En el último número de la revista Ínsula (correspondiente al "Almanaque" anual que se publica en marzo), publico una versión muy comprimida del resumen panorámico de la poesía española editada en 2025. El texto original, que publico a continuación, es casi el doble de extenso, y lo publico aquí, para que conste la versión íntegra del artículo.
Poesía de 2025: sentidos y sensibilidades
Vicente Luis Mora
Resumir un año es siempre un aprieto para quien recibe el encargo, y más si el año en cuestión, como 2025, es pródigo en ediciones (a lo largo de estas páginas se citarán casi 300 títulos, y seguro que faltan muchos). Ha sido un año fructífero, en el que se reconoció el talento de Miriam Reyes con el Premio Nacional de Poesía por su libro Con (La Bella Varsovia, 2024), y que ha dejado a los lectores obras de diverso calado, que recorreré por líneas de afinidad, con algún apunte previo. Salvo contadas excepciones, las apuestas de más riesgo y fortuna han venido, curiosa y significativamente, de la mano de poetas jóvenes, lo que apunta a un feliz recambio (y a cierta esclerotización estética de las añadas mayores). La libertad métrica y formal es una de las pocas características generales, y se ven pocas pautas –más allá del habitual exceso endecasilábico–; una de ellas podría ser la alternancia de los poemas en verso libre con secuencias de poemas en prosa, que dinamizan los libros con momentos quizá más reflexivos. Ejemplos podrían ser El cuerpo quemará la medida de las casas (La Garúa) de Cleofé Campuzano, o De las cosas pálidas de Alberto Santamaría. La sólida trayectoria de Santamaría se refuerza con este libro, coherente con los puntos centrales de su poética: la preocupación filosófica por las limitaciones del lenguaje, la percepción y la expresión poética –cuestiones sobre las que también ha profundizado mediante el ensayo y la crítica–, una raigambre sociopolítica incorporada con naturalidad a la mirada y una cosmovisión anclada en un punto medio entre el desencanto y la vivencia plena, que puede caer en la corrosión, pero nunca en la ironía cínica. De las cosas pálidas es un libro contemplativo, sereno, cálido y frío, excelente.
El último y memorable libro de Miguel Casado, Estos nuevos tópicos (Tusquets), recoge poesía escrita entre 2014 y 2023 y contiene algunos elementos de coherencia con su obra anterior –la conciencia poética basada en una percepción percolada por la espesura textual, un “sa(ver)”, en expresión de Antonio Ortega– y otros de diferencia, como una estética imprecisa resultado de asumir la incertidumbre propia y general y de “anotar la resistencia”. El último poema, donde la voz poética de Casado opone, desde la orilla del Tajo, los “nuevos tópicos” contaminados del río a la visión idealizada de la Égloga III de Garcilaso, es una pieza monumental.
Antonio Méndez Rubio continúa su poética de la sutileza en Peor que pedir (Pre-Textos), donde la falta de referencialidad y, en ocasiones, cierto hermetismo, no impiden que por los resquicios del lenguaje se cuelen asuntos de actualidad, más entrevistos que mostrados. Obsesionado por el ritmo versal, Méndez Rubio es un constructor de sonidos que cuando se ligan al sentido alcanzan cotas de rara altitud. Sin olvidar que, como decía recientemente Miguel Ángel Lama, "el sentido poético de peor que pedir está en su búsqueda, y esta búsqueda se hace contra el sentido común, o enfrente del sentido común, dados los elementos formales con los que se presenta". Un discípulo aventajado de Méndez Rubio es Raúl Molina Gil, quien en Hormigas en el centro de un desierto (Eolas) aúna metalingüística y simbolismo para abordar temas personales y políticos desde la sutil extrañeza.
Un libro destacado es la última entrega poética de Pablo García Casado, Cada uno es mucha gente (Visor), una colección de poemas en prosa en que se produce un retorno, más o menos explícito, a temas presentes en sus libros anteriores, con la excepción de La cámara te quiere (2019). En su nueva entrega, el poeta cordobés continúa la poética de García (2015), superando los dos tipos de voz poética presentes en sus primeros libros: una especie de narrador muy objetivo, limitado a contar lo que “ve”, y una voz en primera persona que construye un personaje poderoso, como la inolvidable Jane de Las afueras (1997). Pero en Cada uno es mucha gente asistimos al desglose de una pluralidad de voces y a una dispersión subjetiva —lo que explica el guiño pessoano— donde los narradores no son tan objetivos y se convierten en personajes porque opinan, porque parecen tomar partido. Ello le permite al autor introducir elementos subjetivos sin caer en la autobiografía ni en la obviedad, disolviendo lo propio en lo común. La tensión textual característica de la poesía de Casado, donde cada frase parece aherrojada a fuego, consecuencia del obsesivo trabajo de revisión y reescritura del autor, alcanza uno de sus mejores frutos en este libro, summa de toda su práctica poética.
Siempre me han merecido mucho respeto aquellos poetas que abandonan su lengua materna por el español para escribir poesía, de lo cual hay varios casos en la actualidad (Angelo Nestore, Paloma Chen, Ioanna Gruía), a los que se une Corina Oproae en Cómo enterrar al padre en un poema (Tusquets), un ejercicio en parte introspectivo y en parte autorreferencial, caracterizado, como aseveró en su momento Jordi Doce, por una oposición clara: “Estos poemas suelen moverse de arriba abajo, a lo largo de un eje vertical que nos sitúa a la altura de las estrellas para luego lanzarnos de bruces contra la tierra”. Oproae une con acierto paisaje exterior con interioridad dolida y logra una poesía serena, atravesada por el símbolo paterno.
Uno de los mejores libros de 2025 es El siglo (Ultramarinos), de Juan de Salas, que retoma el espíritu de su brillante debut, Los reales sitios, en el sentido de mostrar la herencia histórica en la superposición de infraestructuras y capas urbanísticas. En El siglo se trae hasta nuestros ojos el escabroso siglo XIX a partir de algunos legados, uniendo las corrupciones antiguas a las actuales. Dice en el prólogo su editor, Unai Velasco, que cierta poesía más joven propone una nueva ambición estética, y es difícil no estar de acuerdo, a la vista de la potencia de Juan de Salas y de otros libros que mencionaremos.
