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domingo, 28 de febrero de 2021

La constante actualidad de Iris Murdoch

 



 

“[…] considero que la conciencia general está hoy en día dominada, o bien por las convenciones, o bien por la neurosis, y en estas dos filosofías actuales hay muchos rasgos en los que podemos vernos retratados”.

Iris Murdoch, “Retorno a lo sublime y a lo bello”, Revista de Occidente n.º 44, enero 1985, p. 73.

 

"La mitología, por su parte, hace que la actitud trágica se antoje en cierto modo histérica y que el juicio que se limita a lo moral quede corto de vista".

Joseph Campbell, El héroe de las mil caras; trad. Carlos Jiménez Arribas, Vilaür, Atalanta, 2020, p. 70.

 

 

 

Si tuviera tiempo, como hace unos meses, de seguro estos libros me hubieran animado a construir una de esas entradas-mamotreto de quince folios que solía redactar antaño, pero mi ritmo de trabajo me aconseja levantar el pie del acelerador el fin de semana, y no confundir el descanso con el cambio de causa de estrés. Por este motivo, apenas me haré eco de tres libros que, aun siendo de años diferentes, muestran que la escritora irlandesa Iris Murdoch sigue disfrutando de una persistente y merecida vigencia. A estos libros habría que añadir Iris Murdoch. Ensayo sobre la intensidad (Letra Capital, 2019), del escritor y cineasta Ramón Luque Cózar, que no he tenido la oportunidad de leer.

 

El primer libro que quería recomendar, muy reciente, es Iris Murdoch. La hija de las palabras, de la estudiosa María Gila (Editorial Berenice, 2021). Estamos ante un estudio integral sobre la obra de Murdoch -hay aspectos biográficos, pero su finalidad es más contextualizar las ideas que intentar sustituirlas-, donde Gila va recorriendo algunos puntales importantes de la autora: su trabajo filosófico y ensayístico; la difícil relación entre éste y la obra creativa de Murdoch, que ella siempre quiso mantener separados; su concepción del concepto de imaginación -eje central del ensayo de Pau Luque que ahora veremos-; la irregular trayectoria narrativa de la autora irlandesa, causada en buena parte por su voluntad de cerrar en lo argumental y lo discursivo lo que había abierto en lo moral (“la propia Murdoch reconoció su tendencia a cerrar en exceso sus obras”, Gila, p. 62)”; las reflexiones sobre la religión y el bien; el debate a partir de la obra de Sartre entre el perfeccionismo moral y la disolución de la responsabilidad del individuo; la ascendencia de Schopenhauer sobre su pensamiento, tema al que dedica un largo capítulo; el pormenorizado estudio sobre el concepto del deber en las novelas de Murdoch, que se extiende durante 75 páginas; las ideas de sufrimiento, muerte y vacío moral, y un posfacio sobre la responsabilidad, al que luego volveremos. Del cuidado intelectual y rigor de María Gila creo que da buena cuenta la página 103, cuando compara los acercamientos al concepto de contingencia de Iris Murdoch a cargo de los estudiosos Antonio López Hernández y -mi admirado- Julián Jiménez Heffernan:

 


En resumen, creo no arriesgar nada si asevero que Iris Murdoch. La hija de las palabras, de María Gila, va a convertirse en una referencia inexcusable a la hora de acercarse a la autora de Bajo de la red.

 

El segundo sería el libro con el que Pau Luque obtuvo el premio Anagrama de Ensayo, Las cosas como son y otras fantasías. Moral, imaginación y arte narrativo (Anagrama, 2020). Es el de Luque un ensayo de largo alcance, con diversos y sugerentes temas, y ningún resumen apresurado, como el que vamos a hacerle, le puede favorecer, pero lo intentamos. El filósofo del Derecho Pau Luque realiza un estudio sobre las espinosas relaciones entre moral, bien, realidad y arte literario, temas que son centrales en el pensamiento de Murdoch y por ello la escritora irlandesa es, a su vez, uno de los centros nucleares del ensayo de Luque (especialmente entre las páginas 147 y 165, pero no sólo ahí). Luque, como quien esto firma, descree de las novelas unidireccionales, con una sola interpretación ética, que él denomina favolettes y que, según el grado de inepcia de sus practicantes, oscilan entre la fábula buenista y el panfleto inane. No son pocos los y las novelistas de éxito que practican esta fórmula de libros empaquetados ideológica o éticamente desde las entrevistas, que leen personas por lo común ya convencidas de las ideas más yacentes que subyacentes entre sus páginas, conduciendo a una burbuja de sesgo que ríete tú de las redes sociales.

