Mostrando entradas con la etiqueta Diarios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Diarios. Mostrar todas las entradas

sábado, 25 de junio de 2022

El diario desde Giordano


Alberto Giordano, El tiempo de la convalecencia. Fragmentos de un diario en Facebook. Barcelona: Kriller71.

Alberto Giordano, El tiempo de la improvisación. Avinyonet del Penedès: Candaya, 2022.

 

El diario desde Giordano

Algunos libros relevantes nos obligan a repensar y cuestionarnos cómo dialogar con ellos, de qué manera establecer el debate, cómo forjar una escritura especial, vertebrada al caso, que propicie el encuentro. Al principio pensé en darle a esta entrada la forma de un diario de lectura, pero dos razones me convencieron de abandonar la idea: la primera, que la metalectura de una metalectura es acaso un rizo gratuito; la segunda, que ya lo había hecho antes.

*

Este texto no tiene por objeto comentar los detalles ni los motivos, el fechado o el argumento de los dos libros de diarios publicados en España del escritor y crítico argentino Alberto Giordano; precisamente el esclarecimiento del primer término —la consideración del autor sobre si es escritor, o cómo lo sería—, es parte del proceso intelectual recorrido, que diríamos que se abre en El tiempo de la convalecencia y se resuelve en El tiempo de la improvisación. El término “convalecencia” es clave para entender por qué nace, tras una depresión de Giordano, el impulso de escribir un diario en la red social Facebook. La lectura del primer volumen me ha recordado esto de Rosa Martínez: “Alguien tan reconocido como Matisse empezó a pintar durante un largo período de convalecencia y durante toda su vida prestó sus cuadros a amigos enfermos para que la visión de sus formas sensuales y placenteras calmara sus angustias”[1]. Tampoco vamos a entrar en el tema de la escritura como terapia, ni en el mucho más jugoso de si la terapia es una escritura. Entonces, ¿de qué vamos a hablar, y por qué durante tanta extensión?

*

Pues vamos a problematizar el diario como género literario desde los diarios de Giordano, porque su archi-autoconciencia de practicante de la “escritura del yo”, dentro del presente “giro autobiográfico” (término inventado, o acuñado, por el propio Giordano), nos permite una atalaya privilegiada para atisbar algunas ideas sobre el género, al que he sido aficionado episódico por motivos profesionales —para extraer, digámoslo claro, de la escritura menor de los grandes autores pistas relevantes acerca de sus obras mayores—. Una precisión: si todos los diarios que uno ha leído fueran como los de Giordano, uno hubiera sido adicto al género. Pero la brillantez constante, salvo algunos casos de todos conocidos —Rilke, Gide, Virginia Woolf, Jules Renard, Julio Ramón Ribeyro, etc.—, es una rarísima excepción dentro de un mar de inanidad circunstancial. Siempre he pensado que la grandeza de la microescritura se refugia más bien en el dietario, género “más proclive al ensayo de estirpe fragmentaria y la divagación dispersa” (Jordi Gracia[2]) que los escritores sólo practican cuando se sienten inspirados —Valéry, Cioran, Quignard, Martín Gaite, Ramón Andrés, etc. —, y no viene lastrado por esa costumbre obligatoria, algo mecánica en la mayoría de las ocasiones, del diario.


Esto es algo que pasa con las escrituras del yo, si empiezas no sabes dónde acabas: el párrafo anterior lo comencé hablando de Giordano y lo he terminado hablando de mí. Intentemos corregir el tiro: les decía que la archiconsciencia de Giordano nos permite abordar el género porque, como él mismo dice (El tiempo de la convalecencia, p. 67), “la auténtica teoría de las escrituras de sí mismo es su práctica, reflexiva e irónica”. Así que lo que van a leer ustedes es una especie de metaescritura del yo, pero el yo no va a ser el mío, o casi nunca lo será, sino el de Giordano, a quien se lo tomo prestado por unas páginas. ¿Recuerdan aquel memorable caso, comentado por Andrea Valdés en Distraídos venceremos. Usos y derivas de la escritura autobiográfica (Jekyll & Jill, 2019), del escritor brasileño Carlos Sussekind, quien tomó los diarios inéditos de su padre y los reescribió como propios? Pues haremos algo así, sin el drama humano radicado en aquel alucinante hito de la autoescritura.

 



Al recorrer los apuntes de Giordano, poco a poco van apareciendo personas, algunas para volatilizarse y otras para permanecer. El motivo ya lo expuso Walter J. Ong: “Incluso en un diario personal dirigido a mí mismo, tengo que crear al destinatario. De hecho, el diario requiere, en cierta forma, la invención máxima de la persona que habla y de aquella a la cual se dirige.[3]. Dentro de sus creaciones subjetivas, primero aparece el Giordano normal, que es convenientemente expulsado de los libros, al quedar convocado sólo el Giordano brillante; el ciudadano vino para quedarse en el banquillo y ver jugar a los demás. Luego, aparece el autor consciente de que está escribiendo “sucesivas pérdidas”, bajo la conciencia, cada vez más clara, de que “todo diario es diario del duelo” (El tiempo de la convalecencia, p. 62). Esto, de inmediato, hace surgir al tercer Giordano, el que de verdad mueve esta escritura: el Giordano futuro que, desde una fingida retrospectividad, va eligiendo aquellos momentos del presente del diario que el Giordano diarista considera que son los salvables, los que merecen recuerdo. Una especie de espectro (de la escritura) por venir que vuelve fantasmática la decisión de seleccionar lo diariable, lo anotable.

El acierto literario no depende de que sean esos al final los hechos que derivarán acontecimientos. Imagino que el acierto personal sí, pero esa puntería íntima ya preocupa solo al diarista, no a sus lectores.

Y luego, en última instancia, aparecen todas las personas vivas o muertas —espectros de otro tipo— sobre quienes Giordano escribe, reflexiona, acecha o merodea, que no pocas veces arrojan momentos memorables, por la esquinada inteligencia con que son abordadas: recordemos que Giordano sabe que lo miran.

