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martes, 7 de junio de 2011

Arte latinoamericano y diáspora

Elizabeth Marín Hernández, Multiculturalismo y crítica poscolonial: la diáspora artística latinoamericana (1990-2000); Tesis Doctoral, Universitat de Barcelona, Departament Història del Art, Barcelona, 2005.

Una de mis costumbres peregrinas, supongo, es mi hábito de leer de cuando en cuando (y tardando mucho tiempo en hacerlo, como es normal) tesis doctorales. Hace meses degusté con fruición la tesis de Jesús Montoya, Realismos del simulacro: imagen, medios y tecnología en la narrativa del Río de la Plata (Universidad de Granada, 2008), sobre Aira, Levrero y otros escritores argentinos y uruguayos. Frente a la opinión de algunos ignorantes según la cual en Internet no hay más que conocimiento superficial, en realidad la red nos provee de forma gratuita y legal de una de las formas de investigación más completas, duras y exhaustivas que existen (quien lo probó lo sabe), las tesis de doctorado, y nos las ofrece con generosidad. La oferta de tesis es tan vasta que hay que seleccionar, por supuesto, ya que no todas las tesis, a pesar del aval académico y de pasar un –en principio– riguroso tribunal, alcanzan el mismo nivel de calidad y excelencia. Mi criterio favorito, salvo que ya conozca al autor y confíe de antemano en su capacidad investigadora, suele ser el prestigio del director de la tesis, que es un elemento fundamental a la hora de que la investigación llegue, metodológica y semánticamente, a buen puerto. En el caso de esta tesis, llegué al texto por la confianza que me genera la persona que la dirigió, Anna Maria Guasch, una de las mayores expertas en arte contemporáneo y cuyos ensayos he leído siempre con pasión y agrado.

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Multiculturalismo y crítica poscolonial: la diáspora artística latinoamericana (1990-2000), de Marín Hernández, se propone un ambicioso objetivo, cual es la lectura desde las perspectivas multiculturalista y poscolonial del arte latinoamericano de una década central en la configuración de ese complejo panorama que es el arte contemporáneo. Como dice la autora, una de las paradójicas consecuencias de la globalización cultural, donde afloran tensiones globales junto a las locales, ha sido que “las representaciones del arte latinoamericano se encuentran repentinamente revalorizadas desde su condición periférica, de margen o de diferencia”[1]. No es extraño que por ello la autora dedique parte del apartado metodológico a resaltar pensamientos de la diferencia, como los de Foucault (“Espacios diferentes”, 1967), Derrida (“La Différance”, Theorie d’ensenble, 1968), Lyotard (Le Différend, 1983) o Deleuze (Differénce et répétition, 1968), que suelen ayudar a enfocar con propiedad este tipo de situaciones paradojales. Pero no se queda ahí el fuste teórico, ni mucho menos; de hecho, una de las cosas que más me ha llamado la atención de esta tesis doctoral es que su epistemología se parece más a la de una universidad norteamericana que a la típica de una española. En su razonamiento, la autora utiliza conceptos que son de uso común en la academia estadounidense (marginalidad, subalternidad, postcolonialismo) aunque sólo se utilizan en las Facultades humanísticas españolas por contados especialistas en cada una de esas materias. Es curioso que mientras que en el discurso de la crítica de arte española las teorías y autores utilizados sean muy abiertas, plurales y diversas, en la crítica literaria académica, con muy pocas excepciones, apenas se haya pasado de los postestructuralistas franceses (y no siempre se ha llegado ahí).

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Con estos y otros instrumentos metodológicos, la autora hace una doble operación: por un lado, intenta ver la forma (conflictiva, como es normal) en que el arte latinoamericano intenta “centrarse” dentro del panorama internacional, y cómo algunos nodos del tejido del arte mundial (la Documenta de Kassel, por citar un ejemplo), comienzan a mostrar una mayor atención por la otredad, por los artes otros, lo que favorece el diálogo transatlántico y una visión del canon artístico más abierto (p. 588). En un segundo lugar, muestra a partir de la obra de varios autores concretos cómo las obras son en parte hijas de esa tensión margen/centro y exploran críticamente la misma, poniendo lo local en situación de oposición a lo globalizado, pero dentro (y he ahí el oxímoron que también afecta a la literatura latinoamericana) de un juego global de fuerzas. Del mismo modo que muchos (no todos) escritores hispanoamericanos que se quejan del lugar central del mercado editorial español hacen lo posible para terminar publicando en España, algunos artistas también quieren que su discurso artístico, defensor de su lugar otro y de sus esencias locales, se escuche en las ferias de Miami o en las grandes muestras o bienales europeas. Dejando de lado el poco interesante tema del mercado (desde el punto de vista artístico, desde el sociológico es fascinante), lo esencial es cómo la relación de ambivalente pertenencia y ajenidad a un territorio artístico mundial es la nueva koiné, parte del nuevo discurso en el que se mueven, aunque sea para combatirlo, muchas obras de arte latinoamericanas. Para la autora, por ello, es lógico “que presenciemos una movilidad de los espacios expositivos y de los modos en que estos son estructurados, pues el desplazamiento de artistas y de muestras sobre diversos temas acusa -como afirma Mari Carmen Ramírez- de la utilización del arte como capital simbólico dentro de la expansión de la globalización, y que esta ha propiciado un espacio de acción y de intensificación más amplio para el arte latinoamericano” (p. 593).

