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viernes, 27 de diciembre de 2019

El fragmento como núcleo de la escritura poética de José Ángel Valente



El fragmento como núcleo de la escritura poética de José Ángel Valente[1]



Stefano Pradel, Vértigo de las cenizas: Estética del fragmento en José Ángel Valente. Valencia: Pre-Textos, 2018, 325 páginas.



Las primeras líneas de este ensayo no pueden ser más claras, orientativas y terminantes: “El presente estudio se basa en la hipótesis de que el fragmento representa el eje, o centro, sobre el que se construye la mayoría de la escritura lírica del poeta José Ángel Valente” (pág. 11) —y no sólo de la lírica, como apuntará Pradel más tarde (pág. 257)—. Esta declaración de partida es cierta por entero, siempre que se enfoque desde un prius metodológico básico —nada fácil de asentar de modo indiscutido— que precisa responder a dos cuestiones complejas: en primer lugar, qué se entiende por “fragmento”; y en segundo, y no menos importante lugar, dar respuesta la pregunta acerca de la naturaleza de un “fragmento poético”. Con el fragmento nos pasa como a Agustín de Hipona con el tiempo: la claridad intuitiva del concepto es incuestionable hasta que llega el momento de definirlo. Como bien apunta Pradel, no sólo no es sencillo diferenciar entre los diversos tipos de fragmentarismo (la estudiosa Camelia Elias, citada por el autor, distingue hasta 10 tipologías), sino que resulta arduo diferenciar la forma fragmentaria de las formas breves en general (pág. 41), por no hablar de la dimensión diacrónica, pues en cada época el mismo término puede hacer referencia a realidades textuales y culturales muy diversas, algo que queda claro en el sugestivo recorrido diacrónico por diferentes interpretaciones históricas del reticularismo textual (págs. 42-64) llevado a cabo por el autor.

Pradel dedica la primera parte de su riguroso ensayo a un acercamiento a las diversas —y a veces contrapuestas— visiones del concepto de fragmento, para hacer en la segunda sección una lectura inductiva del fragmento en Valente, evitando los peligros de hacerla deductiva, que sería tanto como acudir a los poemas del poeta gallego con las gafas de ver fragmentos puestas. Muy al contrario, es la propia poesía de Valente la que brinda pistas al hispanista italiano de cómo debe entenderse esa cualidad fragmentaria de su obra. A esta perspectiva une Pradel una propuesta sugerente, la de leer la fragmentariedad en general y la valentiana en particular desde la discontinuidad de la percepción y la crisis del sujeto moderno, de forma que sujeto enunciante en crisis y discurso roto enunciado son causa y consecuencia (pág. 61), una tesis que hemos compartido desde las páginas de El sujeto boscoso (2016).


           Pradel plantea dos vías claras para estudiar el fraccionamiento discursivo en el corpus abordado: la consideración del fragmento como régimen visual y como régimen semántico. En el primer sentido, muy habitual en la poesía de Valente a partir de Interior con figuras (1976), aunque con alguna huella presente ya en El inocente (1970), la fragmentariedad “microestructural […] se puede manifestar en primer lugar a nivel gráfico y formal por medio de un desplazamiento de los versos en la página, en un uso semántico del blanco y del espacio, en la renuncia de las formas rítmicas fijadas por la tradición y en la deconstrucción de las formas o géneros en su mezcla” (pág. 32). Estamos ante una textovisualidad descompuesta, a veces rota o desligada y a veces atomizada, que alerta al lector del texto poético, especialmente en el caso de Valente, de que asiste a una experiencia poética que no puede ser aprehendida de la misma manera que los textos “normales”, entendiendo por tales los poemas alineados en caja tipográfica unitaria tradicional, como explicara Fernando Millán para distinguir esa extendida práctica de distribución del poema de otras más experimentales o visuales.