*

Una de las fortalezas de Giordano es la madura calma con que confirma sus debilidades.

*

“Pienso con frecuencia en la palabra Nada, escrita por Luis XVI en su diario en la fecha que iba a señalar el comienzo de su agonía: 14 de julio. Todos estamos en su caso, no distinguimos el comienzo exacto de nuestra decadencia”; Emil Cioran, Cuadernos.

*


Mientras que los diarios procedentes de la propia cultura nos generan siempre la tentación de tomar una postura —conozco eso y no me gusta, comparto eso, disiento siempre de aquello—, la intimidad individual / sociológica del diario escrito en otros imaginarios —y las latinoamericanas son culturas distintas, también entre ellas— produce la sensación de asomarse a costumbres, posibilidades o miradas que no pueden compartirse ni rechazarse, que no mueven a tomar partido o sentir familiaridad. Esto, lejos de ser un problema, conlleva una enorme riqueza: quien lee adquiere una especie de vida vicaria, como si el yo del diarista fuese el personaje de un videojuego que se vive en primera persona —la de quien escribe el diario—, pero que sucede en un mundo ignoto, cuya realidad se clausura en el momento mismo en el que acontece.

En términos narratológicos, cada entrada de diario íntimo es un vistazo a un mundo posible.

*

Uno de los méritos literarios que estimo más dignos de encomio es el de crear una sensibilidad personal, única, no transmisible ni equiparable a otras, lograda en exclusiva a través del texto. Kafka le preguntaba a Milena si sería posible enamorar mediante la sola escritura; análoga cuestión cabe respecto a la conmovesión, la capacidad universal de conmover.

La sensibilidad extrema y singularísima, de sabio frustrado, que logra Giordano, en ocasiones descarnada y a ratos de una ternura radical que no molesta —porque no es cursi, ni estratégica, ni bobalicona—, me parece un hallazgo literario de primer orden. Algo que lo convierte a él, de forma irreversible, en escritor, aunque él quiera arribar a la postautonomía y vindicar la persona real (improvisación, p. 99). Demasiado tarde, profesor: ya pasó de estudioso a estudiado, y ese paso no puede deshacerse, no depende de la voluntad autorial. Es el riesgo de publicar libros: se corre el peligro de devenir escritor, aunque suceda muy pocas veces.

Esa hiperestesia de Giordano es ya parte de mi propio bagaje emocional. Quiero decir que en mi futuro aguardan momentos Giordano que reconoceré cuando los alcance. Y tendré que volver a estos textos, al yo de Giordano, para entender el mío.

*

“En su diario lo ha contado de otra manera. No puede contar la verdad, tan deshonrosa. Esta vez no escoge las palabras con cuidado, ni si esfuerza en mejorar su letra, como hace normalmente. Escribe rápido, con precipitación, sintiéndose aliviada según rellena la hoja, pero muy mal cuando acaba y relee lo escrito. Las frases son contradictorias, están llenas de mentiras que son como aristas, de tanto como pinchan.”; Sara Mesa, Cara de pan; Anagrama, 2018, p. 103.

*

Giordano es a veces severo en sus juicios, casi siempre crítico, puntilloso y en alguna ocasión, implacable. Pero lo que despierta inmediatamente mi simpatía es que jamás es mezquino.

*

Porque, a fuerza de retratarse, la persona que sostiene un diario acaba, afortunada o desgraciadamente, por aparecer.

“Dicho con otras palabras, el novelista arriesga su prestigio artístico, el autobiógrafo, además, su crédito como hombre.”; Manuel Alberca, La máscara o la vida. De la autoficción a la antificción; Pálido Fuego, 2017, p. 237.

Iñaki Uriarte, o más bien su personaje, no me cayó nada bien cuando leí sus exitosos Diarios 1999-2010 seguidos de un epílogo (Pepitas de Calabaza, 2019). Se supone que ese no debe ser el objetivo de un libro, caer bien o mal al lector; pero cualquier diario, pese a sus considerables dosis de ficción, entra voluntaria y fatalmente en ese juego. Me sucede con Uriarte como a Giordano con Piglia: algo chirría, algo me escama. No puede negarse que en los diarios de Uriarte abundan los momentos interesantes. Frases y párrafos ingeniosos, perlas brillantes, citables sin dificultad, que compensan en parte el largo esfuerzo de lectura, pero. Pero. Uno se pregunta si esa inteligencia no hubiera corrido mejor suerte en otro género —por ejemplo, el ensayo— donde la posible antipatía ante el posibilismo del autor y sus estudiadas poses no se erigiera como inexpugnable farallón de resistencia.

El Tomás Sánchez Santiago que aparece en El murmullo del mundo (Trea, 2019), por el contrario, me agradó en extremo; he ahí alguien de quien uno podría ser amigo —hablo del personaje, al autor no lo conozco; y así está bien, me ahorro la posibilidad de la decepción—. Leí y leí páginas y notas de sus diarios, y más páginas y más notas, hasta que llegó un momento en que dejé de leer, porque ya tenía suficiente: ya había entrado en su mundo, al que vuelvo de cuando en cuando en las entradas nuevas de Los cuadernos pálidos que va publicando Sánchez Santiago en El Cuaderno. Por suerte, los diarios no son objeto de mi trabajo académico; eso me permite espigar, no completar, picotear aquí y allá sin culpa. El estilo de Sánchez Santiago es demorado, reflexivo; el ingenio es controlado por una tendencia natural de su autor a huir de lo superficial y anclarse en otro espacio sólo aparentemente menor, ese murmullo intrahistórico al que apela en el título de su recopilación.

*

Otra ventaja de los diarios de Giordano es la contención: tienen un tamaño justo, asimilable.