Frente a ese unidireccionalismo novelesco, que lo único que pone en cuestión es la salud mental de sus editores, Luque prefiere la novela en conflicto consigo misma, sin soluciones fáciles, sin moral decantada, que no sólo cuestiona las ideas del lector, sino que, antes y sobre todo, se cuestiona a sí misma como obra de arte -mediante el lenguaje narrativo- y a sí misma como artefacto transmisor de ideas. El autor lleva a cabo una disección muy interesante entre dos formas de bascular la tensión entre realidad e imaginación (panal* y panal**, las llama; quizá la distinción hubiera requerido una terminología divisiva más clara, pero creo que con esas rúbricas quiere enfatizar precisamente lo difícil que es a veces distinguirlas), y se mueve con soltura entre obras literarias (Lolita de Nabokov y las novelas de Murdoch, entre otras), musicales (la discografía de Nick Cave) y filosóficas, donde destaca, como hemos apuntado, la obra ensayística de Murdoch. Luque tiene un interesante apartado sobre el realismo literario, en el que el peso de la imaginación representa, en realidad, la capacidad de una voz literaria de preguntarse a sí misma sobre su capacidad de representación de todos los recovecos y dobleces de lo real, con la debida apertura a la alteridad. En el mismo sentido y abordando la misma cuestión, María Gila recoge una reveladora opinión de Iris Murdoch: “El realismo de un gran artista no es fotográfico, sino que está constituido esencialmente tanto de piedad como de justicia” (La soberanía del bien, p. 197), y añade una opinión de propio cuño: para Murdoch “reflejar la realidad en el arte demanda un esfuerzo moral por comprenderla más que por emularla” (Gila, p. 51). Creo que hay una sintonía armónica entre esas ideas y Las cosas como son de Pau Luque; un ensayo cuya disección y discusión darían para un seminario, pero que aquí no podemos dejar de recomendar por la penetración y rigor de sus ideas, que pueden disfrutarse sin necesidad de estar de acuerdo en todo momento con ellas. En eso precisamente consiste la multidireccionalidad inherente a los buenos libros.

 

Y el tercer libro es de la propia Iris Murdoch, La soberanía del bien (Taurus, 2019) en la edición y versión de Andreu Jaume —de quien quiero destacar una joya recién aparecida, su edición y traducción del Elogio de la piedra caliza de W. H. Auden para Acantilado—. Este libro de Murdoch es su acercamiento más concentrado a una de sus ideas centrales, como vimos más arriba: la del bien, “una idea difícil que sólo se revela de forma gradual”, según Jaume (introducción, p. 28), y a la que Murdoch se acerca a través de una atrevida mezcla de enfoques: psicología, filosofía, religión y “también aprovecha elementos de la teología y de la espiritualidad oriental, sobre todo del Bhagavad Gita y del budismo” (Jaume, p. 30), una mezcla que no tiene por qué funcionar siempre, pero que genera la sensación de no estar leyendo siempre el mismo texto, uno de los problemas constantes del ensayo de corte filosófico. El ensayo de Murdoch, por esa razón varia, es muy sugestivo, porque oscila entre profundas reflexiones a partir de la filosofía kantiana o de la analítica inglesa, y otras cavilaciones sobre la necesidad de la literatura como modo cultural de entender debidamente todas las dimensiones de lo humano (véase páginas 121 y siguientes). Su publicación por Taurus se enmarca dentro de un movimiento editorial de recuperación de obras de Murdoch -sobre todo novelísticas, pero también de ensayo-, que vienen realizando algunos sellos españoles durante los últimos años: Lumen (El príncipe negro; El sueño de Bruno; El mar, el mar), Siruela (La salvación por las palabras, El fuego y el sol, Nostalgia de lo particular) e Impedimenta (El unicornio, El libro y la hermandad, Bajo la red, Monjas y soldados). Novelas que, como señaló uno de sus lectores acérrimos, Gonzalo Torné, le otorgan un lugar bastante singular en las letras inglesas: “si la preeminencia de Murdoch no se aprecia con tanta claridad quizás se deba a su rareza, una rareza particularmente rara, pese a que sus novelas, por complejas y matizadas que sean, no le cobran al lector la tasa de acceso de la dificultad (uno de sus poderes es hacernos parecer más inteligentes al leerla que de costumbre); ni tampoco abordan cuestiones extravagantes: al contrario, uno de sus temas recurrentes es la locura del enamoramiento, la más corriente de las ocupaciones del ser humano adulto” (G. Torné, “La rareza de Iris Murdoch”, El Cultural, 08-07-2019).

