[Texto de la presentación de la novela de Luis Rodríguez Mira que eres (Candaya, 2021)]
Los dos Luises (Rodríguez)
Luis Rodríguez
nació en Cosío, Cantabria, en 1958. Bueno, uno de ellos; el otro nació en Soyube,
ciudad cántabra unas veces (8.38, p. 57) y de la provincia de Castellón
otras (La herida se mueve, p. 164). Si no miras con atención, los dos
parecen la misma persona. Pero no.
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Y luego está
Luis Rodríguez, un personaje recurrente de las novelas de Luis Rodríguez, que
casi siempre muere o sale malparado, y casi siempre anda por medio Genaro, otro
personaje habitual, podemos decir arquetípico, de la literatura de Luis
Rodríguez. A veces creo que Genaro es la parte violenta de Luis Rodríguez —me
refiero al personaje—, que se revuelve contra su huésped y se mata de propia
mano. Otras veces no tengo ni idea de qué está pasando en las novelas de Luis
Rodríguez, y es cuando más me divierto. Creo que Luis Rodríguez, uno de los autores,
tampoco tiene muy claro qué sucede en las novelas; el otro, en cambio, sí
domina hasta el detalle más ínfimo de lo que sucede en los libros y los hace
encajar como un mecano, de forma que todo un mundo o un marco diegético
dependen de una sola frase, o de un detalle —por ejemplo, en Mira que eres,
de esta línea: “yo, él, aquí, permaneció en silencio”, p. 131—. Hay una fuerza
en esta literatura que se mueve hacia la disipación y la apertura, y otra que
presenta esa apertura como “las juntas de dilatación en los puentes. Son la
duda, la confusión, lo incierto, el error; grandes espacios fundamentales para
que nuestra soberbia (una tendencia natural) no se solidifique, cruja, y terminemos
rotos” (Mira que eres, p. 50). La tensión entre esas fuerzas le da una
consistencia especial a esta obra.
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Uno de los dos Luis
Rodríguez escribe las novelas en los años pares, y el otro las publica en los impares.
Años de publicación de sus libros: 2009, 2013, 2015, 2017, 2019 y 2021. Desde Novienvre
(2013), Luis Rodríguez es una Bienal. Como la de Venecia, pero más extraña.
Si Luis Rodríguez fuera una exposición de arte, las piezas serían las personas que
la visitan. Hasta ese punto importa el lector en su discurso.
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Como los fotones
de Schröndiger, y cito esta referencia porque la hace el propio novelista (La
herida se mueve, p. 164), sus personajes y sus narradores pueden estar en
dos sitios a la vez; es decir, pueden ser personajes y narradores, pueden ser
narradores y biografiados, pueden ser asesinos y víctimas. El motivo es claro: en
su narrativa, lo que no sucede es tan importante como lo que sí acontece.
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En La herida
se mueve hay dos narradores, dos voces que se responden, se quitan la razón
y a veces hasta se tachan frases el uno al otro. El procedimiento parece
repetirse en la sección “Dos” de Mira que eres, donde parecen hablar
entre ellos un narrador femenino y otro masculino. De hecho, la sección “Un” de
este libro puede deberse a que hay un narrador, y dos en la “Dos”. No estoy
seguro.
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A Luis
Rodríguez no le interesa el tema del doble, no es un romántico, ni un tardorromántico.
Va más allá: lo que le importa es que haya dos seres indistinguibles, en el sentido
de que el lector no pueda distinguirlos. A diferencia del tema del doble, aquí
no hay desgarradura, ni escisión subjetiva, ni metafísicas. Los personajes de
Rodríguez son exageradamente materialistas. Hacen algo y luego lo vuelven a
hacer, sólo para averiguar si es posible repetirlo. Eso vale también para
existir. Existo, y soy uno; ahora voy a probar a ser el mismo, ese que era
antes. Parece fácil de describir, pero literariamente genera un problema enrevesado,
porque cada giro puede generar inesperadas reverberaciones en otra parte de la
trama.
Parte del
extrañamiento que generan sus libros se debe a ese tipo de problemas que Luis
Rodríguez se plantea, y de ahí surge la extrañeza: el lector tiene ante sí la
respuesta, pero desconoce la pregunta.