Con los diarios extensos llega —o me llega— un momento en que sucede aquello que apuntaba Savater respecto a La montaña mágica: sí, el guiso es estupendo, y el primer día paladeas tres platos de lentejas; al día siguiente tienes por delante más estupendas raciones de lentejas, que saben igual que ayer —ese es para mí el problema de los diarios, su homogeneidad estilística, la ausencia de sorpresa, sus escasísimas variaciones de forma—, y sabes que mañana te esperan otros dos o tres platos rebosantes, y, al cuarto día más lentejas…

No niego que el problema esté en mí, que sufra una especie de urticaria ante lo autobiográfico extenso. Lo siento, pido disculpas universales. Quizá por ello digiera mejor los tomos cortos, como Envejece un perro tras los cristales, de Horacio Castellanos Moya (Literatura Random House, 2019), o las selecciones breves de diarios que publica José de Olañeta Editor, donde la literariedad consustancial a los diarios (Álvaro Luque[4]) se muestra en su máximo esplendor. En mi personal y me temo que muy solitaria opinión, los diarios íntimos ganan cuando se publican en una exigente selección, antologados por personas distintas de sus autores.

Quizá un diario íntimo es como la vida: sólo merece la pena pasar el trago de aguantarla por entero para vivir los momentos interesantes si eres el protagonista.

*

Leer a Giordano despierta una elucubración con posible fundamento: uno de los problemas de la crítica cultural es la interrupción constante del análisis a causa de la amistad o la camaradería. De lo que resulta que el crítico ideal es una persona formada y brillante carente de amigos, conocidos o enemigos en el campo literario. Tiendo a pensar que tal espécimen no existe, porque el extraneus, con su primera reseña, ya gana un amigo o un enemigo, y ustedes deben conformarse con los escombros; es decir, con nosotros.

*

“Un periodista italiano [...] de visita en París, a mediados de los años cincuenta, tenía la intención de entrevistar al famoso novelista, pero no pudo hacerlo. [...] Al fin una confidencia de uno de los íntimos le dio la clave de tantas reticencias: Julien Green era ‘un esclavo de su Diario’. Es decir: no quería verlo porque después tendría que relatar el encuentro en su Diario, y ése un trabajo por el cual, a diferencia de su interlocutor, nadie le pagaría. En su afán de sinceridad de sinceridad, y de no dejar nada fuera del registro escrito, Green había llegado al punto de cuidarse de tener experiencias nuevas si no estaba seguro de antemano de que no iba a tener problemas para escribir sobre ellas”; César Aira, Las tres fechas; Beatriz Viterbo Editora, Rosario, 2001, pp. 80-81.

*

Lo único imperdonable de El tiempo de la improvisación es que Giordano confiese en cierto apunte que le encanta una canción de La oreja de van Gogh.

Hasta ahí podíamos llegar.

*

Supongo que alguno de los muchos estudiosos del diario habrá apreciado lo que podríamos denominar la ley de rendimientos crecientes del género. No he leído miles de diarios, pero me ha parecido apreciar que los diaristas dan sus primeros pasos en el camino de forma sintética, espigando lo mejor, y luego sus pequeños volúmenes van engordando el número de páginas, sobre todo cuando ya tienen claro que van a publicarse en libro. El tiempo de la convalecencia tiene 134 páginas, y El tiempo de la improvisación, pese a abarcar apenas seis meses más de cronología vital, llega hasta las 332.

Las causas de esta ontología crecientemente desatada se me escapan, por no ser especialista, pero imagino que una de las claves puede ser el autoposado. Saco la expresión de una anécdota que alguien me contó de los diarios de Trapiello. Según mi interlocutor, que supongo veraz, Trapiello malignamente retrataba a un por entonces joven poeta español que intentaba ser ingenioso a toda costa en su presencia; Trapiello sugería que el vate estaba posando para su diario, para salir favorecido en él.

De acuerdo, pero también sería necesario hablar del diarista que posa para sus propios diarios, que deja de vivir en primera persona para desarrollar una existencia adecuada para aparecer favorecedoramente en su diario, aunque no carezca de autocrítica. De hecho, si de cuando en cuando no se perpetrara autolesiones, ¿cómo podría un diario ser favorable?

Pensar en la performance continua del diarista, su permanente acción (acción de acciones) artística, materializada en la documentación posterior de la vida literaria. El diario como catálogo de una exposición, de la autoexposición.

*

Poses.

1) “Y ¡ojo con caer en el diario! El hombre que da en llevar un diario -como Amiel- se hace el hombre del diario, vive para él. Ya no apunta en su diario lo que a diario piensa, sino que lo piensa para apuntarlo.”; Miguel de Unamuno, Cómo se hace una novela; ed. Teresa Gómez Trueba, Cátedra, 2009, p. 185.

2) Mariano Peyrou:

 

-Yo no puedo librarme de la sensación de estar posando.

-¿Cómo posando?

-El otro día encontré mi diario de cuando tenía quince años. Estaba en el trastero, buscando otra cosa, y apareció ahí. En realidad son varios, cuatro o cinco. Luego lo estuve leyendo y me pareció terrible.

-¿Por?

-No sé, es totalmente falso. Es eso de la pose que te decía. [...] No sé cómo explicarlo, Pola, pero sé que nunca he posado tanto como en mi diario. Y mira que he posado. Y posar en un diario, en el diario íntimo, es especialmente patético.[5]

3) “Pienso que éste es el peligro de llevar un diario: se exagera todo, uno está al acecho, forzando continuamente la verdad.”; Jean-Paul Sartre, La náusea; traducción de Aurora Bernárdez, Unidad Editorial, 1999, p. 15.

*

El 18 de junio publico esto en Twitter, directamente sacado de la página 74 de El tiempo de la convalecencia:

 


Pero ahora, en El tiempo de la improvisación me encuentro lo siguiente: "releyendo los Diarios de Ángel Rama, encontré citada esta máxima de Carlos Real de Azúa: 'La crítica también es el arte de saber cambiar de tema’" (p. 188). ¿Rama? ¿José Pedro Díaz? ¿Carlos Real de Azúa?