            En segundo lugar, “también podemos reconocer una fragmentación a nivel semántico” (pág. 32), un tipo de ruptura menos evidente a simple vista y que es fruto de repensar lenguaje y sintaxis. Este tipo de fragmento demanda una concentración lectora, como la de Pradel, que penetre en la estética y en la poética de los versos y se haga eco de su propuesta de un decir otro / roto, términos casualmente anagramáticos en nuestro idioma. La tendencia a la ruptura de la totalidad en esquirlas es natural por cuanto “la totalidad que amenaza al individuo se presenta a José Ángel Valente bajo la forma política de la opresión de un sistema dictatorial que controla y abarca toda la realidad” (Carlos Peinado Elliot, Unidad y trascendencia. Estudio sobre la obra de José Ángel Valente; Sevilla: Alfar, 2002, 37), una realidad de la que Valente tuvo que exiliarse, como es sabido. Por ello, si en algún poeta “la escritura fragmentaria es una escritura de frontera” (Pradel, pág. 41), tanto en los sentidos textuales como en los semánticos, es en José Ángel Valente. En la segunda parte de su libro, la más importante tanto por la extensión como por atesorar el grueso de la carga analítica del autor de Mandorla, Pradel recorre la trayectoria poética de Valente libro a libro, ejemplificando en cada uno la fragmentación a través de un close reading de poemas concretos, que estudia con ahínco y profundidad. En la mayoría de los análisis acierta el autor, aunque cuando examina los primeros libros de Valente nos parece detectar cierta ansiedad fragmentadora, que le lleva a forzar la argumentación —a nuestro juicio— en algún momento, como en la página 75, donde se proyecta una condición esquirlada a un poema que quizá no necesite de esa condición para ser interpretado. Es obvio que la obra de Valente tiene una rara coherencia, pero la presencia de líneas reconocibles a lo largo de su carrera no debe ser confundida con un plan o esquema rector robótico, por cuanto pueden darse sorpresas y saltos evolutivos en la poética de un autor sin que ello signifique una traición al espíritu de fondo o al rigor lingüístico que la preside. Dicho en otras palabras, la tesis de Pradel de la centralidad fragmentaria en la poesía de Valente no se resentiría en absoluto aunque su primer libro, A modo de esperanza, estuviera por completo libre de ella, o aludida sólo de forma semántica, en poemas como “El circo: cinco fragmentos” o “Carta incompleta”. Es natural que sea la madurez de Valente la que propicie un afinamiento e incluso una radicalización de sus principios estéticos, y por ello el ensayo de Pradel tiene sus mejores páginas a partir del preciso examen de Presentación y memorial para un monumento y hasta la excelente lectura de Fragmentos de un libro futuro, poemario que, en efecto y como enfatiza Pradel, es una especie de síntesis de su obra y la meritoria enunciación de una presencia constituida o materializada en la inminente “ausencia futura” (pág. 247) del poeta y de su voz.

El título del ensayo de Pradel, Vértigo de las cenizas: Estética del fragmento en José Ángel Valente, recobra un tema y un término, el de la ceniza, querido para el autor del poema “Serán ceniza…”. Como ha explicado Julián Jiménez Heffernan, en un texto insoslayable sobre el poeta gallego, “Basta mirar el poema que abría su primer libro, A modo de esperanza (1953-54) para comprender que ya entonces la ceniza era su lecho original de enunciación: la base –fundamento (Grund) o precipicio (Abgrund)– de su propia epistemología poética. Esta circularidad, este vértigo de piedras (o cenizas) que retornan a su centro, constituye en el poeta gallego un mecanismo de insistencia figurativa o estancia retórica” (J. J. Heffernan, “Unas palabras inglesas de Valente”, Los papeles rotos; Abada, Madrid, 2004, p. 184). En este sentido no sería difícil leer también la ceniza como la ruina fragmentada de lo ardido, porque orbita alrededor de una imagen, la de los restos tras el incendio, que le interesaba mucho a Valente, como recuerda Pradel (pág. 21), como demostró tanto en sus entrevistas como en sus ensayos —recordemos su lectura de las Pages brulées de Edmond Jabès—.

En resumen, nos encontramos ante un trabajo de notable calidad filológica, calidad avalada por el hecho de haber recibido el XVIII Premio Internacional “Gerardo Diego” de Investigación Literaria, consolidado como un galardón de referencia en lo tocante a la poesía española contemporánea. El ensayo está muy bien documentado, aunque en la parte teórica se echa en falta alguna referencia, como las Poétiques du fragment (1995) de Pierre Garrigues, o la tesis doctoral, disponible en línea, de Marta Agudo Ramírez, La poética romántica de los géneros literarios: el poema en prosa y el fragmento (2004). Pero el trabajo de investigación en la bibliografía sobre Valente es muy meritorio y, sobre todo y como venimos diciendo, lo importante de Vértigo de las cenizas es su propia aportación, materializada en dos direcciones: la primera, la lectura inductiva de la obra de Valente para demostrar que es ella misma la que crea su fragmentariedad, y no al revés; la segunda, la explicación clara e impecable de la relación de esa reticularidad con los procesos de despersonalización desarrollados por Valente, que no dudan en usar la apropiación, la impersonalidad o las formas enunciativas plurales (pág. 136), entre otras estrategias. Ambas líneas de análisis convergen, en resumen, en la descripción del poema en Valente “como espacio de la fracturación de la conciencia, de una multiplicación que manifiesta, en último término, la precariedad del autor y la ilusión de ser individuo” (pág. 293), en hermosas y exactas palabras de Stefano Pradel.