José Luis Gómez Toré cierra un ciclo poético en Mercurio (Libros de la resistencia) uniendo la mirada interior de El territorio blanco (2022) y la crítica social de Hotel Europa (2017), con un tono firme y personal y un alucinado poema en prosa, “Ensayo sobre el mercurio”, donde lo febril, lo mineral y lo poético logran una rara alquimia.
Aunque alguno de los libros citados también hace referencias a la maternidad y la paternidad, hay poemarios donde ese tema cobra singular presencia, como en Su cuerpo habla (Vaso Roto) de María García Zambrano, o en Adamar (Pre-Textos) de Ariadna G. García, en que la voz lírica habla en segunda persona con sus hijos y ancla esa experiencia como pilar ancestral y afectivo, dentro de la personal poética de la autora, “rosa / rebelde” siempre en el jardín patrio. La domesticación (Pre-Textos) de Abraham Gragera parte de la paternidad, pero, como expuso Luis Bagué, se convierte en “una indagación –áspera y descarnada– en los vínculos entre deseo, amor e incertidumbre”. En el caso de Almudena Vidorreta, La cicatriz de la selva (La Bella Varsovia) explora con crudeza los partos fallidos, compensados por la convivencia feliz con la hija, “libro hecho carne”; también Ramiro Gairín explora su relación paternofilial en La vibración del mundo (RIL).
El tempranamente desaparecido Antonio Rivero Taravillo abordó su enfermedad desde un punto de vista íntimo y vivencial en Un invierno en otoño (Bajamar, XXV Premio de Poesía Paul Beckett), publicado pocos meses antes de morir, en cuyos versos conviven contención y desgarro en sereno equilibrio: “son las pastillas / las cuentas de un rosario con que reza / mi vida por su vida”. Julio César Galán también recupera –con reescrituras, como es habitual en su lírica– su libro dedicado a la enfermedad, Autorretratos sin cuerpo presente (Olifante), para “hacer del cuerpo roto, un poema roto”. Juan Bonilla, en Los días heterónomos (Vandalia, XV Premio Iberoamericano de Poesía Hermanos Machado), trasciende las limitaciones cardiópatas para crear un libro luminoso, quizá el mejor de los suyos. Y diversos padecimientos atraviesan Amarillo (La Bella Varsovia) de Marta Sanz, conectados con dolores sociales. Precisamente de estas otras enfermedades, las colectivas, tratan poetas como Francisco Javier Guerrero en su polisémico Sanatorio (Renacimiento) o Daniel Fajardo en La estación de la ceniza (Pre-Textos). Dos libros reconstruyen el enfermo hogaño desde una visión teatralizada: Rincones de ambigua geometría (La Bella Varsovia) de Ignacio Vleming, y Pábilun (Ultramarinos) de Xaime Martínez. Si el libro de Vleming satiriza con amarga agudeza las ceremonias del consumo y las máscaras sociales, Pábilun, en versión bilingüe asturiana y española, esta última a cargo de Fruela Fernández, emplea el “etnodrama” neofantástico para describir una noche fáustica y una épica astur simbolizada en el salmón, en una mezcla posmoderna de registros altos y pop en la órbita de García Román o Ángela Segovia.
En la senda que aborda asuntos científicos encontraríamos libros como Una noche (Hiperión) de Javier Lasheras; Manzanas (El envés) de José María Higuera, construido a partir de Lucy, el famoso fósil de australopithecus afarensis descubierto en 1974, o Principio de entropía (Eolas) de Sergi de Diego Mas, quien defiende que los recuerdos son rectangulares, en un libro atrevido donde un tono gamonediano se conjuga con una forma fieramente actual de ver la realidad: “Llueven datos sin descanso / la incógnita es // la sombra del brezo”. En una órbita antropológica se mueve Una teoría del todo de Rodrigo Sancho Ferrer (Pre-Textos), que propone la imagen del poeta junto al creador, construyendo entre ambos el mundo, no desde una perspectiva divina, sino artesanal.
Iria Fariñas reproduce textovisualmente en Atravesar una gota con una aguja (Urdimbre) la disposición versal de grietas y estallidos interiores, de tal hondura que las “suturas” finales no logran restañar la unidad interna, sino mostrar los costurones causados por el intento de reconciliación. También encuentra soluciones textovisuales Julio César Galán en Poesía especular (Contrabando), dentro de su poética del non-finito y de su perenne búsqueda formal. La pérdida y el dolor alcanzan una rara serenidad en Rey ciego (Nautilus), de Pilar Martín Gila, una selección de textos exigente que incluye al final una interesante serie de piezas de vocación interartística, completando la música de Sergio Blardony. También hay diálogo entre artes en los sólidos poemas en prosa, cuajados de aforismos, de La eternidad menguante (Pre-Textos) de Josefina Aguilar Recuenco, quien rescata las sesiones fotográficas de Lewis Carroll en un intento de recobrar el tiempo perdido.
Quienes conocemos la pulsión creativa de José Luis Rey no creímos ni por un momento su declaración de que El dorado iba a ser su último libro, y sabíamos que en breve habría nuevas noticias. No hubo que esperar ni un año: primero su seudónimo Fernando Plata en 2024 y luego su otro seudónimo, Luis Tulsa, en 2025, con Andanzas por el cielo y el infierno (Huerga y Fierro) han continuado el camino proteico y volcánico de Rey, cuya pulsión nominadora desborda la intención inicial de Tulsa de burlarse de ciertas poéticas actuales basadas en la vulgaridad grandilocuente y exhibicionista. Por su parte, Alberto Guirao se desdobla dentro de Casi paisaje (Cántico) en un personaje llamado Marcel Bochán.
En un lugar aparte estarían las 842 páginas de El octavo día (Abada) de Juan Barja, con tonos que van de lo emotivo a lo sarcástico dentro, como dice Julián Jiménez Heffernan, de una continua lucidez.
