miércoles, 15 de junio de 2011

Fuguet, Mun y el inmigrante zombi






Alberto Fuguet, Missing (una investigación); Alfaguara, Madrid, 2011

Nami Mun, Lejos de ninguna parte; Libros del Silencio, Barcelona, 2011

Jorge Fernández Gonzalo, Filosofía zombi; Anagrama, Barcelona, 2011

Reconstruir la vida

El inmigrante y el narrador tienen un trabajo en común. Ambos deben reconstruir una vida. La vida propia, en el primer caso, la ajena, en el segundo.

Coinciden como novedades varios libros que tienen como tema la experiencia de inmigrantes, sea de primera o de segunda generación, en los Estados Unidos. Si bien John Fitzgerald Kennedy dijo en su momento que EEUU es una nación de inmigrantes, la realidad presenta un panorama que dista mucho de esa declaración, en el sentido de que es más fácil decir o recordar la frase que asumirla. En realidad, como ya explicase Derrida, todo Estado nacional se construye simbólicamente como tal por su resistencia al inmigrante[1], y Estados Unidos no ha sido, pese a su histórica permeabilidad, una excepción a esa lógica. En el caso de Norte (2011), de Edmundo Paz Soldán, se profundiza en el tema de la inmigración ilegal; en los libros de Alberto Fuguet y Nami Num que vamos a comentar ahora la cuestión es diferente, puesto que hablamos de inmigrantes legales, con sus papeles en regla, lo que anuncia la complejidad del tema y su realidad poliédrica.

Decíamos al comenzar que la escritura y la inmigración suponen una reconstrucción vital. La excelente crónica Missing (una investigación) (2009) se plantea como un curioso estadio intermedio, pues aunque Alberto Fuguet (Chile, 1964) se ha propuesto rescribir la vida de su tío Carlos Fuguet, el resultado es parcialmente autobiográfico, al utilizar como instrumento la descripción de la vida familiar. Todo retrato familiar acaba por describir, inevitablemente, a uno mismo, y otrosí el autor narra parte de su historia estadounidense al ponerla en relación con la de su tío (“yo algo sé de transplantados. Quizás ahí radica mi lazo irrestricto con mi tío: yo también sé lo que es no tener un lugar en el mundo”, p. 31). En la novela podemos tener noticia de cómo Fuguet (Alberto) va cambiando de país y de trabajo, y cómo se va convirtiendo en un escritor y guionista conocido. En ese sentido, Missing es una autobiografía especular.

Lejos de ninguna parte (Miles from nowhere, 2009), de Nami Mun, desarrolla también de manera especular la biografía de la autora, si bien no exponiendo otro personaje como espejo, sino a través del manido recurso de la autoficción. Nacida en Seúl y trasladada joven a los Estados Unidos, Mun creció en el Bronx, como Joon, la protagonista de la novela, y como ella también se escapó de casa, fue chica Avon, repartidora, dinamizadora en una residencia y vivió en la calle. Su primera novela no es ninguna maravilla literaria; está muy lastrada por ese “realismo de taller de creative writing” que ha vuelto tan plana la mayor parte de la narrativa estadounidense, pero tiene fuerza en las descripciones y construcciones de algunos personajes y, sobre todo, capta a la perfección el submundo de la inmigración estadounidense al borde de la exclusión social. Drogas, prostitución y miseria son descritas verazmente, horras de énfasis, compasión burguesa o moralina, algo en lo que quizá algunos narradores “sociales” de este lado del charco deberían esforzarse.

Si para Mun la reconstrucción de la experiencia viene a través de la reelaboración de la memoria, algo habitual en la narrativa autoficcional, la solución que encuentra Fuguet para escribir su historia es diferente. Su decisión narrativa, que me parece del mayor interés, tanto ético como estético, es la de intentar darle voz a una persona a la que, a su juicio, nadie había querido escuchar. Tomar su historia, aparentemente común, y situarla en un lugar notorio, visible, al alcance de todos. En consecuencia, su deber como narrador es el ponerse en la piel del personaje, al objeto de reconstruir su vida desde dentro: “para saber de Carlos, para entender a Carlos, iba a la larga a tener que serlo, hablar por él, usando alguna de sus palabras” (p. 131). Esto es justo lo que hace Fuguet en la sección VIII del libro, subtitulada “carlos talks” (“carlos habla”). Las siguientes 174 páginas son un largo monólogo cuyas frases son situadas una debajo de la otra; entiendo que la intención de Fuguet no es, por supuesto, hacer poesía, sino simplemente explicitar visualmente que estamos ante una voz otra, la voz de un otro, de un Fuguet haciéndose pasar por otro Fuguet, que se expresa de forma no lineal, con cierta desarticulación, debido a las alteraciones y vicisitudes de la memoria, que deja también huecos (queridos o no) en el discurso. Es el modo visual en que Fuguet encarna el silencio, lo no contado, junto a la frase pronunciada.

Desarraigo y reconstrucción del yo

Me desperté en Atenas sin entender muy bien cómo; pero cuando se lleva viajando demasiado tiempo sin mapa, como era mi caso, uno se acostumbra a despertarse en cualquier parte seguro de que, al fin y al cabo, cualquier parte siempre queda en el mismo planeta y todo el planeta es un único sitio llamado, sí, El Extranjero.

Rodrigo Fresán[2]

La experiencia del trasterrado o de quien está, socioculturalmente, fuera de lugar, es la de una persona que se siente extraño y falto de encaje. Carlos Fuguet dice que “en chile tenía cosas, tenía la universidad, la política, me sentía parte de algo, en elei no me sentía parte de nada, no me sentía parte de mí” (p. 194, aclaramos que “elei” es L.A., Los Ángeles). Hemos hecho la precisión al entorno sociocultural porque en principio Joon no es una trasterrada, sino estadounidense de nacimiento; el desarraigo no hizo estragos en ella sino en sus ancestros: “comprendí con claridad los conflictos de mi padre al llegar a los Estados Unidos. El país era nuevo y extraño. Lo desancló. Pero la bebida era la misma y sus costumbres también. Se limitó a dejarse arrastrar hacia todo lo que le resultaba familiar, es decir, a beber y a engañar, caminos que jamás lo obligaban a plantearse quién era ni por qué estaba allí” (Lejos de ninguna parte, p. 192). Siendo esto así, los sentimientos de Joon se explican también por su condición de desplazada, no sólo porque parece una inmigrante asiática y como tal es tratada, sino por algo más. En una entrevista, Nami Mun ha dado una opinión que me parece interesante: a su juicio, Miles from nowhere no es exclusivamente una novela sobre inmigración, porque los sentimientos de exclusión y de no entendimiento de las reglas sociales no sólo afectan a la madre de Joon, que llega a los Estados Unidos; también sacuden a la propia Joon cuando cae desde un estatus familiar al submundo de la marginalidad[3]. De ahí que la protagonista necesite volver a crearse, y le fascinen otros personajes que parecen haberlo conseguido: “Me metí la mano en el bolsillo, saqué la foto del anuario escolar y la puse junto al rostro de Lana para buscar una semejanza. De niño, parecía delgado y quebradizo. Entonces me di cuenta de lo que admiraba de ella. Encima de quien había sido una vez se había creado un nuevo caparazón, una nueva versión que no recordaba a nadie, tal vez ni a ella misma, ni a cualquier cosa pasada” (Lejos de ninguna parte, p. 77). Los dos personajes centrales, Carlos y Joon, tienen esa vocación de reconstrucción, de escribir de nuevo la historia de su vida, pero ambos están perdidos, aunque se nieguen a reconocerlo (Missing, p. 310); Lejos de ninguna parte, pp. 27-28); su falta de arraigo, su perplejidad ante el hecho de no encontrarse en un país “elegido” pero inhabitable y por el que vagan atorrantes, vacíos, nómadas, huecos, los convierte en sujetos perdidos, perdedores, losers, esperando una rescritura válida que no acaba de llegar.