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Hans Belting señaló hace ya tiempo que la “Historia del Arte”, como invento europeo que es, corre siempre el peligro de exportar su eurocentrismo crítico cada vez que se aplica a otras realidades. Si el arte global, como decía el pensador alemán, consiste en parte en la destrucción de la idea convencional (europea) del arte, una historia del arte global debe tener en cuenta que “the European model is not a neutral and general tale that could easily be applied to other cultures that lack such a narrative”[2]. La obra de Elizabeth Marín Hernández es consciente de ese peligro y por ello instala estructuralmente mecanismos de correción, como la teoría postcolonial y el concepto de subalternidad, para controlar la imparcialidad de la paralaje y eliminar perspectivas anacrónicas de juicio, así como apriorismos críticos incapaces de comprender qué tratan de aportar, precisamente, esas creaciones hispanoamericanas que reivindican nuestra atención. Una atención que no debe pasar por alto que en este camino de apertura teórica a lo multicultural se han producido muchos excesos, críticos y de otros tipos. Vale la pena recordar estas líneas de El mapa de la sal, de Iván de la Nuez: “se trataba de uno de esos másters globales del que fui excluido años después gracias a la intriga de dos profesores que (…) también se decían multiculturales –imagino que sobre todo debido a que el dinero del curso provenía fundamentalmente de estudiantes latinoamericanos-, aunque eran todo un himno a la cultura local”[3]. La música, por desgracia, es conocida. Habría que saber qué artistas y teóricos eran naturalmente multiculturales y cuántos se apuntaron a la visión más atraídos por las posibilidades crematísticas que por sus propias convicciones intelectuales.

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La autora delimita las tres sucesivas etapas “diaspóricas” en las que el arte hispanoamericano ha ido apareciendo en el resto del mundo, y las características de cada fase, caracterizadas por una tensión dentro/fuera, por la creciente fe en la modernidad del movimiento y por la clara conciencia de estar repensando la relación con las metrópolis artísticas en términos poscoloniales, subvirtiendo artísticamente los símbolos vigentes hasta el momento (p. 420-427). La autora dedica especial atención al muralismo mexicano, la Antropofagia brasileña y la Escuela del Sur, como movimientos latinoamericanistas (hasta cierto punto, disculpen el basto resumen), y también a otros movimientos más “internacionalistas”, según su definición, concreto-constructivistas y ópticos, que buscaban integrarse dúctilmente en el giro internacional del arte. En el momento actual, y como pasa en el resto de las artes, se contraponen todo tipo de movimientos y la globalización económica y cultural ha atomizado las formas de comportamiento del artista hispanoamericano respecto a su condición de tal. Marín Hernández aborda un tema que me parece de sumo interés: cómo un artista intenta explicarse a sí mismo cuáles son “sus orígenes”. Trasvasando el asunto a lo literario por un instante, los diálogos de los escritores latinoamericanos consigo mismos en los últimos años respecto a qué se considera “crear desde una nación del Cono Sur o de América Central” es casi un lugar común de la socioliteratura actual. Esa reflexión sobre el lugar desde el que uno escribe y su influencia en la obra está presente no sólo en manifiestos como los del Crack o McOndo, sino en casi cada prólogo de cada antología o en cada texto de cada autor. La autora cita algunas opiniones de artistas que revelan la clara conciencia de que señalar el lugar de origen es, incluso en el caso de señalar el lugar de nacimiento, una operación intelectual, una decisión, una declaración casi estética. De ahí que la cita al cosmopolitismo, a la condición de “ciudadano del mundo”, etc., sea un lugar no menos común y elaborado que decir que uno es de tal o cual nacionalidad. También en ese caso hay una pertenencia (¿política?) y una voluntad de arraigo a un entorno reconocible, desde el que ejercer la irradiación artística.

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Para terminar, tras centrarse en distintos artistas muy diferentes entre ellos (de Doris Salcedo a Gabriel Orozco, de Santiago Sierra a Marta María Pérez-Bravo o Félix González Torres) la autora concluye que “las diásporas artísticas contemporáneas” inscriben “el movimiento como aspecto integrante y fundacional de su ser. Ser con el cual problematizan la elaboración de los espacios de reflexión y de análisis de sus representaciones, a su vez nos permite comprender a los desplazamientos en la formulación de imágenes conscientes, que continuamente realizan diversas puestas en escena, de las materias significantes que se conforman en la interioridad de las obras como producción de sentido híbrido y fronterizo” (p. 603). En conclusión, los movimientos, tanto artísticos como conceptuales y políticos del arte latinoamericano se presentan sustentados en un eje de doble vuelta, donde a cada fuerza en un sentido responde un mecanismo compensatorio de respuesta. Mecanismos que unas veces son simbólicos, y otras subjetivos, pero que en ningún caso son inocentes. Palabras como pureza, seguramente por fortuna, han desaparecido del mapa, y el conglomerado artístico actual tiene la forma de un tapiz neuronal por el que la información, los símbolos del origen, las redes de influencias y, no lo neguemos, el dinero, circulan de una forma cada vez más fluida entre los centros atractores de las metrópolis tradicionales (Kassel, Miami, Venecia) y sus nuevas interlocutoras hispanoamericanas (México D.F., Caracas, Lima, Bogotá). Recuerdo que cuando fui a Medellín en 2009 me sorprendió comprobar que había allí una exposición de Leonardo da Vinci, y también me dejó perplejo que a los antioqueños este hecho les parecía normal. Pensé entonces que algo se había movido, aunque no tenía claro qué. Ahora lo tengo más claro.

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(Relación con la autora de la tesis: ninguna. Relación con la directora de la tesis: ninguna).



[1] Elizabeth Marín Hernández, Multiculturalismo y crítica poscolonial: la diáspora artística latinoamericana (1990-2000); Tesis Doctoral, Universitat de Barcelona, Departament HIstòria del Art, Barcelona, 2005, p. 3.

[2] Hans Belting, An history after Modernism; The University of Chicago Press, Chicago, 2003, p. 64.

[3] I. de la Nuez, El mapa de la sal; Periférica, Cáceres, 2010, p. 78.

viernes, 27 de mayo de 2011

Nanoescritura


Hay nieve en las calles y plazas, sobre los monumentos y los techos, algo muy acorde con la época de Año Nuevo. Gustoso dejo a otros los árboles de Navidad y las golosinas. Los escritores son magníficos porque saben presenciar las alegrías de los demás sin pensar en seguido que hubieran debido participar en ellas. Una habitación caliente ya es mucho en invierno.