Empiezo a pensar que la frase es del propio Giordano, que en cada nuevo texto se la va atribuyendo azarosamente a un autor distinto.

*

El frecuente y agudo sentido del humor de Giordano me recuerda aquello que escribió Piglia: “El diario, sin duda, es un género cómico” (Crítica y ficción; Anagrama, 2001, p. 91). Pero su género, quizá el de toda expansión intimista, es más bien la tragicomedia. Y ese es su más claro y directo anclaje con la experiencia vital.

*

Giordano me escribió diciéndome que tenía interés en que leyese El tiempo de la improvisación. Supuse que era por mi condición de crítico. Sin embargo, leyendo algunos pasajes, me surgió una intuición oscura: “¿Y si Giordano quiere que lo lea para que aprenda? Ignoro si esa era la razón, pero lo cierto es que he aprendido.

*


Quienes escriben dan a sus herramientas de publicación funciones muy distintas. Mientras Giordano es consciente de practicar en Facebook primero y sus libros después el “intimismo espectacular” (improvisación, p. 64), en la línea de la extimidad de Foucault y Paula Sibilia, Tomás Sánchez Santiago utiliza la web de El Cuaderno para irradiar un diarismo a la antigua usanza, por completo autista frente a su condición de work in progress cibernética realizada en tiempo real ante un indeterminado número de personas. El tratamiento de alguna de sus esquirlas no es muy distinto del que reciben sus poemas editados en libro.

Giordano sabe que “El diario íntimo constituye la quintaesencia de la literatura autobiográfica, su manifestación más genuina y consustancial, aquella que permite —por la inmediatez de la escritura— una mayor espontaneidad en la exteriorización del yo” (Anna Caballé[6]), y que, por lo tanto, es normal en él una calculada ligereza, nunca superficial ni despojada.

Sánchez Santiago escribe su diario como si cada anotación fuera a esculpirse en piedra; hasta su relato de sucesos cotidianos o encuentros casuales se encarna en un estilo inmemorial. No se busca la comunicación, como apuntaba Hans Rudolf Picard, sino la literatura de antes, una especie de clasicidad.

Giordano utiliza un presente que mira hacia el futuro, en un estiramiento anacrónico que se explicita a veces, como cuando piensa en su hija leyendo El tiempo de la convalecencia cuando él ya no viva. Sus posts en Facebook saben que acabarán en libro, y esos libros en relecturas, movidas por el afecto personal o el rigor académico.

Sánchez Santiago, en cambio, nos escribe siempre desde un presente que sucedió en el pasado.

*

Gracias a Giordano descubro una dimensión del diario en la que no había reparado: la de la escritura íntima como “cuidado de sí” (improvisación, p. 155), expresado por Rodolfo Rabanal de este modo: “escribo para mi bien” (citado en convalecencia, 111). Luego, en mis notas de lectura, descubro que María Moreno ya nos lo había contado en su momento: “Las autobiografías, según Alberto Giordano, son ‘ejercicios espirituales laicos y cuidado de sí bajo la forma autobiografía’”[7]. El ordenador como suplemento de la memoria.

Es decir, con palabras de Jacques Derrida, el diario puede ser parte de un movimiento inmunitario, un movimiento de salvación, de salvamento y de redención”[8], que corre el riesgo de volverse auto-inmunitario. Pero qué duda cabe de que, mantenido dentro de unos límites, su ejercicio debe ayudar, y a Giordano parece haberle ayudado.

*

Otra de las felicidades de Giordano es su habilidad para acuñar sentencias fulminantes en el núcleo de párrafos digresivos: “Cuando la alientan mandatos superyoicos, la crueldad de la imaginación se vuelve exuberante” (improvisación, p. 189).

A ratos pienso que la puntual dureza de Giordano puede ser un mecanismo para esconder su radical necesidad de sentirse necesitado —esto se advierte en pequeños detalles reveladores, como cuando atesora una reseña de El tiempo de la convalecencia porque el reseñista la define como “querible”—. No sé si detrás de un crítico se agazapa una persona vulnerable, que lucha por no parecerlo analizando con fiereza las capas de mentira discursiva de las demás.

*

Supongo que alguien habrá formulado la analogía con anterioridad, pero el diario íntimo puede ser una variante de aquellos antiguos palacios de la memoria que compartimentaban un edificio imaginario para rememorar mejor un discurso, una suma de conocimientos o un relato de hechos. También, como allí, sucede la asociación entre el concepto y el cuerpo, porque el texto siempre es un exocuerpo, una prolongación de la sensibilidad por otros medios. Al modo de las antiguas técnicas mnemotécnicas descritas por Frances A. Yates, el diario no es una forma de olvidar sistemáticamente, sino de saber dónde se puede ir a buscar algo más o menos real que debió de suceder en el pasado, si es que uno necesita reencontrarlo.

*

Cuando me quedaban tres o cuatro páginas para acabar El tiempo de la improvisación interrumpí la lectura. No quería rematarlas. Me defendía de este sentimiento que sabía inminente: el de terminar los diarios de Giordano y acusar la ausencia fulminante de un nuevo amigo que, durante un tiempo cuya duración hay que medir en intensidad y no en días, ha llenado de inteligencia, humor y rabiosa humanidad tus escasos tiempos libres.

Mi analista interior me dice que debo seguir, que ya no necesito a Giordano. Y yo me digo que sí, que acaso será verdad, pero seguir… ¿cómo?

 

 

 [Relación con el autor reseñado: ninguna. Relación con las editoriales: ninguna]



[1] Rosa Martínez, “Buscando otros lugares: el arte como asistencia social”, Archipiélago, 2000, n.º 41.

[2] Jordi Gracia. Hijos de la razón. Contraluces de la libertad en las letras españolas de la democracia; Edhasa, Barcelona, 2001, p. 151.

[3] Walter J. Ong, Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra; Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1999, p. 103.