Panorama de sensibilidades
Desde hace tiempo se aprecia una nueva sensibilidad poética en las nuevas añadas, que tendría estas características comunes: 1) un desprejuicio emocional, volcado en la comunicación afectiva, sin descartar incluso aquellas manifestaciones más cursis, término que ya no es visto peyorativamente, sino como una nueva propuesta estética, como ya vieron Berta García Faet y Juanpe Sánchez López en su antología Estrellas vivas. Antología de la poesía cursi (Letraversal, 2024); 2) la pérdida de la confianza en un público general o de inmensas minorías, sustituido por una “comunidad” de personas afines a la propuesta, que actúan enredadas y en red. 3) La limitación de expectativas (laborales, afectivas, vitales) que no mueve tanto a la desesperanza como a la rabia, a veces ideológicamente activada; la precarización ya no es vista como paisaje, sino como estructura. 4) Oposición a lo normativo, en cualquier ámbito (sexual, social, etc., véanse Los bordes de María Limón u Oscura rata de Alejandro Ruiz), que suele transformarse en indagación expresiva. 5) Presencia de marcos teóricos –véase el valioso En tu piscina de esmeraldas calculé y lloré, de María García Díaz (Ultramarinos)–, más visibles en los epígrafes, títulos o paratextos que en los versos. Esa nueva sensibilidad urbana aparece en poesía joven como la de San Sebastián de los Reyes (Ultramarinos) de Alejandra Arroyo, Calendario escolar (Libros del Aire) de Candela de las Heras, Cuentos tradicionales (Rialp) de María Fernández Abril o el experimental Mentirijillas (La Pipa de Kif) de Sara Madrid Jordán, que dialogan con Debajo del lenguaje solo hay niñas llorando (2024), de Paula Escrig Peris, y con Después del pop (2024), de Elisa Fernández Guzmán, entre otros. Una mirada dura y suave a la vez, tan sentimental como dañada, puede apreciarse en estos libros, a cuya luz pueden releerse de distinta forma algunos poemarios españoles de los últimos años, escritos por voces jóvenes, que intentan conjugar precariedad, tradición cultural, desamparo y búsqueda insatisfecha de un amor entendido ya sin ningún resquicio romántico –de “postamor” habla un poema de María García Díaz, de “abandonar el riesgo del amor / romántico y fatal” escribe Candela de las Heras–. Su versión rural y descarnada sería la de Luis Díaz, de quien luego hablaremos.
Otra sensibilidad diferente es la descrita por Berta García Faet[1] en su estudio Poéticas de la niñería (Peter Lang, 2025), que asume voces infantiles para presentar una visión de la vida y los afectos libre por completo de convenciones. En esa senda estaría el curioso poemario novelado de Paula Melchor, Un conjuro (Letraversal), donde la autora aniña de forma deliberada (p. 59) la voz, para estructurar una educación sentimental en un marco de fantasía retro, con puntos de contacto con Amor divino de Ángela Segovia o el Corazón tradicionalista de la propia García Faet. Y en la órbita de las poéticas de la niñería estaría también el poemario de Laura Ramos Nonú (La Bella Varsovia), una obra singular donde el mundo mítico de Nonú hace de espejo lírico del nuestro, con imaginación desbordada, una mirada muy personal y notable acierto. Es dable apuntar que Nonú y Un conjuro tienen varios puntos de contacto, sería interesante realizar una comparación entre ambos libros.
Las poetas algo mayores van por otros derroteros: Alicia Louzao hace su personal revisión de la sensibilidad contemporánea en Los clavos de Ovidio miran las estrellas (Piezas azules), a medio camino entre las resonancias grecolatinas y las referencias pop; la misma editorial acoge la original pesquisa sobre la fragilidad de Marta J. Sanchís en Apegos fragmentados. Adriana Bañares desgrana su educación sentimental con puentes a la infancia en Riesgo eléctrico (Páramo). La experiencia amorosa centra Todavía una noche (Tusquets) de Aroa Moreno Durán. Sara Herrera Peralta teje correspondencias con los bordados de la artista Louise Bourgeois en su poemario El piar de los pájaros y el goteo del agua que cae del techo (La Bella Varsovia), tomando el topos cultural del tejido, de larga tradición, para elaborar metáforas sobre el cuidado, la creación y las tareas manuales. Sobre los cuidados trata asimismo Cruzar la noche (Vaso Roto) de Noelia Palacio Incera. Martha Asunción Alonso vindica a las madres y critica el paternalismo heteropatriarcal en Literatura universal (Isla Elefante), que comparte con Soles de medianoche (Renacimiento, Premio Internacional Gonzalo de Berceo, 2025) de Mónica Doña la denuncia de la infrarrepresentación de las mujeres en el canon. Laura Casielles regresa a su registro feminista y crítico en Más adentro (Letraversal), y Carolina Otero nos deja sin aliento al leer el catálogo de violencias contra niñas, jóvenes y adultas descrito con tanta solvencia como rabia en El día que dejamos de ver porno (Hiperión). En una entrevista, Otero apunta a sus decisiones estéticas al escribir este libro: “las diferentes violencias contra mí y contra todas mis compañeras solo se pueden nombrar fielmente con una sintaxis violenta, entrecortada, con un ritmo arrítmico (espero expresarlo bien con esta paradoja. ¿Cómo gritar todo el sufrimiento con un sujeto, un predicado y sus complementos siguiendo un orden lógico y armónico? ¿Cómo señalar el daño con un verso complaciente y comedido?”[2]. También Ángela R. Bonachera hace un estremecedor retrato de la violencia de género en PUM PUM PUM (Isla Elefante). Lola Ruiz aborda el tema de la soledad en Otras estaciones (El Toro Celeste). No son pocas las voces que ahondan en la exploración metalingüística, ya apuntada en su momento por Marta Sanz, como hacen Mª Carmen Ruiz Guerrero en Palabras sedimentarias (La Garúa Libros), Roberto Elvira en Lenguas extintas (Visor) o Carmen Díaz-Maroto en El habla del silencio (Dilema), que cuenta con un estupendo poema “cratilista” (p. 44).