En Missing todos los personajes –incluido el propio narrador– están afectados por el hecho de llegar a los Estados Unidos con cierta edad, ninguno de ellos antes de la adolescencia. Tienen que luchar con/contra el idioma, y contra una sociedad que no los rechaza del todo (por ser inmigrantes blanquitos, como se dice en algún momento de la crónica), pero que tampoco los abraza. Los inmigrantes no son aceptados o se sienten como tal (“me sentía un ciudadano de segunda y eso que era un ciudadano americano”, Missing, p. 295). En concreto las generaciones mayores, los abuelos de Fuguet, son quienes lo pasan peor; otro tanto sucede en el libro de Mun: “Pensé en mi padre, en que quizá él sintiera lo mismo. Él no pertenecía a este país, ni a su esposa, ni a su hija, que decía frases que sonaban a canicas pegajosas (…) Habíamos cambiado de país, pero él no estaba dispuesto a cambiar de forma de ser.” (Lejos de ninguna parte, p. 189). Curiosamente, la madre de Carlos vive en California durante décadas y nunca llega a aprender el inglés, resistiéndose a hablar otra cosa que no sea español (Missing, p. 348). Como dice Fuguet, “no es sencillo rehacerse, menos en otro idioma” (p. 31).

Del mismo modo que los coreanos son confundidos invariablemente en la novela de Mun con los chinos, y tratados como tales, los chilenos en Estados Unidos son mezclados con los mexicanos, que es el grupo de población latina dominante; esto llega hasta tal punto que cuando una mexicana habla con Alberto Fuguet y éste le pregunta por su tío chileno, se genera esta conversación, reproducida por el autor sin los signos de puntuación característicos: “Mire, le dice, recuerdo que hace unos años, no sé, tres o cuatro, vivía un extranjero. ¿Un extranjero? Alguien que hablaba español distinto” (p. 112). Mientras que la novela de Mun está muy normalizada en ese sentido, ya que tanto ella como su personaje son estadounidenses hijos de emigrantes, y por tanto bilingües de nacimiento, en Carlos Fuguet se advierte a la perfección, gracias a las reproducciones del code switching o cambio súbito de lengua dentro de la misma frase o párrafo, la tensión entre la lengua materna y la adquirida (en algún momento llegamos a leer, por ejemplo, “no comments pero I agree”, p. 144). El code switching, por su trastabillar entre lenguas, por su titubeo entre códigos, se configura como un tartamudeo lingüístico, que es trasunto de un balbuceo geográfico: “para Schutz (…) el extranjero es un ‘tartamudo social’, obligado a traducir los esquemas de interpretación de la realidad palabra por palabra; está aislado de su saber de origen y siempre al borde del mapa, en el límite del territorio que éste abarca. El extranjero nunca está, dice Schutz, en el ‘centro’ de su medio”, como recuerda Isaac Joseph[4]. Su lengua es doble (lo cual, según Gottfried Benn, apela a un doppelleben, a un vivir doble, a una doble vida), y el salto de una a otra tiene inequívocas consecuencias psicológicas: Carlos ha interiorizado tanto su necesidad de ser aceptado, de pertenecer a algún lugar, que cuando se enoja con su entrevistador o habla de ciertos temas vuelve al inglés en legítima defensa (véanse pp. 147-48), en actitud de repliegue. También Joon escoge el inglés y reniega del coreano para mostrar su “integración” social:

—Ya me lo imaginaba —espetó. Entonces, hablándome en hangul, me preguntó—: ¿Eres coreana?

Lo miré fijamente a los ojos, aquellos escarabajos negros y rabiosos, e hice como si me estuviera hablando en jerigonza:

—¿Qué? ¡Hable en cristiano, hombre! —grité, y me volví hacia el público—. Ahora está en los Estados Unidos. (Lejos de ninguna parte, p. 203)

Creo que una diferencia fundamental entre las novelas de Mun y Fuguet es su observación sobre el concepto de “hogar”, que en realidad es una declaración de intenciones: mientras que Joon vuelve, como Ulises, a la casa paterna (materna, más bien), el libro de Fuguet viene a sostener que la casa paterna no existe, no hay tal cosa: uno lleva su vida consigo allí donde va en el lenguaje o, acaso, en el bilingüismo. El único hogar fijo sería el ataúd del final.

El inmigrante zombi

me desplacé para todas partes,

nunca paré.

A. Fuguet, Missing (una investigación)

Sólo nos quedan unas pocas palabras, el cadáver de tanto por sentir aún.

J. Fernández Gonzalo, El libro blanco

Sobre la idea de que el consumidor ideal es el drogadicto han escrito Juan Goytisolo (2004), Eloy Fernández Porta (2007) y César Rendueles (2008); Jorge Fernández Gonzalo propone en su excelente ensayo Filosofía zombi una alternativa: los zombis como “consumidores por antonomasia” (p. 53). En su imaginario fílmico, los zombis son presentados como una especie de robots vegetativos en busca de carne, y definidos como motores de satisfacción inmediata. Ambas figuras son correctas y, si nos fijamos bien, en las dos late la irracionalidad, la pérdida de la razón, como eje explicativo del ultraconsumo. Uno de los aspectos más interesantes del ensayo, que parte del cine de zombis para extraer conclusiones simbólicas sobre nuestra sociedad hiperconsumista, es la dimensión del zombi como acumulador irracional. El zombi no se pregunta sobre la contención, no ahorra, no hace previsiones ni guarda provisiones: come lo que puede, donde puede y todo cuanto puede. Sus técnicas vitales son el arrastre y el remolque (p. 195), y su horizonte es el ahora. El zombi acumula de forma mecánica sus objetivos, sólo “tira hacia delante”, sin preguntarse. El inmigrante, como podemos ver en la descripción de Fuguet, también. El movimiento del trasterrado es hacia el siguiente día, sin pensar demasiado: “la piensas y no la piensas, si la piensas, no haces nada, si no piensas nada, no se te ocurre nada” (p. 290). Los inmigrantes de Mun y Fuguet son personajes que van acumulando maquinalmente trabajos, con el objetivo ciego de vivir mejor, de cumplir un sueño americano (Missing, p. 148) que pide demasiado por su satisfacción. Van cubriendo etapas, van devorando cuerpos, amores, trabajos (“sentía que la libertad me estaba saliendo demasiado cara, dos trabajos que no sumaban uno”, Missing, p. 293), sueldos, para lograr el primer fin: la supervivencia, el no regresar como fracasados a su país de origen, sin importar que la vida que pueden llevar en su nuevo país puede parecerse mucho al fracaso. Porque también acumulan dolor, disfuncionalidades, adicciones, soledades y hartazgo. Construidos como robots de subsistencia, los inmigrantes en estas obras narrativas también resultan a veces estructuras mecánicas afectivas, capaces de vaciarse por dentro y de reiniciar los sentimientos sin aparente complicación. Simplemente duele un poco: caen, vuelven a ponerse en pie, se sacuden el polvo y siguen caminando.

.
[Relación del crítico con los autores reseñados: ninguna con Fuguet y Mun, he mantenido correspondencia con Fernández Gonzalo. Relación con las editoriales de los libros reseñados: ninguna]
.
NOTAS

[1] “todo Estado nación se constituye a partir del control de las fronteras, el rechazo de los inmigrantes clandestinos y una estricta limitación del derecho a la inmigración y el derecho de asilo. Este concepto de frontera constituye, justamente como su frontera misma, el concepto de Estado-nación”; J. Derrida, “Artefactualidades”, en J. Derrida y B. Stiegler, Ecografías de la Televisión; Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1998, p. 31.

[2] Rodrigo Fresán, “Apuntes para una teoría del cuento”, La velocidad de las cosas; Mondadori, Barcelona, 2005, p. 189.