[4] Si se desea tener una introducción teórica al género del diario, es más que recomendable leer este excelente artículo de Álvaro Luque Amo: “El diario personal en la literatura: teoría del diario literario”; Castilla: Estudios de Literatura, 7, 2016, pp. 273-306.

[5] Mariano Peyrou, De los otros; Sexto Piso, Madrid, 2016, pp. 38-39.

[6] Anna Caballé, Narcisos de tinta. Ensayo sobre la literatura autobiográfica en lengua castellana (siglo XIX y XX); Megazul, Málaga, 1995, p. 51.

[7] María Moreno, Subrayados. Leer hasta que la muerte nos separe; Mardulce, Buenos Aires, 2013, p. 33.

[8] Jacques Derrida, El animal que luego estoy  si(gui)endo; Trotta, Madrid, 2000, p. 64.

 

viernes, 28 de octubre de 2016

Extractos de un diario de lecturas y andanzas, 2




04/10/2016
De camino a Córdoba, el vagón se llena por completo de la conversación inane y estentórea de una chica que llama a un chico y le explica lo que tiene que hacer con su nueva novia. Justo en esos momentos leo un pasaje de Cada día es del ladrón de Teju Cole (Acantilado, 2016), en el que explica las dificultades que tenía para concentrarse en Nigeria por los olores y los ruidos.

Pienso si el ruido, proveniente o no de la mala educación, es la peste global del siglo 21.

Llego a Córdoba. Es el homenaje a Eduardo García en el teatro Góngora. Jesús Urceloy me entrega, al terminar el acto, unos poemas inéditos que escribió Eduardo con 24 años, que tenían guardados sus amigos de Madrid. Me enfrento con esos poemas de juventud, en los que ya se aprecia el poeta hondo y vital que vendrá después. Leo: “prefiero al enunciado la sustancia, / al mero verbo la acción / y el ser complejo y entrañable que la anima. / Sostengo que la piel nació para ser acariciada”.

En el tren de vuelta, asombrosamente tranquilo esta vez, estoy tan sobrepasado por las circunstancias que no puedo leer ni concentrarme en nada. Me pongo música y la escucho por los auriculares a todo volumen, dejando fluir los recuerdos. Me suministro mi propia dosis de ruido.


07/10/2016
Me ha gustado mucho el libro de Teju Cole. Leerlo produce esa sensación que tienes al introducir la mano en agua tibia: unas veces te parece fría y otras caliente. Cada día es del ladrón demuestra que no hay libros menores si el escritor tiene talento y se vigila para no desperdiciarlo. Este librito que en apariencia cuenta un viaje a su Nigeria natal, a la que Cole no regresaba desde que la abandonó en la adolescencia, narra en realidad muchas cosas y la mayoría muy interesantes (y muy bien traducidas por Marcelo Cohen), como por ejemplo los nada baladíes problemas éticos inherentes a la mirada postcolonial de un colonizado. El modo vibrante en que el autor de Ciudad abierta describe el linchamiento de un niño y otra situación violenta vivida en su propia carne se quedan tan adheridos a la piel como el olor de gasóleo que flota en el ambiente de Lagos. Es envidiable su capacidad para las imágenes, las comparaciones (“la electricidad vuelve a las cuatro de la mañana […] los ventiladores vuelven a girar como si reanudaran una conversación interrumpida a mitad de una frase”, p. 63), las descripciones y los apuntes de penetración sociológica, y leyéndole da la impresión de que tiene recursos narrativos para cualquier envite. Una obra deliciosa para cualquier lector, y más aún para quienes hemos vivido en África varios años y participamos del asombro y la suspicacia que tan agudamente se acogen en estas páginas.


08/10/2016
Escucho tras las ventanas a un niño gritar de una forma sincopada y aguda, un grito-hipido que me recuerda el canto de un pájaro exótico que oí de niño en un par de zoológicos. El sonido abre en el melón de la memoria y mi mente se puebla de hipopótamos con las fauces abiertas esperando pan seco y sandías, olor a cagada de elefante y chimpacés alterados al ver un cucurucho de cacahuetes en mis manos.

Cuando en aquellos tiempos oía en en los zoos aquel canto de ave, pensaba que parecía un niño extranjero gritando.


13/10/2016
Le dan el Nobel a Dylan. En redes sociales se lía una tangana impresionante respecto a si es o no escritor o a la duda de si, siendo Dylan poeta (yo creo que lo es), lo merece. Todos los opinadores, salvo rarísimas excepciones, parecen tener clarísimo cualquier extremo, y denuestan sin paliativos a quienes piensan de modo contrario. Me quedan dos impresiones de ese falso debate, que es más bien cruce de monólogos airados: la primera, que las personas dedicadas al intelecto prefieren imponer el suyo que pulirlo; la segunda, que, como sabíamos quienes estudiamos de continuo Teoría de la Literatura, hay una definición de literatura por persona. A veces, incluso más de una por persona.


Dentro de los diversos argumentos que he tenido la ocasión de leer a este respecto, me ha llamado la atención uno, bastante extendido, que compara a las canciones de Dylan con la lírica arcaica antigua, especialmente la griega, por sus valores “musicales”, “orales” y “populares”. Creo que podríamos detenernos un poco en esto.


