haber comprendido. Y que eso me dé igual.

Lunes, 1 de junio, 6pm: Me viene a la mente una cita de Madera de boj de Cela: “todo esto viene muy desorganizado”. Entiendo que varias imágenes o metáforas de El cuaderno perdido tienen algo en común. Relacionan motivos o fenómenos caracterizados por la mixtión entrópica o por la unión cruzada y azarosa de elementos o estructuras con la incompletud del ser humano y de su experiencia. Por ejemplo, la música de Harry Partch (pp. 287ss). La referencia a Beethoven: “por qué se enamoraría de esa forma del reciclaje, de contar la misma historia una y otra vez; y fue esto lo que fundamentó mi trabajo (…) intentando generar el infinito dentro de un área finita” (pp. 49-50). La narrativa sentimental de la narradora del tramo central de la novela, cuando se explica que “la narrativa tenía que servir para algo, aunque sólo fuera para ayudar a consolar la pérdida que ella misma había garantizado” (p. 300). El discurso sobre la ausencia de centro (p. 333). La cita shakespeariana que abre la novela: “este trigo esparcido en un mismo haz, / estos miembros rotos en un solo cuerpo”. El “campo de presencia ininterrumpido” infantil que consiste para Piaget en una “fluida mezcolanza de sensaciones, estímulos y percepciones” (p. 444). Las recurrencias a Chomsky y sus saberes aprendidos de antemano, que te guían a través de “los árboles del lenguaje” (p. 204). Y, sobre todo: “progresar implica adentrarse en el error, traer a un primer plano el titubeo experimental” (p. 356).

Lunes 1, 7pm. Leo esta bestialidad:




Madrugada del lunes 1 al martes 2, 5am. Me despierto súbitamente pensando que el personaje de Raymond puede haber sido en realidad el marido de Carla y que eso explicaría muchas cosas. Le daría un sentido complementario al personaje de Greg -el padre de Tom-, que funcionaría como espejo o personaje anticlimático. Le doy vueltas en la cama a esta posibilidad un rato, angustiado, hasta que caigo en la cuenta de que Carla no es un personaje de El cuaderno perdido, sino de la última novela de Gopegui. Caigo dormido de nuevo.

Martes 2, tarde. Pienso, a la vista de las páginas anteriores a la soberbia resolución lorquiana de la novela[1], si hay en ella una temprana crítica del Big Data, mediante el modo en que la sobredosis de información puede utilizarse para ocultar una verdad mediante la asfixia de informes. En su última parte la novela entronca con White Noise de Don DeLillo y con películas sobre desastres químicos, que en los 80 poblaron el imaginario estadounidense a partir de varios casos reales de contaminaciones industriales. Me da pena que se acabe la novela. Como se dice en cierto punto, “no quería que la película acabase, que no se resolviera de ninguna forma; yo quería que la película simplemente continuara, que continuara elaborando más versiones de su historia, que continuara produciendo más personajes” (p. 75).

Miércoles 3, tarde. Releo algunas páginas. Rebusco en las notas que he ido tomando. Reviso algunas partes enteras y copio todas las citas que he ido subrayando –que, juntas, suman bastantes páginas–. Releo el excelente prólogo de Stephen J. Burns y encuentro allí que la interconexión de voces de la novela tiene un componente ecológico (p. 12, ¡!). De pronto se abre la mente y entiendo este thriller ecológico, como alguien ha definido la novela. Creo que veo algo. Vuelvo a las páginas donde alguien describe la creación de un artefacto imaginario capaz de extraer energía del lenguaje (pp. 107-108), pienso que ese artefacto existe y se llama El cuaderno perdido. El puzle se arma en la cabeza. Aunque el puzle es más tipo John Ahsbery que tipo Conan Doyle, por supuesto, lleno de piezas faltantes y otras sobrantes. Un puzle que no casa, que no cuadra, y que por eso nos refleja. A la perfección.