Robert Walser, La rosa

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Su presencia se ve recreada a cada instante por nuestras palabras. Se la alimenta, se la estimula, frase a frase, soplo o soplo. Su concepción del teatro no se tiene ya en pie. No están condenados a mirarnos, pero no se les da otra opción. Ustedes son el argumento. Ustedes son los actores. Ustedes son nuestros antagonistas. Se apunta hacia ustedes. Ustedes son nuestro blanco. Nos sirven de blanco. Es una metáfora. Ustedes son el blanco de nuestras metáforas.

Peter Handke, Insultos al público

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Ningún lugar me atrae particularmente. No sé qué voy a hacer ahora. Aguardo el rayo y la voz potente. Aún no estoy libre de todo lo que he escrito hasta el momento. El recuerdo no me seduce, y no veo objetivo alguno. A veces lamento que mi espíritu nunca se haya vestido a la inglesa. Ya llevo aquí veintidós años.

Elías Canetti, Hampstead

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Si fuera artista plástico dibujaría los Boeing 747 como grandes dedos, los grandes dedos con los que el dios de la historia decide regresar de su retiro para pulsar el botón de play y seguir así con la diversión. Nunca he visto a nadie poner esos ramos de flores que pueden verse a la orilla de la carretera señalando el lugar donde alguien perdió la vida en un accidente de tráfico. Después de comer me gusta saber que hay café hecho en la cafetera, aunque sea de hace un par de días. Siempre tomo el café solo. Nunca he usado mantequilla para practicar el sexo anal. He vivido en una casa por la que hace quinientos años paseaban los Reyes Católicos.

Javier Moreno, Alma

sábado, 19 de marzo de 2011

Dos (o tres) libros singulares

Publicidad y poesía, pasadizos a partir de David Refoyo

¿Te gusta conducir?

Alejandro Céspedes, Flores en la cuneta

¿Te gusta conducir?

Óscar Gual, Fabulosos monos marinos

¿Te gusta conducir?

David Refoyo, Odio

En los últimos años han publicado poemarios en los que la publicidad es importante de algún modo (como tema, como estructura, como intertexto) numerosos autores: Julián Herbert, Pablo García Casado, Gioconda Belli, Javier Moreno (Cortes publicitarios), María Eloy García, Diego Doncel[1], Aurora Luque, Ariadna G. García, Elena Medel[2], entre otros. José Manuel Lucía Megías recomendaba al lector “pensar en verde”, a partir del por entonces omnipresente anuncio televisivo de Heineken en su poemario Libro de horas (Calambur, 2000). No hace mucho apareció el libro de Alejandro Céspedes Flores en la cuneta (Hiperión, 2009), un poemario en prosa con momentos interesantes y un par de excelentes textos. El resultado final parecía un poco forzado, debido a la obligación autoimpuesta de que todos los textos tuviesen algo que ver con los accidentes de coche, pero era muy destacable el uso que hacía el autor de la publicidad de coches para crear una tensión dramática entre la feliz superficialidad de los eslóganes y el fúnebre contenido de los versos. David Refoyo presenta en Odio (La Bella Varsovia, Córdoba, 2011) un tratamiento extremo y algo despiadado de las leyes de la publicidad enfrentadas a la desolación cernudiana de la quimera. La publicidad entendida como la distancia entre la realidad y el deseo. La quiebra entre las pretensiones de una sociedad de consumo empeñada en comprar un mundo feliz a cualquier precio, pero incapaz de manejar su intimidad de un modo razonable y satisfactorio. Organizado como un hipermercado, con secciones de temas presentados como “productos”, encontramos en el poemario ecos de Pablo García Casado (“placer adulto”) o de David González, dentro de un tono general descarnado, hiperrealista y directo, sin concesiones ni retórica, que puede entenderse como una poesía en prosa de puro combate.


Exposición de virtudes mecánicas

Avilés, Constatación brutal del presente; Libros del Silencio, Barcelona, 2011.

En un momento de esta extraña novela leemos: “¿Se puede plantear una narración elaborada por un autor infidente y expresada por un autor fiel o fidedigno?” (p. 90). Constatación brutal del presente es la precisa demostración de lo contrario, de que se puede narrar fidedignamente lo que un autor falaz nos propone como narración. El propósito del libro es demostrar que no se puede narrar, y en efecto ése es el resultado; en esta primera novela de Javier Avilés (Barcelona, 1962) hay literatura pero no hay narración strictu sensu. Hay una armazón técnica que sostiene un texto en el que los mejores momentos se deben a las partes ensayísticas, a los instantes en que el autor reflexiona sobre otros autores, sobre todo cuando se divaga sobre cineastas y sus creaciones. En la línea del Vila-Matas de la “tetralogía literaria”, la narración sobre desaparición del yo y el culturalismo referencial bajo la especie de ensayo se alternan para crear un libro que se alimenta a sí mismo.

En ese sentido Constatación brutal del presente es inversamente contraria a otra novela que la misma editorial acaba de publicar, astillas (Libros del Silencio, 2011), de celso castro (respetamos la voluntad del autor de que se cite su nombre y el título de su libro con minúsculas). Ambas novelas son contadas en primera persona por un narrador homodigiético protagonista; las dos están, en consecuencia, afectadas por la posibilidad de infidelidad estructural del narrador respecto a la historia; en ambas el sujeto es masculino, nihilista y está en proceso de descomposición; sus dos antihéroes han hablado, como dijo Lowell, la extinción hasta la muerte; las dos obras ocupan un lugar perimetral, raro, dentro de nuestra literatura (ni son experimentales, ni son convencionales, son singulares); hay en ellas un hueco para lo irracional y lo paranoico; ambas son fragmentarias y dejan exhausto al lector pese a ser breves, ambas supuran talento. Y sin embargo, como dejaba apuntado antes, son absolutamente opuestas: castro opta por una expresión literaria de cortos vuelos (con las excepciones necesarias para demostrar que lo ha hecho conteniéndose) para dar credibilidad a un joven bibliotecario adicto a las drogas y los pensamientos suicidas; Avilés no se preocupa para nada de crear un personaje creíble, no siente la necesidad de introducir vida en la historia –sólo muerte–, y deja en manos de su sólido estilismo la razón de ser del libro. Ambas novelas son incompletas; una de las formas de un imaginario novelista perfecto podría ser aquel que construyese un personaje de celso castro con el voltaje literario de Javier Avilés.