Como a pesar de mi interés por el período -tuve una de mis escasas matrículas de honor universitarias en la asignatura de Filosofía griega- no soy experto en literaturas clásicas, creo que lo prudente sería analizar, a través de los expertos en aquel período, para ver si la poesía griega era tan oral y tan popular. Así que comencemos citando a Erick A. Havelock, para quien la originalidad literaria nace con la cultura escrita y la actitud libresca. En tiempo de los griegos, como recuerda Havelock en su Prefacio a Platón, es “indiscutible (…) que todos los poetas, a partir de Homero, son ya escritores. Pero no menos indiscutible es el hecho de que tales escritores escribían para ser recitados y escuchar. Puede decirse, por tanto, que componían para un público de oyentes. (…) Tenían que moldear sus palabras y frases de modo que resultaran repetibles, que fueran ‘musicales’ (…) Y el contenido tenía que ser tradicional. La osadía inventiva es privilegio de escritores asentados en una cultura de libros[1]. El subrayado de la última frase es mío. Como es lógico, hay que entender por “libros”, referido a aquella época y como recuerdan Luciano Canfora, García Gual, Emilio Lledó o Fernando Báez, las formas impresas de tradición textual (desde las inscripciones a los papiros y rollos). Walter J. Ong recoge y desarrolla estas y otras tesis de Havelock en su conocido y clásico ensayo Oralidad y escritura. Incluso un estudioso de la literatura tan filológico y tradicional como Kurt Spang reconoce que la “oralidad” es sólo uno de los “diez rasgos fundamentales de lo lírico”[2] que él estudia como posibles.

En un sentido similar, escribe Arnold Hauser: “los rapsodas eran con toda probabilidad gentes capaces de escribir, pues aunque en tiempos muy tardíos existían aún recitadores que se sabían su Homero de memoria, la recitación ininterrumpida sin un texto escrito habría provocado con el tiempo la descomposición total de los poemas. Tenemos que imaginarnos a los rapsodas como literatos diestros y prácticos, cuya tarea artística gremial consistía más bien en conservar que en incrementar los poemas recibidos.”[3]. Lo más curioso aparece cuando Hauser detalla algunos extremos del funcionamiento creativo de estos poetas antiguos: “lo cierto es que los rapsodas formaban una clase profesional cerrada, separada de otros grupos, una clase de literatos muy especializados, formados en antiguas tradiciones, que nada tenían que ver con lo que llamamos ‘poesía popular’. La ‘poesía épica popular’ griega es un invento de la filología romántica; los poemas o médicos son cualquier cosa menos poemas populares, y esto no sólo en su forma definitiva, sino incluso en sus comienzos” (pp. 85-86, subrayado mío). Después de exponer las ideas de H. M. Chadwick en The Heroic Age (1912), Hauser añade que “los poemas homéricos sería la continuación inmediata de la poesía cortesana de la época heroica; los aqueos y eolios habrían llevado consigo a pensar su nueva patria no sólo sus cantos heroicos, sino también sus cantores, y éstos habrían trasmitido a los poetas de la épica las canciones que ellos habían cantado antes en las cortes de los príncipes. En consecuencia, el núcleo de la poesía homérica habría estado formado no por romances populares tesalios, sino por canciones alérgicas cortesanas, que no  estaban destinadas a las masas, sino a los oídos exigentes de los entendidos” (p. 86). Jacob Burkhardt apunta en su Historia de la cultura griega, en el mismo sentido, que “es posible que los rapsodas hayan sido los principales transmisores y que hayan frecuentado los palacios de los nobles”[4].

Por tal motivo, denominar “literatura popular” a la poesía griega arcaica parece una temeridad; como sigue diciendo Hauser, “es algo que choca con todas las concepciones románticas de la naturaleza del arte y del artista -concepciones que pertenecen a los fundamentos de la estética del siglo XIX- el que la epopeya homérica, ese inigualado modelo de poesía, no pueda ser considerado ni como la creación de un individuo ni como producto de la poesía popular, sino como poesía artística anónima, obra colectiva de elegantes poetas cortesanos y literatos eruditos, en los cuales los límites entre las aportaciones de las diversas personalidades, escuelas y generaciones son completamente imprecisos” (pp. 86-67). Y, aún más claro: “El cantar heroico se dirigía todavía exclusivamente a los príncipes y a los nobles; sólo se interesaba por ellos, por sus costumbres, normas e ideales. Aunque en la epopeya el mundo no está ya tan estrictamente limitado, sin embargo el hombre común del pueblo carece todavía de nombre y el guerrero vulgar no tiene ninguna importancia. En todo Homero no existe ni un único caso en el que un personaje no noble se eleve por encima de su propia clase” (p. 87). Y durante los siglos siguientes no mejora demasiado la situación: “Todos los espíritus importantes de los siglos V y IV están, con la excepción de los sofistas y de Eurípides” -ningún poeta, por tanto- “al lado de la aristocracia y la reacción. Píndaro, Esquilo, Heráclito, Parménides, Empédocles, Herodoto, Tucídides son aristócratas” (p. 108).

En fin, parece que leyendo a los estudiosos resulta que la llamada “poesía oral popular griega” no parece demasiado oral, ni muy popular. A ver si en realidad va a resultar que era “libresca” (Havelock), antipopular y elitista. Creo que la raíz de esta confusión late en la alegría con la que se utiliza en nuestros días la expresión “literatura popular”. Sobre ese tema, aunque algo hemos avanzado ya en este blog recientemente, ya hablaremos otro día, en otro lugar.



[1] Erick A. Havelock, Prefacio a Platón (1963); Antonio Machado Libros, Madrid, 2002, p. 57, traducción de Ramón Buenaventura.
[2] Kurt Spang, Géneros literarios; Síntesis, Madrid, 2000, pp. 58-61.
[3] A. Hauser, Historia social de la literatura y el arte; vol. II, Debate, Madrid, 1998, p. 85.
[4] Jacob Burkhardt, Historia de la cultura griega; tomo I, RBA, Barcelona, 2005, p. 75.
 


14/10/2016
Leo en el Diario de Carlos Edmundo de Ory una magnífica entrada de 1949 que parece de George Steiner -y, de hecho, anticipa algunas cosas que dice Steiner en Presencias reales-:

Sobre música.

