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viernes, 31 de diciembre de 2010

Ferrero, Vilas, Sabadú, Quinto, Pagès Jordà

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Raúl Quinto, Idioteca; El Gaviero, Almería, 2010

Lanzarse a la representación es lanzarse al vacío. Tras dejar atrás el absurdo o al menos limitado intento de mímesis, el artista se encuentra con que ha abandonado lo real sin tener muy claro a dónde tiene que llegar. El texto “El limón de Itten” de Quinto explora ese hiato y apunta a la angustia como forma de sintetizar la experiencia del artista que da el salto y se expone a la caída de la representación. Frente a otras caídas metafísicas en lo real narradas por la filosofía occidental, Quinto se centra en la caída en lo irreal, o en esa nueva forma de realidad en que la obra de arte consiste. “Y donde digo arte se entienda que hablo también de literatura, de estas mismas palabras que ahora estoy escribiendo” (p. 78). El libro de Quinto es un elemento extraño, situable en un difícil lugar entre la escritura angélica y la infernal. Su género, si tiene alguno, es la distopía cultural, el momento en que un libro comienza a preguntarse, tomándose a sí mismo por ejemplo, sobre los límites de la representación y la muerte de la cultura, o la cultura de la muerte. De lo mejor del año que acaba.

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La poesía española contada desde la narrativa

Una forma de acercarse a la poesía española del siglo XX puede ser a través de dos novelas recientes: Balada de las noches bravas, de Jesús Ferrero (Siruela, Madrid, 2010) y Aire Nuestro, de Manuel Vilas (Alfaguara, Madrid, 2009). Entre las dos se cubre casi todo el espectro de la poesía del siglo. Vilas se encarga en su mayor parte de los poetas que se quedaron en España (Dámaso Alonso, Aleixandre) y de los que se fueron al exilio americano (Guillén –de quien se toma el título del libro-, Cernuda, Garfias, etc.), mientras que Ferrero se centra en los que se expatriaron a Europa (el recién desaparecido Carlos Edmundo de Ory, Valente, Costafreda). Ambas novelas no pueden ser más distintas en todo lo demás. La de Ferrero, siguiendo su coherente línea narrativa, es una obra parcialmente autobiográfica que descansa en un tardomodernismo bien entendido, con momentos de gran brillantez y los alardes de erudición exótica que son una de sus características desde Bélver Yin (1981), mientras que Vilas se centra en una descacharrante autoficción posmoderna que continúa sus libros anteriores, sobre todos España (2008), del que puede considerarse una especie de continuación. Lo único que diría que tienen en común estos dos libros, amén de notable calidad literaria y de utilizar experiencias propias de los autores, es precisamente su admiración y respeto por la poesía de nuestro país, de la que constituyen un curioso testimonio histórico. No hay que elegir, les recomiendo las dos.

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Jimina Sabadú, Celacanto; Lengua de Trapo, Madrid, 2010

Es difícil saber cómo debe uno comportarse ante las operas primas. Hay quien dice que el crítico debe ser comprensivo ante la primera obra literaria de un autor. Otros, por el contrario, dicen que nadie está obligado a escribir, que los bosques no debieran estar destinados a convertirse en papel más que en casos justificados, y que no hay que ser más clemente con la primera novela de alguien de lo que solemos ser con el primer mueble de un carpintero. Entiendo las razones de los segundos, a quienes asiste la razón, pero uno tiene su sensibilidad y prefiere contarse entre quienes intentan no hacer demasiada sangre ante el debut o inicio de una persona en la literatura. Jimina Sabadú es una persona con talento natural, como ha demostrado en otras facetas de su diversa actividad, pero Celacanto no es una novela satisfactoria. He pensado en dejar de leerla en la página 20, pero he aguantado por responsabilidad hasta la 130, que creo margen razonable en una novela de 248 páginas, para saber si van a levantar vuelo la historia o el lenguaje literario del libro. En el caso de que eso ocurriese a a partir de la página 131, la novela tiene el no pequeño problema de que las 130 primeras páginas son aburridas, confusas, con una visión naif de la infancia y, por desgracia, de la narrativa. Esta novela, que tiene imaginación y mejora algo a partir de la página 90, debería haber encontrado encaje en otra editorial; intento decir con ello que no sólo es extraño que Celacanto haya ganado el premio Lengua de Trapo, sino que no está a la altura de una colección que ha publicado a otros autores mucho más cuajados e interesantes. Dicho esto, que es lo que pienso, creo también que hay un talento narrativo demostrado en algún detalle puntual que merece esperar a otros libros de Sabadú para ver si encuentra su cauce, tono y ambición adecuados.

