En este vídeo comentamos "El corazón, la nada" (2014), antología de la obra poética de Eduardo Moga publicada por Amargord.
martes, 27 de enero de 2015
Comentario sobre la poesía de Eduardo Moga
En este vídeo comentamos "El corazón, la nada" (2014), antología de la obra poética de Eduardo Moga publicada por Amargord.
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Diario de Lecturas,
Eduardo Moga,
Poesía española,
Vicente Luis Mora,
videoreseñas
viernes, 16 de enero de 2015
Mavrakis y el neuromarketing
Nicolás Mavrakis, El recurso humano; Milena Caserola, Buenos Aires, 2014.
Nicolás
Mavrakis (Buenos Aires, 1982) es un joven periodista, crítico literario y
escritor argentino, del que habíamos leído algún ensayo sobre tecnología y
literatura, y que cuenta con varios libros publicados. Su última publicación,
la novela El recurso humano, muestra
que la inquietud sociotecnológica es una constante en su obra, latente ya en
obras anteriores como No alimenten al
troll (2012). Construida como una distopía, El recurso humano presenta el discurso en primera persona de un
experto en neuromárketing, es decir, un “programador especializado en análisis
de información neurocientífica” (p. 114). El objetivo de su trabajo es, definiéndolo
a grandes rasgos porque la idea es más compleja de lo aquí resumido, crear
agentes provocadores (p. 117) del consumo de los demás. Para ello debe ser
capaz de predecir las pautas de consumo, pues sólo así se llegarán a establecer
los patrones de condicionamiento: “¿Pero qué tal si el trabajo predictivo se
vuelve pragmático? ¿Qué tal si uno pudiera, llegado el caso de la predicción
perfecta de los fenómenos humanos, moldear el mundo de acuerdo a las
necesidades de cada individuo?” (p. 37). El refinamiento de estos procesos por
las empresas del ¿futuro? que presenta Mavrakis llega a tal sofisticación que
el cerebro humano no basta y es necesario crear algo más complejo: “Hay que
miniaturizarse y desaparecer en bytes” (p. 35) se dice reveladoramente,
anticipando que el personaje Arcidiácono es un programa de Inteligencia
Artificial: “Arcidiácono era la suma
encriptada y viva de una infinita memoria del consumo, creciendo con cada byte
que se sumaba a la red. Su propia memoria se había digitalizado bajo un
algoritmo que se nutría del análisis diferencial de cada orden de compra
ingresada a todas las versiones occidentales, orientales, legítimas y piratas
de sitios como eBay, Amazon, BetterWorldBooks, Hardwaresales.com,
Mercado Libre.” (p. 130). Este trabajo de predicción comercial,
sustentado en el análisis de ingentes cantidades de datos, no es ninguna fantasía;
Byung-Chul Han, en Psicopolítica (2014),
escribía: “el Big Data podría poner
de manifiesto patrones de comportamiento colectivos de los que el individuo no
es consciente. (…) Los datos personales se capitalizan y comercializan por
completo (…) los hombres (…) devienen mercancía. El Big Brother y el Big Deal se
alían”[1]. Han sólo describe,
Mavrakis encarna narrativamente el
procedimiento por el cual podrá llevarse a cabo esa mercantilización
inconsciente del sujeto actual en breve plazo.
Textualmente, la novela se presenta como un diario al revés, que
invierte La flecha del tiempo, al
modo de la novela de Martin Amis –que no por casualidad aparece en la novela–,
o del Viaje a la semilla de Alejo
Carpentier. Alternándose con este diario fragmentario aparece otro relato,
numerado en código binario, que cuenta la otra parte de la historia con secuencialidad temporal opuesta. El primer diario es algo
extraño y heterodoxo, pues sabe cosas
que pasarán al día siguiente, algo improbable en un diario strictu sensu: “Pudo haber sido el
momento más extraño del fin de semana. Pero faltaba lo peor.” (p. 81). La
extrañeza se aclara en otro momento, en el que hay una conexión del diarista con
el otro registro binario, pues el diario se refiere el 31 en julio en pasado (“Creo
que ya escribí en algún lugar de este diario que es como el amor: no hace falta
buscarlo, te encuentra”, p. 90), a una frase que se escribirá dentro del
relato binario en el pasado temporal de la novela, pero en el futuro de la historia (p. 21),
revelando que el diarista tiene acceso al otro segmento del discurso. La
crítica Leticia Martín ha establecido algún paralelismo (no completo) entre
este diario y el Diario de la beca de
Mario Levrero, y podemos asociarlo con cualquier diario cuyo objeto último sea,
precisamente, la destrucción del diario convencional (véase página 133).
