Mostrando entradas con la etiqueta Raúl Quinto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Raúl Quinto. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de mayo de 2024

Notas sobre Martinete del rey sombra

 

-Martinete del rey sombra ha obtenido el premio Cálamo Otras Miradas y el Premio Nacional de la Crítica a la mejor obra de narrativa de 2023. Estos premios suponen un justo reconocimiento al trabajo serio, silencioso y constante de Raúl Quinto durante estos años, que hemos comentado aquí en cuatro ocasiones (una, dos, tres y cuatro). También es un premio a la destacada labor de la editorial Jekyll&Jill, que selecciona y cuida obras con enorme exigencia.

 

-La obra narra la gestación y consecuencia de la gran redada de gitanos del 30 de julio de 1749, realizada por Fernando VI e instigada por el Marqués de la Ensenada, uno de los numerosos puntos oscuros de nuestra historia, pero que no es demasiado conocido. Quinto explica el terrible episodio, lo contextualiza debidamente y nos sitúa ante un espejo donde da bastante vergüenza mirarse.

 

-No es nada fácil definir literariamente este libro, híbrido, como las anteriores obras en prosa del autor. En la nota final, Quinto habla de “novela que […] se negó a serlo” (p. 170). Puede que intentar un acercamiento negativo, por una vez, no sea una mala aproximación a este asunto. Por ejemplo, sospecho que el autor no quería hacer una novela histórica al uso, y la presencia de algunos elementos irracionales o fantásticos en la narración es la mejor manera de apartar categóricamente la posibilidad de que Martinete del rey sombra pueda ser considerada como novelística histórica.

 

-Una de las características más molestas de las ficciones históricas es su regodeo en los detalles ambientales, esa especie de exhibición erudita dirigida a demostrar que el autor se ha documentado para escribir la novela. Por el contrario, una de las cosas que más me han gustado de Martinete del rey sombra es que solo muestra los datos precisos y exactos para ubicar al lector, solo se le proporcionan los detalles necesarios para que pueda sumergirse en la en la historia, sin abusar de los recursos documentales.

 

-Otro aspecto interesante, recalcado en todas las reseñas que se han hecho de la obra, es la potencia del lenguaje. Es uno de los libros mejor escritos del último año, pero creo que eso solo puede sorprender a quienes hayan accedido a la obra de Quinto ahora, puesto que los lectores de Idioteca (El Gaviero, 2010), Yosotros (Caballo de Troya, 2015) o La canción de NOF4 (2021) ya conocíamos este trabajo estilístico de alto voltaje. De hecho, hay bastantes elementos en común entre La canción de NOF4 y Martinete del rey sombra. Apunto algunos: la forma de alternar frases largas con enunciados cortos y tajantes; los fogonazos líricos; la plasticidad de las descripciones; los saltos temporales de las diversas piezas; o el tono poético de los pasajes donde se describen accesos de locura de algunos personajes.

 

-En una conversación con Quinto, Santiago García Tirado ha explicado los mecanismos poéticos que el autor utiliza en este y otros libros: rimas temáticas, especularidades compositivas, ecos lingüísticos, enumeraciones, etcétera. Como ha explicado Quinto en alguna ocasión, al escribir planifica tanto sus obras poéticas como sus narrativas de una forma muy similar, variando solo algunas estrategias concretas.

 

-En varias ocasiones he citado una inteligente opinión de Junot Díaz, quien defiende que para contar algunos episodios brutales de horror colectivo el realismo se asfixia en su razón instrumental, y resulta necesario emplear la fantasía o la irracionalidad para narrar ciertos episodios terribles de la historia. Ese podría ser el motivo por la que en algunos momentos Martinete del rey sombra adquiere tintes alucinatorios.

 

-El retrato de los monarcas, tanto de los españoles como de los extranjeros, es bastante duro, algo lógico teniendo en cuenta que hablamos de un momento en el que estaban en juego aspiraciones opuestas de extensión territorial. Pero sorprende la capacidad de empatía de Quinto, puesto que, dentro del crítico retrato que hace de Fernando VI, creo que también hay momentos de comprensión hacia su soledad y su dolor tras la muerte de Bárbara de Braganza, su esposa, así como en el modo de describir cómo es poseído gradualmente por la locura.

