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jueves, 31 de agosto de 2017

El yo asambleario de Los días de la peste




Edmundo Paz Soldán, Los días de la peste. Barcelona: Malpaso, 2017.








Después de dos novelas ambientadas en Estados Unidos (Los vivos y los muertos y Norte), y una en el espacio exterior (Iris), la narrativa de Edmundo Paz Soldán vuelve a Bolivia, y lo hace con una fuerza inusitada. Los días de la peste, con ese título que recuerda a La peste (1948) de Albert Camus, presenta una trama similar a la del escritor francés: los efectos de una plaga en un territorio acotado, en este caso la Casona, una enorme prisión de régimen abierto donde viven familias enteras junto a los presos, y como La peste aborda los aspectos humanos y metafísicos que la enfermedad contagiosa va generando en los personajes. Lo interesante en la novela de Paz Soldán es la forma en la que aborda la plaga, que, en puridad, es una plaga dentro de otra: la corrupción económico-institucional que afecta por igual a funcionarios, autoridades, vigilantes y presos, reos todos de un sistema mayor de cadenas (de favores). La enfermedad como metáfora, en la línea de Sontag, pero también encontramos la metáfora como enfermedad: la negociación de los símiles por las autoridades carcelarias para esconder la crudeza de la realidad inconveniente, para cubrir bajo capas de lenguaje la instrumentación del régimen cerrado. Aunque la obra no menciona en ningún momento -creo- a Bolivia, la cárcel está basada en una prisión boliviana, y algunos términos locales como “turril” o “barbijo”, así como menciones gastronómicas y lingüísticas (las más de 30 lenguas indígenas, por ejemplo), sitúan el argumento en el país de origen del autor. Aunque es claro que éste ha preferido -como Diamela Eltit en alguna novela- no anclar nacionalmente la obra, con la intención de ensanchar el campo de interpretación e incrementar su clara dimensión hispanoamericana. En la misma dirección podemos entender alguna mención de lugar, como "Los Confines", que remite al lugar homónimo de Pedro Páramo de Juan Rulfo. En lo estilístico, Los días de la peste es una de las obras más ricas de Paz Soldán, capaz de poblar de voces distintas y creíbles a la colmena carcelaria, y hábil para esculpir detalles como la construcción discursiva del personaje de Lya, cuya adolescencia mental se trasluce en una expresividad creada a base de frases cortas, eléctricas, simples, sin desarrollar, inmaduras.



Volvamos por un momento al tema de la peste aludida en el título de la novela, a la parte relativa a la enfermedad. “¿Qué son los virus sino seres fantasmales, fantasmas puros que flotan en el mundo esperando poseer una célula humana para corporizarse y hacerse vida? Ahí los ve y no los ve. Todos los días. Monstruos perfectos”. Estas frases pueden leerse en la página 212 de Los días de la peste, pero están en cursiva, y lo están porque en realidad son un intertexto, una cita del narrador peruano Carlos Yushimito, quien las incluyó en su relato “Los que esperan” (en Rizoma, 2015). No es la única cita existente en la novela de Paz Soldán, que reconoce varias de ellas en una nota final, pero la intertextual es la menor de las partes de esta imaginativa y excelente novela del narrador boliviano. La mención a la monstruosidad perfecta de los virus tiene otras potencialidades en la novela que no vamos a desvelar, y que van tejiendo sus ecos hasta la última línea de la novela. Con Los días de la peste vuelve Paz Soldán a varias de sus obsesiones recurrentes: la manipulación informativa, la política latinoamericana, el esoterismo -se crea, como en Iris, un culto maligno de gran poder sobre los personajes-, el poder de la pulsión sexual, la violencia, el dinero (todo en la Casona es dinero, véase p. 88), y la esperanza de los seres individuales inmersos en el marasmo colectivo del “gótico microbiano” (p. 285).



Y esta última idea me lleva a uno de los grandes descubrimientos del libro, el personaje de Rigo. He dedicado 15 años de vida y dos libros al estudio de la disolución subjetiva en la literatura hispánica actual, y en muy pocas ocasiones me he topado con un ejercicio tan sofisticado de desintegración de la identidad tan hábil como el que Paz Soldán realiza con Rigo, un personaje que podríamos definir como un yo micropolítico, una identidad asamblearia que el autor emplea inteligentemente como muestra de la desconexión y la falta de comunicación de la pareja, de la familia, de la Casona, de las clases sociales del Cono Sur, de las etnias nacionales, de la sociedad actual. Rigo, tras una conversión esotérica, advierte la separación entre las distintas partes que lo unen (voz, ojos, piel, mente, etcétera), dotadas cada una de voz propia y volición; pasa entonces del yo al nosotros, hablando en plural al referirse a sí mismo, consciente de su dimensión sociopolítica a escala: “aprendíamos a disolver el yo en el nosotros, el yo era un pueblo y debíamos cuidarlo” (p. 36). Un ser entendido como organismo pluricelular consensuado, regido por la negociación “social”: una identidad que haría las delicias de Foucault -tanto más cuanto descrito dentro de una cárcel-. Un yo benthamiano, donde sus creencias establecen las reglas (y las rejas) de vigilancia. Rigo es nuestro presente y, al mismo tiempo, es cada uno de nosotros.