Retomemos, para terminar, el asunto del narrador infidente, que creo es la almendra de la novela de Avilés. El libro se entronca con una parentela de narradores homodiegéticos deshonestos en primera persona, que podría arrancar en el Lazarillo, pero que en el caso de Avilés entronca más bien con La conciencia de Zeno (1923), la novela de Italo Svevo, así como con obras de Nabokov, Beckett o Roussel. Ascendencia más que respetable, todo hay que decirlo, aunque quizá hay que reprocharle al autor su machacona insistencia en señalarla, en apuntarla desde dentro del texto, como si pensara que el lector o el crítico no fueran a darse cuenta. La paradoja que se produce es la siguiente: de tanto avisarle al lector la infidelidad narrativa a la que está asistiendo, el texto acaba volviéndose sincero, desactivando su mecanismo de engaño. El lector recorre una serie de imposturas narrativas y subjetivas, pero lo hace siendo acompañado de alguien, de una voz en off, que le avisa que todo lo que ve es pura falsedad, giros literarios en el vacío, un cul de sac perpetrado por un mago virtuoso, pero que cuenta el truco a la vez que lo realiza. Cámaras rodando a cámaras rodando, como el plano de Kubrick bien traído al hilo (p. 103). Por ello, cuando leemos “todo esto no es más que un lugar frío e inhumano en el que la técnica ha suplido los sentimientos y las máquinas a las personas” (p. 104), no podemos evitar sentir que la frase puede aplicarse al propio libro, archivable como “exposición de virtudes mecánicas” (p. 105). Asombrosa, es verdad, pero gélida. Si vamos a deshumanizar, hagámoslo, pero entonces lleguemos hasta el final. Constatación brutal del presente hubiera sido un libro arduo, casi ilegible, sin ese narrador que defiende que nada es narrable, sin ese jugador de cartas que compite con los naipes del revés, vueltos hacia el contricante. Hubiera sido una novela durísima, mineral, inextricable, como Oficio de tinieblas, 5 (1973), de C. J. Cela, un libro al que la novela de Avilés me ha recordado en algún instante (pp. 22-27). Hubiera sido un libro de culto, un acto de resistencia salvaje ante nuestros febles tiempos de corrección política y concesiones al lector. Sin ese narrador, sin ese yo elocutorio difractado, sin ese espejo cóncavo a lo largo del camino, Constatación brutal del presente hubiera sido una novela imposible, maldita, joyciana, un engendro demoníaco, una abominación narrativa, una antinovela. Me hubiera encantado leerla.

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(Relación del crítico con los autores reseñados: ninguna. Relación con Libros del Silencio: ninguna. Relación con La Bella Varsovia: actualmente ninguna, hace dos años fui jurado en uno de los premios que convocan)

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Notas

[1] “esa máscara que paseo por Lower East Side / bajo nubes rosadas de apariencia televisiva y los pájaros eléctricos de la publicidad”, En ningún paraíso; Visor, Madrid, 2005, p. 43.

[2] “Por ser la vencedora en la batalla diaria de Zara: (...) / Por liderar el ranking de los cuerpos más apetecibles, / más llamativos, por una cosa u otra, a la cabeza / de las sedas varoniles, los mentones perfectos, / el vello hermoso enmarcando sus labios”, Elena Medel, Mi primer bikini, DVD, 2002, p. 19.

martes, 7 de diciembre de 2010

Un resumen de 2010 a partir de El rey está siempre por encima del pueblo, de Daniel Alarcón


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El excelente libro de relatos The King Is Always Above His People de Daniel Alarcón, traducido y publicado este año por Alfaguara, puede servir como hilo conductor de lo que ha pasado en 2010, por su curiosa variedad interna. Incluso puede ser útil para hacer referencia a lo que ha pasado en esferas no totalmente literarias. Pongamos un ejemplo: en la página 165 leemos “¿En qué año se jodió Estados Unidos?”, obvio homenaje a Mario Vargas Llosa, que ha sido nobelizado este mismo año. El autor de Conversación en la catedral sigue siendo una alargada sombra para los autores peruanos más jóvenes, e incluso un peruano que escribe en inglés y que tempranamente su fue a vivir a los Estados Unidos como Alarcón tampoco parece estar del todo ajeno a su influjo, como también puede confrontarse aquí. Y otro ejemplo extraliterario más: que las dos últimas frases del libro sean “Y por supuesto, nadie sabrá nada, señor presidente. Éstos son secretos de Estado” (p. 167), después de lo que ha ocurrido este mismo mes, parece un admirable ejercicio de presciencia y sorna de Alarcón. En todo caso, lo de los secretos de Estado y los tejemanejes del poder descritos a lo largo del libro puede ser un nexo de unión con Point Omega (Scribner, 2010) de Don DeLillo, el libro de este año que más me ha gustado, y del cual hice una larga reseña en mi blog.