 

-Otro elemento relevante de la no-novela es el narrador, que utiliza la primera persona del plural: “dijimos” (2023, p. 125), y que además es archiconsciente: “antes de salir de este libro” (2023, p. 125). Es un narrador muy similar al de La canción de NOF (“Continuamos en 1973…”, 2021, p. 65), pero me parece que hay una distinción fundamental: Quinto se dirigía a Nannetti en segunda persona, favoreciendo la identificación entre su escritura desatada y la del artista italiano. En cambio, con Fernando VI o el Marqués de la Ensenada nunca se abandona la tercera persona, como para mantener una clara distancia. Una cosa es empatizar con el personaje, parece decirnos el autor, y otra muy distinta identificarse con él.

 

-En resumen, Martinete del rey sombra es una obra que merece todas las lecturas y premios que le lleguen, y que contribuye a refrescar nuestra memoria, algo siempre más que necesario.

 

 

[Relación con el autor: cordial. Relación con la editorial: ninguna]

domingo, 13 de diciembre de 2015

Cuatro narradores en órbita




El objetivo de este post es presentar juntos, pero no revueltos, a cuatro narradores que no tienen nada que ver entre sí, pero que que tienen en común aportar propuestas consistentes, alternativas y necesarias, estructuradas por el riesgo y la ambición narrativa. No sé si por casualidad o por otro motivo han aparecido en editoriales independientes (o de línea editorial independiente, como Caballo de Troya, pese a pertenecer a un gran grupo), mostrando que buena parte de la mejor narrativa actual no encuentra ya acomodo, o no lo busca, en los grandes grupos. Como decía hace poco la crítica y periodista Anna María Iglesia, “la neo-etiqueta de novela literaria es la prueba de que la literatura ha dejado de asociarse con la escritura”. En efecto, cada vez más “novelas literarias” (novelas a secas hasta hace un par de lustros), deben refugiarse en editoriales pequeñas o medianas, regidas por la valentía y el arrojo. Y esperemos que nos duren.


Luis Rodríguez, La herida se mueve; Tropo, Barcelona, 2015.


La novela de Luis Rodríguez es uno de los mayores desafíos que puede afrontar un lector de narrativa actual en castellano; la radicalidad de su planteamiento me recuerda a algunas novelas de escritores argentinos (Chitarroni, Katchadjian, Libertella). Adelanto un extracto de la reseña que aparecerá en el número de la revista Mercurio correspondiente al mes de enero:

“Los personajes de La herida se mueve no se preguntan el porqué de las cosas ni de sus actos, sólo los ejecutan; el narrador anota no sólo los hechos que suceden en la obra, también los que no acaecen (p. 96, entre otras), aludiendo a lo azaroso de cualquier desenlace. Las citas del Monsieur Teste de Valéry pueden apelar a la incapacidad de Genaro de pensarse y entenderse. Algunos tachados esparcidos aquí y allá hacen dudar al lector de si está leyendo una historia o la escritura de una historia. Algunos caracteres reaccionan inesperadamente ante los estímulos y otros se estimulan con lo inesperado; pequeñas historias se insertan con las demás tejiendo un corpus textual en el que todo, literalmente, es posible.”

La herida se mueve, en mi modesta opinión, no es una novela recomendable, es simplemente obligatoria.



Cristian Crusat, Solitario empeño; Pre-Textos, Valencia, 2015.


Creo que la mayor reticencia que genera el monólogo interior es que, salvo escasas excepciones, no suele ser demasiado veraz, no nos resulta demasiado verosímil respecto a la auténtica cadencia de nuestros pensamientos. Por ejemplo, siempre he creído que Joyce acierta más en el modo de exposición de la cadena mental de Gretta (“The Dead”, Dubliners), que en la de Molly Bloom en el Ulysses. La diferencia entre ambas exposiciones es que Gretta tiene que compartir su discurso interior con Gabriel; es decir, es un monólogo interrumpido por su interlocutor y enunciado en voz alta de forma discontinua –porque no puede llarmarse “diálogo” a lo que ocurre después de que Gretta oiga en la calle la canción “La joven de Aughrim”–. El torrente de sentimientos de Gretta asola a Gabriel y devasta su deseo, dejándole inerme ante la aparición de la muerte de Furey recreada por su esposa. Gabriel puede "oír" el monólogo interior de Gretta y por eso Joyce nos dice que "Un vago terror se apoderó de Gabriel ante su respuesta".