La personalidad asamblearia de Rigo es un espejo a escala de la Casona, colectiva e individual al mismo tiempo, que a su vez es presentada como un microcosmos de la poliédrica sociedad boliviana (pp. 44 y 203) y que, no por casualidad, es un reflejo de la estructura reticular de la novela, concebida como una faulkneriana sucesión de voces que vertebra un espejo roto, cuyas multiplicadas piezas reflejan a escala todas las preocupaciones políticas, temáticas y estéticas desarrolladas hasta ahora por Edmundo Paz Soldán. 





[Relación con la editorial: ninguna; relación con el autor: muy cordial]

sábado, 19 de marzo de 2016

Materiales para una encuesta sobre literatura hispanoamericana actual



Juan Casamayor, editor de Páginas de Espuma, responde a la pregunta qué le falta, o qué le sobra, a la literatura hispanoamericana actual:



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"Por cierto que en Colombia deberíamos leer más autores venezolanos. Aparte de Barrera Tyszka y Oscar Marcano, los más conocidos, y de Eloy Yagüe e Israel Centeno, hay autores aún jóvenes como Salvador Fleján (Intriga en el Car Wash) y menos jóvenes como Victoria de Stefano (Paleografías) que deben ser conocidos fuera de sus fronteras. La cultura venezolana, en general, debe ser más conocida fuera de sus fronteras", Santiago Gamboa. 
 
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Cuando acudo a una mesa redonda de escritores, hay un tema que no suelen tocar; un tema sobre el que reflexiono de un tiempo para acá: qué contar. ¿Historias ambiciosas con normalidad? ¿Historias normales con ambición? ¿Historias ambiciosas, ambiciosamente? Porque historias normales, contadas anodinamente, ya sé que no.


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Jorge Volpi responde a la pregunta de qué le falta, o qué le sobra, a la literatura hispanoamericana actual:




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“La censura del pasado, el orden al que se somete, las exclusiones deseadas y las inclusiones forzadas tienen, en ocasiones, el efecto reactivo de despertar el deseo de conocer lo excluido, que cobra la fascinación de lo prohibido. Ese fue el caso de generaciones de escritores puertorriqueños ante las fórmulas simplistas y engañosas de los currículos escolares. La curiosidad de lo sumergido sigue presente de algún modo en varios escritores actuales. De hecho, un diálogo con escritores más jóvenes sobre el concepto de tradición revela que la dispersión actual es propia de procesos dinámicos y, de manera compleja, enriquecedores. Si, por una parte, se piensa que la tradición nos marca como material genético, por otra, se reconoce una movilidad propia del mundo de las redes digitales y un momento ‘muy bueno y diverso de la literatura vinculada a Puerto Rico’ (Luis Othoniel Rosa)”; Marta Aponte Alsina, Somos islas. Ensayos de camino; Editora Educación Emergente, San Juan, 2015, pp. 68-69.

 
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Martín Caparrós: "si ahora un pintor pintara como Delacroix, se le miraría con algo de extrañeza, pero si escribe como Flaubert es un gran escritor":




 
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“(…) sí piensa que es necesario bajar de clase a los protagonistas, porque la clase media –esto lo piensa sin ironía– es un problema si se quiere escribir literatura latinoamericana”; Alejandro Zambra, Mis documentos; Anagrama, Barcelona, 2013, p. 191.
 
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"De los narradores dominicanos que han publicado por primera vez del año 2000 hasta el 2015, ¿Cuáles nombres te vienen a la mente? ¿Cuáles de esos viven fuera de la media isla? ¿Hay algunos elementos comunes presentes en sus obras?
AV: Una lista rápida y a fuerza de memoria traería a: Rita Indiana Hernández, Juan Dicent, Rey Andújar, Frank Báez, Gabriel del Gotto, Joan Prats, Ana Maurine Lara (publica en inglés). Creo que solo Dicent, Andújar y Lara viven fuera de la isla. Como mencioné arriba la crítica Fernanda Bustamante ve la narrativa de Báez, Hernández, Dicent y Andújar bajo la óptica del desenfado. A eso yo añadiría que existe una concentración en el elemento urbano y en el realismo sucio.
•Me ha sucedido que al hablar sobre escritores dominicanos con algunos extranjeros generalmente me mencionan tres nombres: Pedro Henríquez Ureña, Juan Bosch y Junot Díaz. ¿A qué factores atribuirías el que no se conozca más la obra de otros escritores de nuestro país fuera de la media isla?
AV: Eso tiene que ver con varios factores: falta de promoción editorial tanto a nivel nacional como internacional; baja calidad en muchos de los libros que se publican; y la falta de una política adecuada de traducción, sobre todo al inglés, lengua dominante en el mercado editorial mundial. En República Dominicana se publica muchísimo pero en este caso, como en muchos otros, la cantidad no es sinónimo de calidad, sino todo lo contrario.", en http://dominicanaenmiami.com/?p=16046