Las alusiones científicas (relatividad, principio de incertidumbre) no son casuales. El uso de testimonios parciales (fragmentos de cartas hiper-subjetivas, la colisión de testimonios de primera y de segunda mano, el estilo indirecto para narrar hechos que por científicos debieran ser objetivos) y la ausencia de voces autorizadas, así como de autoridad narrativa en la novela, no son casuales. La discusión sobre la inconmensurabilidad del lenguaje no es casual. Con esto no quiero decir que Dara pretenda hacer una justificación tan burda como mi novela es incompleta y en parte incomprensible porque el mundo también lo es, sino, más bien, todo lo contrario, porque tal aserto implicaría haber atisbado y entendido –globalmente- el mundo: hay en El cuaderno perdido una metafísica, o una cosmovisión, si prefieren, de lo incompleto o de lo humano incompleto que parece iluminar la visión del mundo de todos los personajes y, al mismo tiempo, rige la estética de la novela. Nunca como en esta novela ha sido tan cierto aquello que decía Eagleton de la literatura como “acontecimiento, en el sentido de que su completud está en movimiento perpetuo, pues solo se hace realidad en el acto de leer”[2].  Desde este punto de vista, El cuaderno perdido puede referirse, no lo sé, no tengo ni idea, podría referirse a la falta existencial de cuaderno de bitácora, a la ausencia de un manual de instrucciones para entender la vida y para entendernos a nosotros mismos. La pérdida del lenguaje final ante la inminencia de la tragedia es una metáfora de la desaparición de lo humano ante el terror, anunciando el regreso a la pura animalidad, representada en el deseo de supervivencia. Creo. Qué sé yo. Qué más da. Lo mejor es que la lean, con la absoluta conciencia de que recorren, entendiéndola o no, lo cual es lo de menos, una novela grande como pocas, narrativa en estado puro con escasísimos parangones. Déjense atrapar por la selva del lenguaje y el diagrama de flujo de la literatura. Y disfruten.






[Relación con autor y editorial: ninguna]



[1] La casa de Bernarda Alba, claro, pero sin virginidad.
[2] Terry Eagleton, El acontecimiento de la literatura; Península, Barcelona, 2013, p. 245.

sábado, 23 de mayo de 2015

El urbanismo onírico de Mircea Cartarescu



Mircea Cărtărescu, Nostalgia; Impedimenta, Madrid, 2012.
Mircea Cărtărescu, Lulu; Impedimenta, Madrid, 2013; traducción de Marian Ocha de Eribe.
Mircea Cărtărescu, Por qué nos gustan las mujeres; Funambulista, Madrid, 2006, traducción de Manuel Lobo.
Mircea Cărtărescu, Las bellas extranjeras; Impedimenta, Madrid, 2013; traducción de Marian Ocha de Eribe.
Mircea Cărtărescu, El Levante; Impedimenta, Madrid, 2015; traducción de Marian Ocha de Eribe.




“Voy a resistir, porque este espacio en las montañas, aunque vacío, parece acumular sucesos, difuminar unos a través de otros, borrar los límites (tan precarios) entre el mundo de nuestra mente y el de la mente más vasta que nos comprende a todos” (Lulu, p. 42).


La proliferación

Envidio a quien no haya leído ningún libro de Mircea Cărtărescu porque todavía tiene la oportunidad de leer Nostalgia o El Levante y volverse completamente loco. Hacía tiempo que un autor no me deslumbraba tanto –pues he llegado tarde, pero en buen hora, al más conocido escritor rumano actual– y creo que, con independencia de las ideas y prejuicios que uno tenga sobre literatura, Cărtărescu es capaz de vencer cualquier resistencia y hacer caer al lector en sus redes gracias a la potencia y ambición de su escritura volcánica.

