domingo, 20 de septiembre de 2026

La belleza del accidente

 

Javier Moreno, La belleza del accidente. Contingencia e incertidumbre en la sociedad, la cultura y la tecnología contemporáneas. Madrid: Akal, 2026.

Puede ser un tópico emplear la metáfora de “mentalidad renacentista” para hablar de Javier Moreno, pero es llamativo que un coetáneo sea matemático, poeta, narrador, ensayista, profesor y haya creado una serie de ficción con inteligencia artificial (A New World). En su interesante faceta de ensayista en la que ya pudimos disfrutar El hombre transparente. Cómo el ‘mundo real’ acabó convertido en Big Data (Akal, 2022), un libro con asuntos conexos con el hoy comentado, Moreno estudia con rigor e inteligencia analógica cuestiones de primera importancia, como la inteligencia artificial, el error creativo, el accidente, la construcción de la realidad, la episteme científica, la abducción como tercer principio peirceriano de inferencia, la contingencia, el simulacro tardocapitalista, el Big Data y el papel del arte y la literatura en este nuevo escenario.

En La belleza del accidente. Contingencia e incertidumbre en la sociedad, la cultura y la tecnología contemporáneas nos encontramos con una interesante estrategia discursiva: el ensayo se construye en diálogo con un pensador serbio, Stefan Radonic, cuya obra de tres mil páginas Homo fallens se configura como corpus referencial para el ensayo de Moreno. No puede decirse que ese monumental tratado de Radonic sobre la realidad no exista, porque ahora existe, ya que Moreno nos ofrece numerosos fragmentos que, sumados, componen un interesante opúsculo sobre nuestra “caída en la falencia”, ya que la palabra fallens, astutamente elegida por Moreno, puede leerse tanto en latín (donde apela a quien engaña o falsea) como en inglés, donde apela a lo que cae (p. 79).

Su hábil estrategia discursiva de compartir espacio con un interlocutor, una idea que le hubiera gustado a Carmen Martín Gaite, convierte a La belleza del accidente en una muestra de ensayo con ficción, a dos voces (una racional y otra poética), que enriquece la lectura y permite al autor desdoblarse, cosa que por lo demás hace de continuo en sus diferentes facetas creativas, que en este blog hemos ido comentando durante veinte años, desde la reseña de su libro de poemas Cortes publicitarios en 2006. Así el ensayo cumple con la poética hautorial (p. 105) de “perder la voz” (p. 78) en que consiste su escritura especulativa.

Moreno desarrolla con originalidad y rigor conceptos como probabilidad, contingencia y principio de realidad, desde una perspectiva científica caracterizada por la claridad expositiva, gracias a la cual analiza la complejidad de esos y otros conceptos claves para entender nuestro mundo. Su “alineamiento” –por utilizar un término de moda en el entorno IA– con los temas de actualidad es de tal nivel que aborda asuntos, como la importancia de las ecuaciones Navier-Stokes (p. 57), que nos hace leer el ensayo como si fuera un diario o un noticiario bien informado. Si en El hombre transparente Moreno criticaba el movimiento reaccionario ligado a los oligarcas tecnológicos, anticipando fenómenos que hoy vemos a diario, en La belleza del accidente se destripan algunos de sus conceptos derivados, como el solucionismo tecnológico (Morozov), la miseria cognitiva (Shelley Taylor), el pensamiento computacional (Bridle) o el sesgo de automatización. Moreno propone la citada imagen del ser fallens, que incorpora con naturalidad el error y que, gracias a ello, nos permite “vibrar al unísono con el mundo” (p. 120), en unos términos que nos recuerdan la resonancia de Harmut Rosa, y presenta también metáforas sugerentes como la “muerte térmica de la mirada” (pp. 209ss, que toca un tema que me atrae, el de la pérdida del sentido de la maravilla por culpa de la técnica, al que dediqué un artículo en El País hace unos años).

Si tuviéramos que ponerle un reparo al ensayo, sería el de pasar de puntillas por los problemas éticos del uso de la inteligencia artificial (obviando consecuencias como el daño ambiental, el saqueo de las creaciones de artistas y trabajadores culturales, el plagio intelectual masivo, la distribución de bulos y paparruchas, el control social e individual, injerencias políticas y geoestratégicas –este tema sí se tocaba en El hombre transparente–, aplicaciones militares y colaboración con la eliminación de la privacidad, entre otros). Pero es cierto que la omnipresencia de la tecnología y su vinculación clara con el accidente, puntual o sistémico –algo de lo que no deja de hablarse en estas últimas semanas– es más que visible en el ensayo. Los peligros de nuestra dependencia están tratados a fondo, también las puntuales bondades y provechosas utilidades de ciertas tecnologías médicas, científicas o ingenieriles.

En resumen, La belleza del accidente es uno de esos pocos ensayos de mirada genérica y transversal: traslada una cosmovisión y un pensamiento dignos del nombre y contiene numerosas propuestas de interés, entre ellas un subyugante acercamiento a la incertidumbre que nos rodea, un completo aparato de referencias y citas que enriquece y amplía la lectura, y ofrece una sensata aproximación a temas que no podemos ni debemos esquivar, como la inteligencia artificial o la contingencia, expuestos mediante un discurso original y bien escrito, en ocasiones poético y propositivo, que nos hace entender mejor en qué mundo vivimos y hacia dónde vamos, como no tomemos las medidas pertinentes.

 


[Relación con el autor: muy cordial. Relación con la editorial: ninguna.]

 

 

sábado, 19 de septiembre de 2026

Nosotras

Este miércoles, día 23 de septiembre, aparece en librerías Nosotras (Editorial Galaxia Gutenberg), mi nueva novela. En este post recopilaré materiales y entrevistas sobre la misma. Espero que os guste.