Creo que el secreto de los cuentos de Crusat es que constituyen una memorable exposición contemporánea del monólogo interior; es decir, creo que nuestro cerebro se cuenta la existencia como lo hacen los narradores de sus relatos: van siguiendo el hilo del presente de la historia contada (no de la narración, casi siempre en pasado) hasta que algún estímulo (como la canción para Gretta) dispara el gatillo de la memoria y retrotrae la “acción mental” hacia diversos puntos del tiempo y del espacio. Es decir, que esos recuerdos que salpican los textos funcionan como agujeros de gusano que quiebran la línea espacio-temporal de sus relatos, llevándolos a otros mundos narrativos, sin abandonar en ningún momento la trama principal, a la que vuelven durante unas páginas, para abandonarla algo más tarde por una nueva deriva nostálgica, casi siempre sentimental o afectiva.

Observemos el cuento “Conductos”, de revelador título, que tiene como fin argumental explicar cómo se conectan las historias y los sentimientos, y como fin estructural desvelar la poética cuentística de Solitario empeño mediando el libro; su protagonista, Molly D, otra Molly mentalmente dispersa, cuida de un niño en un hotel aunque tiene la mente puesta en un relato que escribe y con el que se va conectando: “(…) pregunta el niño cuando esperan a que se encienda la luz del ascensor. Ella lo mira y le tira del lóbulo. Al hacerlo, vuelve a pensar en su cuento” (p. 82). Y un poco más adelante: “Sin ninguna razón e particular, comienza a pensar en el chico con el que lleva saliendo tres meses” (p. 83); “Abre su cuaderno y durante una docena de minutos no escribe nada. (…) Tras ese intervalo de tiempo, finalmente, pensará en el chico de origen alemán con el que se acostó el día anterior” (p. 84). La fluctuación constante entre la realidad de Molly y el cuento que escribe es la que tiene el lector con los cuentos que reúne Crusat a lo largo del volumen: reproducen su forma de divagar. Respecto a la “poética” incluida en el mismo “Conductos”, una disquisición sobre la idea de centro y vacío en el cuento (pp. 90-91), entiendo que es una remisión directa al excelente ensayo sobre el relato breve El vacío y el centro. Tres lecturas sobre el cuento (2002) de Ángel Zapata.

El descrito mecanismo de extrañamiento creado por Crusat provoca algo que me parece sensacional, y que seguramente me hace leer uno tras otro sus libros con adicción: el naturalismo con que están contadas sus historias es el paradójico irracionalismo literario perfecto, pues la mente de sus protagonistas (y, por ende, la nuestra) se deja llevar por las emociones o las distracciones, perdiendo la razón del presente, abandonando el aquí y el ahora, para perderse en el naturalismo de otro espacio-tiempo. Es decir: aunque todos los entornos, argumentos, tramas e historias contados por Crusat son totalmente verosímiles y razonables, su efecto en el lector es onírico; es suprarreal porque conecta realidades inexistentes tanto en el tiempo de la narración como en el tiempo de la lectura, y por ello adquiere conexión con el mito, al ser un continuo atravesado por el tiempo mítico (“como la naturaleza del tiempo en el que se ha desarrollado todo: a medio camino entre lo sucesivo y lo eterno”, p. 125), una historia construida por diversas historias que encuentran su sentido en perderlo, en irlo perdiendo; sus tramas encuentran la ilación en romper su continuidad, engarzando líneas paralelas y encontrándose con ellas en el tiempo interior del relato. En cierto sentido, sus narradores son como el padre de Saskia, personaje de “La casa de Thomas y el círculo de Saturno” (título también revelador), que “de repente levantó el brazo derecho y procedió a tocarme el costado, con los ojos prácticamente en blanco y la lengua asomada sin control, como si dudara de su propia existencia y quisiera confirmarla a través del contacto con la mía” (p. 51). Si los cuentos de Crusat fuesen personas, serían esos amigos que al contar una historia se quedan callados un instante mientras contemplan fijamente un punto indefinido, conectados a otra historia que acaba de pasarles por la mente, otro espacio-tiempo atraído por algo de lo que estaban narrando.