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Una vez un periodista
inteligente me dijo: “está bien que los escritores prefieran formular preguntas
a dar respuestas, pero ¿cuándo vendrán los escritores que hagan preguntas
interesantes?”. No busquen más, ya tenemos esos escritores, son los dos Luis
Rodríguez.
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Mira que
eres se entiende mejor si pensamos que la pregunta ausente es la que se
hace una persona acerca de si puede vivir haciéndose pasar por otra, sin
comentarlo con nadie. Esto no quiere decir que se entienda del todo, ni falta
que hace.
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El filósofo Immanuel
Kant dice en algún sitio que “en general, un cierto grado de contenido
enigmático en una obra no es desagradable al lector; porque gracias a él se le
hace sensible a éste su propia sagacidad para resolver lo oscuro en conceptos
claros”. Las novelas de Luis Rodríguez exigen una especial atención, pero incluso
empleándola —mediante la relectura, como es mi caso— puede haber flecos
irresolubles. Esto no es un problema, porque tampoco entendemos por completo la
realidad, ni a nosotros mismos. Ese desconocimiento interno, además, es una
constante en las novelas de Rodríguez, donde el yo acaba siendo inextricable
por lo que los personajes van introduciendo de otras personas en él, en
su identidad (“Soy un traductor manejando dos idiomas que desconozco: tú, y yo”,
Mira que eres, p. 66). De “yo equívoco” hablé para referirme al
personaje central de La soledad del cometa, de “yo expandido” podríamos
hablar para el protagonista de Mira que eres: como nadie cree “que uno
sea uno mismo” (p. 79), el yo se puebla de otredad(es).
Por cierto, el
título Mira que eres está anunciado en la página 116 de La herida se
mueve, donde Araceli le dice a Luis: “mira que eres”. Es decir, la cubierta
de este libro nos dice a nosotros, los lectores, lo que un personaje de Luis le
había dicho a su alter ego narrativo. En el sistema novelesco de Luis
Rodríguez, tiene todo el sentido. Si Raymond Roussel creó parte de sus obras
mayores sobre la idea del desplazamiento léxico, Luis Rodríguez las consigue a
partir del desplazamiento ontológico.
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Para lograr ese desplazamiento, Rodríguez se vale de varios procedimientos: el flaubertiano de utilizar el imperfecto de manera que no se sepa si es una primera o una tercera persona quien habla; el recurso de no marcar genéricamente un texto; el de no aclarar cuántos narradores están contando la historia; el de deslizar a los personajes al marco de narrador y viceversa, o el de sumergir a un personaje en la historia que otro está leyendo, entre otros.
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Ligado con lo
anterior, sobre personas que se convierten en otras: el personaje anónimo de Mira
que eres se ve como “un espejo donde se mira el mundo […] Y las palabras,
cada una de las palabras que conozco se atropellan para mirarse en mí” (p. 46).
Pero claro, cuando uno decide dejar de ser quien es para convertirse en un
espejo que refleja, puede pasarle lo que se cuenta páginas antes (p. 27), cuando
otro personaje se refleja en un espejo y su imagen se queda impregnada sobre el
azogue.
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Mira que
eres también es la historia de alguien que escribe el libro que otro no
quiere redactar (p. 47), pero vivir una vida y escribir una historia son gestos
intercambiables en el imaginario del autor.
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El Luis
Rodríguez de Novienvre retrata un taller literario, pero sólo nos deja
leer los ejercicios de los participantes. El Luis Rodríguez de La herida se
mueve (pp. 170ss) nos lleva a otro taller literario, o acaso al mismo, y
sólo nos deja leer los enunciados de las tareas que pone el profesor. Es decir,
necesitamos dos novelas de Luis Rodríguez para leer por completo lo que
aparecería en una novela normal. Eso dice algo importante de las novelas de Luis
Rodríguez, lo que no sé es qué.
Quizá que las suyas valen por dos normales, no
lo descarten, porque están escritas a cuatro manos.
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Jacinta es otro
personaje que aparece en tres novelas de Luis Rodríguez (Novienvre, La
herida se mueve y 8.38). Atentos a esta frase de la segunda: “Las
manos de Jacinta y Genaro, una sobre otra, pertenecen a dos estados de la
materia distintos” (p. 175).