[1] Publicado en Piedras lunares, n.º 3, 2019.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Diálogos entre poesía y tradición



Sí, todos los libros dialogan con la tradición, ya lo sabemos, pero algunos desarrollan esa conversación de una forma más significativa, más singular o más extrema. En estos meses coinciden en librería varios libros de poemas de este tipo. El primero sería Cual menguando (Tusquets, 2018), de Chantal Maillard, que dialoga con la obra dramática de Samuel Beckett, pero también con la propia obra anterior de Maillard (Hilos, 2006; y Cual, 2009) y, quizás, con la obra de Nietzsche a partir del personaje de Fiam[1]. Esta obra de Maillard merecería, como todas las suyas, un análisis complejo que no tengo tiempo, por desgracia, de realizar, por lo que prefiero remitir al lector al propio Cual menguando y a la inteligente lectura que Lola Nieto, ya involucrada en el proyecto multidisciplinar de Cual de 2009, realiza del libro aquí.


El segundo libro sería Ave, Eros (La Isla de Siltolá, 2018) de la poeta Ana Rodríguez Callealta (Cádiz, 1988), un libro de poemas que, si bien encuadrable en los últimos coletazos de lo que denominamos en su momento “poesía de la normalidad”, eleva el vuelo gracias a dos componentes de interés: el primero, la autoconsciencia brutal respecto a su condición discursiva, que impregna el libro de varias menciones más o menos explícitas a la teoría de la literatura y la lingüística; y, en segundo y más atrayente lugar para el lector no obsesivo, su diálogo irónico —dentro del respeto— con la tradición grecolatina, una tradición omnipresente, como es lógico, dentro de la poesía española contemporánea (véanse los estudios al respecto de Norberto Pérez, Vicente Cristóbal, Eva Álvarez Ramos, Jorge Fernández López, Luis Miguel Suárez, Pedro Conde y Javier García Rodríguez, Francisco Ruiz Soriano, etcétera), que la poeta gaditana sabe renovar y refrescar con una mirada libérrima y tan considerada historiográficamente como preñada de género y socarronería.



En Los privilegios reales (Pre-Textos, 2018) el poeta Alberto Carpio establece un fino y complejo diálogo entre las crónicas de Indias del siglo XVI y la actualidad, un diálogo en el que inserta algunas pistas amorosas y sociológicas que redimensionan esa tensión cronológica y de las que aventuraremos una posible explicación al final. Lo más característico de este atrevido libro de poemas es su intertextualidad, tan profusa y radical que casi roza las propuestas de poesía conceptual actualmente en boga en Estados Unidos, sin llegar a sus extremos. Entre sus páginas, sin más aviso de la intertextualidad que la conservación del español antiguo original, se insertan extractos de algunas cédulas o encomiendas reales, por ejemplo de Carlos I de Castilla (la de 26 de junio de 1523 en la página 63), o el Requerimiento de Juan López de Palacios Rubios de 1513 (pp. 34-35 del poemario), un texto, el del Requerimiento, destinado a leerse por mandato del emperador a los indígenas con los que se topaban los soldados españoles, para que se sometieran al rey y a la legislación indiana y canónica. Como explica Rafael Diego-Fernández,



El día 13 de junio de 1514, al pisar la tierra firme la armada comandada por Pedrarías Dávila, se mandó a Gonzalo Fernández de Oviedo que a los indios allí reunidos les leyera el dicho requerimiento. Más que de discusiones teológicas o políticas, suscitadas por la reflexión provocada en los escuchas por tan conmovedora petición, de lo que nos cuenta Fernández de Oviedo es de lo absurdo que resultaba leerles a los anonadados nativos, a gran distancia y en la lengua castellana -que por supuesto jamás en sus vidas habían escuchado-, el ingenuo documento del licenciado Palacios Rubios.[2]



Es decir, se inserta de forma deliberada un texto que plantea, amén de su problematicidad histórica, una dimensión palpable de imposibilidad de comunicación, de fractura lingüística. Un texto destinado a no tener respuesta en la otra parte.