En un reportaje sobre postcuento (término acuñado por Eloy Tizón para referirse a relatos breves no construidos de forma convencional), dice Crusat que un buen cuento “nunca ha podido ser prescrito, domesticado, formulado ni medido. Sin embargo, se ha pretendido difundir una serie de reglas en relación con el cuento como si nos ocupáramos de un género escolar. La crítica ha tendido a explicar el relato corto a partir de unas coordenadas muy estrictas, que han obviado esencialmente sus conexiones con el mito, la poesía o el ensayo. Sí considero que determinadas plantillas resultan extemporáneas y han periclitado’”[1]. Es evidente que Crusat está en otra cosa, en otro lugar, y cada vez más lectores están o estamos allí con él.



Raúl Quinto, Yosotros; Caballo de Troya, Madrid, 2015.


Hay un poema de Jorge Riechmann en La estación vacía (2000), “Tuyo”, que comienza con el verso “vencido no es vendido” y termina con estos cuatro: “yonosotros / aún / luchando / todavía”. Creo que Quinto compartiría esta visión, tanto política como subjetiva, o al menos eso parece desprenderse de su último libro, Yosotros. Siguiendo el modelo contra-genérico o híbrido de Idioteca (2010), que definíamos en su momento como una “distopía cultural”, Yosotros podría definirse como una utopía subjetiva, si se entiende por tal un libro donde la línea argumental hace referencia a la “mutilación como puerta a ese estado híbrido entre el yo y el ellos” (p. 116), a la imposibilidad de ser uno, que acaba conduciendo al libro –y a su autor– a la búsqueda de otra posibilidad de ser, de otra forma ideal de subjetividad menos castrante, mutiladora y fatal que el sujeto cartesiano. Esa forma que él encuentra para sobrevivir en el mundo siendo de un modo menos doloroso es el yosotros, una nueva persona del singular-plural que se constituya como un espacio subjetiva, social, metafísica e ideológicamente habitable.

En el libro se van mezclando apuntes memorialísticos con impresiones intimistas y microensayos históricos, cruzados con pequeñas biografías de numerosas personas que pagaron un alto precio por ser quienes fueron. Suicidas, perseguidos, malditos, inadaptados, locos, conspiranoicos o réprobos comparecen aquí para explicar qué sucede cuando uno no encaja en los modelos de su tiempo, y se opone a ellos con atrevida resistencia, como diría Hamlet. El castigo suele ser siempre el mismo: la cárcel, la ejecución, el ostracismo o la muerte por la propia mano. “El triunfo del yo autorreferente tiene un revés envenenado” (p. 162). Creo que el propósito de esta colección de vidas truncadas y de horrores históricos que Quinto desperdiga por el libro es mostrar la oposición radical entre la unidad a ultranza (que conduce a la frustración o el apartamiento social) y la alianza con los demás, no en un sentido solidario, sino todavía más íntimo, hasta ser con los otros. Una subjetividad entendida como tejido (p. 206), libre de las normas occidentales del capitalismo o refractaria a ellas. Es una reflexión algo utópica, sí, pero no nos viene mal un poco de utopía, sobre todo cuando es inteligente y está bien escrita.



Javier Moreno, Acontecimiento; Salto de Página, Madrid, 2015.


Aunque el nombre de Houellebecq suele salir a colación para hablar de la obra narrativa de Javier Moreno, yo no dejo de recordar al Don DeLillo de Cosmópolis al leer Acontecimiento, su nueva novela. Está presente en esa deriva autoconsciente por la ciudad de un sujeto en crisis, dotado de una pulsión analítica casi paranoica; un sujeto observador que no camina las calles para disfrutar, como el flâneur de Baudelaire, sino para sufrir. Su deriva urbana tiene como fin la lucidez dolorosa, y su tránsito le hace plenamente consciente de su crisis, exterior e interior. Por si algo faltaba para asociar este recorrido a DeLillo, la trama terrorista trae a la cabeza otras novelas del estadounidense, y el detalle de la limusina (como en 2020, la anterior novela de Moreno) viene a recordarnos las sesudas conversaciones que Eric mantenía dentro de la suya con sus sucesivos interlocutores en Cosmópolis.