Estas sensibilidades conviven con otras de larga tradición. Pere Gimferrer recupera en Balada (Espasa) sus referencias políglotas, aunque sus intertextos no opacan un transparente sentir melancólico ante el paso del tiempo, convertido en “azogue / donde vemos al fin nuestra verdad”. En el notable Corriente invisible (Bartleby) de Antonio Luis Ginés late una ética de la serenidad, ligada a una expresión tranquila, de sólida sabiduría, acompasada con versos blancos de ritmo lento. En un registro clásico, de entonación elegíaca, se mueve desde hace décadas buena parte de la poesía senior, y 2025 no iba a ser distinto, con libros de Luis Alberto de Cuenca (Ala de cisne, Visor), Eloy Sánchez Rosillo (Venir desde tan lejos, Tusquets), Santiago López Navia (Deslindes, Huerga & Fierro), Ángeles Carbajal (Nostalgia del cielo, Difácil), Mariano Castro (Del giro en la quietud, Olifante), Francisco Bejarano (Muchachos, Pre-Textos), Javier del Prado Biezma (Preparando el amor para la muerte, Libros del aire), Miguel d’Ors (Tiempo de descuento, Pre-Textos), Javier Velaza (Las ignorancias, Visor), Bruno Pardo Porto (El rumor de la ceniza, Reino de Cordelia) y Luis López Suárez (Doce sonetos y una coda, Col. Heracles). De los metros clásicos saca partido contemporáneo Jesús Urceloy en 2025 (Detorres), un poema(dia)rio donde piezas estróficas de diverso signo son esculpidas con virtuosismo métrico. Jardín cerrado (Devenir) de Carlos García Mera parte del tono clásico, pero se desgarra y lo desborda: “escribo / para ensanchar el horizonte”. Escrito originalmente con un nictógrafo, Suma noche (Godall Edicions) de Blanca Morel es una indagación en la doble oscuridad del cielo y del alma, con resabios románticos: “todo va muy despacio / se transforma muy deprisa // escribe, dice”. También se advierte cierta huella postromántica en los versos de Pedro Alcarria en París Berlín Roma (Vitruvio). En un tono realista, Rafael-José Díaz se deja llevar por los “pasajes de la memoria” en Las pertenencias (RIL).
La ruptura interior que quizá nunca existió
Ese tono elegíaco tiene muchos puntos de contacto con la línea clara y cotidiana de la poesía de la experiencia que, pese a supuestas rupturas interiores, sigue ocupando una parte importante de la práctica contemporánea; de su pervivencia dan cuenta la antología de significativo título de Inmaculada Mengíbar, Igual que entonces (Renacimiento), título que podrían llevar muchos otros libros actuales, anclados en las normalizadas poéticas experienciales de los años ochenta y noventa. Prueba de la presencia de la “nueva sentimentalidad” granadina es que en 2025 se han editado La guarida inútil. Poesía reunida (1970-2023) (Vandalia) de Álvaro Salvador y la antología Soledades (Hiperión) de Javier Egea. Su gravitación puede sentirse en Objet trouvé (UJA) de Begoña Rueda: “te miro / como se mira a todo aquello que un día / demasiado cercano en el tiempo / veremos partir”; El gran amor (Visor, XXVII Premio de Poesía Generación del 27) de Andrés García Cerdán, Anidan minerales (Pre-Textos) de Julia Viejo, Anaqueles y márgenes (Sonámbulos) de Trinidad Gan, Las ignorancias (Visor) de Javier Velaza, Versos sencillos para despistar a la poesía (Cuadernos del Tamarit) de Javier Benítez, Luna baja (Renacimiento) de Francisco Díaz de Castro, Los últimos pieles rojas (Renacimiento) de Juan José Téllez, o en la mayoría de los poemas antologados por Juan Marqués en El tiempo está cambiando (Fundación José Manuel Lara), que reúne a veintisiete poetas nacidos en los 90 que, salvo excepciones, trabajan la “claridad de siempre” (p. 13). También hay aires de realismo experiencial entre otros jóvenes, como en Un mal de familia (Hiperión), de Juan Domingo Aguilar, en Lola Tórtola o Francisco Javier Guerrero. Un caso singular es el de Carlos Pardo, cuyo interesante libro La comedia de la carne (La Bella Varsovia) participa del confesionalismo experiencial, si bien intenta “la salvación / por la ironía” (p. 44). Lejana ya su etapa ashberyana, se vuelve a un realismo compacto, y si el relato autobiográfico es del yo poético y no del autor llegamos a los parámetros “distanciados” de la poesía de la experiencia inicial, como desarrollamos en El sujeto boscoso (2016).
Otra línea habitual de nuestra lírica es la que, en una órbita próxima a la poesía de la experiencia, camina por un registro realista despojado, que en ocasiones bordea el denominado “realismo sucio” y en otras prefiere un tono más irónico. Dentro del registro realista irónico, estarían Premio Cervantes (Renacimiento) de Constantino Molina, El tema (Pre-Textos) de Manuel Mata o Hermano pulpo (Diputación de Soria) de Miguel Martínez. Una línea más cruda, a veces próxima a un tono bukowskiano, estaría representada por Manuel Vilas y sus Ciudades en venta (Visor), por la rabia baudelaireana de Donde saberme muerto (Tania) de José Luis González Vera y por José Ángel Barrueco y su El lenguaje de la lluvia (Editorial Páramo), que cuenta con momentos de intensidad emotiva y recuerda al desaparecido David González. El mismo sello recupera toda la poesía, directa y cruda, de Vicente Muñoz Álvarez en Hombre de mimbre. Antología poética (1999-2025). En la misma línea, algo más contenida, estaría No estar complica el irse (Reino de Cordelia, IV Premio Nacional de Poesía Ciudad de Lucena Lara Cantizani), de Luis Felipe Comendador. El realismo de Anna Gual en Las ocultaciones (Vaso Roto) convive con la metapoesía como sentido vital, y Fernando Pérez Fernández amalgama temas poetizables con otros antipoéticos en Compensatoria (Liliputienses), en una interesante estética del acopio, como describe Juan Andrés García Román en su epílogo.
