jueves, 8 de enero de 2026

De las cosas pálidas

La sólida trayectoria poética de Alberto Santamaría se refuerza con De las cosas pálidas (La Bella Varsovia), un libro de título cernudiano, coherente con los puntos centrales de su poética: la preocupación filosófica por las limitaciones del lenguaje, la percepción y la expresión poética –cuestiones sobre las que también ha profundizado mediante el ensayo y la crítica–, una raigambre sociopolítica incorporada con naturalidad a la mirada –cuestionada esta también: ver p. 91– y una cosmovisión anclada en un punto medio entre el desencanto y la vivencia plena, que puede caer en la corrosión, pero nunca en la ironía cínica. De las cosas pálidas es un libro contemplativo –no creo que pueda hablarse de metafísica en Santamaría, siempre tan físico y preocupado de las condiciones materiales de la existencia–, donde la idea de “estar” se convierte en un mantra en las antípodas de las baraturas del todo a zen, y a lo largo del libro se entiende de varias formas: estar con, estar para, estar en el mundo, estar desde el poema. De hecho, ese “estar” de Santamaría puede conectarse con el “ahí” que fue central en la poética de Jorge Riechmann durante bastante tiempo; no se trata de una influencia, sino de una afinidad socioestética. De hecho, y junto a un repaso de la educación sentimental y una crítica civilizatoria, hay en De las cosas pálidas un pequeño tratado de estética disimulado a lo largo del poemario, porque hallamos poemas sobre la mirada (varios), sobre la imagen (pp. 91-92), sobre el lenguaje (p. 18), sobre la percepción (pp. 27 y 41), sobre el soporte material de la obra (pp. 21 y 50-51), sobre lo bello (varios), sobre el error productivo (p. 90), un maravilloso poema sobre la imaginación creadora (pp. 72-73), sobre el paisaje (pp. 47 y 61; un paisaje desublimado, contrario al que Santamaría estudiara en su ensayo El idilio americano. Ensayos sobre la estética de lo sublime, 2005), etcétera. Y la búsqueda no es solo temática; la forma se afila y la dicción prefiere el verso breve, en pequeñas estrofas que a veces parecen la descomposición de un endecasílabo o de un alejandrino, pero que en la mayoría de los casos son autónomas y plenas y dejan en mal lugar la expresión “verso de arte menor”, porque nada es menor aquí. Dividido entre el “nadie vendrá a rescatarnos” y el disfrute de los instantes pequeños, De las cosas pálidas es un libro lúcido, sereno, cálido y frío, excelente.

 

[Relación con el autor: cordial. Relación con la editorial: ninguna] 

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