[3] “And really it’s just one of alienation: feeling out of place, feeling that confusion when the language is completely new and the rules are new - you don’t even know the rules. Those are feelings an immigrant might feel but I really can’t call the book an immigrant novel because those feelings of alienation anyone could feel no matter what country they’re from. Joon’s mother, who is definitely feeling the stress of the move to a new country, her feelings parallel Joon feelings as she enters into this submerged population group”; Nami Jun, entrevista en Chicagoist, 08/01/2009, accesible en http://chicagoist.com/2009/01/08/interview_nami_mun.php.

[4] Isaac Joseph, El transeúnte y el espacio urbano; Gedisa, Barcelona, 2002, p. 74.

martes, 7 de junio de 2011

Arte latinoamericano y diáspora

Elizabeth Marín Hernández, Multiculturalismo y crítica poscolonial: la diáspora artística latinoamericana (1990-2000); Tesis Doctoral, Universitat de Barcelona, Departament Història del Art, Barcelona, 2005.

Una de mis costumbres peregrinas, supongo, es mi hábito de leer de cuando en cuando (y tardando mucho tiempo en hacerlo, como es normal) tesis doctorales. Hace meses degusté con fruición la tesis de Jesús Montoya, Realismos del simulacro: imagen, medios y tecnología en la narrativa del Río de la Plata (Universidad de Granada, 2008), sobre Aira, Levrero y otros escritores argentinos y uruguayos. Frente a la opinión de algunos ignorantes según la cual en Internet no hay más que conocimiento superficial, en realidad la red nos provee de forma gratuita y legal de una de las formas de investigación más completas, duras y exhaustivas que existen (quien lo probó lo sabe), las tesis de doctorado, y nos las ofrece con generosidad. La oferta de tesis es tan vasta que hay que seleccionar, por supuesto, ya que no todas las tesis, a pesar del aval académico y de pasar un –en principio– riguroso tribunal, alcanzan el mismo nivel de calidad y excelencia. Mi criterio favorito, salvo que ya conozca al autor y confíe de antemano en su capacidad investigadora, suele ser el prestigio del director de la tesis, que es un elemento fundamental a la hora de que la investigación llegue, metodológica y semánticamente, a buen puerto. En el caso de esta tesis, llegué al texto por la confianza que me genera la persona que la dirigió, Anna Maria Guasch, una de las mayores expertas en arte contemporáneo y cuyos ensayos he leído siempre con pasión y agrado.

.


Multiculturalismo y crítica poscolonial: la diáspora artística latinoamericana (1990-2000), de Marín Hernández, se propone un ambicioso objetivo, cual es la lectura desde las perspectivas multiculturalista y poscolonial del arte latinoamericano de una década central en la configuración de ese complejo panorama que es el arte contemporáneo. Como dice la autora, una de las paradójicas consecuencias de la globalización cultural, donde afloran tensiones globales junto a las locales, ha sido que “las representaciones del arte latinoamericano se encuentran repentinamente revalorizadas desde su condición periférica, de margen o de diferencia”[1]. No es extraño que por ello la autora dedique parte del apartado metodológico a resaltar pensamientos de la diferencia, como los de Foucault (“Espacios diferentes”, 1967), Derrida (“La Différance”, Theorie d’ensenble, 1968), Lyotard (Le Différend, 1983) o Deleuze (Differénce et répétition, 1968), que suelen ayudar a enfocar con propiedad este tipo de situaciones paradojales. Pero no se queda ahí el fuste teórico, ni mucho menos; de hecho, una de las cosas que más me ha llamado la atención de esta tesis doctoral es que su epistemología se parece más a la de una universidad norteamericana que a la típica de una española. En su razonamiento, la autora utiliza conceptos que son de uso común en la academia estadounidense (marginalidad, subalternidad, postcolonialismo) aunque sólo se utilizan en las Facultades humanísticas españolas por contados especialistas en cada una de esas materias. Es curioso que mientras que en el discurso de la crítica de arte española las teorías y autores utilizados sean muy abiertas, plurales y diversas, en la crítica literaria académica, con muy pocas excepciones, apenas se haya pasado de los postestructuralistas franceses (y no siempre se ha llegado ahí).

.


Con estos y otros instrumentos metodológicos, la autora hace una doble operación: por un lado, intenta ver la forma (conflictiva, como es normal) en que el arte latinoamericano intenta “centrarse” dentro del panorama internacional, y cómo algunos nodos del tejido del arte mundial (la Documenta de Kassel, por citar un ejemplo), comienzan a mostrar una mayor atención por la otredad, por los artes otros, lo que favorece el diálogo transatlántico y una visión del canon artístico más abierto (p. 588). En un segundo lugar, muestra a partir de la obra de varios autores concretos cómo las obras son en parte hijas de esa tensión margen/centro y exploran críticamente la misma, poniendo lo local en situación de oposición a lo globalizado, pero dentro (y he ahí el oxímoron que también afecta a la literatura latinoamericana) de un juego global de fuerzas. Del mismo modo que muchos (no todos) escritores hispanoamericanos que se quejan del lugar central del mercado editorial español hacen lo posible para terminar publicando en España, algunos artistas también quieren que su discurso artístico, defensor de su lugar otro y de sus esencias locales, se escuche en las ferias de Miami o en las grandes muestras o bienales europeas. Dejando de lado el poco interesante tema del mercado (desde el punto de vista artístico, desde el sociológico es fascinante), lo esencial es cómo la relación de ambivalente pertenencia y ajenidad a un territorio artístico mundial es la nueva koiné, parte del nuevo discurso en el que se mueven, aunque sea para combatirlo, muchas obras de arte latinoamericanas. Para la autora, por ello, es lógico “que presenciemos una movilidad de los espacios expositivos y de los modos en que estos son estructurados, pues el desplazamiento de artistas y de muestras sobre diversos temas acusa -como afirma Mari Carmen Ramírez- de la utilización del arte como capital simbólico dentro de la expansión de la globalización, y que esta ha propiciado un espacio de acción y de intensificación más amplio para el arte latinoamericano” (p. 593).

.


Hans Belting señaló hace ya tiempo que la “Historia del Arte”, como invento europeo que es, corre siempre el peligro de exportar su eurocentrismo crítico cada vez que se aplica a otras realidades. Si el arte global, como decía el pensador alemán, consiste en parte en la destrucción de la idea convencional (europea) del arte, una historia del arte global debe tener en cuenta que “the European model is not a neutral and general tale that could easily be applied to other cultures that lack such a narrative”[2]. La obra de Elizabeth Marín Hernández es consciente de ese peligro y por ello instala estructuralmente mecanismos de correción, como la teoría postcolonial y el concepto de subalternidad, para controlar la imparcialidad de la paralaje y eliminar perspectivas anacrónicas de juicio, así como apriorismos críticos incapaces de comprender qué tratan de aportar, precisamente, esas creaciones hispanoamericanas que reivindican nuestra atención. Una atención que no debe pasar por alto que en este camino de apertura teórica a lo multicultural se han producido muchos excesos, críticos y de otros tipos. Vale la pena recordar estas líneas de El mapa de la sal, de Iván de la Nuez: “se trataba de uno de esos másters globales del que fui excluido años después gracias a la intriga de dos profesores que (…) también se decían multiculturales –imagino que sobre todo debido a que el dinero del curso provenía fundamentalmente de estudiantes latinoamericanos-, aunque eran todo un himno a la cultura local”[3]. La música, por desgracia, es conocida. Habría que saber qué artistas y teóricos eran naturalmente multiculturales y cuántos se apuntaron a la visión más atraídos por las posibilidades crematísticas que por sus propias convicciones intelectuales.

.