Valiéndose de ciertas humoradas de tipo musical, algunos clavecinistas del XVI se complacían en demostrar que la melodía es infinita trazando un pentagrama circular en el que escribían una melodía. Esta melodía podía empezarse en cualquiera de sus notas, de manera que no terminaba nunca, siguiendo así infinitamente como una melodía que se muerde la cola: canum perpetuo por motus contrario. Es la época de los jeroglíficos musicales, como el elefante de piel blanca y colmillos negros o el de la noche en día. La época de los cangrizantes. Fue cuando la música se hizo una ciencia oculta y dejó de ser arte. el músico Vito Frazzi, autor del Rey Lear, creía firmemente en la existencia de un acorde inicial fijo, absoluto, que no procede de los hombres porque es de origine sobrenatural, o sea transmitido por Dios. Ese acorde son los armónicos que nos da cualquier sonido puro. Cuando a Saint-Saëns le preguntaron: ‘¿Qué nota da esa campana?’, respondió: ‘Muchas’.
La humanidad de la música nace del sentimiento que despierta en los corazones. Este sentimiento es de tristeza. La vida de la música está sensiblemente unida a la vida del dolor. La música y la fiebre, la agonía, la muerte. En vísperas del tránsito, o en las melancolías del amor, el espíritu desea hundirse en un más alto país irracional. En busca de las armonías puras, beatíficas y calmas. Estando para morir, Sócrates sintió que su demonio le repetía: ‘Sócrates, haz música, estudia la música’. La música es triste, sí. Bella y triste. Herodoto cuenta que mientras permaneció en Egipto no oyó más que una canción, y era una canción triste. La melancolía es inherente a la música. Tal cosa lo demuestra también Jessica, en El mercader de Venecia, cuando dice: ‘Nunca estoy alegre al escuchar dulces melodías’. El pobre Nietzsche (que exigía gustos especiales en la música, y gustaba tan distintas músicas) escribió: ‘Yo no sé hacer diferencia entre las lágrimas y la música’.
La poesía me duerme. La música me despierta. No puedo dormir cuando oigo dulces sonidos. Entonces muerto de dolor y siento que vivo. Y siento que he caído en un lugar donde todo lo que existe es hermoso y amoroso, y considero la calma de mi espíritu mecido por esas horribles, digo verdaderas, olas de misteriosos sonidos.”
Carlos Edmundo de Ory, Diario (1944-1956); Barral, Barcelona, 1975, pp. 57-58.

En estos días leo también El álbum de las rejas (2016) de Omar Pimienta (Liliputienses), Incertidumbre (Jekyll&Jill, 2016) de Paco Inclán y La narración como realidad virtual (2004) de Marie-Laure Ryan.


16/10/2016
Termino La fórmula Miralbes (Caballo de Troya, 2016) de Braulio Ortiz Poole, que comencé ayer. Muy interesante, hablaré sobre ella en algún lugar conectándola con Los últimos días de Adelaida García Morales de Elvira Navarro, a la que todavía no he podido hincar el diente. Las dos obras están construidas como documentales falsos sobre escritoras.

Comienzo Mar desterrado (Anagrama, 1988), de Mariano Antolín Rato.




17/10/2016
En el diario de Carlos Edmundo de Ory veo algo que me parece feo: el poeta apunta los elogios que recibe de otros. Por ejemplo, recoge este piropo de Pepe Caballero:

“Me preguntó por ella. Yo le dije:
-¡Me preguntas por Eurídice!
-¿Por qué la llamas así?
-Porque yo soy Orfeo y porque me ha abandonado en el infierno.
-¡Tú estás por encima de Orfeo!
También me dice:
-Has hecho unos poemas estupendos.” (p. 132)

De pronto pienso que cuando retuiteamos algún elogio o lo destacamos, al enlazar las reseñas, en nuestro perfil de Facebook, estamos cometiendo la misma ridiculez narcisista.


18/10/2016
Advierto en bastantes países de Hispanoamérica, desde Guatemala a Argentina pasando por México, una atención al trabajo sobre archivos (Cristina Rivera Garza, Bárbara Göbel, Daniel Noemi Voionmaa, Manuela Garau, etc.). No sólo sobre los archivos públicos, por ejemplo los archivos policíacos de las épocas de represión, sino también sobre archivos privados, contemplados a veces desde una perspectiva política. 

Este es el caso de El álbum de las rejas (2016) de Omar Pimienta, donde el poeta y fotógrafo mexicano hace una lectura de la frontera con Estados Unidos y de la vida de los trabajadores fronterizos a partir de la lectura textovisual del archivo de su familia. El poemario tiene un sentido geopolítico y documental -voluntad visible en el fechado de los nombres reales mencionados en los poemas-, que transforma la experiencia individual del poeta en colectiva y social, en condiciones de ser “apropiada” por el lector, como si la obra fuese una fuerza de trabajo. El álbum de las rejas alcanza más altura, sin embargo y a mi personal juicio, cuando la ideología cede a la mirada íntima y nostálgica de Pimienta:

de esos días recuerdo bien unos soldaditos
americanos hechos en china que perdí
en uma montaña de arena junto a la parra
el pelotón entero sucumió ante una avalancha

con esa arena mezclaron el cemento
que convirtió mi patio en una explanada
si ahora lo pienso un poco más      aunque no quiero
cada vez que visito a don Marcos
camino sobre los restos arqueológicos de mi infancia.


18/10/2016
Me pregunto si la cultura de estos tiempos no es demasiado documental. Me gusta la no-ficción, pero añoro una mayor presencia de imaginación desatada.


19/10/2016
Tengo un coloquio con José Manuel Benítez Ariza, titulado “Escritura íntimo-pública en Internet: de la sociabilidad en red a las redes sociales”. Como nuestra anfitriona es la Fundación Carlos Edmundo de Ory, comento más o menos esto:

Aunque en varios lugares de su Diario Carlos Edmundo de Ory expresa su “naturalidad” a la hora de escribirlo, lo anotado por él en varias jornadas de escritura y el prólogo nos advierten de que era un gran lector de diarios, e incluso lleva a establecer clasificaciones de diarios íntimos. Pocas pruebas más necesitamos para saber que no hay naturalidad ninguna en su escritura diarística y que es plenamente consciente de que escribe para un lector ajeno, esto es, de que “posa” para su diario, como casi todos los diaristas.