Ritos y símbolos
Los mitos grecolatinos siguen inspirando composiciones y libros. Bajo el título de Las sirenas que provocaron a Ulises (Huerga y Fierro) se han reunido a varias poetas (entre ellas Clara Janés, Miren Agur Meabe, Julia Piera, Yaiza Martínez, Aurora Luque y Amalia Iglesias), que dan voz a las sirenas de un proyecto escultórico de Esperanza d’Ors. Alana S. Portero recupera diversos mitos en La habitación de las ahogadas (La Bella Varsovia), los pone a dialogar con escritoras y declara que “los dioses antiguos han regresado”. Juan Herrero Diéguez consiguió el premio Adonáis con su tercer libro, Cartografía de nadie (Rialp), donde mezcla episodios y temas de la Odisea homérica con su propia biografía y con descripciones ácidas de costumbres actuales. Helena de Troya también aparece en Un mar que nadie mira (Reino de Cordelia) de Marina Casado –que publicó en 2025 otro libro premiado, Otros sabrán de mí (Bajamar)–. También beben de los mitos clásicos Ritos nocturnos (Sloper) de Josep Oliver, Hipias (El Sastre de Apollinaire) de Jorge Solís, Mujer que liba (Ediciones del Genal) de Pilar Sanabria, que reescribe en modo sáfico mitos antiguos y el citado Cuentos tradicionales de Fernández Abril.
El sorprendente revival místico de 2025 también tuvo su lado poético. Antonio Praena continúa su exótica poética religioso-muscular en La belleza del otro (Visor), donde su visión del mundo como dominico casa con la apreciación de la masculinidad bajo formas hímnicas o elegíacas donde la añoranza no está reñida con la celebración. Otro fraile poeta, Víctor Herrero de Miguel, desgrana sus epifanías en Las sílabas del cielo (Pre-Textos), donde se palpan pulsiones: “Soy feliz con las manos en la tierra. // También cuando mis dedos / florecen en tu piel”. Algo similar, pese a la disparidad de poéticas, ocurre en la última entrega poética de Jesús Munárriz (Museo secreto, Hiperión), donde la retrospección se alía con el erotismo y se incluyen unas “aleluyas” de San Antonio, y también sucede en Alma (Detorres) de Alfredo Jurado e incluso en Salve (Espasa) de Aitana Monzón, que ya desde el título tiende puentes ambiguos con el lenguaje religioso: “Señor: como agua vine, / como entrega de mí / a mí o liebre. // Señor, no es fe / lo que lamen mis manos”. Un decir (Cántico) de Javier Calderón Luna se preña de ecos bíblicos y defiende que “es posible otro dios / dentro del lenguaje”. En esta senda, ya no tan escondida, se hallan también Santas que yo te pinte (McLein y Parker) de Álex Prada, Getsemaní (Visor) de Arturo de Vicente, Salto de fe (Rialp) de Marcos Nogales, La puerta de un solo nombre (Pre-Textos) de Antonio Pascual Pareja, Leves certezas (Cántico) de Victoria López Mata, Ya lo entenderás más tarde (Cypress) de Carmelo Guillén Acosta, y el diálogo de Jorge Solís con san Juan en Cantares del más acá (Cántico). Antonio Pérez Río compara a su padre con Dios en El undécimo mandamiento (Dip. Huelva) y Nuño Aguirre poetiza sobre el budismo en Antes de lo pensado (Averso).
Los ritos del amor no son ajenos a la lírica reciente. Fernando del Val continúa su singular trayectoria poética con La duermevela es una lejanía (Reino de Cordelia), donde la aventura amorosa no es incompatible con una mirada metafísica sobre la existencia ni con la indagación formal. Gerardo Rodríguez Salas también busca sus propias formas expresivas de conceptualización amorosa, con guiños maillardianos y experimentación formal, en Oxford Circus (Visor), en una línea queer. También se centran en los ritos amorosos El hombre que yo amo (Huerga y Fierro) de José Manuel Lucía Megías, Amor como milicia (Chamán) de Javier Lorenzo Candel, Las doce de la mañana (Cuadernos Grupo de Oxford) de José Luis Amaro y La pelvis en llamas (Libros de la resistencia) de Sara Martín. Son mencionables las delicadas capas de simbolismos tejidas por Mónica Picorel en Fui un árbol en un balcón minúsculo (Baile del Sol), por Misael Ruiz en La rama vacía (Animal Sospechoso), y por Jorge Fernández Gonzalo en Modelaje de un cuerpo (Berenice). Por su parte, Sebastián Taberna presenta un Vínculo (La Veleta) amatorio en breves y aceradas estampas. Y, hablando de símbolos, Esther Abellán regresa al mar en Puerto sin mar (Chamán) y José Luis Jover vuelve en Último retrato del autor (Pre-Textos), al tema de los espejos, ya presente en su Memorial (1978).
El compromiso cívico y medioambiental
Sigue existiendo un núcleo de poesía crítica y comprometida, aunque no todos los tonos son iguales. Si bien algunos nombres no renuncian a una indagación expresiva, como el citado Méndez Rubio, otras líneas prefieren registros más directos, como sucede en Seronda (La Garúa) de Ana Pérez Cañamares, en el “manifiesto” Contra la gravedad de los poetas (PPT) de Enrique Cabezón y otros como Camino de sedición (Dilema) de Eva Yárnoz, Patio (Hiperión) de Abraham Guerrero Tenorio, Rusos blancos trabajando desesperados en talleres de la Renault (Dip. Soria) de Mario Ramos Obregón, Abrir la tierra (Lastura) de Luis Ramos de la Torre o Código Hobo (Espasa) de Luis Colder. Alba Moon dialoga con Lorca y su crítica a la avaricia en Hambre en Manhattan (Hiperión). Desde otro registro, Tránsil (Hiperión), de Nicolás Mateos Frühbeck, es una ecodistopía que aúna ciencia-ficción y ecos clásicos. En esta línea ecológica, Eladio Orta elabora el “mapa ecopoético de la resistencia” en Los perros ladran penas (Huerga) y Patricia Crespo defiende el simbolismo de los árboles en Un solo árbol (Milenio). Sobre la precariedad, Nadia Fabo Andrés desgrana unos irónicos Consejos de Economía Doméstica para extremófilos (Visor).