Los relatos de Alarcón son diferentes entre sí, aunque tienen algunos temas y obsesiones comunes; son esos atractores o nodos los que lanzan puentes hacia otros textos que he leído este año, aunque no todos se han publicado en 2010. Hablando de puentes, “El puente” es uno de los mejores relatos de El rey siempre está por encima del pueblo y, es también uno de los mejores que he podido leer en los últimos tiempos. Alternando espacios y temporalidades, sumergiéndose en los abismos familiares a la vez que en los problemas de las grandes urbes latinoamericanas, es un relato a medio camino entre las tradiciones hispánica y estadounidense, algo que la crítica ya ha destacado en la obra del peruano-norteamericano. Esta mezcla estructural de culturas sociales hace que pueda verse una relación entre este volumen de cuentos y la antología poética Malditos latinos, malditos sudacas, publicada por Ediciones El billar de Lucrecia (México, 2009), con selección y prólogo de Mónica de la Torre y Cristián Gómez B. No es casual que los antólogos se hagan una pregunta latente en el libro de Alarcón, escrito en inglés pero lleno de referencias a la cultura del Perú y a sus lenguas: “qué puede significar el concepto de ‘lengua materna’ (…) en esta primera década del siglo veintiuno” (p. 10). La pregunta es respondida con no poca contundencia en los poemas incluidos en la antología, que van desde las panlenguas de Rodrigo Toscano (“Jeu inventin lingascem mascarem / teu sep correzcur solascment / meu importamen madrizcem teup correzciremp solascmentarim”, p. 235; puede verse aquí una entrevista donde Toscano explica sus razones poéticas y políticas para la creación de sus neolenguas) o Gabriela Jauregui (“Encore: un dos tres e s o n o e s tangled tango á trois angled mango á moi set off twice, thrice-Auxilio Socorro and La Inmortal, tres tristes tigresas reman y reman y remo es un ramo”, p. 124), cuyos juegos interlingüísticos nos recuerdan a los de Cabrera Infante, a la alternancia idiomática (poetas como el mexicano José Molina, que escriben algunos poemas en inglés y otros en español), pasando por quienes se plantean en sus problemas el bilingüismo o nuevas formas intermedias entre el inglés y el español, como el spanglish o el code switching ( “¿No es eso de code switching una manera demasiado elegante de llamarle?”, Román Luján, p. 159; “hablaremos como los bilingües, / adorando a un toro”, Jaime Rodríguez Matos, p. 217). Esta antología no es sólo útil para saber el estado de cierta poesía latina en los Estados Unidos, sino también para ver cómo está evolucionando el español en distintos lugares, mezclándose con otras lenguas y mutando creativamente.

Volviendo al libro de Alarcón, ya se ha destacado sobre él que en casi todos sus relatos aparecen personajes que se resisten al poder o que se niegan a seguir la senda marcada por su entorno, su familia, su época o sus circunstancias. En ese sentido me ha recordado a La luz es más antigua que el amor (Seix Barral, 2010), de Ricardo Menéndez Salmón, que para mí ha sido uno de los libros más importantes del año. También en el inclasificable libro de Menéndez Salmón encontramos a tres personajes, tres pintores, que se oponen como pueden a la dictadura de lo marcado, o a la marca de la dictadura. Hablando de dictadura, también es el tema de Tres ataúdes blancos (Anagrama, 2010), de Antonio Ungar, una novela excelente ambientada, como la narrativa de Alarcón, en un país latinoamericano indefinido, aunque el de Ungar al menos tiene nombre: Miranda. Algunos relatos sueltos de Alarcón me han recordado a otros libros: “El vibrador” me ha traído a la mente el excelente libro de cuentos de Roberto Valencia, Sonría a cámara (Lengua de Trapo, 2010), ambientado en el mundo del porno; “Los miles”, por su extraña lógica, casi de fantasía, me ha recordado a la novela del argentino Rodrigo Fresán, El fondo del cielo (Mondadori, 2009), que leí a principios de año y que me pareció también una maravillosa introspección entre lo fantástico y lo realista, lo posible y lo imposible. La tensión experimental del relato “El juzgado” de Alarcón, escrito con una sola frase, me pareció guardar semejanza con la escritura en fuga y los ritornellos continuos de Los fantasmas del masajista (Eterna Cadencia, 2009), de Mario Bellatin. El modo en que las cosas que no se dicen son más importantes que las que no se dicen (“ojalá él hubiera podido leer mi mente”, p. 131) en El rey siempre está por encima del pueblo me ha recordado al valor latente de las cosas por decir, así como a la importancia del lenguaje en la construcción de nuestras relaciones sociales, que es son dos de los hilos conductores de Ojos que no ven (Anagrama, 2010), la breve y valiosa novela de J.Á. González Sainz, que recupera en esta obra algunos temas ya presentes en sus imprescindibles obras anteriores. El protagonista de “El presidente idiota”, un actor que malgasta su escaso talento primero en el teatro y luego en la televisión, hizo recuperar a mi memoria los terribles caracteres de la novela Los muertos (Mondadori, 2010), de Jorge Carrión, una de las novelas más provocadoras y atractivas de este año. El niño que intenta sobrevivir como puede en “República y Grau”, haciendo de lazarillo de un ciego corrupto y luchando contra el entorno hostil de la pobreza, me ha traído a la mente los niños devastados de la banlieu parisina que intenta comprender Diego Doncel en Mujeres que dicen adiós con la mano (DVD, 2010), su última y comprometida novela. Y, para terminar, La parte de “El Puente” relativa a los intérpretes telefónicos tiende pasadizos a la novela glocal de Douglas Coupland Generation A (Scribner, 2009), que entre sus cuatro personajes describe uno muy acertado que trabaja como teleoperador telefónico en una empresa británica deslocalizada en India.

Deslocalizado, o localizado en varias culturas, abierto y múltiple, el libro de Alarcón me parece un volumen logrado de relatos, con algunas piezas maestras y una interesante lectura del ruido de fondo de nuestra época. Como todo lo demás citado, es de lo mejor, y no es poco, que nos deja 2010.

