Tengo pendientes de lectura -entre otros, muchos otros-, tres libros de poemas, de tres mujeres. Por lo común, antes de leer, siempre hojeo u ojeo, que de ambas formas puede decirse. Al echar ese vistazo, he visto esto en común, es curioso.
1.
Gaia Danese:
Desde que mis dedos
se han cruzado con los tuyos
el tiempo se curva
en abrazos
que, como círculos concéntricos,
con leves movimientos ondulantes,
se acercan a lo eterno.
Gaia Danese, Las extremidades frágiles, Juan de Mairena, Lucena, 2007.
2.
Concha García:
CÍRCULO
Cuando llegas, la recuerdas.
Sí, sabes por qué. El gesto de la solitaria
es tenaz y aprieta el contestador automático.
Cuando llegas, bebes
incendias de humo el habitáculo
con ventanas, y no quieres cenar
porque un plato sería la catástrofe.
Ella está allí, en las patatas
en la cebolla macerada en vinagre
durante cuatro días. Y te giras
hacia el televisor. La cortina, el mundo
no es ningún misterio, es tan simple
encontrarla luego en tu pijama
o pegada a un montón de facturas
que ojeas sin interés. Luego buscas
un lleno total. Algo eclipsante,
terrible, oneroso.
Concha García, Si yo fuera otra; Diputación de Málaga, Colección Puerta del Mar, 2005
3.
Chantal Maillard:
EL CÍRCULO
Trazar un cero en la nada.
Indefinidamente.
Trazar la nada en un círculo.
Apresada en el círculo trazando
nada. Ocuparse en el
círculo. Ocuparse.
En nada. En la nada
-¿la nada?- una oquedad.
Ocupar una oquedad.
Una oquedad de sueño, la vigilia.
Entre sueño y sueño. Una oquedad
ocupada, ocupándose
en nada.
La angustia es esa nada
que de pronto florece
en la oquedad.
Chantal Maillard, Hilos, Tusquets, 2007