La línea de la poesía de la naturaleza, que en los últimos tiempos confluye con las llamadas literaturas de la ruralidad (Raúl Molina Gil) o “liternatura” (Gabi Martínez), sigue siendo un campo abierto para la práctica poética; en esta dirección aparecieron Restos de lumbre (Cuadernos El Mirador) de Antonio Pascual Pareja, la depurada visión de Ester Folgueral en Las colinas de agosto (Dilema) y la última entrega de uno de los autores de esta línea más constantes e íntegros, Alejandro López Andrada, con La huella azul [Una elegía rural] (Hiperión). Jordi Doce y Álvaro Valverde reúnen sesenta poemas sobre la figura del árbol en Quedan los árboles. Antología (Fundación Ortega Muñoz). La visión desidealizada y radical de la vida en el campo la muestra Luis Díaz en Hombres con un diente de leche (Letraversal), que muestra cómo el conflicto entre nuevas y añejas masculinidades se agudiza en entornos donde la brutalidad se considera una virtud.
Antologías, recuperaciones y reunidas
Una propuesta interesante es la de Carlos García de la Vega, Criaturas laterales (Editorial Círculo de Bellas Artes), que antologa voces jóvenes dotadas de una “línea lateral de percepción” desde una perspectiva politemática y alternativa. Olvido García Valdés escoge a 22 poetas. Antología interrumpida (Libros de la resistencia, 2025), de los que comenta un poema, con lo cual la selección se acompaña de interesantes estudios parciales. Los poetas incluidos en la antología son Mª Auxiliadora Álvarez, Mª Victoria Atencia, Marcos Canteli, Julia Castillo, Magdalena Chocano, Víctor M. Díez, Antonio Gamoneda, Liliana García Carril, Juan Andrés García Román, Lorenzo García Vega, Gerardo Jorge, Eduardo Milán, Mario Montalbetti, Arcadio Pardo, Mariano Peyrou, Carlos Piera, Luis Santana, Eli Tolaretxipi, Julia Uceda, José-Miguel Ullán, Julieta Valero e Ida Vitale. Dionisio López antologa parte de la poesía extremeña joven en Los últimos del Oeste (RIL), y Jesús García Sánchez e Isabel Gemio editan con fines solidarios La belleza y el dolor. Poemas para soñar (Visor).
Se han publicado en 2025 varias reuniones de obra lírica individual, unas en el formato de obra completa y otras bajo la rúbrica de la antología personal u obra escogida. Entre las primeras podemos destacar la de Juana Castro, He cantado en la noche. Poesía reunida de Juana Castro (Torremozas), editada por Nieves Muriel, gran conocedora de su obra, quien escribe que el trabajo de Castro “se inscribe en la importancia que lo simbólico toma a lo largo del pasado siglo, junto a la cualidad política implícita de la poesía como forma de subvertir el orden simbólico establecido”. Su feminismo militante se concilia con una poesía dura, puntualmente confesional, que es capaz de revertir temas (Arte de cetrería) y mitos (Narcisia) tradicionales desde una mirada con nuevos horizontes. La ya imprescindible colección “PoesíaReunida” de la joven editorial Dilema se enriquece con dos volúmenes importantes: Nunca, mil y gigante, que recopila la barroca y siempre interesante poesía de Francisco Layna Ranz, y A un amanecer, otro crepúsculo, reunión de la depurada e inteligente poesía de Víctor M. Díez. Layna y Díez son dos poetas que, lenta y profundamente, van trabando líricas menos conocidas de lo que debieran. La temprana muerte de Ángel Ginda nos privó de más poemas hímnicos y visionarios, pero al menos tenemos la vibrante Vida ávida. Poesía reunida 1970-2022, magníficamente editada por Olifante.
Tomás Sánchez Santiago, un poeta que trabaja con cuidado y tino en los márgenes, reconocido con el Premio Nacional de Poesía en 2024, antologa parte de su obra en El esmero. Antología poética (Castilla Ediciones). Jesús Aguado remezcla plaquettes antiguas y textos anteriores con piezas inéditas en Dulce fruta que nace al borde de un abismo (Eolas), un libro soberbio que demuestra que este poeta merece un reconocimiento mucho mayor del que goza en la actualidad. Libros de la resistencia publica Diferencias difíciles. Antología de Carlos Piera, con edición de Roberta Ann Quance. Cátedra publica Una firme razón para el deseo. Poesía reunida de Rosa Chacel, compilada por Laura C. Palomo Alepuz; Huerga y Fierro la Poesía esencial de Emilia Pardo Bazán; Vaso Roto la Poesía erótica y amorosa de Clara Janés; el sello Casi una leyenda agavilla los Poemas reunidos de Ángel Rupérez y se han realizado varias recopilaciones de la obra de María Beneyto. Juan Antonio González Iglesias refunde diez libros de poemas y textos inéditos en Entre las criaturas y las cosas. Poesía reunida (1984-2024) (Visor). Raúl Molina y Álvaro López Fernández han editado la Poesía reunida (Larumbe) de Raimundo Salas Mercadal. Se ha comenzado la publicación de la poesía de Jesús Munárriz en Poesía incompleta I (Hiperión), con edición crítica de Pedro López Lara. Lorenzo Oliván reúne piezas que desambiguan la distancia entre el yo poético y el yo real en Fugas de mí mismo (Autorretratos 1995-2025) (Papeles del Náufrago). Revelación (Bartleby) antologa, en selección de José Cereijo, la producción del siempre atinado Javier Lostalé. Pedro J. Plaza y Luis Cárdenas han editado Cantaré mañana todavía. Antología poética (1949-2005) (Vandalia) de Antonio Gala. A la vuelta recogeré el camino (Milenio) reúne la obra poética de Rafael Espejo. Se han rescatado juntos dos libros de Antidio Cabal, Ciudad y Reposo en la Hélade (El sastre de Apollinaire), en edición de Antonio Jiménez Paz, y también es destacable la recuperación por La Uña Rota de Cativa en su lughar / Casa pechada, de Luz Pichel. Mixtura publica bajo el título de Y caerá la nieve dos poemarios en catalán de Laia Carbonell, en traducción de Elena Aguilar. La publicación de La primavera siempre puede esperar (RIL) recoge poesía inédita de la prematuramente fallecida Iria Fernández Silva (1981-2020). María José Sáenz edita la obra de la aragonesa Jacque Canales (nom de plume de Federica Joaquina Canales Rived, 1932-1995) en Antología poética (1985-1995) (Olifante). La poeta Eva Vaz, perteneciente a lo que Alberto García-Teresa denomina “voces de la conciencia crítica”, ha publicado Ropa vieja. Poesía 2001-2025 (La Oveja Negra). También han antologado su trabajo lírico en Renacimiento los poetas Álvaro Pombo (Substancia), Pedro López Lara (Los arrabales íntimos), Martín López-Vega (Ábrete sésamo) y José Luis Piquero (Todo va a salir bien), y Garvm reúne en No más que viento la poesía de Javier La Beira. Varios poemas de Rosa Romojaro conviven con otros textos en Homenajes. Imágenes. Y márgenes (Centro Cultural Generación del 27). Bernd Dietz edita Las olas y los años (Nueva antología poética (1964-2025) (UCOPress) de Carlos Clementson. José Manuel Díez recupera sus dos primeros libros en La edad del grito (Editora Regional de Extremadura), Tomás Hernández publica Orillas de los ríos. Antología poética 2004-2024 (El Envés Editoras) y Alberto Chessa hace una “antilogía” de su obra en Non finito (La Pipa de Kif). Otras reuniones son las de la Poesía completa (Vitruvio) de Blanca Sarasua, Poelíticamente (El Sastre de Apollinaire) del singular José Miguel Perera y De adobe y mar (Difácil) de Francisco Álvarez Velasco.