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(Relación del crítico con Alarcón y Alfaguara: ninguna. Con los editores de Malditos latinos, malditos sudacas, ninguna. Con Ricardo Menéndez Salmón tengo buena relación, y Seix Barral ha editado mi último libro. Con Roberto Valencia y Lengua de Trapo, ninguna. Con Rodrigo Fresán tengo relación cordial, ninguna con Mondadori. Con Bellatin cruzo algún correo electrónico, con con Eterna Cadencia no tengo relación. Con González Sainz tengo trato cordial, ninguno con Anagrama. Con Jorge Carrión, buena relación, de su editorial ya he hablado. Con Diego Doncel mantengo buena relación y con DVD también, editaron mi primer libro de cuentos en 2006. Con Coupland, DeLillo y Scribner, por desgracia, no tengo ningún trato).

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viernes, 26 de noviembre de 2010

La crítica por las nubes. Si ya no (todos) leemos igual, ¿debemos criticar los libros como hemos hecho siempre?




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La crítica literaria es una actividad que ha de definir constantemente sus límites; también debe sobrepasarlos constantemente; la única norma invariable es que, cuando el crítico excede sus fronteras, tiene que hacerlo con plena conciencia.

T. S. Eliot, Goethe como sabio

Qué es la nube

Según la sabia Wikipedia, “La computación en nube, del inglés Cloud computing, es un paradigma que permite ofrecer servicios de computación a través de Internet. La nube es una metáfora de Internet”.

Desde hace varios años, muchos expertos en computación se dieron cuenta de que, por mucha capacidad y/o velocidad que mostrasen los ordenadores personales, Internet tenía una potencia y unos recursos que permitían que muchas operaciones complejas fueran resueltas extrayéndolas de los PC o Macs personales y solucionadas mediante computación en nube. Primero fueron las empresas, por obvias necesidades de agilización y reducción de presupuestos, quienes aprovecharon esta posibilidad. Luego se ha extendido y también hay aplicaciones sociales o comunitarias que se han desarrollado gracias a la cloud computing.

En un fundador artículo publicado en Wired en 2006, George Gilder exponía que lo bueno de las tecnologías de nube es que su estructura y funcionamiento es muy similar a la del cerebro humano y que tienen la ventaja de que lo sucede en el exterior, en el borde de la nube, dota de inteligencia al centro y lo mejora, realimentando todo el sistema en aras del perfeccionamiento progresivo.

Nubes literarias

En nuestro país hay varias personas que llevan tiempo examinando este tema en cuanto a sus posibilidades para la lectura. Una de las más activas es Javier Celaya, experto en nuevas tecnologías y responsable del portal www.dosdoce.com. El otro día Celaya colgaba un post en su blog sobre la plataforma estadounidense Copia (http://www.thecopia.com/home/index.html), que me pareció muy interesante. Copia no sólo permite descargar y compartir libros en todo tipo de formatos (Internet, teléfonos, lectores digitales, iPads, etc.), sino también compartir sus lecturas. Planteada como una aplicación social, gracias a Copia los usuarios leen un libro determinado, pero también los comentarios, subrayados o anotaciones al margen hechos por otros lectores de la misma plataforma, a los que pueden responder y a los que pueden añadir los suyos propios. El resultado es una especie de comunidad de lectura, donde la valoración y puntuación de otros usuarios de Copia ayuda a elegir libros; los gustos de los lectores con los que uno sienta mayor afinidad o sintonía, a la luz de sus comentarios, pueden orientar a la siguiente compra. El global de comentarios de lectura sobre un libro le da una nueva dimensión a este, al formar una enorme glosa interactiva sobre algunas de sus partes o sobre el texto entendido como un conjunto. De momento Copia no funciona más que en Estados Unidos, lo que no es casual puesto que es el país con un mercado más activo de venta y lectura de libros digitales. Pero esta y otras experiencias pueden permitirnos ya comenzar a pensar en las puertas que pueden abrir a potencialidades insospechadas para la lectura y la crítica literaria.

Posibilidades para la crítica literaria

A la luz de Copia se me ocurren al menos dos posibilidades en las que ésta u otras plataformas similares pueden utilizarse para expandir nuestro viejo concepto de crítica literaria y aprovecharlo en beneficio de una hermeneusis más actual, la edición en nube y la crítica en nube.

1) La edición crítica

Las ediciones de libros, como saben, consisten en tomar un libro clásico o canónico y volver a publicarlo con un prólogo erudito o un epílogo crítico, y poblar el texto de notas que lo expandan

o completen, como la interpretación de algunas palabras oscuras o términos tomados de otros idiomas, o insertando notas aclaratorias al pie. Es un mundo editorial muy protocolizado y cuyos procedimientos, con escasas excepciones, siguen siendo prácticamente los mismos desde hace decenios o incluso siglos, pues no varían demasiado de los comentarios del Brocense a Garcilaso o de los primeros hermeneutas de Góngora. La edición electrónica ha mejorado las cosas, por supuesto, y de este modo existen proyectos como la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, el Centro Virtual Cervantes (aquí, un ejemplo de una Rima de Bécquer editada) o el Proyecto Cervantes de la Texas A&M University, que están elaborando una edición del Quijote en estos términos:

Por lo tanto, concebimos ahora nuestro proyecto en términos no de una edición variorum, sino de un archivo hipertextual capaz de producir y visualizar un sinnúmero de ediciones individualizadas a partir de diferentes textos base, con incorporación dinámica de diversos tipos de variantes, múltiples categorías de anotación y niveles de comentario crítico.[1]

Estos recursos han supuesto un gran avance para investigadores y lectores interesados, pero no hay por qué detenerse, sino seguir buscando fórmulas de trabajo. Ahora imaginemos cómo sería una edición crítica en nube. El lector iría leyendo, en su ordenador, su móvil o su ebook el texto de cualquier libro en su pantalla y podría decidir sobre la marcha qué acotaciones o notas desea leer o contrastar y cuáles no. Estas notas se marcarían con colores o signos pequeños, para no entorpecer la lectura, y una vez abiertas pueden tener un espacio libre, que iría desde la mera referencia etimológica de una línea hasta un ensayo entero sobre la importancia que esa palabra o ese párrafo tienen para la interpretación del autor. Pueden incluirse enlaces a otroas ediciones, así como las variaciones y demás glosas ecdóticas como posibilidad.