Pero lo importante ahora es destacar qué singulariza la obra. Acontecimiento es una novela política porque trata de los διώτης (idiotes), según terminología helena que definía a quienes no participan en política, sino que son objeto de la misma y la sufren sin confrontarla. El papel del escritor/pensador es ponerse en su piel, y de ahí la cita de Deleuze que abre la novela: “Literalmente, yo diría que se hacen los idiotas. Hacerse el idiota (…) siempre ha sido una función de la filosofía”.  Lo que vendría a demostrar la novela de Moreno, en estas condiciones, es que si tú no te ocupas de la política, la política se ocupará de ti, pasando sobre tu cuerpo como una apisonadora. La novela presenta un escenario contemporáneo en el que las relaciones personales son tan virtuales como presenciales, y donde la idea de comunidad se ha diluido en una sociedad transparente (p. 74) à la Vattimo o aún peor, donde los ciudadanos se muestran y se venden a sí mismos, solos o con ayuda de otros: los publicistas. El hecho de que el protagonista de la novela sea publicista permite a Moreno convertirlo en una especie de Hermes interpretador de todo cuanto ve, y también en la voz oracular de todo cuanto los ciudadanos están programados para sentir consciente o inconscientemente –en términos de neuromárketing, véase p. 61, en sintonía con la última novela de Nicolás Mavrakis–. Para el racional personaje al que Moreno cede la voz narrativa, el inconsciente está programado, ya no es aquella parte de nosotros a la que no tenemos acceso, sino aquella parte del deseo a la que tienen acceso aquellos que lo programan y condicionan mediante estrategias mercadotécnicas. Este es uno de los puntos fuertes de Acontecimiento, como también lo es el examen de la virtualización (digital, pero no sólo) de las relaciones afectivas e incluso de los sexuales, con algunas escenas arriesgadas de puro virtuosismo simbólico (p. 168-69) en las que ya nada, ni siquiera el sexo, es tal como se había concebido en los tiempos recientes. Esto no arroja al cives a un déficit de existencia, sino a una multiplicación de experiencias vitales vicarias. Si en los siglos anteriores una persona podía vivir dos vidas, siempre y cuando las viviese interactuando con personas diferentes (pensemos en El adversario de Carrère), Moreno explica la pasmosa manera en que gracias a las tecnologías y las redes sociales hoy podemos vivir dos vidas diferentes con las mismas personas, teniendo una relación en la vida física y otra distinta en el mundo digital, como la que tiene el protagonista con Mirinda. No podemos caer en el error de denominarlas la vida real y la vida virtual: reales –y con consecuencias tangibles, como se demuestra claramente en Acontecimiento– son las dos.

Las novelas de Moreno están saturadas de inteligencia, pero esa sobresaturación analítica puede producir cierta parálisis. A partir de la quinta página de pensamientos brillantes sobre comportamientos sociales o pautas individuales el cerebro tiende a “desconectar” en cierto modo de la trama. En algún lugar de esta novela se habla del bloqueo que produce la información, pero creo que la novela peca de un mal parecido, el bloqueo del ingenio, que paraliza nuestro sistema operativo de lectores con la sobredosis de inteligencia verbal, plástica o abstracta inoculada en nuestra cabeza. Creo que la obra de Moreno ganaría consistencia y altura si se alejara un tanto del ensayismo y se acercase más al devenir, a la acción y a la interacción, al movimiento de los personajes, en vez de apabullarnos con sus impecables análisis. En mi humilde opinión de lector interesadísimo en la obra (también la poética) de Moreno, su idea de novela mejoraría deviniendo novela de ideas y no ideas noveladas, que es lo que a ratos acumula en el texto. Un cineasta francés, ahora mismo no recuerdo quién, manifestó una vez su intención de rodar El capital de Marx, pero no pudo hacerlo porque la película iba a tener un coste disparatado por requerir “mucha acción”. A eso me refiero, la teoría no tiene por qué estar reñida con una gran historia y unos buenos personajes que encarnen emociones además de describirlas a la perfección. No es casual que el mejor momento de la novela llegue casi al final, en el instante del encuentro físico con el terrorista -otro punto de engarce, por cierto, con Cosmópolis-. Ahí se desborda la energía acumulada y estanca durante tantas páginas; el resultado mueve al lector a preguntarse qué hubiera pasado si esa misma tensión narrativa hubiese fluido sin restricciones a lo largo de toda la novela.