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Otra literatura del agotamiento

[Vicenç Pagès Jordà, Los jugadores de whist; JP Libros, Barcelona, 2010]

Una de las últimas palabras de este libro es “acumulado” (p. 518), lo que no es casual teniendo en cuenta que el acopio es una de sus particularidades constructivas. En esta novela está contado –agotadoramente– todo lo que rodea a sus personajes, a su entorno urbano (Figueres), al Ampurdán, al año 1977, a los gustos musicales y cinematográficos de los protagonistas principales, a sus relaciones y nexos familiares, etc., etc., etc. Cuando se habla de canciones que contienen frases concretas, se documentan todas o al menos se dice el número total. Se narran también decenas de filmes sobre el adulterio, se alude a todas las tribus urbanas desde la movida hasta nuestros días, etc. Aparece también alguno de esos personajes barojianos de una línea (vgr., p. 495), sobre cuya pertinencia tanto han discutido los exégetas del autor de El árbol de la ciencia. El autor parece no poder, o no querer, renunciar a nada, lo que le lleva incluso a terminar el libro como si fuera un DVD, incluyendo escenas “eliminadas”, epígrafes descartados y un epílogo... o dos. Podría esto parecer una elección estética si el narrador no hubiera pasado todo el libro separando cuidadosamente lo que está in de lo que está out, lo que vale la pena de lo que no, lo que es contemporáneo de aquello que es basto, anacrónico y sin pulir. De modo que hay en Pagès Jordà una exigencia selectiva a la hora de forjar unos gustos, pero mucha menos capacidad de discriminación a la hora de poner la propia historia en el punto de mira de la (auto)crítica. El resultado es una buena novela, hecha con oficio e ingenio aunque sin demasiada pretensión artística, pero a la cual le sobran muchas páginas. Muchísimas. Hay un curioso debate reciente en los últimos tiempos sobre lo que sobra en una narración y lo que no (recuerdo textos recientes sobre este asunto de Eloy Tizón y de Juan Mal-Herido sobre este tema), pero aquí hablamos no de unas paginillas de más, sino de asuntos completos, de referencias históricas, de pormenores urbanísticos, sociológicos, musicales o arquitectónicos que pueden ser fascinantes para la reconstrucción histórica de Figueres… pero no tanto para un lector no ampurdanés. Los materiales “extras” de un DVD están fuera de la película por algo. Estar en el mismo soporte no significa estar dentro del proyecto artístico. En los libros debería pasar igual. Robert Juan-Cantavella, por ejemplo, colocó en una página web materiales de construcción procedentes de El dorado, y otro tanto hicimos otros antes con otros libros. El lector interesado en los detalles puede acudir a esas páginas o sobras, pero los demás son liberados de la obligación de atenderlas. Un autor debería ser capaz de distinguir aquello quo debe permanecer dentro de una obra y lo que puede quedar fuera de ella. La acumulación deja de ser una estética cuando roza el peligroso límite de la falta de criterio. Los jugadores de whist tiene unas interesantes doscientas cincuenta páginas que hay que espigar, por desgracia, entre un total de 530. Este defecto, que Sabato llamó agudamente en Heterodoxia literatura extendida frente a la literatura extensa, tipo Proust, que es algo muy distinto, comienza a ser un mal detectable en muchas novelas españolas últimas, que confunden mayor extensión con ofrecer más. Horacio recomendaba en su Poética dejar reposar los libros ocho años en los cajones para facilitar al autor reconocer todo aquello que les sobra de una simple mirada. Es cierto que ocho años de hoy no son como los de la antigua Roma, pero. Pero.