El
gran asunto de El recurso humano es
precisamente la reconfiguración de lo humano, vía la neurociencia, en el futuro
próximo; mientras los científicos investigan en lo que somos, las corporaciones
trabajan en cómo rentabilizarlo, y la novela de Mavrakis muestra las más
inquietantes –pero plausibles– formas de lograrlo. “El mundo va a ser la combinación exitosa de
bases de datos recolectadas por sociólogos, psicólogos, neurólogos y el
trabajo metódico de programadores senior”
(p. 37). Novela política, pues, en la que lo contado es más importante que el
modo en que se cuenta, le conecta con otros narradores de su entorno (con J. P.
Zooey, a mi juicio, más que con otros), y con esa imparable tendencia distópica
que canaliza el imaginario del pánico socio-económico-tecnológico-político que
sacude la literatura en castellano en ambas orillas del Atlántico.
Para
terminar, y como curiosidad, diremos que la novela de Mavrakis, aparecida antes
que el último episodio de la serie Black
Mirror (el especial de navidad titulado “White Christmas”), toca la mayoría
de los temas planteados televisivamente por éste, por ejemplo la miniaturización
de la conciencia en bits, demostrando que Arcidiácono sí que sabía leer el
futuro.
[Relación con autor y editorial: ninguna]
lunes, 8 de diciembre de 2014
Fragmentos de apocalipsis
“Es
más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, Fredric
Jameson.
*
Juan Carlos Márquez, Los últimos; Salto de Página, Madrid,
2014.
Tras
el libro de cuentos hilados Tangram (2011)
y el experimento narrativo-fotográfico Lobos
que reclaman la noche (2012), el narrador Juan Carlos Márquez continúa su
camino en las distancias menos cortas con una nouvelle contenida y enmarcable en el género de la ciencia-ficción,
un género que hace décadas que dejó de ser un subgénero para devenir una
posibilidad estética más, muy apreciada por las últimas hornadas de narradores.
Con ciertas reminiscencias, a mi juicio, del Plop de Rafael Pinedo (el tema postapocalíptico, el tono duro y nihilista,
la fragmentación constructiva, la precisión cortante), Márquez presenta un
relato distópico dividido en dos partes, una terrestre y otra marciana, muy
bien escrito y trabado. Frente a la sequedad estilística de Pinedo, Márquez
ofrece un tono algo más retórico, con un estilo puesto exquisitamente al
servicio de la trama, sin obliterarla y realzando sus contornos con algunos
destellos líricos. Otra diferencia con el escritor argentino sería el fuerte
humanismo de fondo –volcado sobre todo en el omnipresente tema de la
paternidad–, frente a la brutal deshumanización de los personajes de Pinedo,
enmarcados en unas coordenadas sociopolíticas de las que huye Márquez. Se
advierte algún pequeño error (la distancia de la Tierra a Marte no son “50.000
millones de kilómetros” –p. 102–, sino diez veces menos, 55 millones
aproximadamente), que no afecta a la trama.
La
historia de Los últimos se desarrolla
en un in crescendo pavoroso resuelto
con soltura, donde nada sobra y todo está al servicio del sentido, salvo un par
de sueños que sirven al autor para darle contexto onírico al deseo y a la culpa
(algo muy habitual en la narrativa española última, por cierto). El final
abierto nos deja ante una vuelta de tuerca que puede ser vista, como diría José
Ángel Valente, a modo de esperanza.