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“Madrid [donde vive desde 1987] es mi segundo hogar. Pero confieso que todos los días pienso en Colombia, devoro comida colombiana y oigo música colombiana”, dice el autor de Impávido coloso (Alfaguara). “Colombia es mi único tema posible”, añade Sergio Álvarez (Bogotá, 1965), que lleva siete años en la capital catalana"; Rosa Mora, “Un masivo desembarco de talento”, El País, 13/03/2005.

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Edmundo Paz Soldán:




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“Su drama más grande, lo confesó cierta tarde, era no poseer una lengua materna. Desde que nació, por razones geográficas y de emigración, había tenido a su alcance distintos idiomas de los que podía escoger las palabras o los modos que más le sirvieran para determinada necesidad, lo que era una tragedia para hacer poemas. Tal vez por eso estaba tan interesado en crear un nuevo lenguaje exclusivo para la poesía”; Mario Bellatin, Canon perpetuo; PEISA, Perú, 1999, p. 126.


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"No hace falta haber leído toda la literatura latinoamericana y su crítica, para asumir una serie de convenciones y acuerdos tácitos que la regulan. Estas convenciones son las que persiguen normativizar las lecturas, establecer las jerarquías y certificar las legitimaciones, creando ese holograma ciberespacial llamado «literatura latinoamericana». Un delirio consensual que nos empuja, por ejemplo, a no cuestionar el uso del español en cuanto lengua oficial de dicho sistema y a considerar a los pueblos indígenas como sujetos adyacentes al mismo. El indígena, o el sujeto perteneciente a cualquiera de los grupos étnicos que transitan la cultura en términos de subalternidad, no es considerado un lector destinatario del corpus literario. A nivel de la imaginación colectiva, los pueblos indígenas son considerados sujetos pre-literarios o, en el mejor de los casos, vestigios vivientes de una literatura que ya no existe."; Allan Mills, "Literatura hacker y la creación del nahual del lector", Cuadernos Hispanoamericanos, nº 744, 2012, p. 16.


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“No son, en definitiva, Vladimir Nabokov o Joseph Conrad o Samuel Beckett, conocidos entre otras cosas por su versátil uso de una nueva lengua, sino Gerardo Deniz o María Negroni o, en efecto, Roberto Bolaño, escritores que habiendo pasado por América Latina escriben todavía en una de las formas del lenguaje dentro del cual crecieron. Ojo: aun cuando vivan en Estados Unidos, dentro de cuyo territorio se escribe hoy en día buena parte de la literatura latinoamericana de nuestros tiempos en inglés, no son US Latino writers, ni New Latino writers, ni US writers. Se trata de escritores que pasan por América Latina haciéndose también pasar por muchas otras cosas, abriéndole así la puerta a la despersonalización lo mismo que a la desterritorialización -que no es sino otra forma de enunciar la forma fluida y poco cabal de las identidades contemporáneas”; Cristina Rivera Garza, Los muertos indóciles; Tusquets, México D.F., 2013, p. 139-40.




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Juan Carlos Quiñones, Adelaida recupera su peluche (2011)


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Salvador Elizondo, después de ver Exiliados, de Joyce: “Nótese por ejemplo la identidad que hay entre Irlanda e Hispanoamérica por lo que respecta a la apropiación y superación de la lengua de los conquistadores por los aborígenes”, anotación del diario de 17 de noviembre de 1979, transcrita en Letras Libres en octubre 2008.


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“Historia trabando de construirse siempre, entonces, la nuestra. Tenía que coincidir con el devenir de nuestra poesía. Lenguajes fallidos cantando deseos fallidos de revolución; mimesis de formas eurocéntricas (…), intentos continuos de rebajar los niveles de comunicación estética al entendimiento del hombre medio; deseos de estar en otra parte, tal vez allí. (…) Pero no son los temas urgentes. En América Latina los temas siempre son: el hambre, la discriminación, la intolerancia, la represión, los modelos imposibles de crecimiento, los niños dejados a la buena del destino. Y una empecinada, central, ineludible necesidad de esperanza. No hay demasiada necesidad de búsqueda de la palabra original como fundamento de purificación del lenguaje poético”; Eduardo Milán, “Aclaración”, Resistencia; FCE, México, pp. 10-11.