La autora delimita las tres sucesivas etapas “diaspóricas” en las que el arte hispanoamericano ha ido apareciendo en el resto del mundo, y las características de cada fase, caracterizadas por una tensión dentro/fuera, por la creciente fe en la modernidad del movimiento y por la clara conciencia de estar repensando la relación con las metrópolis artísticas en términos poscoloniales, subvirtiendo artísticamente los símbolos vigentes hasta el momento (p. 420-427). La autora dedica especial atención al muralismo mexicano, la Antropofagia brasileña y la Escuela del Sur, como movimientos latinoamericanistas (hasta cierto punto, disculpen el basto resumen), y también a otros movimientos más “internacionalistas”, según su definición, concreto-constructivistas y ópticos, que buscaban integrarse dúctilmente en el giro internacional del arte. En el momento actual, y como pasa en el resto de las artes, se contraponen todo tipo de movimientos y la globalización económica y cultural ha atomizado las formas de comportamiento del artista hispanoamericano respecto a su condición de tal. Marín Hernández aborda un tema que me parece de sumo interés: cómo un artista intenta explicarse a sí mismo cuáles son “sus orígenes”. Trasvasando el asunto a lo literario por un instante, los diálogos de los escritores latinoamericanos consigo mismos en los últimos años respecto a qué se considera “crear desde una nación del Cono Sur o de América Central” es casi un lugar común de la socioliteratura actual. Esa reflexión sobre el lugar desde el que uno escribe y su influencia en la obra está presente no sólo en manifiestos como los del Crack o McOndo, sino en casi cada prólogo de cada antología o en cada texto de cada autor. La autora cita algunas opiniones de artistas que revelan la clara conciencia de que señalar el lugar de origen es, incluso en el caso de señalar el lugar de nacimiento, una operación intelectual, una decisión, una declaración casi estética. De ahí que la cita al cosmopolitismo, a la condición de “ciudadano del mundo”, etc., sea un lugar no menos común y elaborado que decir que uno es de tal o cual nacionalidad. También en ese caso hay una pertenencia (¿política?) y una voluntad de arraigo a un entorno reconocible, desde el que ejercer la irradiación artística.

.


Para terminar, tras centrarse en distintos artistas muy diferentes entre ellos (de Doris Salcedo a Gabriel Orozco, de Santiago Sierra a Marta María Pérez-Bravo o Félix González Torres) la autora concluye que “las diásporas artísticas contemporáneas” inscriben “el movimiento como aspecto integrante y fundacional de su ser. Ser con el cual problematizan la elaboración de los espacios de reflexión y de análisis de sus representaciones, a su vez nos permite comprender a los desplazamientos en la formulación de imágenes conscientes, que continuamente realizan diversas puestas en escena, de las materias significantes que se conforman en la interioridad de las obras como producción de sentido híbrido y fronterizo” (p. 603). En conclusión, los movimientos, tanto artísticos como conceptuales y políticos del arte latinoamericano se presentan sustentados en un eje de doble vuelta, donde a cada fuerza en un sentido responde un mecanismo compensatorio de respuesta. Mecanismos que unas veces son simbólicos, y otras subjetivos, pero que en ningún caso son inocentes. Palabras como pureza, seguramente por fortuna, han desaparecido del mapa, y el conglomerado artístico actual tiene la forma de un tapiz neuronal por el que la información, los símbolos del origen, las redes de influencias y, no lo neguemos, el dinero, circulan de una forma cada vez más fluida entre los centros atractores de las metrópolis tradicionales (Kassel, Miami, Venecia) y sus nuevas interlocutoras hispanoamericanas (México D.F., Caracas, Lima, Bogotá). Recuerdo que cuando fui a Medellín en 2009 me sorprendió comprobar que había allí una exposición de Leonardo da Vinci, y también me dejó perplejo que a los antioqueños este hecho les parecía normal. Pensé entonces que algo se había movido, aunque no tenía claro qué. Ahora lo tengo más claro.

.


(Relación con la autora de la tesis: ninguna. Relación con la directora de la tesis: ninguna).



[1] Elizabeth Marín Hernández, Multiculturalismo y crítica poscolonial: la diáspora artística latinoamericana (1990-2000); Tesis Doctoral, Universitat de Barcelona, Departament HIstòria del Art, Barcelona, 2005, p. 3.

[2] Hans Belting, An history after Modernism; The University of Chicago Press, Chicago, 2003, p. 64.

[3] I. de la Nuez, El mapa de la sal; Periférica, Cáceres, 2010, p. 78.

viernes, 27 de mayo de 2011

Nanoescritura


Hay nieve en las calles y plazas, sobre los monumentos y los techos, algo muy acorde con la época de Año Nuevo. Gustoso dejo a otros los árboles de Navidad y las golosinas. Los escritores son magníficos porque saben presenciar las alegrías de los demás sin pensar en seguido que hubieran debido participar en ellas. Una habitación caliente ya es mucho en invierno.

Robert Walser, La rosa

.

Su presencia se ve recreada a cada instante por nuestras palabras. Se la alimenta, se la estimula, frase a frase, soplo o soplo. Su concepción del teatro no se tiene ya en pie. No están condenados a mirarnos, pero no se les da otra opción. Ustedes son el argumento. Ustedes son los actores. Ustedes son nuestros antagonistas. Se apunta hacia ustedes. Ustedes son nuestro blanco. Nos sirven de blanco. Es una metáfora. Ustedes son el blanco de nuestras metáforas.

Peter Handke, Insultos al público

.

Ningún lugar me atrae particularmente. No sé qué voy a hacer ahora. Aguardo el rayo y la voz potente. Aún no estoy libre de todo lo que he escrito hasta el momento. El recuerdo no me seduce, y no veo objetivo alguno. A veces lamento que mi espíritu nunca se haya vestido a la inglesa. Ya llevo aquí veintidós años.

Elías Canetti, Hampstead

.

Si fuera artista plástico dibujaría los Boeing 747 como grandes dedos, los grandes dedos con los que el dios de la historia decide regresar de su retiro para pulsar el botón de play y seguir así con la diversión. Nunca he visto a nadie poner esos ramos de flores que pueden verse a la orilla de la carretera señalando el lugar donde alguien perdió la vida en un accidente de tráfico. Después de comer me gusta saber que hay café hecho en la cafetera, aunque sea de hace un par de días. Siempre tomo el café solo. Nunca he usado mantequilla para practicar el sexo anal. He vivido en una casa por la que hace quinientos años paseaban los Reyes Católicos.

Javier Moreno, Alma

sábado, 21 de mayo de 2011

Cuatro (distintas) voces





Marta Agudo, 28010; Calambur, Madrid, 2011

.

Frecuencias que sin rozarse construyen la veracidad de un mapa

Marta Agudo

.


28010 es un código postal de Madrid. No les descubro nada si comento que un código postal hace referencia a una demarcación geográfica, el lugar donde una ciudad (o un mito, pues Madrid es para algunos –entre ellos para mí– un mito además de una urbe) deja de ser abstracta para convertirse en algo concreto, cartografiable. Marta Agudo realiza una operación similar en este poemario, haciendo que algo abstracto (un nombre, Marta), se convierta en algo endiabladamente concreto mediante una operación de lenguaje. El propósito es, ni más ni menos, “volver a generar una sintaxis que no tenga filiaciones” (p. 46), una propuesta adánica que no cae en la ingenuidad de la pretensión de pureza original, sino en la desolación de la busca de un asidero existencial operativo, de un comienzo o recomienzo plausible.


“Wagner alzó las cejas. Él sostenía que no saber nombrar las cosas es no entender su esencia, y si algo le molestaban eran las cosas confusas”[1], dice un personaje de Ignacio Vidal-Folch cuya sensibilidad parece muy similar al “personaje” Marta que protagoniza 28010: “Me llamo Marta. Me llaman Marta. Fui bautizada en escenarios sin dueño hasta que mis ojos fueron, poco a poco, dilatándose en ficciones” (p. 13). Este comienzo, un poco a la manera del Call me Ismahel de Moby Dick, abre la puerta a lo que es una construcción total de subjetividad, una fascinante operación poética de articulación de un yo plausible a través de la lengua, de la lengua poética en este caso. Reminiscencias rimbaudianas tratadas con ironía (poemas “de vocales” donde no hay correspondencia entre la letra elegida y su supuesto continente); consideraciones platónicas (cratilianas, para ser precisos) sobre la relación entre las cosas y sus nombres; apelación a un nuevo eje de coordenadas vital (fonética, sintaxis, geografía, secuencia) que sucede al habitual de norte, sur, este y oeste: todos los citados son recursos utilizados por Agudo para generar ficcionalmente un mapa subjetivo, en el que “Marta”, como el distrito 28010, abandona su inconsistencia para devenir sustancia, sujeto, emoción. Es decir: no estamos ante una técnica autoficcional, ante una autoficción poética, sino ante una refundación identitaria.