*
“Esto
no es una historia. Es una profecía”
[Gonzalo
Torrente Ballester, Fragmentos de
apocalipsis; Destino, Barcelona, 1982, p. 83.]
*
A
lo largo de los últimos años he ido apuntando en mis ensayos o reseñando en mi
blog libros recientes que abordan el tema postapocalíptico o que son definibles
como distópicos. Los han escrito autores franceses (Jean-Claude Rufin,
Houellebecq), alemanes (Julie Zeh, El
método), neozelandeses (Bernard Beckett, Génesis), británicos (Never
let me go, 2005, de Kazio Ishiguro),
estadounidenses (Jonatham Lethem, Dave Eggers, Ken Kalfus, George Saunders, Cormac
McCarthy), y no pocos escritores hispánicos: Mike Wilson, Zombi; Ariel Dorfman, Terapia;
Javier Fernández, Cero absoluto;
Doménico Chiappe, Entrevista a Mailer
Daemon; César Aira, Marcelo Cohen, Eloy Tizón, J. P. Zooey, Cristian
Crusat, Rafael Pinedo, Gabriel Peveroni, Pablo Manzano, Juan Francisco Ferré,
David Monteagudo, Robert-Juan Cantavella, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Pedro
Mairal, Germán Sierra, Paolo Bacigalupi, David Miklos (No tendrás rostro, 2013), Jorge Carrión (Los muertos, 2009, Los
huérfanos, 2014), María Perezagua (“Homo coitus ocularis”, relato incluido
en Leche, 2013), Anna Kazumi Stahl (Catástrofes
naturales), Manuel Darriba (El bosque
es grande y profundo, 2013), el citado Juan Carlos Márquez (Los últimos), Manuel Moyano (El imperio de Yegorov), los autores incluidos en
la antología Mañana todavía. Doce
distopías para el siglo XXI (Fantascy Libros, 2014), editada por Ricard
Ruiz Garzón y, por último, Mario Martín Gijón, en su novela Un día en la vida del inmortal Mathieu (2013),
de la que hablaremos a continuación.
*
La
novela de Mario Martín Gijón imagina un día bloomiano
del futuro próximo a 2072, con estructura narrativa de “tiempo reducido”, en el
que un psicólogo intenta comprender un catastrófico atentado acaecido el día
anterior y calmar la angustia de sus pacientes producida por el ataque. Un día en la vida del inmortal Mathieu (Ediciones
Irreverentes, Madrid, 2013) recrea un mundo regido por el liderazgo de China,
en el que la insostenible situación socioeconómica global ha obligado a la
prohibición de la natalidad. A modo de compensación por la imposibilidad
genésica, los seres humanos alcanzan la condición de inmortales gracias al
elevado desarrollo de la tecnología, que permite la gradual sustitución de las
partes del cuerpo por prótesis biónicas (un tema, siempre lo recordamos, ya
magistralmente desarrollado en 1952 en la novela Limbo de Bernard Wolfe). Pese a las buenas intenciones de Martín
Gijón, lamento decir que su prosa narrativa no está a la altura de su poesía, y
si hace algún tiempo alabábamos su excelente poemario Rendicción (2013), no podemos hacer lo mismo con esta novela,
lastrada por algunas decisiones desafortunadas: el uso de la técnica del
manuscrito encontrado o editado, que por manido debe ser utilizado con algo más
de malicia; la sensación de que su estilo narrativo, siendo bueno, es menos singular
y trabajado que su estilo poético; algún momento de inoportuno melodramatismo
(p. 54); la planitud de casi todos los personajes; detalles chocantes como que
un psicólogo francés cite de continuo a Unamuno y Cernuda; y, más en general,
la sensación de que el libro se ha escrito no tanto para calibrar las
posibilidades de la inteligencia artificial o de la cibernética o para
columbrar las sociedades resultantes de su aplicación generalizada, sino para
ajustar algunas cuentas con nuestra actualidad. Es cierto que toda distopía es,
en cierto modo, una proyección de la sociedad del tiempo en que se escribe y
una crítica de la misma –por eso es un género esencialmente político–, pero su
éxito como proyecto narrativo pasa
por dotar de verosimilitud narrativa y ambiental al mundo futuro imaginado, algo
que Un día en la vida del inmortal
Mathieu no llega a conseguir, entregándonos sólo algunas estampas de ese
porvenir que no terminan de formar una imagen coherente y reconocible. Por ese
motivo, algunas de las reflexiones más poderosas y plásticas aparecen cuando el
protagonista rememora los primeros años del siglo XXI (entre otras, véanse pp.