Sara Torres ha reeditado en La Bella Varsovia Conjuros y cantos (publicado en 2016 por Kriller71) con un texto revisado y definitivo. El siempre interesante Fermín Herrero y el poeta indio Subhro Bandopadhyay sostienen en Correspondencia (Páramo) un sugestivo diálogo intercultural, construido como un intercambio de poemas a partir del escrito anteriormente por el otro, con una honda introspección en sus respectivas, y muy distintas infancias en Castilla y Calcuta. Herrero además ha reunido parte de sus primeros libros en Volver a las andadas (Hiperión).
Otras direcciones
Es destacable el rotundo debut de la joven (2002) Alejandra Sevilla, autora de A vista de niña pájaro (Pre-Textos), con las irregularidades de cualquier libro temprano, pero que cuenta con notables aciertos: “Es un continuo, / no se divide en cantos / sino en frecuencias”. Entre los libros donde el viaje tiene un lugar central pueden citarse el de Regina Salcedo, Viaje a Creta (Sloper) y el diario de Fernando Sanmartín Costa oeste. Poemas de Göteborg (Papeles Mínimos). Sobre los estragos de la edad han escrito Ana Martín Puigpelat en La hermana aprendida (Bartleby) y Luis Antonio de Villena en Miserable vejez (Visor).
Me gustaría mencionar el poema digital “Resistance to / Resistencia a” de Alex Saum (https://losangelesreview.org/resistance-to-by-alex-saum/), un inteligente uso del loop como elemento constructivo y defensa psicológica.
La producción de haikus, un género con vida propia en la poesía española y que es a la lírica lo que el aforismo es al ensayo, se ha enriquecido con nuevos títulos de la colección “Haiku” de la editorial La Garúa, firmados por José Luis Morante (Viajeros sedentarios), Jesús Munárriz (Algunas codas), Julia Bellido (Flor de calabaza) y José Iniesta (Un montón de piedras); un ejemplo de este último: “Materia idéntica / el roble herido y yo. / ¡El mismo rayo!”. También practican esta métrica japonesa Juan Manuel Uría en La arquitectura del azar (Polibea), Rocío Rojas-Marcos en la sección “Gaman” de Miedo (Vandalia), Rosa Muñoz en Haiku yo, eien ni (Juglar), José Antonio Santano en La luna en el olivar (Diputación de Córdoba) y Aitor Francos en Estar ahora (Pre-Textos).
Un sello que está publicando parte de la mejor poesía joven, y no tan joven, es Letraversal; en 2025 han visto la luz los libros Los bordes, de María Limón, Todos los nombres beben de Fran Fernández Álvarez y Laura Pérez Vernetti ha editado una singular versión dibujada de poemas de autores como Jesús Aguado, Javier Fernández, J. Á. Cilleruelo, Menchu Gutiérrez –que ha publicado una colección de poemas breves en Huésped del otro (Árdora)– o Julia Otxoa en Insólitos. Poesía gráfica, y Sergio C. Fanjul labra la épica urbana y crispada de nuestro tiempo, con homenaje a Cirlot incluido, en El escombro fluorescente. La imprescindible Libros de la resistencia ha publicado la reflexión póstuma de Eugenio Castro sobre la soledad, Lo solo, y el despiece amatorio de Lluvia sobre piedra de Izaskun Gracia Quintana. McLein y Parker presentó Hombres que dicen Aleluya, de Braulio Ortiz Poole (más relacionado con las aleluyas flamencas y el baile que con lo trascendente: “de la belleza nadie sale ileso”) y Transmutación de Isaac Álvarez Félix. También hay que celebrar la aparición de nuevos sellos de poesía: así, La Pipa de Kif, con libros ya mencionados y D/espacio de Mariu Gallizo, o la jerezana Pie de Página, que ha publicado Invitación al viaje, de Amalia Bautista y Las aproximaciones de Marcos Díez.