 

La idea de la responsabilidad individual y su relación con el concepto de bien común está presente en los tres libros, seguramente porque, como apunta María Gila en su conclusión, es uno de los centros de su obra ensayística, aunque no acaba de resolverse, constituyéndose sus novelas en el centro de operaciones de diversas puestas en práctica de situaciones hipotéticas que llevan a sus personajes a oscilar entre lo posible y lo debido, revelando las tensiones entre lo individual y lo colectivo sin sentenciar ni moralizar al respecto -como pide Pau Luque para la buena narrativa: que nos lleve a pensar, sin tener la sensación de que se nos intenta persuadir de una u otra motivación-. El bien narrativo de Murdoch, en resumen, no es tanto un ideal platónico, sino la misma idea de ponernos a pensar sobre qué hacemos y quiénes somos, sin tener que dar(nos) una respuesta definitiva. Frente a cierta “novela de actualidad” que aborda problemas sociales y políticos desde una clarísima convicción de planteamiento, escribiendo columnas de opinión de cuatrocientas páginas, Murdoch opina, sentada en un sillón de orejas estampado de los años ochenta, que quizá la función de la novela no sea ofrecer soluciones baratas a los problemas, sino pensar la enorme complejidad psicológica, social y filosófica de aquellos asuntos en los que están involucrados el sentido del deber y la visión de la libertad propia de millones de ciudadanos.

 

[Relación con los autores reseñados: ninguna. Relación con las editoriales: ninguna]

sábado, 14 de marzo de 2020

Poliantea 3


En este país hay una secular tendencia a pedir la dimisión de cualquiera que cometa una gorda. Especialmente, somos recalcitrantes peticionarios de dimisión cuando se trata de cargos que no suelen tener importancia para la marcha particular de nuestras vidas aunque sí para el bien general de la sociedad. Fíjense en la cantidad de entrenadores de fútbol que dimiten en cuanto fracasan los equipos que dirigen. En cambio, considérese el caso de los escritores. Publican novelas. En su mayoría malas novelas. Fracasos absolutos. En buena lógica, los lectores, al igual que hacen los forofos del fútbol, deberíamos pedir su dimisión como escritores, ¿no?

Víctor Moreno, Fuera de lugar (2009)

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Sí, esta novela es un abismo sin fondo; dondequiera que la toquemos, se abre ante nosotros una infinidad de caminos (la sistemática de las comas en el capítulo VI, por ejemplo, corresponde al trazado del mapa de Roma). 

Stanislaw Lem, Vacío perfecto (1971)

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El pobre Greg [hijo de McEwan] tuvo que estudiar Enduring Love en el colegio. Tenía una maestra. Y tu tuvieron que escribir una redacción: ¿quién es el centro moral del libro? Le dije a Greg: “Bueno, creo que Clarissa lo entendió todo mal”. Suspendió. La profesora pensó que Joe era demasiado varón en su modo de pensar. Bien, quiero decir, yo sólo escribí el maldito libro.