Agudo se sirve de dos elementos que conoce teóricamente muy bien: el fragmento y el poema en prosa, para utilizarlos en la dirección habermasiana, reconstituyente del proyecto incompleto de Modernidad. Veo este propósito moderno en el hecho de que la autora se cuida mucho de permitir la entrada a la entropía posmoderna: Agudo sujeta de modo férreo el poemario a 4 partes de 11 textos cada una, lo que indica una matemática voluntad estructural, una determinación del proyecto de no perderse. Agudo le pone calles al discurso. Es ella la experta en este tema y no yo, pero me arriesgo a decir que su propósito ha sido utilizar la fragmentariedad no cómo fácil referencia al astillamiento subjetivo del yo contemporáneo, sino como método perseguidor de una unidad intelectual, construida more gramático, a través de una conceptualización lingüística. Me explico: lo mismo que da consistencia al sujeto, el deletreo crítico de su nombre (véase página 21), da consistencia al poemario: el fragmento es también un deletreo, es pronunciar la totalidad por partes.


Agudo ha creado, con un lenguaje eficaz, elaborado pero nunca hermético, un poemario de una complejidad psicológica y conceptual admirable, ambicioso pero accesible, gracias a su sencilla dificultad, a todos los públicos lectores de poesía, si es que hay más de uno.

.

.



Pedro A. González Moreno, Anaqueles sin dueño; Hiperión, Madrid, 2011

.


Este poemario de González Moreno se instala en una temática que tiene ya cierta, por no decir bastante, tradición, cual es la escritura sobre poetas suicidas[2], y sobre los topónimos conocidos de esta morbosa psicogeografía (aunque se cometa algún pequeño error, como Mirabau por Mirabeau, p. 29). González Moreno tiene habilidad para versificar y consigue puntualmente buenas imágenes, pero su poética depende excesivamente (a mi juicio, claro) de los epígrafes incluidos de los poetas a los que aborda o de la poética de los mismos. Así, la heterogénea voz poética de Anaqueles sin dueño se vuelve tenebrosa cuando habla sobre Trakl, simbólica con Celan, surrealista cuando habla de surrealismo, o despojada si visita a José Agustín Goytisolo. El autor demuestra buenas dotes de adaptación, pero a este crítico no le interesa tanto la capacidad ventrílocua de un poeta como, más bien, su capacidad para tener una voz única y singular. Una singularidad discursiva que no tiene que ser la misma en todos los poemarios pero que es lógico que, al menos, califique por completo cada uno de ellos. Anaqueles sin dueño está cuajado de ilustraciones y amplificaciones de tópicos culturales y de retóricas conocidas, mejor resuelta que en otros practicantes habituales de la glosa poética (de los cuales González Moreno se diferencia en que el texto previo no un pretexto, sino un punto de partida para llegar a otra costa). A su favor, hay que decir que tiene algunos poemas acertados y un buen tono medio que no defraudará a lectores de poesía metaliteraria de corte confesional, lectores que no escasean en nuestro país.


..

Francisca Aguirre, Detrás de los espejos; Fundación Centro de Poesía José Hierro, Getafe, 2011.

.

Poeta tardía, que publicó su primer libro en 1972, Aguirre pertenecería por edad a la llamada generación del 50, con la que comparte algunos temas y preocupaciones, si bien

la extraña coherencia de su lírica la ha mantenido en un espacio aparte y propio. Machadiana, reflexiva sin hermetismos y buscando –en ocasiones, quizá con demasiado ahínco– la sencillez de lectura, su poesía tiene tonos autobiográficos, que la han hecho muy popular entre lectores de una edad similar a la suya. Aunque no es el tipo de poesía que más me gusta, hay que reconocerle a Aguirre la capacidad de expresar y comunicar la meditatividad vital, y su compromiso con un modo humanístico y cercano de leer y contar el mundo. El Centro de Poesía José Hierro ha editado esa antología, gracias a la cual quienes no han leído a Aguirre pueden tener una buena introducción a su obra. Reproducimos un poema de su primer libro, Ítaca:

.


EL EXTRAÑO

(Hay un extraño que visita mi hogar.

Viene a las mismas horas en que él solía venir.

Habla un parecido lenguaje, aunque con acento distinto.

No sé de dónde viene, cuánto tiempo piensa quedarse.

Me trata con afecto y a veces con ligero cansancio.

Le preocupan mis cosas —sabe mucho de mí—.

Pienso que debe ser amigo suyo,

pero sin duda es un amigo desleal:

presiento que lo odia.

A mí me asusta todo esto.

No sé cómo lo he de tratar,

cómo habré de decirle que no es ésta su casa.

No quisiera llegar a ofenderlo:

hay demasiado parecido en él con el otro, que amo.

Y cuando está callado hasta yo misma los confundo.

Estoy muy asustada:

tengo miedo a que se quede para siempre.

Porque si éste se queda

yo sé que nunca más volverá el otro.)

.


Martín Rodríguez Gaona, Codex de los poderes y los encantos; Olifante, Zaragoza, 2010.

.

No es necesario hacer un análisis de este libro porque la excelente introducción de Manuel Rico nos ahorra el trabajo. Sólo me gustaría valorar el cambio drástico que ha sufrido la poesía de Rodríguez Gaona (Lima, 1969), que ha pasado de las indagaciones posmodernas, ácidas pero aún optimistas, de sus libros anteriores (de los cuales he leído Efectos personales; Ediciones de Los Lunes, Lima, 1992, y Parque infantil; Pre-Textos, 2005) a la sombría meditatividad de este Codex de los poderes y los encantos. Libro que, sin embargo, tampoco renuncia a juegos de intertextualidad posmoderna: en cierto modo se presenta a sí mismo como una rescritura de las crónicas indianas del Inca Garcilaso y de Felipe Guamán Poma de Ayala, desde una postcolonialidad distanciada y crítica. Rodríguez Gaona emplaza su experiencia (o, como bien dice Rico, la de su yo poético) en el mismo lugar que los antiguos cronistas: una escritura situada en un continente que intenta explicar o explicarse el otro. Ni la España ni el Perú de entonces son los de hoy, parece decir amargamente el autor, pero el dolor es el mismo. Una escritura reflexiva y de corte autobiográfico, marcada por “la situación humana” (p. 19), que se enmarca, como sus libros anteriores pero de forma muy distinta, en un atractivo y singular espacio de la poesía actual en castellano:

.


Seres y objetos están en movimiento, mezclándose

y cambiando,

apareciendo y desapareciendo, plegándose,

despegando. Las frases se funden, viajan

y se pierden unas en otras.

El amor es un intercambio de lenguas.

¿Quién busca quedarse inmóvil

si puede alcanzar los límites, tocar el horizonte,

su barco ebrio, explorar las líneas de la costa?

.

.


[Relación del crítico con los autores: con Marta Agudo y Martín Rodríguez Gaona, cordial; con Francisca Aguirre y Pedro A. González Moreno, ninguna. Relación con las editoriales: ninguna con ninguna de ellas]


[1] Ignacio Vidal-Folch, La cabeza de plástico; Anagrama, Barcelona, 1999, p. 26.