71-72), es decir, nuestro presente, y critica algunos fenómenos hoy en marcha. Como
valores de la novela destacaríamos la voz en primera persona de Mathieu, causante
de muchos males que intenta justificar(se), así como la indudable imaginación
de Martín Gijón y el hábil modo en que los problemas humanos seculares, el “miedo
primigenio” (p. 158) y las cuestiones de identidad son capaces de sortear los
cables y las prótesis hasta dejar a los personajes desnudos ante sí mismos.
*
“Convivimos con
el Apocalipsis. Hace ya mucho tiempo que esa idea nos acompaña. Ha ido
variando, se ha ido transformando a lo largo del tiempo, siendo primero una
sombra, luego una posibilidad tangible y después una realidad evidente.
Mientras existió la posibilidad tangible, era imposible ver en las películas
imágenes de la destrucción real. Pero en cuanto cayó el Muro de Berlín la gente
empezó a atreverse a manejar la idea de. Supongo que estábamos más que
preparados, me dijo Víctor. No sólo somos la generación que más ha pensado en
el Apocalipsis, somos la generación que más lo tiene presente, la generación
que más lo necesita para pensar en sí misma. Un la idea del Apocalipsis, del
fin del mundo, parece ser el último resto del que disponemos para seguir
creyendo en algo parecido a la identidad. Sólo hay que fijarse en la cantidad
de novelas y de películas que han ido apareciendo desde los años 90 en las que
estallan bombas atómicas, algo impensable 10 años atrás, o se destruye la
tierra, poniendo a los seres humanos al borde de la extinción. Bombas atómicas
por un lado, extraterrestres por otro, asteroides gigantescos o fenómenos
naturales tipo cambio climático. ¿No te has parado a pensar en ello?, Me
preguntó. ¿Cuál es el hueco que intentamos llenar con semejante dosis de
destrucción? ¿Qué clase de culpa tenemos que expiar para que nos veamos en la
necesidad de un de imaginar la extinción de la raza humana y la destrucción de
nuestro planeta una y otra vez? ¿Cómo es posible que coloquemos nuestra última
esperanza de existencia como individuos en la idea de la destrucción del mundo
conocido? ¿Por qué esa obsesión con hacer tabla rasa y empezar de nuevo?”
[Juan Trejo, La máquina del porvenir; Tusquets,
Barcelona, 2014, p. 56.]
[Relación con Juan Carlos Márquez: no le conozco personalmente, somos contactos en Facebook. Relación con Mario Martín Gijón: cordial. Relación con las editoriales: ninguna].
miércoles, 3 de diciembre de 2014
La neuronovela de Doctorow y el yo enjaulado de Parreño
Una de las versiones de la
autoconciencia biológica del sujeto es la neurológica, esto es, la conciencia
que un personaje literario tiene de sí mismo como sistema cerebral –lo cual,
por supuesto, no es más que una licencia poética del autor del texto–. En Estados
Unidos se ha denominado neuronovel a
una tendencia narrativa en que las ciencias del cerebro están muy presentes en
la narración. Así, Marco Roth ya apuntó en 2009 algunos nombres, como Ian
McEwan o Jonathan Lethem, que trabajaban en esa línea[1]
–a la que en España podríamos agregar algunos textos del escritor y
neurobiólogo Germán Sierra–, y recientemente E. L. Doctorow ha
publicado la ya citada Andrew’s Brain
(Abacus, London, 2014), en la que vamos a detenernos por su importancia.