Ian McEwan, en New Yorker[i]

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Os voy a contar una anécdota que no conoce nadie y que es una preciosidad. [...] Se refiere a Chagall. [...] un día estábamos sentados él, Baba, su mujer, Pili  y yo, en la entrada de la Fundación de Saint-Paul-de-Vence, que es como un puentecito con dos pequeños muros. Y de repente aparece un individuo extrañísimo. Un tipo de una edad intermedia e indefinible, y se pone de rodillas delante de Chagall. Chagall le miraba con extrañeza y le dice el individuo: “Maître, maître”. “Maître” es maestro en francés, pero se pronuncia casi igual que “mètre”, que quiere decir metro. Y Chagall le miró con una cara de falsa modestia tremenda y le dijo: “Pas mètre, centimètre”.

Eduardo Chillida, Elogio del horizonte


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El caballo clama por el ojo del amo.

Rafael Pérez Estrada

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-Sí, doctor –dijo el director con orgullo–, el cuerpo está bien elegido. Aquí no hay ni un solo cuerpo agradable, simpático, normal y humano, son sólo cuerpos pedagógicos, como ya ve, y si la necesidad me obliga a tomar algún nuevo maestro, siempre me cuido mucho de que sea profunda y perfectamente aburridor, estéril, dócil y abstracto.

Witold Gombrowicz, Ferdydurke (1937)

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            El enemigo está en todas partes. Sólo es necesario poner algo de buena voluntad y ya se los encuentra uno.

Theodor Fontane, Antes de la tormenta (1878)


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En nuestra Unión Soviética, por supuesto, sólo se puede ser apolítico de la manera más entusiasta y militante. Se dice que, en una ocasión, Vlásov, cuando acababa de criticar la brutalidad hipócrita e insufrible de determinado artículo del Pravda, fue interrumpido por la visita de un apparátchik del Partido. En un santiamén se puso a elogiar el mismo artículo. Cuando el invitado se hubo marchado por fin, la esposa de Vlásov, de pie y aturdida en el umbral de la cocina, le dijo: “Andrei, ¿de verdad puedes vivir así?”.
William T. Vollmann, Europa Central (2005)

 
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Los perezosos representan lo más bajo de la existencia en el orden de los animales de carne y sangre: un sólo defecto más y su existencia hubiese sido imposible.

Georges Louis Lecrerc, Conde de Buffon

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Estos días pensaba que es una estupidez por parte de todas estas mujeres temer tanto a la muerte ya todo cuanto tiene que ver con ella, hasta el punto de ocultarles todo y llevar el Santo Sacramento a los moribundos cuando ellas están comiendo. ¡Eso es pueril! ¿A ti no te gusta ver un ataúd? A mí me encanta ver alguno de vez en cuando. Me parece que un ataúd es un mueble hermoso, incluso cuando está vacío [...]

Thomas Mann, La montaña mágica (1924)

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La cuarta vez que recogemos dinero en la taberna, el camarero me dice:
-Vosotros, los extranjeros, siempre estáis haciendo colectas para las coronas, vais a entierros sin parar.
Yo le respondo:
-Cada uno se divierte como puede.

Agota Kristof, Ayer (1995)

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Los antiguos no han existido nunca, porque también los antiguos tenían, a su vez, sus propios antiguos.

Ardengo Soffici
                                             
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Conservamos todavía un ejemplo divertido de la actualidad que seguía teniendo la idea de la teofanía de los hombres. Un grupo de agrigentinos beodos, a los que les daba tales vueltas la casa donde se encontraban que creían hallarse en un barco, en medio de la tormenta, arrojaron toda la basura de la casa a la calle, y cuando los estrategos (es decir, los agentes de policía) llegaron para imponer orden, los tomaron por tritones, y les prometieron honrarles en lo futuro como a las demás divinidades marinas.

Jacob Burkhardt, Historia de la cultura griega (1898-1902)


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            Todos los traductores llevaban puesto un auricular y un micrófono, y parecían haber adquirido, a lo largo de su carrera, o quizás de su vida entera, un tinte verdoso semejante al de las pantallas de computadora que tenían delante.

