domingo, 26 de marzo de 2017

La escena ausente de Martín Kohan




[Se advierte que esta entrada revela el final de la novela de Kohan]


Días antes había terminado de leer la novela de Martín Kohan, Fuera de lugar (Anagrama, 2016), pero ella no había terminado de leerme a mí.



Su tajante final seguía reverberando en mi cabeza. Mientras yo intentaba leer otros textos, algunas frases de Fuera de lugar, algunas escenas, algunos detalles, hacían honor a su título y se desquiciaban, salían fuera de su lugar propio, ubicándose en una atención que yo creía tener puesta en otra cosa, en otra idea, en otro libro.



Me gustó mucho del final de la novela de Kohan su escena ausente; esa conversación entre Santiago Correa y su mujer, Elena, que no aparece en la novela, pero que explicaría el asesinato de Marcelo a manos de unos delincuentes comunes (unos chorros, dirían allá). Deducimos, a la vista de los acontecimientos, que Elena y Santiago Correa hablan o discuten y, finalmente y para salvar la cómoda monotonía de sus existencias, deciden quitar de un plumazo el problema que amenaza su futuro. Pero esa tensa conversación marital está brillantemente excluida por Kohan, que nos pone como cebo otras imágenes y otras escenas menos importantes, escamoteándonos lo principal, dejándonos distraídos con la superficie del iceberg.



Al terminar la novela estaba seguro de que esa conversación elidida, esa escena ausente, era la explicación del final de la novela, y me pareció atrevido -valiente- el modo en que Kohan ahorraba al lector la extricación de la trama. Sin embargo, hoy, hace un rato, mientras leía un ensayo sobre etnocentrismo, una escena de Fuera de lugar me ha asaltado, ha venido por sorpresa a revelarme el momento en que Kohan había “plantado” la semilla de la resolución, la página que marcaba el modo en que iba a resolverse el argumento, el instante en que se nos revela que es Elena, y sólo ella, la que va a tomar la decisión de eliminar a Marcelo, tendiéndole una trampa y sin que le tiemble la mano en el último momento (página 219) en el que todavía tiene la oportunidad de salvarlo.



La escena en la que -creo, sospecho- se resuelve el interrogante final de la novela, mediante una especie de prolepsis oblicua, nos aguarda cargada de metralla en la página 171, cincuenta páginas antes del desenlace:

XVII



                En los sueltos había montones en el pueblo, lo mismo que en todos los pueblos. […] No obstante, uno muy bravo, rabioso no se sabía por qué, se había metido en el parque de la hostería y había empezado a gruñirles a los otros huéspedes en evidente amenaza de ataque.

                Los gritos de todos despertaron a Marcelo. Salió de la cama de un salto, dejó la pieza y se asomó a ver lo que pasaba. La gente de la ciudad retrocedía, él habría hecho lo mismo. Algo tenía ese perro de toro, algo tenía de chancho enardecido.

                Apareció Elena sin dar aviso y lo corrió a palazo limpio. El perro le hizo frente por poco tiempo. Los golpes secos en el lomo lo forzaron a adelgazar los ladridos, y uno solo, brutal, artero, descargado en pleno hocico, le arrancó un aullido espantoso.

                El perro se fue, gimoteando. Correa miró todo desde un costado, fue Elena la que se ocupó.



jueves, 23 de marzo de 2017

Recomendaciones

Libros que he leído en las últimas semanas y que me parecen recomendables.









[Relación con autores y editoriales: ninguna]

sábado, 4 de marzo de 2017

Nanomoralia




Nanomoralia (Ediciones de La Isla de Siltolá, 2017)


domingo, 26 de febrero de 2017

Por qué triunfa La la land, explicado en términos literarios



[Este post contiene spoilers]


La la land, escrita y dirigida por Damien Chazelle, arrasó en los Globos de Oro y, previsiblemente, lo hará esta noche. Y lo hará por varios motivos.

Porque los Óscar son premios de industria, no de arte.

Porque están concedidos por los miembros de la propia industria.

Porque La la land ha gustado mucho al público, y eso se premia en los Óscar -quizá es lo que se premia, porque la industria necesita taquillazos para sobrevivir-.

Y la pregunta interesante es por qué ha triunfado esta película en taquilla y entre los medios de comunicación

Y creo que su éxito se debe a lo mismo por lo que triunfa la mala literatura. Daremos algunas razones: 

Porque La la land es, formalmente, un melodrama. Como el 95% de las películas de Hollywood y de las novelas actuales.

El melodrama es un formato aceptado, sin fisuras, que se asume natural e inconscientemente por el lectoespectador. Un modo de contar tan archisabido que hay que estar alerta para verlo. El melodrama, además, tiene mucho que ver con la música -desde la propia etimología del término-: “tiene razón Steiner cuando precisa que el carácter teatral que inspiró a Dostoievski estaba en contacto directo con el melodrama, un género en el que originalmente la música subraya la acción representada, pero que hoy se usa de una forma mucho más amplia para describir cualquier hecho, artístico o no, que se nos presente cargado de efecto”[1].

El efectismo puro del melodrama guía al espectador entre giros argumentales tan pautados como las señales de tráfico para recabar de él una emoción pasajera y prefabricada, un humanismo de baja intensidad. Es el kitsch emocional globalizado[2].

Mientras la veía sentí, a ratos, agrado, y mi parte cerebral no terminaba de entender el "confort" irracional que sentía mi parte reptiliana. Es sobre ese agrado sobre lo que estoy escribiendo. Un agrado dirigido.