[2] Tradición que tiene numerosos antecedentes, tanto en la poesía española, como en la extranjera: así, véase el poema de Brecht sobre el suicidio de Walter Benjamin, o también J. M. Caballero Bonald, “Dualismo”, en Manual de infractores, Seix Barral, 2005, p. 133; Olvido García Valdés, “Umbrío…”, en Caza nocturna (Ave del Paraíso, Madrid, 1997); Ramón Bascuñana, “Alejandra Pizarnik medita su suicidio”, en Impostura; Asociación de Escritores y Artistas Españoles, Madrid, 2006; Teresa Barbero, “Poemas a un suicida”, en Prisión de los espejos; Bartleby, Madrid, 2005, pp. 55ss; y Juan Gil Albert, “Nocturno”, en Poesía completa; Pre-Textos Valencia, 2004, p. 539. Véanse también el poema sobre Kostas Karyotakis de Julio César Jiménez en La sed adiestrada; Ayuntamiento de las Palmas de Gran Canaria, 2008; el poema a Gregory Corso de José Antonio Martínez Muñoz, en Traiciones; Ediciones Felices, Murcia, 2009, p. 45, así como mi poema “Fado para náufragos”, incluido en Nova (2003); véase también el número 3 de la revista Vacaciones en Polonia, titulado “Suicidios y literatura”, y el ensayo de Toni Montesinos, El gran impaciente. Suicidio literario y filosófico (March Editor, Barcelona, 2005).

martes, 26 de abril de 2011

Góngora: del zapping al overlapping


.

.

.

El poema

El poema “Mal haya el que en señores idolatra”, de Luis de Góngora, es uno de los más conocidos del autor. Dámaso Alonso cuenta cómo fue redactado tras el desengaño producido por una experiencia personal del poeta en la corte, a partir de la muerte de un sobrino de don Luis. Desde esta perspectiva, podemos pensar que es un poema hasta cierto punto confesional, sin que eso signifique que sea “sincero”. Estoy de acuerdo en este punto con Ángel Luis Luján, cuando escribe: “es por ello que Robert Jammes se equivoca, en mi opinión, al hacer una clara distinción en Góngora entre una poesía sincera y una poesía no sincera, pues está midiendo su obra con patrones que sólo valen para la poesía a partir del romanticismo”[1]. También Jean Canavaggio cae en el error de llamar “sincero” a esta epístola de Góngora[2]. Quizá fuera más precisa la apelación a cierta “expresividad biográfica”, en términos de Laura Dolfi[3]. La cuestión es que este poema, que no abordaremos de un modo filológico clásico porque nuestras circunstancias personales nos mantienen a demasiados kilómetros de la primera biblioteca surtida en libros sobre Siglo de Oro, ocupa un lugar muy peculiar dentro de la obra de Góngora. Como ha escrito Mercedes Blanco, “Góngora sólo tiene (…) una única epístola satírica en tercetos, ‘Mal haya el que a señores idolatra’, que parece compendiar el género renacentista de la epístola, opulenta heredera de la epístola horaciana, de la sátira latina, de las sátiras de Ariosto y de los capitoli del Renacimiento italiano. Cuando se adentran en un nuevo camino, estos artistas que, dominando con perfección su oficio, rehúsan la rutina del arte o el arte como puro oficio, no sólo ofrecen por lo general un magnífico ejemplar de un tipo prefigurado por la tradición, sino que a menudo se atreven a hacer algo que nadie ha hecho, que roza los límites de lo comprensible y de lo tolerable y que sin embargo se impone con la soberanía de la obra maestra”[4]. En efecto, este carácter atrevido de Góngora, que convierte en oro cuanto arte estrófico toca, desde el romance a la letrilla, desde la silva al soneto, para llevarlo a un espacio estético nuevo, es uno de los puntales explicadores de su lugar central dentro de la poesía en castellano de todos los tiempos. Un lugar que le han reconocido poetas y críticos de ambos lados del Atlántico.

El objeto de este extraño ensayo, escrito –insisto– sin los medios bibliográficos suficientes para hacerlo, es plantear la analogía entre un instrumento técnico de Góngora (el encabalgamiento) y algunos modos muy contemporáneos de presentación del discurso artístico.

.


Góngora y el zapping: “mirar lo que escribo”

Es un parcial anacronismo hablar en Góngora de modernidad, pero podemos hacerlo si acotamos el terreno de referencia y ponemos las cautelas debidas, como lo hace Antonio Rey: “En fin, no creo que sea necesario poner más ejemplos para comprobar la extraordinaria semejanza de concepción literaria que hay entre Góngora y Cervantes por lo que a la multirreferencialidad se refiere y, en consecuencia, para ver cómo dicha afinidad literaria colabora en la fijación de la poética barroca española que abre camino a la modernidad estética, dado que tal poética polifónica acabó por formar parte de la estética neobarroca del siglo XX que reivindicaron escritores como Borges, Lezama Lima o Sarduy”[5]. En ese sentido, Góngora puede ser “absolutamente moderno”, en términos rimbaudianos, y a mi juicio su modernidad proviene no sólo de esa polifonía multirreferencial, sino también del modo en que ciertos modos de abordar el sujeto conectan con ciertos modos de mirar a través del poema.

La subjetividad lírica tiene en Góngora uno de sus experimentadores más acerados de finales del XVI y principios del XVII. Góngora comienza en alguno de sus poemas un proceso de despersonalización que alguno de sus seguidores, pienso en Soto de Rojas, llevará a su expresión máxima, haciendo salir al yo por completo del poema y dejando únicamente la mirada, que a la manera de un travelling se va posando en diferentes motivos de forma secuencial (esa es la impresión que me ha producido siempre la lectura de Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos, 1652). En esta desubjetivación o, cuanto menos, desalojo parcial del ego se han fijado los expertos. Así Antonio Carreira puede escribir: “Góngora se distingue de sus coetáneos por el recato con que habla de su persona: ni exhibe sentimientos, ni dogmatiza ni ocupa el centro del poema. Si deja asomar el propio yo lo hace con sorna, como si se contemplase desde fuera, y prestando a sus flaquezas el mismo grado de condescendencia burlona que a las ajenas”[6]. Luján, por su parte, recuerda esos curiosos versos de Góngora (“en este capullo estuvo / el juicio de don yo / dos horas”), en los que “asistimos claramente a una ruptura de identidad, con la aparición de un ‘yo’ en tercera persona (…) desde una postura que está más allá de toda pretensión de objetividad o subjetividad, desde una postura indecible que trastorna la gramática, pues se trata de la postura única e insustituible del individuo”[7]; una postura que recuerda al je est un autre de Rimbaud. Y pone Luján precisamente como modelo de este nuevo individualismo el poema del que partimos, “Mal haya el que en señores idolatra”. También Andrés Sánchez Robayna cita este poema de Góngora cuando habla del modelo de yo poético de la epístola y sus nuevas posibilidades[8]. Gerardo Diego lo expresó de forma brillante cuando escribiese que “Mal haya el que en señores idolatra” es una “Epístola moral sin Fabio”[9]; es decir, un poema que ya no necesita el preceptivo de los cánones petrarquistas, esa voz ajena a la que dirigir el diálogo, sino que se habla a un yo despojado e impersonal, similar a un nadie.

En el caso del poeta cordobés, se produce siempre un mecanismo de compensación que produce un vivo efecto de hiperrealismo en su poesía: a menos yo, más mundo. Cuanto más se sale el sujeto elocutorio del marco de referencia, mayor es su capacidad de observación del entorno, de la realidad física, mental o moral que le rodea. De ahí que este poema epistolar, pensado en principio como un reproche a sí mismo por confiar en los poderosos, acabe siendo una grabación impersonal, en tercera persona (“este dómine bobo”), en la que un sujeto poético diluido va zapeando entre diversos objetos poéticos (la verde orilla, el ruiseñor, las murmuradoras aguas, la mesa, el huerto, la mula que cierra abruptamente el poema, etc.), dejando muy claras sus intenciones: “gastar quiero de hoy más plumas con ojos / y mirar lo que escribo”. Es un sujeto “moderno” el que vemos en este poema, fusionado con lo que contempla, “liberado de las ataduras del yo como sustento de su lirismo”[10], en palabras de Ruiz Pérez, más próximo (permítanme el anacronismo) a un Wordsworth o incluso a un Hart Crane mirando desde el puente de Brooklyn, que a un Garcilaso que se para a contemplar su estado. Góngora no sólo cambia de canal en “Mal haya el que en señores idolatra” en lo tocante a la mirada objetual, también lo había hecho al cambiar el registro del sujeto que mira, pasando de la primera a la tercera persona; también zapea del tono satírico al melancólico, así como al utilizar la epístola en tercetos de un modo hasta entonces desusado en la poesía lírica. Este poema es, por tanto, un tejido de diferentes cuerdas estilísticas y tonales, un rizoma donde diluir la biografía, un zapping por los diversos rostros de lo humano, ejectutado por una mano maestra y herida.