 

Imagen de cubierta: "Acción de fuerza VII #5" (2019), de la artista Soledad Córdoba.

 

Entrevista de Cristina Consuegra para Mercurio: https://www.revistamercurio.es/2026/09/16/vicente-lus-mora-tenemos-en-el-panorama-internacional-el-minusculo-lugar-que-nos-merecemos/

Reseña de Javier Calvo en su substack 500 palabras: https://substack.com/home/post/p-218292628

Reseña de Eduardo Laporte en cabeceras de El Correo:


 

 


 

 

 

jueves, 17 de septiembre de 2026

Aburrirse es divertido

 Comparto el artículo publicado en Publishers Weekly España este mes de septiembre.

Aburrirse es increíblemente divertido

Vicente Luis Mora

 

Mientras los psicólogos advierten de los peligros de no aburrirnos, por culpa de la atención dilapidada en adminículos de entretenimiento idiota –antes conocidos como teléfonos–, yo disfruto aburriéndome con libros en los que nada pasa, llenos de zonas grises y tedio. Libros donde la experiencia de la nimiedad, lo infraordinario (Perec), lo mecánico y lo consabido protagonizan la trama. Pensemos en la novela de Jenifer Becker, Tiempos de aburrimiento (Alpha Decay, 2026, traduce Núria Molines Galarza), donde la treintañera Mila nos cuenta cómo quiere borrarse de redes y aplicaciones para no dejar rastro digital, por miedo a ser cancelada. Narra con todo detalle las gestiones con amigas, instituciones y webs para eliminar menciones o artículos donde se la nombre, y cómo deja su trabajo académico para buscarse a sí misma, a la vez que intenta aniquilar, como en el “William Wilson” de Edgar Allan Poe, a su doble digital. La novela es lenta, parsimoniosa, minimalista; no hay grandes emociones, ni escenas de sexo o violencia, ni epifanías o rupturas sentimentales. Sólo vemos a una chica que tira su vida por la ventana a cámara lenta. Dirán ustedes que esa descripción parece más dirigida a disuadir de la lectura de Tiempos de aburrimiento que a recomendar su lectura. En absoluto: no pude parar hasta terminarla. Porque, bien contada, la nadería es un tema fascinante.

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La poeta Lola Ruiz parece haber leído a Mila: “Escucho hablar del derecho al olvido. / Lo necesito, lo quiero, ahora […] / Si alguien se equivocó en su pasado / y reclama que desaparezca su nombre / de la faz de las redes, / pido yo, exijo / rápidamente olvidar el tuyo, / como un derecho universal, / irrenunciable e imprescriptible, / como si me fuese la muerte en ello” (Otras estaciones, El Toro Celeste, 2025).

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¿Qué tienen en común Samuel Beckett, Juan José Saer, Virginia Woolf, James Joyce, David Foster Wallace y Dino Buzzati? Según la ensayista Inma Aljaro, todos ellos levantan sus edificios narrativos convirtiendo el tedio en acontecimiento. En Tedio y narración. Sobre la estética del aburrimiento en la narrativa: de James Joyce a David Foster Wallace (Cátedra, 2024), el aparente oxímoron del aburrimiento divertido es el campo de juegos de esa narrativa experimental que cambió para siempre la literatura, cien años atrás. ¿Por qué nos atrae? Según Aljaro, “el lector cómplice que se entregue a la experiencia del aburrimiento quizás consiga descifrar algunos de los aspectos reveladores de este fenómeno que tanto revela de nuestra condición humana” (p. 130). En efecto, es en esos momentos donde parece no ocurrir nada cuando golpea la angustia metafísica: la nadería nos conecta, de inmediato, con el sentido de la vida. El modo en que cada personaje novelesco reacciona ante esa crisis tranquila es un retrato psíquico perfecto y, a la vez, un sismograma de la época que habita. Las añadas más jóvenes, que no toleran un instante de aburrimiento, ¿cómo construirán artísticamente su incertidumbre?

El inolvidable paseante que retrata Robert Walser en El paseo (1917) sale de casa una mañana y realiza un periplo en principio anodino, de recados por hacer; tareas que amenaza con narrar por lo menudo: “De estas gestiones se dará o rendirá informe tan minucioso y exacto como sea posible” (Siruela, 2024, trad. Carlos Fortea, p. 44). Sin embargo, asistimos maravillados a ese recorrido gracias al sentido del humor con el que el austriaco construye esa voz en primera persona, un obsesivo inconstante para el cual la más leve menudencia constituye un mundo relatable y lleno de facetas dignas de relieve. A diferencia del flanêur baudeleriano, que deriva por la urbe mirando hacia fuera, el paseante de Walser es un paisajista interno; es el efecto de las cosas sobre su mente aburrida lo que justifica el envite narrativo.

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La Mila de Becker y el paseante de Walser tienen algo en común: son creadores sin trabajo. Como la pintora de La boca llena de trigo (Anagrama, 2026) de Mayte Gómez Molina, o el vago de la Oceanografía del tedio de Eugenio d’Ors. Como el pintor bloqueado de Fran Ruiz en Cuidar crisantemos, leer a Li Bai y tocar la cítara de siete cuerdas al anochecer (Ed. Rosita y Amparo, 2026): “desde que estás en paro no paras: […] puedes permitirte el lujo de la atención. Registras detalles imperceptibles, las más mínimas variaciones del instante” (p. 42). También borra sus redes sociales y sabotea sus entrevistas de trabajo. Vive en modo “negligencia infinita”, uno de los destellos de este ejercicio de “metacuadernismo” (término de Gema Monlleón para libros erigidos sobre cuadernos autoconscientes de su condición diversa). Puede todo, no hace nada. ¿Estamos ante un nuevo nihilismo?