No hace mucho tuve una conversación en Barcelona con Gonzalo Torné. En ella, y a partir de algunas ideas que yo apuntaba torpemente sobre un conocido prosista actual, Torné fue construyendo en directo una interesante teoría, por la cual habría dos tipos de grandes novelistas: los prosistas inteligentes, creadores de obras bien planeadas y cuyo sobrado intelecto a veces se interpone en el camino natural de la narración y le impide alcanzar grandes cotas, y los autores proliferantes, caracterizados por tener brillantes intuiciones narrativas, a partir de las cuales desarrollan y desarrollan tramas y argumentos y personajes y más personajes, y más tramas y más sucesos y más anécdotas y más ramificaciones, hasta el infinito o el agotamiento –lo que suceda primero–. Sería fácil poner ejemplos: Henry James o Nabokov serían inteligentes, proliferantes Tolstoi o Kafka (especialmente en El castillo); Bellatin afina y Aira prolifera; Italo Calvino es un dechado de inteligencia mientras Don DeLillo se pierde a veces al intentar desarrollar sus agudas intuiciones: “en Ruido de fondo”, decía Torné, “lo interesante no es lo que hace DeLillo con la nube tóxica, sino que se le ocurriese la idea de la nube tóxica”. Medio en broma, medio en serio, llegamos a la conclusión de que en algunos casos extremos no sería necesario leer por completo los proyectos de los autores proliferantes: bastaría con leer doscientas o trescientas páginas hasta ver cómo funciona el mecanismo narrativo y disfrutar, durante un tiempo razonable, del mismo.

La definición de escritor proliferante se ajusta como anillo al dedo a Mircea Cărtărescu. Los proyectos y libros de Cărtărescu se parecen mucho entre sí, porque son la expresión de algunas ideas, topos, tropos, coros, logos y logros que el autor rumano repite y reinventa sin cesar, en una incesante tormenta de fábula y lenguaje que prolifera y se expande indefinida y magníficamente por varios libros y por varias artes: relato, novela, poema, artículo, ensayo. Todo lo escrito por él tiene un aire de familia inequívoco, cuyas claves desarrollaremos luego, pero que convienen en forjar un nombre indiscutible cuyo estilo se basa en la sobreabundancia y la diseminación, cuya desparramada locura, sobre todo en algunos relatos largos de Nostalgia, nos llena al principio de consternación y luego de alegría, porque en realidad no queremos que la desmesura y la escritura desatada de Cărtărescu se terminen. Después de leer cinco libros casi seguidos del rumano, lo único que deseo es que Impedimenta publique los tres tomos de Orbitor, su trilogía novelística, para poder sumergirme en el mundo onírico de Cărtărescu muchas horas más (hay una edición de Cegador en Funambulista, pero es una traducción de la versión alemana, no del original).


El posmodernismo

(…) entretanto yo tengo que decir algo inteligente sobre posmodernismo

El Levante, p. 159



El procedimiento es posmoderno, así que lo utilizaré también yo.

El Levante, p. 200

Aunque la mayoría de las veces los datos biográficos añaden más sombra que luz para interpretar una obra literaria, en la biografía de Cărtărescu hay un dato en extremo relevante para leer su obra: se doctoró en literatura con una tesis sobre posmodernismo rumano. Esto quiere decir que ha dedicado varios años de su vida -años clave por ser los de su formación intelectual-, a estudiar la posmodernidad y su(s) efecto(s) sobre las obras literarias. El posmodernismo de Cărtărescu es de corte postromántico, como queda claro en la selección de temas (el doble castrador, el solipsismo), la actitud ante la literatura de sus personajes y la extraña consideración, casi naif, de una naturaleza en estado de pureza: “el silencio de los bosques, el silencio de los lugares que el pie humano no ha pisado. Paisaje puro, naturaleza pura, indiferente, en paz, fundida con todo lo que verdaderamente existe” (Lulu, p. 56); esa “verdadera existencia” (p. 62), con ecos de la vraie vie est ailleurs de Rimbaud, vuelca su consistencia en su oposición al sueño y a las elucubraciones de los filósofos posmodernos (“los filósofos dicen que ahí afuera no existe nada”, El Levante, p. 146), aunque todo en los libros de Cărtărescu es ficción y, en buena parte, sueño. Otro sueño postromántico, mallameano, es el de la escritura del Libro, resabio, según Curtius y Blumenberg, del antiguo tema del mundo como libro del que hablamos en Pasadizos (2008). Para el protagonista de Lulu la escritura de ese Libro total era el único objetivo de su existencia en la juventud, y el desencanto de la madurez viene de haberse desenfocado de ese objetivo (p. 78). En un momento prodigioso de El Levante, unas islas imaginarias con forma de letras crean la palabra “Helesponto” sobre el mar, “como en los mapas” (p. 102), reverberando la imagen borgiana de la coincidencia entre realidad y rigor cartográfico: el mundo como escritura. Cerrando el círculo podríamos decir que para Cărtărescu ese Libro del Mundo es posmoderno y por eso lo es también su relato, como se reconoce en el canto IV de El Levante: “tras muchos llantos, tentativas y peripecias que en mi relato posmoderno te sumirán en ensoñaciones” (p. 73). Cuando el citado DeLillo describe en White Noise un “atardecer posmoderno, rico en imaginaría romántica”[1], me parece estar asistiendo a la perfecta definición de la literatura de Cărtărescu.