.


Góngora y el overlapping

Otro de los modos en que Góngora me parece rabiosamente actual es en su uso del encabalgamiento, que si bien llega al culmen en las Soledades, también se advierte varias veces en este poema, especial y hermosamente en versos como “tïorbas de cristal vuestras corrientes / prestaran dulces en su verde orilla”. Esa alteración, a la que hay que añadir la de los violentos hipérbaton utilizados (“platos le ofrece de esmeralda fina”), ofrece un descuadre sintagmático que obliga, como el descuadre o extrañamiento subjetivo antes visto, a una nueva forma de mirar también por parte del lector. La revolución gongorina puede ser también leída en clave de teoría de la Recepción, puesto que tiene un papel performativo en el modo de leer de la época, que lo enlaza con nuestro modo actual. Ello nos recuerda el momento en que Fernando R. de la Flor, hablando de Cervantes, escribe: “es en este particular sentido del desarreglo visual-cognitivo donde el autor del Quijote se nos revela verdaderamente como un moderno. Porque el eje de lo moderno consiste en ese abrirse a la percepción de que la realidad es aquello que preexiste, sino precisamente aquello que es construido. No aquello que es percibido, sino aquello que la percepción crea”[11]. Como dice Antonio Rey en el artículo antes citado, la obra de Góngora es sobre todo una operación a partir de la realidad, que no basta por sí misma para ser incorporada al texto: es necesario reelaborarla artísticamente, mediante artificios técnicos al uso. Toda la añagaza existencial barroca, los juegos ópticos de desconfianza de lo percibido, la consideración calderoniana del teatro del mundo, laten en este intento gongorino de presentar la naturaleza como el resultado de un elaborado proceso estético.

En Góngora y Cervantes, fines similares están perseguidos con medios disímiles, y creo que en el caso del vate la ruptura visual/versal, encagalgamiento mediante, es medular. Y el motivo es claro. Un verso encabalgado no sólo es, en puridad, dos versos, también –y de forma más significativa– implica dos ideas. Del mismo modo en que un cuento narra dos historias, según el Ricardo Piglia de Formas breves, un encabalgamiento nos está comunicando dos cosas diferentes: una, la que diría el verso si estuviese escrito de seguido y sin interrupción versal; otra, la que dice al llegar a la pausa versal la primera parte del verso cortado, a través del sentido parcial resultante, que suele ser un sentido completo alternativo o un sentido complementario. En ese momento, ese leve instante inferior a un segundo en que los ojos del lector están girando hacia el verso siguiente, se ha producido una impresión poética que será completada, o subvertida, una vez que el lector complete la información al continuar la lectura. La pausa versal establece una tensión entre las dos partes del significado, y no sólo estamos ante un efecto poético de extrañeza, sino también ante un efecto de significación, de entendimiento intelectual. El efecto de un encabalgamiento abrupto no es muy diferente del que producen las secuencias de imágenes incongruentes en una pieza de videoarte.

Es aquí donde pueden tenderse los lazos con el montaje audiovisual, por ejemplo el montaje cinematográfico. En principio, el montaje surge del movimiento inverso: dos cosas diferentes que resultan unidas por el enlace de los fotogramas, algo que parece ser lo contrario del encabalgamiento. Pero no es así. Pensemos lo que dice Sergei Eisenstein, que une a su condición de gran director de cine su cualidad de fino teórico sobre su arte: “la yuxtaposición de dos tomas separadas mediante el empalme de una con otra se asemeja no a una simple suma de una toma más otra, sino a una creación, porque el resultado se distingue cualitativamente de cada elemento considerado aisladamente”[12]. Para Einsenstein, el montaje es algo que va más allá de la conjunción o esemplasia coaxial (por utilizar un término de William Burroughs); de un modo más profundo, el montaje es algo que está en la composición pictórica, en la escritura de un guión e incluso en el comportamiento de un actor en escena. Y no es casual que cuando Eisenstein tome ejemplos de “montaje” anterior a la aparición del cine, los saque de la literatura y, especialmente… de la poesía de Góngora, a través del estudio de métrica de Zhirmunski que cita en el texto al hablar del enjambement (op. cit., p. 43). De modo que los encabalgamientos de Góngora ya están unidos al montaje cinematográfico desde el acta fundacional teórica de este último.

El montaje y la literatura han tenido desde entonces una fructífera relación; también Guillermo de la Torre o Jean Epstein señalaron a principios del siglo XX asociaciones entrambas artes, y sus pasadizos llegan a cualquier escritura y lengua; por ejemplo, Tania Pellegrini ha examinado procedimientos similares en la narrativa brasileña reciente: “tal y como se lo utiliza aquí, el montaje se reduce apenas a un proceso de edición de imágenes, donde las tomas son cortadas y rearmadas en secuencias, sin demostrar grandes preocupaciones de invención o creación; se trata de la base para el movimiento lineal de cualquier secuencia fílmica: la organización de los elementos sin transición o pasaje explicativo. La novedad reside en el hecho de que el texto revela con claridad la incorporación de recursos cinematográficos, y devela el artificio. Esto establece una diferencia con los texto clásicamente modernos, donde la mayoría de las veces tales recursos eran usados de forma implícita, siguiendo las líneas narrativas y creando un conjunto cohesionado en el cual no se distinguían las suturas”[13]. También en la poesía de Góngora el arficio del encabalgamiento es el modo de revelar o desvelar el enlace entre dos conceptos dispersos, que quedan unidos súbitamente por su agrupación disociada en el encabalgamiento. El resultado es otro cambio en el modo de entender el trabajo poético; mientras que los poetas del Renacimiento parecen empeñados en un discurso estrófico y lírico en el que todo fluya, Góngora incorpora elementos de montaje dirigidos a la destrucción del ritmo “natural” de lectura, buscando “que la secuencia –que es el fundamento mismo de la narración– funcione activamente contra la narración”[14].

Profundizando en estas cuestiones, distinguiremos que hay dos tipos de “encabalgamiento” cinematográfico. Uno es el sonoro o audiovisual, también conocido como overlapping. Según Luis Fernando Morales Morante y Lluís Mas Manchón, “el overlapping o encabalgamiento, entendido como un procedimiento de adelantamiento de la información sonora respecto de la información visual, se utiliza principalmente con dos objetivos; uno narrativo: dotar de fluidez al empalme de dos acciones con contenido diferente y favorecer el seguimiento de la historia, y otro expresivo: crear un choque perceptivo que active la atención del espectador por el contraste entre dos segmentos expuestos de manera consecutiva”[15]. Este, por la aparición de lo sonoro en la ecuación, es especialmente adecuado para ser relacionado con la poesía de Góngora, donde también el “choque perceptivo”, reforzado por los hipérbaton, es parte de la estrategia compositiva del cordobés. Citamos ahora de otro poema gongorino: “cuantas –del uno ya y del otro cuello / cadenas- la concordia engarza rosas”, donde el grado de ruptura es aún mayor que cualquiera que pueda verse en “Mal haya el que en señores idolatra”. Con esto no damos por buenas, según nuestra costumbre, las tesis que apuntan a que el encabalgamiento sería “la transgresión” de una “norma”[16], en términos formalistas a los que cada vez tenemos más alergia. Es simplemente un juego de lenguaje, una técnica, puesta al servicio de unos fines –radicales– concretos.