La edición puede ser unipersonal, de un comentarista, o de varios a la vez, que vuelcan cada uno su visión sobre el mismo pasaje, por ejemplo. Una edición de las Soledades de Góngora puede hipotéticamente salir en versión digital comentada a la vez por Dámaso Alonso, Robert Jammes, John Beverley, etc., cada uno con sus marcas o notas distinguidas por colores. El lector elige si quiere consultar una nota, todas, o ninguna. Puede además añadir a las presentadas las suyas o las aportadas por miembros (profesionales o no) de la comunidad lectora, que es lo que diferenciaría estas ediciones de la mayoría de hipertextos y ediciones electrónicas existentes, que no son sociales al no permitir la interactividad de modo instantáneo (o la impiden en absoluto). Los trabajos de doctorado de las universidades pueden consistir en la edición colectiva y en nube de un mismo texto, donde el corpus original se enriquece con los debates y las aportaciones de todos. Un coloquio sobre la narrativa de Borges puede acabar siendo una edición digital de uno de los libros (si es que se logra el permiso de los agentes) completada y expandida por todos los participantes del coloquio con sus ponencias, más las intervenciones en los debates. Eso renovaría el conservador formato de las “actas” de los congresos y seminarios. Yendo más allá, las ediciones pueden consistir en la superposición de dos libros. Pienso en el Ulysses de Joyce y en el James Joyce’s Ulysses de Stuart Gilbert, que podrían publicarse juntos mediante una edición en nube, y a su vez perfeccionarse con la publicación conjunta e íntegra del Ulysses anotated de Don Gifford. Estas metaediciones pueden llevarse a todo lo lejos que uno quiera. Con la ventaja de que, al ser comunitarias, son siempre ediciones en marcha, susceptibles de ser ensanchadas y mejoradas por sucesiva oleadas de lectores y críticos, lo que revelaría en tiempo real la relevancia y pujanza de un libro clásico o su pérdida de vigor pasado un tiempo. Frente a todas las ediciones críticas tradicionales, y creo que la inmensa mayoría de las electrónicas (sé que la UOC y otras universidades tienen ediciones electrónicas, pero no puedo acceder a ellas), estas ediciones en nube pueden ser refutadas y a su vez criticadas al estar puestas en comunidad. De la misma forma, los lectores pueden compartir sus anotaciones o las de otras personas en las redes sociales a las que pertenezcan, y pueden establecerse sistemas de avisos automáticos cada vez que se produzca un nuevo comentario o actualización.

2) Cloud criticism: la crítica como edición, como reedición, como versión y como retorsión.

peinar el viento, fatigar la selva

Luis de Góngora

Mientras que lo ya expuesto me parece bastante obvio y predecible, creo que tenemos que usar la imaginación para ver hasta qué punto la crítica literaria puede ser reactivada, actualizada, revivida e incentivada por estas posibilidades tecnológicas. La crítica ha estado asociada desde su nacimiento no tanto a posibilidades de escritura como de lectura. De hecho, su nacimiento histórico como “género” propio suele asociarse a la difusión estable y generalizada del periódico a muy finales del siglo XVIII y principios del XIX[2]. De modo que estos tremendos cambios que se están produciendo en la forma actual de leer necesariamente acabarán teniendo su influencia en el modo de analizar los libros, puesto que la crítica no es más que una lectura de segundo grado, o una lectura profesional de los mismos textos que leen los lectores.

Por supuesto, todo lo anterior referido a la edición crítica apela también a la crítica, puesto que la edición es uno de sus medios. Pero pueden crearse otras formas de conexión entre texto y crítica a través de la nube.

A diferencia de la crítica tradicional, que crea un texto nuevo o diferente frente al texto originario, la crítica nube podría significar una novedosa intervención sobre un texto ya existente. Tenemos, curiosamente, un ejemplo narrativo de cómo podría funcionar la crítica en nube: la novela ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil! (2007), de Isaac Rosa. En ella Rosa lleva a cabo una valiente retorsión sobre una novela suya anterior, La malamemoria (1999), a la que critica sin reparos con excursos intercalados dentro del propio libro. El mecanismo me parece de una singular potencia para explicar qué sea la autocrítica, pero también la crítica y aun la cloud review: imagínense que además del propio Rosa pudieran usted intervenir el texto, comentar los párrafos de La malamemoria, pero también comentar los comentarios de Rosa, así como los comentarios de otros lectores, e incluso los potenciales comentarios de Rosa a los comentarios de sus comentarios. Sería una selva, sí, pero el resultado es justo lo que toda crítica intenta: ver más, esclarecer sentidos, establecer vínculos, contextualizar, discurrir sobre lo ya escrito, sea para dirimir su alcance o para ensanchar su horizonte de entendimiento. Y ahora, imaginen que todo ese material creado a partir de la novela-origen pueden editarlo, compartirlo, comentarlo, valorarlo, discutirlo o seguir ampliándolo hasta el infinito en una pequeña, grande o inmensa comunidad de lectores interesados. Esa locura, esa imposibilidad, esa maravilla, esas escritura desatada, será la crítica en nube.