El mito frío

Todo, todo son efectos largamente planeados para que te enrosques en ellos como la bombilla en su casquillo o para que no distingas ya qué es sueño y qué es realidad…

El Levante; pp. 191-92



(…) maquillado y estrambótico como un arquetipo de Jung.

El Levante, p. 218

Una de las claves del autor es que racionaliza el inconsciente, y convierte sus dominios soterrados –las referencias en su obra a lo subterráneo son muy numerosas– en campos de juegos a su conveniencia. Amparado a veces en los sueños, que utiliza a pesar de ser consciente de su peligro para la narración (véase el párrafo con que se abre “El Mendébil” en Nostalgia, p. 43, o la autocrítica en Por qué nos gustan las mujeres, p. 23), resguardado otras veces en un tono onírico que lleva a sus textos a lindar con la literatura fantástica, Cărtărescu aprovecha todos los resortes del inconsciente de forma racional, haciéndolos servir a su propósito: “Pienso que recreo todo lo sucedido en Budila de una forma demasiado sencilla, que está demasiado clavado en mi mirada por ese subconsciente del que he aprendido a desconfiar siempre debido a su infinita astucia. En esa profundidad hay túneles secretos entre los edificios de mi mente, conductos y manojos de cables de colores, canales de agua fétida, llenos de las deyecciones de mi cerebro. Hay cámaras de escucha y burdeles subterráneos y habitaciones en las que no han entrado nadie. Y yo, solitario en la ciudad de la superficie, soy el único señor y el único enemigo”[2]. La mecánica de esta racionalización no sólo es semántica, sino que también es espacial, lo que me parece un hallazgo: para Cărtărescu el inconsciente es un lugar paseable, “los subterráneos de la mente” (Lulu, p. 151), construidos como un laberinto de pasillos (las circunvalaciones cerebrales) y escaleras, con miles de habitaciones cerradas con “candados obscenos”, que Victor va rompiendo para mirar al interior de cada una: “seguía arrancando al azar aquellos candados blandos, pero me resignaba cada vez con más dificultad a lanzar una ojeada en aquellas estancias hundidas en la abyección” (Lulu, p. 135). En alguna pieza de Por qué nos gustan las mujeres explica la génesis de esos sueños espaciales, lo que denota la autoconsciencia con la que emplea este recurso del urbanismo onírico[3]. Esta espacialización del inconsciente, que lo convierte de forma literal en el campo literario de juegos que citábamos arriba, es un rasgo de talento del autor, que le permite moverse por el espacio de lo onírico con una libertad plena y de modo autoconsciente. De ahí la presencia explícita de los mandalas, de los Dopplegänger, de los alef borgianos, de las bodas celestiales, de los caminos de ascensión purificadora, de la mise en abyme, de las eclosiones subterráneas, de los psicocopompós, de los espejos (ya sean mágicos, tapados o sin reflejo), de las transformaciones: Cărtărescu juega con los mitos y los arquetipos sin esconderlos, mostrando sus cartas e incluso sus fuentes (como Baltrusaitis o Jung en El Levante), porque lo esencial en su obra no son los materiales, sino la construcción y reelaboración de los mismos. De ahí ese lugar central que parece tener en la literatura rumana y, cada vez más, en la europea. Los motivos los explicó hace 80 años un compatriota suyo, Mircea Eliade:

La novela rumana (…) triunfará definitivamente cuando logre imponer dos o tres tipos de personajes-mitos en la literatura universal (no se trata del tipo del avaricioso, el amante, el celoso, etc., sino de personajes que sepan participar lo más intensamente posible en el drama de la existencia; que tengan un destino, que sepan padecer en su propia carne o que lleguen a encarnar la agonía del conocimiento, etc.). Un pueblo crea, a través de su folklore y su historia, mitos. Y una literatura crea, especialmente a través de su época, personajes-mitos.[4]