Hay otra forma de encabalgamiento cinematográfico, puramente visual. En su análisis de la película de Coppola Apocalypse Now (1979), Lorena Romero Domínguez, Francisco Javier Márquez Sánchez y Óscar Murillo Huertas lo describen: “Coppola utiliza abundantemente a lo largo de toda la película el fundido encadenado, produciéndose sobreimpresiones (la del rostro de Willard y las escenas de guerra, o con el ventilador) que por su excesiva duración, llegan incluso a convertirse en imágenes independientes. Podríamos decir que se convierten en encabalgamientos. Su mantenimiento en pantalla nos permite observar dos realidades bien distintas. Aparece también en la primera parte un fundido de cierre a negro, con el oscurecimiento de las pesadillas del capitán y la aparición en la siguiente escena de los soldados que llegan a su habitación”[17]. Podemos ver un ejemplo de esa sobreimpresión en la escena de apertura del filme en su versión redux, donde además se advierte con facilidad un ejemplo claro de overlapping en el sonido de los helicópteros, que se oye antes de que aparezcan en pantalla:



http://www.youtube.com/watch?v=aQasoZLNHuQ

http://www.youtube.com/watch?v=aRVJJmb1ayY

.

Conclusiones

Hace algún tiempo comparamos en este blog la poesía de Góngora con el hiperrealismo de la imagen digital en 3D. Lo cierto es que cualquier descubrimiento o adelanto en formas de inmersión pangeica del espectador en un discurso narrativo me trae a la cabeza inmediatamente la poesía de Góngora. Tal es su potencia plástica a la hora de recrear la realidad, como ha visto Pedro Ruiz Pérez: “a través de sus ‘pasos’ los ‘versos’ del poeta reconstruyen esa imagen, es decir, reordenan el mundo a través de una mirada nueva y la sintaxis poética que le da forma, convirtiendo las Soledades (escritura, fábula y lectura) en una experiencia iniciática y renovadora”[18]. Góngora consiguió un modo de escribir en el que la reprodución recreada de lo visto tiene un lugar central. Recordemos que Góngora es el más barroco de los barrocos, y que el Barroco hispánico tiene una característica de régimen escópico que une la poesía de Góngora con ciertas líneas de fuga de nuestra contemporaneidad. Lo explica, con su habitual agudeza, Fernando R. de la Flor: “Aquí, en este espacio temporal que hemos acotado, acaso sea posible encontrar ‘otra’ genealogía de nuestra propia situación y tiempo, caracterizado por la implementación en él de la tecnoficción y de los mundos de construcción virtual. La adscripción ‘neobarroca’ que han recibido ciertos fenómenos de la ultramodernidad tiránicamente espectacularizada (lo que quiere decir: elaborada en muchos de sus campos según códigos visuales), tendría su confirmación al encontrar en aquel Barroco los principios para una liberación (que ha resultado ser progresiva, histórica) con respecto a la referencia al mundo real. En definitiva, aquel momento que estudiamos se presenta como el origen arqueológico de lo que ahora ha podido denominarse ‘sociedad del simulacro’”[19]. Ahora situemos la palabra técnica en el centro del asunto, y reparemos en que las mismas técnicas de desplazamiento, ruptura y choque de sentido, enlace visual y descuadre subjetivo, son utilizadas por la poesía gongorina y por Francis Ford Coppola. Cambian los modos formales del discurso, pero permítannos incluso aquí disparatar al respecto: ¿acaso no es Apocalypse Now una “epístola moral” al pueblo estadounidense por la Guerra de Vietnam? ¿Acaso no son algunos poemas de Góngora, sobre todo las Soledades y el Polifemo, auténticas películas mentales narradas con una técnica ecfrástica sublime? ¿No son ambas artes la síntesis visual, o mejor audiovisual, de una técnica en grado de excelencia puesta al servicio de una recreación virtual, tecnoficticia, de la realidad entendida como el resultado de una producción simbólica de sentido?

A menos yo, más mundo. He aquí una estética que acaba siendo una ética valiosa para el arte del siglo 21, quiero decir del XVII.

.

.

Notas


[1] Á. L. Luján, “Mal haya el que en señores idolatra. Las formas de la poesía y el poder”, en Martín Muelas Herraiz y Juan José Gómez Brihuega (coor.), Leer y entender la poesía: poesía y poder; Ediciones de la Universidad Castilla La Mancha, Cuenca, 2005, p. 55.

[2] J. Canavaggio, Historia de la literatura española: el siglo XVII; Ariel, Barcelona, 1995, p. 149.

[3] L. Dolfi, “Luis de Góngora: de la realidad a la ficción dramática”, en Christophe Couderc, Benoît Pellistrandi y Jean Canavaggio (eds.), Por discreto y por amigo: mélanges offerts à Jean Canavaggio; Casa Velázquez, Madrid, 2005, p. 236.

[4] M. Blanco, “La ‘honesta oscuridad’ en la poesía erótica”, Criticón nº 101, 2007, p. 200.

[5] Antonio Rey, “Cervantes y Góngora. Primer acercamiento: Poética barroca y modernidad literaria”, en Joaquín Roses (ed.), Góngora Hoy VI. Góngora y sus contemporáneos: de Cervantes a Quevedo; Diputación de Córdoba, Colección de Estudios Gongorinos, Córdoba, 2004, pp. 54-55.

[6] A. Carreira, “Introducción” a L. De Góngora, Obras completas, I: Biblioteca Castro, Madrid, 2000, p. XVI.

[7] Á. L. Luján, op. cit., p. 57.

[8] A. Sánchez Robayna, “La epístola moral en el Siglo de Oro”, en Begoña López Bueno (ed.), La epístola: V Encuentro Internacional sobre Poesía del Siglo de Oro; (Universidades de Sevilla y Córdoba, 23 - 26 de noviembre de 1998), Universidad de Sevilla, Servicio de Publicaciones, Sevilla, 2000, p. 138.

[9] G. Diego, La estela de Góngora; Universidad de Cantabria, Santander, 2003, p. 117.

[10] P. Ruiz Pérez, El siglo del arte nuevo (1598-1691); vol. 3 de la Historia de la literatura española coordinada por J.-C. Mainer, Crítica, Barcelona, 2010, p. 228.

[11] F. R. de la Flor, Imago. La cultura visual y figurativa del Barroco; Abada, Madrid, 2009, p. 53.

[12] S. Eisenstein, El sentido del cine; Siglo XXI, Buenos Aires, 1990, p. 14.

[13] Tania Pellegrini, La imagen y la letra. Aspectos de la ficción brasileña contemporánea; Fondo de Cultura Económica, México D.F. 2004, p. 44.

[14] Daniel Essig García, Imagen más imagen más. El discurso de la violencia: montaje y violencia; Abada, Madrid, 2008, p. 95.

[15] Luis Fernando Morales Morante y Lluís Mas Manchón, “Estructura semántica e impresión emocional del overlapping o encabalgamiento con función expresiva”, Zer. Revista de Estudios de Comunicación, vol. 14, nº 27, 2009, p. 128.

[16] Pablo Alarcón Castañer, “Evolución de la transgresión de la pausa verbal en la poesía española. Verificación estadística”, Cauce. Revista de filología y su didáctica, nº 16, 1993, p. 145.

[17] Lorena Romero Domínguez, Francisco Javier Márquez Sánchez y Óscar Murillo Huertas, “Análisis de Apocalypse Now”, Frame. Revista de Cine de la Biblioteca de la Facultad de Comunicación, nº 1, Universidad de Sevilla, 2007, en http://fama2.us.es/fco/frame/new_portal/textos/apocalypsenow.pdf.

[18] P. Ruiz Pérez, op. cit., p. 235.

[19] F. R. de la Flor, Imago. La cultura visual y figurativa del Barroco; op. cit., p. 33.