Respecto al parecido entre lo que él hace y el uso de las redes sociales en nuestros días, en su Diario habla Carlos Edmundo de lo que lee, de lo que oye, de lo que hace. Por ese motivo, su comportamiento es muy parecido al nuestro en las redes sociales. Como nosotros, él se hace selfies ekfrásticos -escritos y descriptivos- con Cirlot, con Nieva, con Chicharro, con Gregorio Prieto, etcétera. Se retrata con ellos y lo fecha. Igual que nosotros en Facebook o Instagram. Cuando le gusta algo, lo fotografía y lo “cuelga” en el timeline de su diario, sólo que lo fotografía con palabras, en vez de con cámara digital. Muchas de sus entradas tienen la longitud de un estado de Facebook o Google +, y algunas anotaciones tienen la extensión de un tuit: “El estilo es el alma”[1], apunta el 5 de abril de 1949.

Como decíamos antes, Carlos Edmundo sabe que va a ser leído, escribe para lectores, no sólo para sí. Que diga que escribe para sí en el prólogo -esto es, en un texto específicamente pensado para anteceder a otro en un libro por imprimir- es más que revelador. Incluso en algún lugar del diario (el 28 de noviembre de 1949) lo reconoce: “todas las frases están pensadas para que sean leídas mañana” (p. 57). La única diferencia entre estos diarios y un perfil de red social es la dilación, el aplazamiento, el tiempo transcurrido entre la publicación y la lectura, el hecho de que la escritura no sea en “directo”. Lo demás, esto es, el ansia de comunicar, la instantaneidad, la contextualización social y amical, el gusto de compartir lecturas y gustos, la sentimentalidad algo exhibicionista, es idéntico.

Como ha escrito Charles Simic en sus memorias,

Los poetas todavía tienen mucho de diarista puritano. Como sus antepasados, introducen observaciones sobre el estado de su vida interior en entradas de su diario que hablan del clima. El problema de la identidad siempre está presente, al igual que la persistente sospecha de que la existencia carece de sentido. La premisa de trabajo, sin embargo, es que cada individuo es representativo hasta en sus preocupaciones más íntimas, que el ‘problema estético’, como ha dicho John Ashbery, es un ‘microcosmos de todos los problemas humanos’, que el poema es el lugar donde el ‘Yo’ del poeta, por cortesía de una alquimia visionaria, se convierte en el espejo de todos nosotros.[2]

Se puede conectar esto con lo que dice Carlos Edmundo en diciembre de 1949, cuando apunta: “No es ése un Diario que siga el ejemplo del de los Goncourt. Éste es el diario que refleja un espejo: el espejo de mis espejos” (p. 59). O con lo que escribe el 14 de octubre de 1950, cuando escribe: “De la misma manera que mi frase nocturna ‘Todo es sufrimiento’ nació como nudo de un poema…, del propio sufrimiento, el sujeto debe ser considerado como ‘materia artística’” (p. 76). En efecto, el diario es una especie de autopsia diaria del propio cuerpo considerado como materia analizable, como cobaya donde se van explorando las huellas y rastros que deja la vida. El diarista, como un forense, deduce las causas de las agresiones examinando los hematomas dejados en la piel (propia). El diarista convierte al yo en un experimento, en un laboratorio, durante años. “Estoy notando que yo soy el elemento principal de mi creación. Creo sobre mí mismo. Mi inspiración sale de mi ser y no de ninguna fuente extraña (…) Soy aquello que no puedo negar: un experimentador” (p. 83). Y ese es otro punto de contacto con nuestro uso de Internet en la actualidad, todo gira alrededor de la burbuja de nuestras preocupaciones, sometiéndonos a un experimento de comunicación continua del yo.

Veamos otro parecido entre el Diario de Ory y nuestro comportamiento digital. Hay un momento (pp. 59-60) en que Carlos Edmundo describe una fiesta poética en casa de unos diplomáticos, a la que ha sido invitado junto con otros vates. Carlos Edmundo se queda algo alejado, en otra habitación, “voluntariamente retirado del parlamentario Parnaso”, departiendo con un joven sobre pintura. Cuando finalmente le reclaman para participar leyendo sus propios poemas, Carlos Edmundo adopta un papel discordante y, tras tomar un libro de poesía de uno de los anaqueles, recita la obra de otro. Esta escena podemos traspasar términos cibernéticos; Carlos Edmundo estaba en un canal de mensajes privados de Facebook con un artista, ajeno a la conversación general, y cuando es etiquetado decide no dar su propia opinión, no dar su propia obra, sino que hace una foto a un poema que le gusta y lo cuelga en su muro.


20/10/2016
En Cáceres, dentro del encuentro “Transversales”, que me ha permitido conocer al poeta uruguayo Eduardo Espina, hago un elogio de la dificultad narrativa, presentándola como una forma de resistencia de la literatura ante estos tiempos donde todo tiene que ser fácil, mascado, espectacular y de rápido consumo. Partiendo de los experimentalistas de los 70 (Ríos, Cela, Torrente Ballester, Goytisolo, Miguel Espinosa) llego a lo que denomino la “escuela de la última dificultad”, donde incluyo Un acontecimiento excesivo de Javier Avilés, Menos joven de Rubén Martín Giráldez y La herida se mueve de Luis Rodríguez, tres de los libros más literarios y más sugestivamente difíciles que ha dado la narrativa española última.

En el mismo encuentro, Eduardo Espina se pregunta, en una magnífica charla sobre ensayo literario, si sus pensamientos piensan lo mismo que él.



[1] Carlos Edmundo de Ory, Diario (1944-1956); Barral, Barcelona, 1975, p. 52.
[2] Charles Simic, Una mosca en la sopa. Memorias; Vaso Roto, Madrid, 2010, p. 215.