Quitando esto y algún otro defecto (la novela hubiera necesitado de una última revisión y ser liberada de algunas erratas), Acontecimiento quizá no haga honor a su nombre, pero sus valores parciales son tan consistentes, y destila tanta inteligencia e intuición sobre nuestras pautas y pérdidas de norte, que pide a gritos muchos y buenos lectores. 


.
 [Relación con las cuatro editoriales: ninguna, salvo con Pre-Textos, mi editorial de poesía. Relación con los autores: con Crusat, ninguna; tampoco he visto nunca a Luis Rodríguez, pero mantenemos correspondencia sobre libros desde hace tiempo; con Quinto relación casi ausente, pero cordial, y Javier Moreno es amigo.]


[1] B. Berasategui, “Contra las dictaduras del cuento”, El Cultural de El Mundo, 27/11/2015, accesible en http://www.elcultural.com/articulo_imp.aspx?id=37291.

domingo, 3 de junio de 2012

La línea ballardiana y otras hierbas




La línea ballardiana

Sergi de Diego Mas, E-mails para Roland Emmerich; Honolulu Books, Barcelona, 2012
Rubén Martín, Radiografía del temblor; Renacimiento, Sevilla, 2007.
Raúl Quinto, Ruido blanco; La bella Varsovia, Córdoba, 2012

Hay ruido
demasiado ruido
Javier Moreno, Cadenas de búsqueda

Pero donde hay asombro, hay esperanza.
Rubén Martín, Radiografía del temblor

¿No es este el tiempo de la razón ardiente?
Guillaume Apollinaire

Aunque muchos somos los ballardianos, es extraño ver huellas del visionario inglés en textos actuales, aunque sí parecen rastreables en los casos de Rubén Martín (Granada, 1980), Luis Gámez (Córdoba, 1981), Raúl Quinto (Cartagena, 1978) y Sergi de Diego Mas (Barcelona, 1975), que como puede comprobarse tienen una edad muy similar. Aunque todos ellos tienen presente al autor británico en sus trabajos, es Sergi de Diego Mas quien lleva a cabo en su poemario E-mails para Roland Emmerich (2012) un homenaje en toda regla. Numerosas influencias son rastreables en este primer poemario (de David Foster Wallace a David Lynch, de las letras de Sonic Youth al cine de Tarkovski), pero la ballardiana destaca sobre todas: si Ballard habla de “ese elaborado holograma llamado realidad”[1], S. de Diego Mas completa diciendo que “la única realidad es que ya todo es ficticio” (ERE, p. 69), y cita también hologramas, como luego veremos. Simulacro referencial, sexo degradado, residuos de la era tecnológica y poesía devastada se encuentran remezclados en un primer libro prometedor y diferente.


Rubén Martín, en Radiografía del temblor (2007) y Raúl Quinto en Ruido blanco (2012) llevan a cabo lo que podría entenderse como un diálogo directo, que por la línea ballardiana encuentra un tercer interlocutor en de Diego Mas. Entre los tres poemarios se ven algunos puntos de contacto: la desconfianza hacia la ciudad como núcleo humano afectivo y acogedor; la denuncia de la videovigilancia y la deshumanización técnica, y la conversión socioeconómica de los seres humanos y sus cuerpos en máquinas productivas: “el alma es un parásito en la maquinaria perfecta del cuerpo” (RQ, Ruido blanco, p. 33); “en el parque hay hologramas en blanco / y negro jugando al baloncesto” (SDM, ERE, p. 23) “somos máquinas que duermen su temor a sí mismas” (RM, Radiografía del temblor, p. 29). Utilizan un ambiente descriptivo donde el tono visionario o la razón ardiente mencionada por Apollinaire se imponen como ejes discursivos. Además se advierte un generalizado uso de la terminología quirúrgica, la imagen de las ondas de radio (“tranmisiones de radio: una señal / emite todas las frecuencias”, RQ, RB, p. 11; “una emisora perdida / retransmite lo que somos / en el limbo de las interferencias”; RM, RT, p. 40), de las estrellas muertas aún visibles (SDM, ERE, p. 58; RQ, RB, p. 43); y de los límites entendidos como cicatrices y las cicatrices como límites. A lo anterior hay que sumar los denominadores comunes del tono apocalíptico, la imagen violenta, la estética televisiva, la omnipresencia de residuos técnicos y de basura, así como la semántica de la radiación nuclear, estilemas todos marcadamente presentes en la obra de Ballard y casi señas de identidad de su narrativa.