Daniel Alarcón, The King Is Always Above His People (2009)

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¿En qué momento la poesía se convirtió en una repostería deliciosa, en un manjar? ¿Se han vuelto las lecturas de poesía la forma canónica de la animación de fiestitas infantiles? ¿Será ése su nuevo lugar? ¿Será que la suerte del poeta ya no se juega en el texto, sino en integrar elemento estable de la festividad? ¿Acaso se equivocan los diarios cuando cada seis meses publican una nota llamada “La movida de la poesía”? Que cada semana haya en Buenos Aires decenas de lecturas de poesía, ¿es estimulante o simplemente una desgracia? ¿No tiene el poeta joven que va de lectura en lectura algo en común con el visitador médico que va de consultorio en consultorio? Al menos al visitador le cabe la figura del explotado, en cambio el aspirante a poeta del momento parece adherir al discurso de la servidumbre voluntaria.
Damián Tabarovsky, Autobiografía médica (2007)

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¿Dante?, aventuró Plotzbach sin demasiada ilusión de haber disimulado su ignorancia. No, D’Annunzio, dijo el capitán. Y añadió: Créame, amigo Plotzbach, nunca confíe en un pueblo capaz de dar al mundo tan buenos poetas.

Ignacio Padilla, La Gruta del Toscano (2006)

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[...] y me encaminé hacia la literatura inglesa, a la que tantos poetas frustrados acababan dedicándose como profesores vestidos de tweed con la pipa en los labios.

Vladimir Nabokov, Lolita (1955)

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            Tanta ciencia sólo podía desembocar en la hambruna.

Víctor Hugo, El hombre que ríe (1869)

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Tiene facilidad para crearse relaciones personales, y suspira por el amor como un poeta suspira por un auditorio.

Iris Murdoch, Bajo la red (1954)

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Entre los viajantes de comercio, los industriales errantes, los promotores de negocios y comandita y los poetas absorbentes hay una sola diferencia: aquella que existe entre la propaganda y la prédica; el vicio de estos últimos es absolutamente desinteresado.
Charles Baudelaire, La Fanfarlo (1847)

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            Verdugo era, si va a decir la verdad, pero un águila en el oficio; vérsele hacer daba gana a uno de dejarse ahorcar.

Francisco de Quevedo, El Buscón (1626)

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            El notable telegrama que Dorothy Parker envió a su agente, que por desgracia pierde la genialidad al ser traducido: “Tell the editor I’ve been too fucking busy –or vice versa”.

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Una mujer apareció por la tienda. Compró unos cables para el teléfono y nos dijo que los militares habían destituido al Presidente. “A lo mejor lo que viene es una guerra”, dijo la mujer. “Coño, va a empezar una guerra justo el día en que consigo trabajo”, pensé yo, y me vi de nuevo en la casa mirando la televisión y escuchando los gritos de mi mamá y de mi esposa.

Juan Carlos Méndez Guédez, Hasta luego, míster Salinger (2007)

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            Ceslaw Milosz escuchaba en sus lecturas californianas las preguntas post-estructuralistas de los estudiantes estadounidenses sobre reificación y objetividad y respondía, según Robert Hass, de forma muy calmada: “eso es muy sofisticado para mí, prefiero leerles un poema de Li Po”.

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Uno que antes de morir reparte su dinero entre quienes le caen bien a primera vista. Sale a la calle y los va eligiendo. En cuanto alguien le agrada, le da al instante lo que otro sólo legaría. Esta ocupación, que lo hace feliz, lo llena durante un tiempo; él la prolonga y se vuelve más ahorrativo. Le hace falta mucho tacto para no herir a la gente. Las mujeres le creen enseguida, y algunas se decepcionan de que no espere nada de ellas a cambio del dinero. Pero en líneas generales sus candidatos desaparecen pronto, por miedo a que pueda volver a pensárselo.

Cuando el azar vuelve a llevarlo al mismo sitio, todos fingen no conocerlo.

Elías Canetti, Hampstead (1994)

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            Me acordé de Tom Sawyer en el extranjero cuando el negro Jim cree que Virginia tiene que ser eso que abajo de porque Virginia en uno de los pocos mapas que está pintada de rosa.

Luis Chitarroni, Peripecias del no. Diario de una novela inconclusa (2007)


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Vista a cierta distancia, cualquier vida es de pena.

Francisco Brines






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[i] En Daniel Zalewski, “The Background Hum”, 23/02/2009, traducción nuestra, accesible en http://www.newyorker.com/reporting/2009/02/23/090223fa_fact_zalewski