Desde El Cultural me pidieron un artículo sobre de crítica literaria, influencers, prescripción de libros en Instagram... Pensé: ¿vas a meterte en este jardín? Y, como Molly Bloom, la respuesta fue "sí":
Una opinión no es una reseña
Vicente Luis Mora
Decía Antonio Muñoz Molina que hay un exceso de opinión “porque es más barato que el periodismo”. Así es; como la especialización debe remunerarse bien, las empresas informativas prefieren tertulianos baratos e intercambiables. Es más moderno criar opinadores que contratar fijos a periodistas jóvenes y formarlos. Dentro de poco, serán los robots quienes opinen desde las mesas redondas, conducidos por una IA encorbatada. Porque eso es más moderno aún.
La llegada de redes visuales como TikTok o Instagram ha creado el mandarinato monstruoso de los influencers, basado en una supuesta horizontalidad donde miríadas de personas eligen a una de ellas por su labia, histrionismo o belleza como portavoz o líder en diversas cuestiones. Parece democrático, pero si se estudian los sesgos informáticos y se lee sociología la cuestión se vuelve oscura. En lo literario, esos perfiles influyentes suelen ser, salvo escasas excepciones, personas que hablan sobre libros y que, en consecuencia, no se benefician de la lenta reflexión que implica escribir sobre cualquier tema. Además, rara vez tienen cultura libresca o conocimientos teóricos, o se preocupan de conocer los rudimentos críticos.
Reseñar un libro no es decir si te ha gustado, ni comentar si “engancha” o te identificas con él, o si “empatizas” con sus personajes. Esas opiniones no hablan del libro, hablan de ti. Te ponen en el centro del mensaje. La crítica literaria conlleva quitarte del centro de atención un rato para reflexionar sobre el libro de otra persona. Hay tres maneras de hacerlo: la reseña académica, la ensayística y la periodística. Las dos primeras precisan lustros de especialización y madurez intelectual; la “reseña” común es más asequible, pero suele demandar: una breve contextualización de autor y obra, una descripción que no hay que confundir con la sinopsis argumental, una evaluación de aspectos técnicos (estructura, estilo, red de temas, personajes, etc.), un análisis funcional de la mezcla de esos elementos y una valoración estética (positiva o negativa; siempre razonada y, preferiblemente, respetuosa). Porque, como decía Ignacio Echevarría en Trayecto (2005) “la crítica es aquel lugar donde todavía cabe una amenazante discrepancia” frente a lo comercial.
Me parece bien que jóvenes que han leído cinco libros se lancen a “comentar” el sexto ante la cámara. Leer siempre ha sido una experiencia social. Pero eso no es crítica literaria, es charla superficial e impresionista. Algo útil para incentivar la lectura, o eso dicen los estudios. Pero la prescripción crítica es otra cosa. Implica tomarse infinitas molestias durante décadas; no solo leer, también estudiar y construir un criterio. Y eso es tan poco moderno…
Con ánimo constructivo: ¿cómo mejorar la crítica en Instagram y TikTok? Propuestas: dedicar menos tiempo a editar el vídeo y más a la lectura de clásicos que refuercen el criterio; redactar un guion con el análisis estético, aunque luego se parafrasee; insistir menos en las emociones –esto valdría para cierta crítica tradicional– y más en los aspectos formales, valorar menos la actualidad de los temas que los rasgos atemporales de las obras; no confundir expresividad con mohínes; no mostrar los cantos de los libros, sino sus ideas; no exigir a los lectores que nos sigan, sino conquistarlos con brillantez analítica. Profundicemos. Como diría Damián Tabarovsky, no seamos un síntoma del presente, sino su crítica.

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