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¿Y si el
objetivo de Luis hubiese sido crear un personaje que intenta hacerse pasar por
Luis Rodríguez, sin conseguirlo? O, yendo más allá: ¿Y si Luis estuviese en
esta presentación haciéndose pasar por alguien que quiere hacerse pasar por
Luis Rodríguez? Porque estas cosas pasan en la realidad, al menos en la
realidad mental de Luis Rodríguez, que, hasta donde yo sé, es real.
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Cuando comenté en este blog Novienvre utilicé la imagen de un niño jugando en un funeral.
En aquel momento pensaba en un funeral metafísico, el de la especie humana,
quizá animado por el prólogo de Ricardo Menéndez Salmón a la novela. Hoy sigo
viendo a Luis como un niño jugando en un funeral, pero es un responso por el
fallecimiento de la novela entendida en un sentido convencional. No se trata de
un asesinato, sino de proponer una fórmula alternativa que deja casi hueca de
sentido a la novela moderna, una fórmula originada desde una antimodernidad
desgarrada, literariamente radical, desestabilizante.
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Luis Rodríguez sostiene
que a las novelas hay que entrar con un tono, descartando una peripecia
inicial. Se muestra más un modo de narrar que un hecho concreto. Es una
manera de acomodar al lector dentro de una peculiar temperatura literaria, un
ambiente. Mira que eres comienza con un trampantojo, una carta circular
que no termina nunca, que puede ser una metáfora de toda su literatura: sabes
cuándo entras en ella, pero no cuándo sales.
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Personajes que
cambian de identidad, narradores metanoicos, ciudades que mutan su ubicación,
páginas que metamorfosean la voz.
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Los libros de
Luis Rodríguez no tienen argumento —sí tienen trama, y complejamente urdida—, y
encadenan racimos de historias como el ADN entrevera información vital. En 8.38
encontramos este párrafo, que me parece una de las escasas concesiones de
Luis al lector para que sepa qué terreno pisa: “Sus relatos, sus anteriores
novelas, contienen abundantes grumos como este; son anécdotas, sucesos históricos,
ensoñaciones, burbujas extrañas al texto. Sé que quiebran la línea argumental,
pero las necesito, decía” (p. 14). De esos grumos o burbujas, hay dos
especialmente abundantes y feraces: las intercalaciones científicas y los
injertos literarios, que, con buen criterio, se reconocen de manera explícita
al final de sus libros.
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A veces, cuando
quedamos para vernos, Luis Rodríguez me cuenta historias, historias que veo
convertidas en páginas años después. Al principio pensé que me testaba con ellas,
otras veces colegí que se le escapaban; ahora creo que Luis va imprimiendo
historias en la gente, va escribiéndolas antes en la memoria de sus
interlocutores, por si acaso.
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“[...] los libros de
Luis Rodríguez […] comienzan y terminan en ellos mismos, no hay nada afuera, ni
nada de afuera –nada más que eventuales reflejos– se cuela en ellos”, José de
Monfort, “Sobre la poética de Luis Rodríguez: la subjetividad como
interferencia. El hundimiento”, Fronterad, 04/12/2014.
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En su novela El retablo de no (Tropo, 2017), Rodríguez presentaba un personaje que actuaba “como si
interpretara diversos papeles, pero en la calle, con los amigos, en su casa”
(p. 45) —como todos nosotros, apuntaba en mi reseña—, y en Mira que eres conocemos a un Manuel, un actor, que se propone
seguir representando su papel fuera del escenario, en todo momento. Más que hacer
una lectura metafísica, shakespeariana, que se podría, apelemos a la dimensión
textual de las estrategias narrativas de Rodríguez, que convierten toda su obra
novelesca en un tejido reticular de conexiones, de interferencias mutuas, de
personajes que reviven, de pueblos y localidades que se mueven por la península
y por los libros, en un universo de historias que sólo tiene tres núcleos
inconmovibles: los dos Luis Rodríguez, el escritor y el personaje, y una
ininterrumpida y difícilmente parangonable calidad literaria.