Teniendo en cuenta la potencia simbólica de la obra ballardiana, cuya recepción en la literatura en castellano (pienso en Rodrigo Fresán, Javier Fernández[2] o Javier Calvo[3], por ejemplo, además de en los autores citados) aún está por estudiar, entiendo que esta línea ballardiana de la poesía española representa en la lírica, con notable acierto, la parte más negra y desesperanzada de nuestra realidad actual, los excesos de la tecnología y el sistema de consumo y la angustiosa sensación terminal y de fin de época que nos rodea.




Carlo Padial  
Erasmus, orgasmus y otros problemas; Libros del Silencio, Barcelona, 2012

No pude tener acceso a Dinero gratis, el primer libro de Carlo Padial (Barcelona, 1977), pero voces autorizadas me hicieron saber que era un debut notable. En Erasmus, orgasmus y otros problemas, su primera novela, Padial demuestra tener varias dotes infrecuentes: un sentido del humor polifacético y hondo que podría emparentarle con una escogida tradición de estilistas de la mofa (Mihura, Jardiel Poncela); una fina capacidad de análisis social y de observación caracteriológica, e inteligencia para encarnar ideas y ponerlas a chocar unas con otras en situaciones descacharrantes. Padial es algo más que un humorista y el acertado capítulo final del libro, un monólogo balbucido por un desharrapado que abandonó su vida pequeñoburguesa, le sirve para distanciarse de su facilidad para la broma y demostrar que, ante todo, es un escritor culto, dotado y consciente. Su ironía y corrosión no están puestos de forma simple al servicio de una retranca avasalladora (que tiene algunos clímax desopilantes, como la relación entre la orgasmática Karla y el “poeta español contemporáneo”), sino que tiene un trasfondo ético, moral: la descripción del cul de sac de la sociedad europea en general y española en particular, perfectamente simbolizada a través de la inteligente relación que teje Padial entre la idea de Europa y las angustias sexuales de los protagonistas. Europa como trauma sexual: una idea bergmaniana que emparenta a Padial más con el humor exquisito de un Chesterton que con las bromas tipo club de la comedia con que algunos, inexplicablemente, le emparentan. El humor español está alcanzando gracias a nuevas voces como Miguel Noguera o Carlo Padial unas saludables cotas de excelencia y complejidad, capaces de dejarnos desnudos ante la realidad brutal y frustrante en la que nos hemos ido introduciendo sin ser del todo conscientes –o sí–. Padial es el narrador que con más convicción e inteligencia está contando el Despertar del Sueño Europeo en el que hemos vivido hasta ahora. Leánle, disfruten de su agudeza, despierten del ensueño al menos con una sonrisa.






Mario Crespo
Biblioteca Nacional; Eutelequia, Madrid, 2012.

Biblioteca Nacional es un libro atractivo para los amantes de los estudios de campo literario, en la línea de Pierre Bordieu. Es curioso cómo en esta novela Mario Crespo intenta desundergroundear el underground español, tejiendo sagaces relaciones de campo: la introducción de Vila-Matas y Jorge Carrión como personajes de la trama, por ejemplo, o solicitando a Eloy Fernández Porta un texto para contraportada. De esta forma se busca legitimación para que su propia literatura y la de algunos sus amigos llegue al centro del mundo literario en igualdad de condiciones. Este es uno de los aspectos más curiosos de esta novela, centrada en el tema del doble y con un exceso de meta-referencias que a veces lastra, por el juego autoficcional, la resolución literaria. Crespo narra bien, pero quizá sería deseable más ambición compositiva y estilística. A su favor, la creación efectiva de personajes y la ambientación de escenas, que hacen el libro legible y creíble, lo que no es poco teniendo en cuenta que Biblioteca Nacional es una extraña especie de realismo fantástico o con pinceladas de literatura fantástica.