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[Relación con los autores: ninguna con Vicente Pagès, ninguna con Jimina Sabadú, ninguna con Jesús Ferrero, tengo cordial relación con Manuel Vilas y he mantenido correspondencia con Raúl Quinto. Relación con todas las editoriales aquí reseñadas: ninguna.]

sábado, 11 de noviembre de 2006

Hamburguesas y poesía



Cada vez me interesa más ir uniendo aspectos sociológicos con los literarios; esta técnica aporta una saludable dosis de proximidad a lo real (sea éso lo que sea) y un acicate para no dejar de tocar suelo al hablar de poesía. Bien. En los últimos años he detectado una creciente presencia de McDonald’s y Burger King en los poemas publicados en España. Especialmente intenso es el tratamiento que Manuel Vilas dedicaba en Resurrección (2005) a sus visitas al McDonald’s en Zaragoza, hablando del poder “democrático” de obtener carne por tres euros. Y no es el único: Jorge Riechmann, desde una perspectiva radicalmente opuesta a la de Vilas, lo ha hecho en Poesía desabrigada (Ediciones Idea, Tenerife, 2006, p. 80) y Mercedes Cebrián, en un saludable e irónico punto intermedio, si bien más próximo a Riechmann, ha tocado también el tema, en un excelente poema, titulado “Contra la grasa, en vano”, incluido en su miscelánea de relatos y poemas El malestar al alcance de todos (Caballo de Troya, 2004), de la que pronto hablaremos aquí.

Si hacemos caso a ciertos politólogos internacionales (lo que haremos ahora a título pedagógico, para partir de algún sitio), Estados Unidos quiere transmutar el antiguo poder inervador de la burguesía en el poder conservador de la hamburguesa. A juicio de ensayistas norteamericanos como Barber, Ritzer o Schlosser, las multinacionales de su país están desarrollando un proceso para hamburguesar al mundo. Su hipótesis se basa en que los fenómenos de todo tipo, ya sean culturales, económicos o sociales, tienden a la racionalización, y, como expresa George Ritzer (La macdonalización de la sociedad, Ariel, 1996), el paradigma contemporáneo de la racionalización formal es el restaurante de comida rápida. Su modelo (rapidez, flexibilidad, eventualidad laboral, franquicia como rápido sistema expansivo) se desarrolló geométricamente durante los años 80 (allí) y 90 (en Europa), y demostró velozmente sus aptitudes para desarrollarse sin límites en un mercado global. La receta es también aplicable a otros modelos de negocio típicamente norteamericanos, como el Nasdaq neoyorquino, el índice bursátil tecnológico más importante, que suma en importancia económica lo que todos los demás juntos. Leamos las razones expuestas por su directora, D. Davis, por las que este mercado se independizó físicamente de Wall Street, sede tradicional de la Bolsa neoyorquina: "Es imprescindible que el público nos vea, que tengamos un gran escaparate, porque tenemos muchos pequeños accionistas. (...) necesitamos un sitio popular. Cuanto más público, más nos conocerán, luego más venderemos". Como saben los lectores, ese sitio es... la calle. Los índices salen en Times Square, proyectados en gigantescas pantallas que pueden ver al año 458 millones de transeúntes. El autor del artículo de donde extraigo la información, Javier Martín, señala con perspicacia: "Los directivos del Nasdaq han copiado la estrategia del fast-food para popularizar el fast-stock. Hamburguesas y start-up tienen en común la riqueza en calorías y su alta volatilidad; y su público, que entra con la misma velocidad que sale". Así es, en efecto, porque ese es el modelo general americano. Dice Vicente Verdú en ese imprescindible ensayo para entender la metrópoli, El planeta americano:

La hamburguesa es algo más. Aparte de comportarse como alimento se comporta como documento. (...) Más allá de un simple negocio, McDonald's se ha desarrollado como un doble patriótico de Estados Unidos. (...) Una hamburguesa americana actúa como signo de un sistema cultural y cada local opera como un centro de propaganda incomparablemente más eficaz que los institutos oficiales. El ideal americano no busca conquistar el mundo en sentido duro, prefiere la dominación mediante la mímesis blanda de la hamburguesa.
Posteriormente se ha sumado a esta opinión Eric Schlosser con su libro Fast Food Nation (Fast food. El lado oscuro de la comida rápida; Grijalbo, B., 2002). Esta visión es exacta. Es el primer paso para entrar en el american way of life, tal como lo desean las multinacionales: el atontamiento, la aniquilación del individuo por el consumidor y del obrero por el elemento productivo, la sustitución programática (empresarial, ojo, no estoy hablando de “lo norteamericano” en abstracto, error metonímico en que muchos suelen caer) del ciudadano por el espectador. Como explica Schlosser, la hamburguesa es la muestra perfecta del universal deseo de gratificación instantánea, que busca el placer, la ebriedad o la curación aquí y ahora. "El exagerado consumo de alcohol y la casi universal prescripción de tranquilizantes por los médicos", que denunciaba el psicólogo Nicholas Cummings hace años, consecuencia de que nuestra sociedad farmacocéntrica "no tolera la tristeza, la enfermedad ni el dolor" (José Cabrera), contribuyen a generalizar la modorra mental hasta los límites del electroencefalograma plano.

Esto es lo que combaten, cada uno a su manera, Riechmann y Cebrián. Para el primero, lo interesante es destacar, desde la visión del “Intelectual meditabundo” (así se titula su poema), la perspectiva de mercantilización de la que, a su juicio, McDonald’s es el paradigma antonomásico: “pues me pagan / para que me deje comprar”. Pero reconozco que me encanta la versión crítica y malvadamente naïf de Cebrián en “Contra la grasa, en vano”, con que finalizamos:

(…)
Escuchad el chisporroteo descarado
de las patatas al freírse en
enormes cubetas
de nuevo orden mundial;
ajenas al lejano girasol, a la
bíblica oliva,
sumergidas en grasas de procedencia
innoble.

Grasa, a ti me dirijo: mírame
a los ojos con algo de
respeto
-es mi única compensación,
las dos tenemos claro que la flecha de
líneas discontinuas
acabará sin remedio en mi metabolismo,
produciendo
tejidos monstruosos.




Nota bibliográfica: Declaraciones de D. Davis: Ciberp@ís mensual 5/2000, p. 11. Verdú: El planeta americano; Anagrama, Barcelona, 1996, pp. 165-166. Ignoro si el título de este ensayoo de Verdú proviene del libro de Jacques Spitz, un escritor francés de literatura fantástica, que en La agonía del globo narra cómo América se despega del resto del mundo para formar un planeta independiente. “En cualquier caso, nuestras mocedades viven el patriotismo de la hamburguesa, se cuelgan de pepsi y rebeldía, y, queriendo ser globales, sólo son subciudadanos yanquis”; Francisco Umbral, “La hamburguer”, El Mundo, 19/1/2001. Según escribía en 1973 el gran teórico de la pulsión de gratificación instantánea, Konrad Lorenz, la intolerancia hacia el desagrado tiene como resultado “esa petición impaciente exigiendo la satisfacción inmediata de todos los deseos incipientes” (Los ocho pecados mortales de la sociedad civilizada; Plaza y Janés, Barcelona, 1973, p. 49), algo que Paulino Castells e Ignasi de Bofarull relacionan agudamente con la generalización de la domótica y la ley tecnológica del mínimo esfuerzo (Enganchados a las pantallas. Televisión, videojuegos, Internet y móviles; Planeta, Barcelona, 2002, p. 55). La de sociedad “farmacocéntrica” es una memorable definición de P. García Barreno en El Cultural de El Mundo, 21/3/2001. La cita de Nicholas Cummings está tomada de José Antonio Marina, Crónicas de la ultramodernidad; Anagrama, Barcelona, 2000, p. 132. “La gente quiere vivir en seguida, aquí ahora, conservarse joven y no ya forjar el hombre nuevo”; Gilles Lipovetsky, La era del vacío (1983), Anagrama, Barcelona, novena edición, 1996, p. 9.