Pero podemos seguir pensando otras vías de expansión del terreno crítico. Una de ellas, a través también de las opciones en nube, permitiría a los editores ofrecer versiones enriquecidas de sus libros, como segunda edición especial, donde el propio volumen en su versión electrónica incorpore reseñas consideradas especialmente valiosas sobre el texto. En los últimos tiempos se han editado versiones expandidas de textos como El año que viene en Tánger, de Ramón Buenaventura (edición electrónica), o El viajero del siglo, de Andrés Neuman (edición de bolsillo en papel), que venían completadas por textos de los propios autores y de otras personas, referentes a las ediciones originales. En el caso de la de Buenaventura se incluyen incluso ensayos y entrevistas con el autor sobre la novela. Este enriquecimiento textual contribuye a crear un horizonte de sentido sobre los textos que, en principio, en la crítica en nube, debería agrandarse también a las reseñas o críticas negativas, no sólo a las favorables, siempre que ambas fueran interesantes. Habría diversas formas de editar la crítica dentro de la edición electrónica, pero sería interesante que cuando la reseña se refiera a párrafos o pasajes puntuales del libro, pueda accederse a ella desde éstos. Por ejemplo, cuando hubiese una influencia, cita o intertexto no aclarado por el autor de la obra original, se podría hacer una marca en el lugar y aclararlo en nota marginal. La intervención crítica podría ampliarse también a enlazar determinados contenidos digitales que aclaren o amplíen lo escrito. Del mismo modo que en este blog colgamos el vídeo de Dan Graham a que DeLillo hace referencia en su novela Point Omega en nuestra reseña de la obra, esto puede hacerse en los lectores digitales de tercera generación y el lector puede tener una idea clara de a qué se está refiriendo el autor con la alusión. Si en la obra se habla de un óleo famoso, puede insertarse como cita la imagen del mismo (si los gestores de derechos lo permiten, claro, como siempre). De nuevo aquí los lectores podrían subrayar, seleccionar, comentar y compartir todos y cada uno de los materiales incorporados.

La crítica en nube admite más posibilidades. Otra es la edición de un libro comentado por un crítico. De la misma forma que los deuvedés admiten desde hace tiempo una versión de la película con los comentarios del director o los actores, no es imposible una edición electrónica crítica de la obra que vaya explicando o comentando el libro. La segunda lectura, supuestamente autorizada, está ahí en segundo plano, sin entorpecer la primera. Sólo cuando el lector quisiera aparecería, quizá al margen o subimpresionada, la lectura crítica, que estaría especialmente indicada para las relecturas del libro o para lecturas de investigación.

Cuando se habla de la autoedición (esto es, de la posibilidad de editar el propio libro sin intermediarios) a través de la Web, siempre se apela a un gran problema: al desaparecer el editor, no sólo desaparece el “impresor”, sino que también y de forma fundamental se esfuma la persona que cuida la edición, que revisa el texto, que detecta contradicciones no atisbadas por el escritor, que procura el equilibrio y elimina errores de todo tipo, desde la estructura de la obra a la sintaxis. Un buen editor es el mejor aliado posible de un escritor, como bien saben todos los que han tenido la suerte de tener uno o varios buenos. La autoedición, por el contrario, confía el acabado final a la persona que hace el primer acabado, lo que siempre es peligroso, sea porque los autores no tienen la necesaria autocrítica o porque no tienen el necesario conocimiento de su propio idioma (lo que sucede más de lo deseable, por increíble que parezca). La figura de un crítico podría ser una solución a este problema, ya que en cierta forma un buen editor es el primer crítico de la misma. Si un escritor publica en su web su propia obra sin intermediarios nos hará sospechar, pero si esa edición viene avalada por el comentario en nube de un crítico reconocido, podrá restaurar la confianza del lector, ya que entonces es el crítico quien pone en juego su prestigio, al lado del autor.

Otra posibilidad serían las ediciones de crítico, en que sin el rigor académico esperable en una edición crítica, un crítico elabora un comentario constante a una obra o a una figura que conoce a fondo. Pienso en una edición de Bolaño hecha por Echevarría, o una de Julián Ríos hecha por Julio Ortega, en la que comentarios incluso personales y no literarios se sumaran al texto, ampliando de forma extraordinaria el horizonte de recepción y comprensión. Muchos críticos o escritores han escrito páginas memorables recordando cómo tal o cual amigo escribió determinado párrafo o motivo o personaje de sus obras. Esos textos u otros similares, encargados al efecto, podrían suponer otro modo de reeditar clásicos o de publicar textos inéditos con un mayor aliciente para posibles compradores. Una edición de Rayuela donde veinte o treinta escritores conocidos relatasen cómo vivieron el primer encuentro con ciertas frases, párrafos o personajes, en glosas anotadas sobre el propio libro, constituiría una maravillosa forma de releer la novela de Cortázar.

Estas son algunas de las posibilidades que se me han ocurrido a vuelapluma, pero seguro que hay más. Tantas como lectores o como libros. La crítica en nube nos pone a las puertas de posibilidades con las que antes no habíamos ni siquiera soñado. A las aquí defendidas crítica-red y crítica-blog se une ahora esta desmesura en nube que tiene la ventaja de ser democrática y horizontal, eliminando las jerarquías o dando al menos los instrumentos discursivos y técnicos para ponerlas en cuestión. Nunca los libros habían podido ser tan libres, y tampoco la crítica literaria. Si, como decía el gran Cyril Conolly, “el objetivo del crítico es vengarse del creador”, ahora tiene este instrumentos para resarcirse de la venganza de aquél, y aquél de acrecentar la suya a cada párrafo, a cada frase, de cada obra de cada escritor. Y nosotros, como lectores, medios para vengarnos de unos y otros. O de aplaudirles, claro.



[1] Cf. Eduardo Urbina, Richard Furuta, Rajiv Kochumman y Eréndira Melgado, “La edición electrónica variorum del Quijote: avances y estado actual”, Proyecto Cervantes, Center for the Study of Digital Libraries Texas A&M University, accesible en http://cervantes.tamu.edu/pubs/AC-Roma1.pdf.

[2] T. W. Adorno, “Sobre la crisis de la crítica literaria”, Notas sobre literatura. Obra completa, 11; Akal, Madrid, 2003, p. 642.