Andrew
es un personaje fascinante: es neurólogo y tiene numerosos problemas de todo
tipo; aunque no es mala persona ni ha intentado jamás hacer daño
voluntariamente a nadie, mató por error a su hija y ha herido a todas las
personas que ha conocido. El hecho de que sea profesor universitario permite a
Doctorow citar varias de las teorías neurocientíficas más recientes (Damasio,
por ejemplo, es citado en alguna ocasión), y elaborar meritorias reflexiones
sobre la consciencia humana y las consecuencias de los procesos cerebrales (si
bien Andrew es intolerablemente
reduccionista y piensa que las investigaciones acabarán
por demostrar que el libre albedrío no existe[2].
Pero las metáforas científicas se ponen al servicio de la ficción; por ejemplo,
en un momento concreto Andrew utiliza un viejo EEG para extraer imágenes
gráficas del cerebro en la clase de ciencia. No por azar coloca los sensores a
la alumna de la que está secretamente enamorado, Briony, para poder ver dentro de ella, mejor que lo que nunca
podrían hacer sus compañeros de clase. Y los picos obtenidos por el detector cuando
la chica contempla una escena circense le hacen deducir a Andrew que algunos
gustos infantiles siguen presentes en ella[3],
no por casualidad, pues Briony se dedica también al salto acrobático, en este
caso al salto de trampolín (una emulación de esas capacidades realizada por
Andrew, por cierto, dará una vuelta brutal a la trama). En algún lugar
concreto, Doctorow hace expresar a la perfección lo que llamaríamos el loop recursivo de la conciencia en
una cuestión que Andrew dirige a sus alumnos:
Hice esta pregunta: ¿cómo puedo pensar sobre mi cerebro
cuando es mi cerebro el que está haciendo el pensamiento? ¿Acaso está este
cerebro pretendiendo que soy yo pensando sobre él? Soy una consciencia
misteriosamente generada, y no me reconforta saber que es una de miles de
millones. Eso es lo que les dije y entonces recogí mis libros y salí de la habitación
(posición de Kindle número 344)
En otros momentos Andrew comenta el syllabus o programa de su asignatura,
aludiendo a que los filósofos pragmáticos y existencialistas son los que mejor
pueden ajustarse a una ciencia de la mente, al mantenerse al margen de
cualquier “metaphysical bullshit” (pos. 600). Entiende que el alma no es más
que uno de los fingimientos de los que es capaz la mente (pos. 936) y que la
identidad es una suma o sucesión de esas ficciones identitarias (lo que
habíamos apuntado en las conclusiones de nuestro La literatura egódica, 2013). Para Doctorow la neurociencia es el
modo de lograr la introspección e incluso de llegar a una trascendencia
inmanente, donde no sea necesario ningún esoterismo para preguntarse por el
sentido de las cosas. En la apertura de su ensayo Cómo sentimos, el neurobiólogo Giovanni Frazzeto lo dice de forma
muy clara: “la aventura de adentrarse en los secretos del cerebro humano daba
paso a la reflexión profunda. Era como explorar un aspecto poco conocido de mí
mismo, como descifrar un relato escrito en código acerca de la mente, relato a
cuya escritura yo mismo contribuía con mis experimentos”[4].
El ensayo de Frazzeto, por cierto, es un valioso acercamiento al problema
emocional y su traslación fenomenológica en sentimientos,
algo por cierto de lo que es muy consciente Doctorow en su novela: “Is that
congnitive science?”, pregunta el psiquiatra, y Andrew responde: “Not really.
It’s more like suffering” (pos. 1555).
Andrew’s
Brain, en suma, entiende la identidad como algo polimórfico e hijo de la
metamorfosis, más allá del desequilibrio de su protagonista, que le lleva a enhebrar
ante un psiquiatra estatal una retahíla de recuerdos inconexos sólo para no hablar de lo que ocurrió (pos. 1045).
Es una novela que pone en cuestión el yo;
no el de su protagonista, que también, sino cualquier yo, la idea misma de yo.