Bruno Galindo
El público; Lengua de Trapo, Madrid, 2011

Meritoria esta novela de Bruno Galindo, donde el autor demuestra que sabe narrar y que posee unas dotes poco comunes para la observación sociológica. La historia es interesante aunque peca de aquello que busca denunciar: la sobreabundancia de elementos “brillantes”, que conforman su novela como un objeto de consumo de lujo. Los guiños posmodernos, el cuidado diseño, la fría y brutal autoconsciencia con que la obra está escrita son piezas de relumbrón que tejen un collar suntuoso junto a hallazgos de lenguaje y de descripción colectiva. Un ajuar esplendente que acaso deslumbra más que cautiva. Dejando de lado esta inquietante contradicción, El público es una novela notable, bien escrita y construida (quizá demasiado construida, hubiera sido deseable que los engranajes de la ficción permaneciesen más invisibles), con caracteres reconocibles pero nunca estereotipados, que será más que útil en el futuro para entender la sociedad de principios del siglo 21. Muy recomendable por su mirada fresca y diferente y por su voltaje discursivo.



Lina Meruane
Las infantas (Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2010)
Sangre en el ojo (Caballo de Troya, Madrid, 2012)

Dos de las narradoras en castellano que más me gustan son chilenas; una es la enorme Diamela Eltit; la otra es una de sus sucesoras naturales, Lina Meruane. He leído con bastante retraso Las infantas (Eterna Cadencia, 2010, publicada en Chile en 1998), que me ha interesado mucho por su hibridez genérica, su visión enfermiza y degradada de la sexualidad y su cuidada escritura en carne viva. Aunque está presentada como un conjunto de cuentos, por el tono común y la presencia repetida de las dos hermanas lúbricas e incestuosas puede ser entendida también como una novela “rota”, sincopada, que resiste una lectura desde las narrativas oposicionales de Ross Chambers, en cuanto re-cuento alternativo de viejas historias y mitos avistados desde una feminidad muy diferente a la tradicional. Algunas de sus partes son soberbias.

Sangre en el ojo es una autoficción dura, con momentos devastadores, donde la presencia de Eltit es más perceptible. Pero a diferencia de la clásica deshumanización que se ha apuntado como característica de Eltit, Meruane rehumaniza el dolor y dota de sentimentalidad al cuadro clínico presentado (una tremenda dolencia ocular), hasta rescribir desde la afectividad una vida entera a través del sufrimiento. Supongo que esta imagen habrá sido usada hasta la saciedad para este libro, pero la ceguera puntual de Meruane le obliga a ver, a verse, de un modo mucho más minucioso y completo, sub aespecie universalis, revisando cuidadosamente su realidad desde todos los ángulos y bajo diversas lentes, percibiendo con todo el cuerpo. Sangre en el ojo es una novela spinoziana, de pulidora no ya de lentes sino de retinas, con una habilidad asombrosa para unir extremos y objetos y sentimientos aparentemente lejanos dentro del mismo relato. He aquí un párrafo magistral donde describe su sensación ante el Palacio de la Moneda, el lugar donde fue abatido Allende: “le dije también que estaba pensando en las esquirlas del golpe, tantas esquirlas carcomiendo el hormigón con su ácido. Y pensé también, pero esto ya no se lo dije, que esos muros lo habían presenciado todo pero estaban ahora vendados por una gruesa capa de hollín que se desprendía, apenas, cada muchos años, durante los terremotos” (p. 77). Esta obra está llena de hallazgos como éste. Es una joya consistente, hecha de sangre y vísceras como un ojo, pero que como un ojo nos ayuda a mirar. 


[Relación del crítico con todos los autores reseñados: ninguna o mera correspondencia sobre sus libros. Relación con las editoriales: ninguna]


[1] J. G. Ballard, Fiebre de guerra; Berenice, Córdoba, 2008, p. 151.
[2] Javier Fernández (Córdoba, 1972), no sólo muestra influencias de la obra ballardiana en Cero absoluto (2005), sino que además ha sido editor y traductor del narrador británico.
[3] Manuel Vilas y Albert Fernández han visto el legado ballardiano en el escritor barcelonés; confróntense http://manuelvilas.blogspot.com/2008/11/el-texto-de-javier-calvo-en-odio.html y http://www.go-mag.com/es/cultura/libros/javier-calvo_r2457/.