Y creo que Cărtărescu ha trabajado de forma deliberada en esta dirección, creando un tipo humano de corte mítico, consistente en un personaje algo inmaduro[5] dividido entre su existencia cotidiana y mostrenca y una vida interior fantasiosa y llena de imaginación, mediante la que intenta olvidar, sin conseguirlo, la miseria de su existencia real. Las mujeres –luego volveré a este peliagudo tema– juegan en su obra un papel residual, salvo excepciones, consagradas a ser metamorfosis de las musas tradicionales y meras “puertas de entrada” de lo extraordinario en lo ordinario, permitiendo a ese personaje varón habitual en las obras de Cărtărescu coquetear con una posibilidad de vivir la vida como algo maravilloso, mientras dure el encanto del amor (suena cursi, lo sé, pero exponerlo de otra forma es traicionar la verdad textual de sus obras). Ese personaje mítico convive con otros mitos ya clásicos de largo alcance, que el autor conoce de sobra y que utiliza a sabiendas, fríamente, para crear un determinado clima narrativo.

Una de las manifestaciones de esta racionalización, hasta cierto punto junguiana, como luego veremos, de los mitemas, podemos apreciarla en el motivo de la telaraña, cuya importancia en Nostalgia ya enfatizó en su prólogo Edmundo Paz Soldán, pero que es recurrente en toda su obra. El motivo alcanza en Lulu (1994) toda su capacidad simbólica, que alcanza las cotas de la cosmovisión: “deja de existir el mundo con sus verdades ramificadas en una red horizontal e ilusoria”, aunque su aparición más frecuente es la de la telaraña onírica que anuncia la llegada de lo pesadillesco a la narración: páginas 46, 55, 60, 127, puesto que la telaraña que tendrá un clímax casi paroxístico en las páginas 65 y siguientes. En ellas se describe un episodio onírico del protagonista, en el que sube hacia el techo de la mansión en la que se encuentra, perdiendo edad conforme sube, hasta llegar casi como un niño. Una enorme telaraña cubre toda la parte superior del edificio y Victor debe atravesarla, hasta encontrar a una araña de dimensiones monstruosas, con la que se une de forma no sexual pero sí corporal; después, baja las escaleras de nuevo “y en cada ventana me veía cada vez más maduro” (p. 69), hasta llegar a su edad de entonces, diecisiete años. La escena puede leerse desde la perspectiva junguiana del encuentro con la sombra propia, como parte del proceso de individuación personal, del mismo modo que la novela puede ser parte del descenso al abismo o mäelstrom del yo (del protagonista, del narrador, del autor) con todas sus consecuencias. La telaraña es también, por supuesto, la propia escritura, la novela en la que se atrapa a Lulu y la sombra que ha proyectado sobre la sombra de Victor. El texto se vuelve no sólo terapéutico –“si la escritura es, como dicen, una terapia”, p. 24–, sino también sismográfico, en el sentido de que registra las evoluciones psíquicas del personaje hasta identificar texto y emoción o discurso escrito y discurso emocional, “como si el texto fuera mi verdadera vida” (Lulu, p. 101). Del mismo modo que la telaraña une a la presa con el horror de la araña y los omnipresentes nervios, arterias, neuronas y venas de sus relatos conectan eléctricamente la percepción y la conciencia, es la escritura, el “vendaje de este texto (…) de esta tela rara y complicada como una gasa o como una telaraña” (Lulu, p. 147), y sus hilos los que “configuran la telaraña que has tejido, no para capturar algo con ella, sino para ser atrapada” (Nostalgia, p. 314; véase también El Levante, pp. 113 y 160); esto permite que en su obra “una línea de la primera página comunica a través de mi esófago con una palabra de la página cuarenta y que los nervios craneales cortocircuitan símbolos y alusiones” (Lulu, p. 100), cerrando el círculo gnoseológico de la literatura de Cărtărescu: telaraña como símbolo – tejido del texto (referencias intratextuales al propio libro o a los otros libros del autor, referencias intertextuales a libros de otros) – tejido nervioso – redes sinápticas del pensamiento – racionalización del inconsciente – símbolos espacializados y espacios simbolizados[6] – urbanismo onírico – las telarañas = correspondencias baudelerianas, signos en rotación – telaraña simbólica. Esquematizado, sería más o menos así:






Reparos

Mi mayor reparo a la obra de Cărtărescu se centra en Las bellas extranjeras, pero de este libro hablaremos en otro lugar. Entre otros errores achacables al autor apuntaríamos cierta cursilería, ligada a cierto entendimiento naif de lo femenino [“Por qué nos gustan las mujeres (…) porque no leen revistas porno y no navegan por sitios porno (…) porque no se masturban”, p. 292, disculpen mis carcajadas]. En otras ocasiones nos encontramos una visión inexcusable y burdamente machista:

Amadísima lectora (…) Tú no buscas entre las hojas de los libros la árida filosofía ni la política encarnizada que retiene en sombrías cárceles a los exaltados y a los temerarios, sino el amor verdadero que, como las rosas prensadas entre las páginas, no muere jamás. (El Levante, p. 59)

Es difícil saber si una declaración como esta es más estúpida que machista, o viceversa. Tampoco es fácil de entender la pudibundez inmadura con la que el autor evita los temas sexuales (salvo alguna excepción en Lulu, pp. 42-43), sobre los que pasa con abstrusas aclaraciones, que no se sabe si esconden incapacidad técnica para la descripción de los coitos o miedo a perder lectores por ser explícito. Preferimos, desde luego, el primer motivo.



El Levante y conclusión

Si tuviera que recomendar uno solo de estos libros recomendaría El Levante (1990), sin dudarlo, porque es un libro imposible. Es un libro que no podría ser escrito más que por el propio Cărtărescu. Como ha explicado su excelente traductora de guardia, Marian Ochoa de Eribe, en una entrevista[7], el volumen publicado en España parte de una “traducción al rumano” que Cărtărescu decidió realizar al entender que su Levantul original, escrito por completo en verso y trufado de guiños a la literatura rumana, era intraducible. Para facilitar la versión a otros idiomas y la circulación del libro, transformó la mayor parte de los pasajes a prosa, con lo que el libro perdió su parte más experimental, deudora del capítulo “Los bueyes del sol” del Ulysses de James Joyce. Pero esta deuda con la tradición (donde Joyce hacía un recuento de los estilos narrativos ingleses, Cărtărescu haría una reconstrucción de los estilos poéticos rumanos; Jorge Carrión desarrolla el mismo envite con la poesía castellana en la segunda parte de Los turistas, 2015) es sólo un punto de partida, pues una cosa es sostener un ejercicio así durante un capítulo, y otra muy distinta levantar un libro entero sustentándolo en un armazón tan ambicioso tanto desde el punto de vista constructivo como estilístico, por no hablar de la incomparable imaginación que puebla El Levante de imágenes vibrantes y de hallazgos expresivos, verbales y semánticos, cuyo disfrute debemos en buena medida a la ejemplar labor de la traductora. A esto hay que añadir una dimensión política, si cabe: se advierte la presencia aún por entonces (1988 sería la fecha de redacción, según cuenta el autor falsablemente en la página 151) de la dictadura de Ceacescu, que moriría fusilado al año siguiente en Targoviste; de esa atmósfera represiva quiere escapar el autor mediante la imaginación, pero también con el canto a unos palicari revolucionarios que no admiten más señor ni amo que la libertad (obsérvese la magnífica alegoría del juez asno en pp. 139-41: “aquel que se inclina / ante cualquier asno que ostenta el poder / merece ser azotado / y honrado con latigazos”), y quizá la presencia explícita de ciertas marcas de consumo occidentales pudiera funcionar como un conjuro contra la restricción comunista, algo que no tengo claro puesto que no soy especialista en historia ni cultura rumana, y bien que lo siento. Si lo fuera, podría detectar más influencias. Así, siguiendo una pista dada en la red por el investigador Adolfo Rodríguez, la lectura de unos poemas de Mihail Eminescu, traducidos por Dana Giurcă y J.M. Lucía Megías, me hacen ver algunas líneas de confluencia:

Pero quizás allá arriba haya castillos
con arcos de oro hechos de estrellas,
con ríos de fuego y con puentes de plata,
con orillas de mirra, con flores que cantan[8]

Y este tipo de imaginería que une arquitectura y fantasía en su ejemplar urbanismo onírico es característico en Cărtărescu, especialmente en El Levante, pero no sólo ahí. En el mismo poema, “Mortua est!”, Eminescu dice:

¿Y para qué?... ¿Acaso no es el todo locura?
¿Por qué tu muerte, mi ángel, tuvo que ser?
¿Acaso hay sentido en el mundo? Y tú, rostro sonriente,
¿sólo has vivido para así poder morir?

Y Cărtărescu parece responder, sobre el mismo tema de la amada muerta:

¿Quiénes somos? No se sabe. ¿Qué hemos sido? Solo ilusión

(…) Pero ¿qué sabes tú, niña? (…)

Incluso tú eres solo tierra:

Bajo tu camiseta de Shakin’ Stevens y bajo tu seno luminoso

Tu horrible esqueleto triunfa sobre ti. (pp. 164-65)

“El oído te miente, el ojo te engaña”, dice Eminescu; “no oyes con los oídos y no ves con los ojos / Nada que no sea ilusión y sueño insípido” (p. 166), replica Cărtărescu. En “Noaptea”, otro poema de Eminescu, la amada “blanca como la nieve invernal” se aparece al poeta justo cuando éste cae en un sueño, algo habitual en el autor de Nostalgia, etcétera. Lo esencial, sin embargo, no es detectar los infinitos materiales con los que éste trabaja, como apuntamos arriba, sino constatar la importancia del trabajo que hace con ellos y cómo les imprime su sello personal y los enriquece, con una potencia que los convierte en precursores de su propio trabajo. Es decir: es Cărtărescu quien me lleva a Eminescu y otros muchos autores, y no al revés, lo que habla muy bien del primero. Los atardeceres en California son los más bellos del mundo, me dijo alguien hace poco, por el extremo grado de contaminación ambiental.

*

Los demás libros de Cărtărescu que he leído podrían ser, con no poco esfuerzo, compuestos por otros autores, o por un equipo de autores con diversos talentos, pero El Levante no. Es una rareza desasosegante, una maravilla, un libro con escasos parangones, y eso que la versión preparada por el autor debe ser apenas una sombra del original. Por eso nuestra obligación es leer la magnífica edición de Impedimenta… y pensar en que debemos ponernos a estudiar rumano para leer la original.




[Relación con el autor y las editoriales: ninguna]




[1] “Another postmodern sunset, rich in romantic imaginery. Why try to describe it? It’s enough to say that everything in our field of vision seemed to exist in order to gather the light of this event”; Don DeLillo, White Noise; Penguin Books, New York, 2009, p. 216.
[2] Mircea Cărtărescu, Lulu; Impedimenta, Madrid, 2013, p. 31.
[3] Y su dominio de la técnica, pues esto que el narrador dice de otra persona bien pudiera decirse del propio Cărtărescu: “Cuando me contaba cualquier sueño, lo visualizaba con tanto detalle que después me parecía que era yo quien lo había soñado”; Mircea Cărtărescu, Por qué nos gustan las mujeres; Funambulista, Madrid, 2006, traducción de Manuel Lobo, p. 38.
[4] Mircea Eliade, Fragmentarium; Trotta, Madrid, 2004, p. 88.
[5] “Practicamos el sexo con un cerebro de hombre, pero queremos con uno de niño, confiado, dependiente, deseoso de dar y recibir afecto”; Mircea Cărtărescu, Por qué nos gustan las mujeres; Funambulista, Madrid, 2006, traducción de Manuel Lobo, p. 196.
[6] Cf. Mircea Cărtărescu, Lulu; Impedimenta, Madrid, 2013, p. 94.
[7] http://www.rri.ro/es_es/el_levante_en_espaol_la_historia_de_una_traduccion_imposible-2530774
[8] “Tres poemas de Mihail Eminescu”,traducción de Dana Giurcă y José Manuel Lucía Megías, publicada en Cuadernos del matemático, 28 (2002), pp. 28-31.