Otros títulos serían Vida y época de la ausente Eileen (Renacimiento, XI Premio de Poesía Juana Castro) de Manuel García Pérez, Una clase de escritura (La Uña Rota) de Javier Hernando, Luz de la noche (Visor) de Victoria León, Un exilio voluntario (Difácil) de Lauren García, El tiempo en el espejo (Villa de Peligros) de José Quesada, Pequeña (Bajamar) de Ana Sánchez Huéscar, Fuentévar (Mahalta) de Francisco Caro, Aquí, entre nosotros (Númenor) de Daniel Cotta, Vado permanente (Mahalta) de Francisco Barrionuevo, Podría poner el mundo (RIL) de Helena Mariño, El mar y lo demás (Cenlit) de Juan Marqués, De ese seguro azar de cada día (Pre-Textos) de Francisco Castaño, Zamak (Pre-Textos) de Pilar Vargas Pacheco, Seda torcida (Huerga y Fierro) de Gloria Díez, Esta hiriente luz (PUZ) de David Conde Vitalla, Necrópolis (Pre-Textos) de Markel Hernández, De las horas quemadas (Monosabio) de Presina Pereiro, Son en la noche (Olifante) de Rodrigo Buenaventura, Quedarse a vivir (PUZ) de Carmen Ruiz Fleta, Punto triple del agua (Ya lo dijo Casimiro Parker) de Regina Salcedo, Casa nostra (Hiperión) de Antonio Manilla, El mar que nos salva (El sastre de Apollinaire) de Nicolás Corraliza Tejeda, Hacerse mundo (Eolas) de Isabel González Gil, La edad de los fantasmas (Visor) de Benjamín Prado, Visiones en Salvador de Bahía (Mahalta) de Javier del Prado, Ella lee (Chamán Ediciones) de Kepa Murua, Perfecta sombra (Hiperión) de José Manuel Fajardo, Noviembre desordenado (Aliar) de Juan Antonio González, Dondequiera (Pre-Textos) de Sergio Gros, Inusitaciones (Olifante) de Rafael Campos, Temple y tiempo (Celya) de Alfonso González-Calero, La seducción de Venus (Ondina Ediciones) de Laura Redondo y Marisol Santiago, Jardín cerrado (Devenir), de Carlos García Mera, Tener un cuerpo es mala poesía (Pre-Textos) de Sebastián Martínez Vanegas, En tiempo de otoño (Lastura) de Juan José Rodríguez Jiménez, Escribir (Dilema) de Miguel Ángel Curiel, El ritual de la lluvia (Anáfora) de Rafaela Hames, Días sin pájaros (Olé) de Perfecto Herrera, Las máquinas al fin festejan (El Toro Celeste) de Álvaro Alarcón Martín, Traslúcida (Vitruvio) de Fernando Pastor Mata, Sonetos todos (Sonámbulos Ediciones) de Rafael Ballesteros, Ahora que ya no (Valparaíso) de Esperanza Marín, Semilla lugar (Libros del aire) de Gerardo Fernández, Revelaciones (Visor) de Alejandra Martínez de Miguel, Manzanas (Elenvés) de José María Higuera, Alia (Baile del Sol) de Diego Roel, Ni ya tengo otro oficio (Mahalta) de Manuel López Azorín, El carmín y la ceniza (Pie de página) de Manuel Pacheco Alvarado, No sé de ti (Huerga) de Javier Expósito, Neblí (Mahalta) de Miguel Veyrat, Taller de relojería (Averso) y El lenguaje de las cosas mudas (Liliputienses, Premio de Poesía Centrifugados) de Alejandro Céspedes, Los últimos y los primeros (Pre-Textos) de Álvaro Guijarro, Coto de caza (Contrabando) de Marcos Ávila, El río del cielo (Cuadernos del Mirador) de Paula Díaz Altozano, Donde el alma ignora (Olé Libros) de Faustino Lobato Delgado, Cierta edad (Cuadernos del Vigía) de Sara Toro, Mujer en la azotea (Cuadernos del mirador) de José Mateos, Entre dos mundos (Vitruvio) de Julián Borao, Las ramas de sus brazos (El Toro Celeste) de Diego Medina Poveda, Andábamos equivocados (Arrebato) de Violeta Gil, El hombre equivocado en el momento oportuno (Pre-Textos) de Fidel Moreno, El pan y la palabra (Visor) de Sergio García Zamora, La boca contra el canto (Dilema) de Silvia Abad Montoliú, Decir la nada (Mandala) de José Manuel Martín Portales, Una ciudad cóncava y esdrújula (Loto Azul) de Andrés Gotor de Astorza, Los labios rojos de ellas (Lastura) de Fernando Sarría, Callejón azul (Garvm) del añorado Francisco Cumpián, Magritte (Ya lo dijo Casimiro Parker) de Jaime Sánchez Marín, El remero de Ulises (Olé Libros) de Gabriel Rubio Navarro, Astrocanto (Pregunta) de Sofía Díaz Gotor, Los suburbios (Cuadranta) de Aitana Molina Francés, Fragmentos de un camino (Isla Negra) de Roberto Gómez Beras, Mientras tanto (Pre-Textos) de José Rubio, La veladora (Olé Libros) de Gerardo Venteo, ¿Qué harías si yo muriera (Visor) de Miguel Ángel González, Esa velocidad que tanto se parece a estar enamorado (Pie de página) de Sandro Luna, Sol y sombra (Reino de Cordelia) de Mercedes Escolano, El rastro de los sueños (Detorres) de Manuel Gahete, La tinta de la luz (Huerga y Fierro) de Amaya Blanco, Leer en caso de: poemas refugio para emergencias emocionales (Montena) de Clara Carusa, La lengua del ángel (Endymion) de Antonino Nieto Rodríguez, Poemas dedicados (Vitruvio) de Encarnación Sánchez Arenas, Poemas mínimos (Rilke) de Atilano Sevillano, Los pliegues del tiempo (El Toro Celeste) de Jesús García Gallego y El mundo al revés (Letra) de Mario Llamazares. Y varios poetas cordobeses homenajean a Cernuda en Integridad (Cuadernos Grupo de Oxford).
Ruego que los no mencionados me disculpen, créanme que he hecho todo lo que he podido.
P. D.: Quiero terminar este texto enviando un abrazo afectuoso a la familia del poeta y editor Aníbal Cristobo, fallecido el mes pasado. Cristobo creó la editorial Kriller71, donde se han publicado interesantísimos libros de poemas españoles y extranjeros, y algunos libros de ensayo que hemos reseñado en este blog. Descanse en paz.
[1] Berta García Faet, Poéticas de la niñería. Infantilidad, resistencia y subversión en la poesía latinoamericana e ibérica contemporánea. Berlín: Peter Lang, 2025, p. 32.
[2] Kepa Arbizu, “Carolina Otero: ‘El sistema culpabiliza a las víctimas con tal de no señalar al victimario’”, Tercera, 22/12/2025. Web.

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