Y es aquí donde podemos engarzarla con Pornografía
para insectos (2014), el último poemario de José María Parreño, un poeta menos
conocido de lo que debiera y autor de algunos libros muy estimables como El libro de las sombras (1985). Aunque
en la cubierta sólo aparece como título Pornografía
para insectos, el poemario tiene una segunda rúbrica –y, con ella, una primera
división interna observable–: El
desvividor. El desvividor sería el supuesto
resultado de su imposibilidad para escribir el primero, según se confiesa en la
introducción. Lucha, pues, entre dos poemarios, uno querido y otro obtenido,
como consecuencia de otra lucha íntima, la de desvivirse, la de “aniquilar el yo”[5],
aunque “mi yo no consiente en morir de ninguna manera” (p. 12).
Pornografía
para insectos es el retrato parcial de esa lucha sin cuartel entre una
parte del yo que busca la desaparición y la otra que se resiste (“soy su mitad
o más. / Pero no tengo nombre”, p. 20), aunque sea bajo la forma de la
figuración o simulación de la identidad: “hay orquídeas que se hacen pasar /
por hembras de abeja” (p. 13, recordando las formas avatáricas de sí que crea
la araña Cyclosa Mulmeinensis, de la
que hemos hablado en otro lugar[6]).
Dos yoes antagónicos incapaces de convivir y que sólo buscan prevalecer uno
sobre el otro: “hago el cuchillo // para que / una parte de mí / mate a la
otra” (p. 51). No hay dos identidades, sino más bien un no-yo que se propone,
sin demasiada suerte, matar al poderoso yo central que atenaza a la
subjetividad y le impide desaparecer. “Es una especie de celda, la mente del cerebro. Tenemos
esos misteriosos cerebros de un kilo y cuarto de peso y ellos nos encarcelan” había
escrito Doctorow en su novela (“It’s a kind of jail, the brain’s mind. We’ve
got these mysterious three-pound brains and they jail us”; Andrew’s Brain, pos. 1025/1679). Ese yo enjaulado impide al yo
elocutorio que utiliza Parreño disolverse en la nada y llevarse el dolor de
vivir y el dolor de contemplar las injusticias, pues a su particular modo Pornografía para insectos es un poemario
de honda carga social, con múltiples capas de lectura, todas sabias y
elocuentes. Quizá como rescoldo de esperanza o como trascendente alternativa,
aparece al final un extraño dualismo cartesiano que abre las puertas al “alma”
y otras formas de perduración. A nosotros nos parecen más interesantes las
primeras, las desustanciadas: “Ya nunca más / diré yo: / diré aquí” (p. 52).
Quizá el espíritu no tenga suficiente con eso, pero los lectores de poesía sí.
[Relación con los autores: ninguna. Con las editoriales: ninguna con Abacus, Pre-Textos es mi editorial de poesía]
[1] Marco Roth, “Rise of the Neuronovel. A specter is haunting the contemporary
novel”, n + 1, 14/09/2009, https://nplusonemag.com/issue-8/essays/the-rise-of-the-neuronovel/.
[2] E.
L. Doctorow, Andrew’s Brain; Abacus,
London, 2014, edición para Kindle, posición 334/1679.
[3] E.
L. Doctorow, Andrew’s Brain, ibídem.
[4]
Giovanni Frazzeto,
Cómo sentimos. Sobre lo que la
neurociencia puede y no puede decirnos acerca de nuestras emociones;
Anagrama, Barcelona, 2014, p. 9.
[5] J. M.
Parreño, Pornografía para insectos;
Pre-Textos, Valencia, 2014, p. 11.
[6] V. L. Mora, “Sujeto a réplica: el estatuto
narrativo del sujeto palimpsesto y formas literarias de identidad digital”, en
Jesús Montoya Juárez y Ángel Esteban (eds.), Imágenes de la tecnología y la globalización en las últimas narrativas
hispánicas; Iberoamericana Vervuert, Madrid, 2013.
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