La la land triunfa porque su género es el musical nostálgico, un entretenimiento con musiquita que nos recuerda entretenimientos pegadizos que ya hemos visto.

Triunfa porque está hábilmente construida para traer al recuerdo de los espectadores las cintas que forman su memoria sentimental y su formación cinéfila, aunque hayan visto pocas películas, mediante los consabidos y predecibles guiños a Cantando bajo la lluvia y otros musicales vistos por todos, hasta por quien odia los musicales (y que quizá los odia por culpa de esos clásicos antonomásticos).

Ese recurso a la memoria se ejecuta de la misma forma que en La sombra del viento, de Ruiz Zafón, donde había referencias literarias: el objetivo es que los lectores crean que están leyendo literatura y crean asimismo que al comprar el libro de moda se incluyen en un círculo de cómplices prestigiados por conocer algunas referencias literarias escolares

Creo que, salvando un poco las distancias, es el mismo motivo que explica el -para mí incomprensible- éxito de Alberto Manguel: sus textos mencionan libros que todos hemos leído, en tono “buenrrolista” y en términos que todos pueden entender.

Lo que se premia en todos los casos: la retroalimentación del gusto propio.

De nuevo Bourdieu y la distinción: dame un melodrama facilito, bien construido, que me permita considerarme parte de un inexistente círculo social de connaiseurs, prestigiados por nuestras elecciones “culturales”: “Oh, querida, ¿viste el guiño a Gene Kelly en la escena de la farola?” Claro que lo vi, querido, ¡y también me encantó el homenaje a Fred Astaire y Ginger Rogers!” “Cuánto cine conocemos, pastelito” “Qué grande es el cine, pichurrín”.

Jugada maestra de los directivos de las productoras de cine y de la televisión: sembrar por doquier el equívoco de que puedes estar haciéndote más culto y cool sin dejar de participar en la conversación general. Que consumiendo sus productos tienes la ocasión de ser moderno y mainstream a la vez, con un pie en la vanguardia y otro en la tendencia becerril. El secreto del éxito de las teleseries, como ya apuntamos en otro lugar.

Eso sí, los responsables “artísticos” del producto, los directores, que algo de pundonor tienen, introducen algunas referencias cinematográficas más difíciles, dirigidas a los cinéfilos, que vienen a significar: “oye, que de cine sabemos, aunque estemos haciendo esto ahora por el bien del estudio”. Esta estrategia referencial, que Tarantino elevó a seña de identidad y a un arte propio, me parece que también late detrás de algunas obras de Nicolas Winding Refn, pero no soy crítico de cine y puedo estar equivocado.


 [Imagen tomada de aquí]

La la land triunfa porque está encantada de mostrar los rudimentos del capitalismo tardío: no dejes que los sentimientos afecten a tu carrera profesional, deja a tu pareja, renuncia a tus ideales artísticos difíciles, olvídate de tus aspiraciones juveniles: lo importante es tu futuro (económico).

Tu carrera bien merece un melodrama, unas lagrimitas.

“No tener nada que decir y decirlo de una manera trágica no es lo mismo que tener algo que decir”; Wallace Stevens, Adagia

La la land triunfa porque proporciona a sus fans los objetivos habituales del melodrama: 1) “ingresar en el deleite de la expiación sin consecuencias” -es decir, drama sin catarsis, folletín sin sufrimiento del espectador, que contempla los problemas ajenos con una ininterrumpida sonrisa en la cara, comiendo palomitas y tarareando las canciones; y 2): “el melodrama se responsabiliza por el resguardo de lo tradicional”[3]. Y La la land es muy tradicional: la chica acaba realizada en París con un buen tipo y una criatura en las manos. Sebastian, el guaperas, es un desastre afectivo, sí, “pero oye, el chico sienta la cabeza y se convierte en un emprendedor, abriendo un club”.

Y estéticamente, desde mi escasa competencia cinematográfica, La la land es un musical tradicionalista hasta el hartazgo, que no se cuestiona su lenguaje, que no avanza un ápice en el género, que no explora las posibilidades del cine. Del mismo modo que la novela triunfante en ventas no discute el lenguaje de la novela, ni el idioma con que está escrita, ni lleva el género más allá, ni se cuestiona la literatura y sus funciones.

La la land triunfa porque consigue el milagro de que la lógica socioeconómica convierta en aceptable un final presuntamente triste o agridulce, porque los chicos guapos no acaban juntos: “No es triste, porque es lo que yo haría, yo también le / la hubiera mandado a tomar por saco, pese a ser mi media naranja, porque la vida es así”. Por eso Sebastian sigue tocando al final, porque la vida sigue. The Show Must Go On: no importa que muramos, el espectáculo -y el negocio- deben continuar. No es un final agridulce, al espectador le encanta que la vida siga, le hace feliz, sobre todo si el sufrimiento contemplado no es el suyo. Ahora que lo pienso, ¡es un final feliz!

La la land triunfa porque es un espejo social, en el que sus miembros están encantados de mirarse.
Y eso vuelve locos a la industria y a los medios. Porque ellos fabrican los espejos.


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[1] Francisco Calvo Serraller, Extravíos; Fondo de Cultura Económica de España, Madrid, 2011, p. 88.
[2] Como se deduce de Chantal Maillard, Contra el arte y otras imposturas; Pre-Textos, Valencia, 2009, p. 35.
[3] Carlos Monsiváis, Aires de familia. Cultura y sociedad en América Latina; Anagrama, Barcelona, 2000, p. 78.