También se incluyen como poemas en prosa fragmentos de la Historia de las Indias de Bartolomé de las Casas (por ejemplo, unas líneas del capítulo I del libro I en la página 33), o de la Brevísima relación del mismo autor (p. 39), o de la Historia verdadera de la conquista de la nueva España (p. 37) de Bernal Díaz del Castillo, o los “Presagios de la venida” (p. 36) de los informantes de Sahagún, recogidos en el libro XII del Códice Florentino, o extractos del cronista Guamán Poma (pp. 53 y 55), o líneas terribles de Vasco de Quiroga (p. 40). Otras veces se incluyen textos cuya intertextualidad es menos obvia, como los párrafos de Visión de los vencidos (1959), de Miguel León Portilla, transcritos en la página 38. Incluso en la página 53 se incluyen —creo— versos de la canción “My Favourite Dress”, del grupo The Wedding Present.



Junto a todos estos materiales ajenos, Alberto Carpio incluye poemas propios, claro está, completando el libro; poemas delgados y exigentes donde se mezclan dos tonos: uno hiperrealista, directo, casi feísta, y otro más elaborado, donde la suspensión de la sintaxis y las concordancias regala al lector una escritura rota que le descoloca y que, a mi juicio, ofrece los puntos álgidos de calidad de Los privilegios reales. Y es en ese adjetivo que hemos usado al principio del párrafo, ajenos, donde quizá podamos encontrar apoyatura para lanzar una interpretación, siquiera parcial, del libro. Los privilegios reales está escrito, como se nos explicita en la solapa, en Nueva York, durante una estancia de estudios académicos. Es decir, en América del Norte; es decir, está escrito en territorios anexos a los que sufrieron la conquista española desde 1492. En algunos momentos (pp. 56 y 59) se alude a la colonización y a la voluntad de no ser colono. Se habla de deudas canceladas y de invasiones en el poema liminar, y siempre, en todo momento, aparece la mencionada dialéctica textual entre los textos históricos y el hoy, entre el horror colectivo pasado y el horror individual presente. Hay una conversación con la tradición, con lo ajeno, escrita en una tierra ajena, donde el poeta extraterritorial ajusta cuentas con su propio legado y con el país donde ahora, de forma inversa, vive y se siente colonizado, en el que se siente esclavizado —salvando las lógicas y crueles diferencias, de forma meramente simbólica— por su modus vivendi. Observemos este instante, donde el libro dialoga, tanto literal como textovisualmente —respetando la cesura textual— con los Milagros de Nuestra Señora[3] de Gonzalo de Berceo (s. XIII):








La inserción (con un cambio a plural) del verso de Berceo, que mantiene su lozanía y brillo pese a los casi 800 años transcurridos desde su escritura, tendría varias finalidades: la primera, mostrar el aludido diálogo con la tradición; la segunda, estructurar el libro, pues Los privilegios reales tiene cinco partes: “Quantos aquí”, “Vivimos”, “En ageno”, “Encomienda” y “Moramos”. Así, la sección “Encomienda” está incrustada en el libro, casi como si invadiese la cesura versal, y las encomiendas y textos indianos que “colonizan” el libro son precisamente los que cumplen la tercera finalidad estratégica de la cita de Berceo: resaltar que también son “agenos” algunos de los materiales con los que el libro se construye, dándole voz propia a las palabras, haciendo buena la idea de que todo poeta escribe con la tradición —y más si es filólogo, como suponemos que lo es Alberto Carpio—.



En resumen, la lectura que proponemos de este libro retrata a su autor trasterrado en la antigua colonia, en situación de ajenidad lingüística, cultural y geográfica, ante recuerdos fragmentarios de la infancia (pp. 20-28), intentando encontrar un acomodo entre los dos continentes de su acervo (el actual y el proveniente de la tradición) y escindido en el uso de un lenguaje a veces descarnado y a veces deslenguado, desenraizado, con las estructuras gramaticales dislocadas, para aludir a su desajuste personal, a su desterritorialización, a su escisión interna, a su frustración personal en esos apartamentos en los que tantos otros han vivido antes y vivirán después, en los que nada es suyo y en los que “no hará hogar” (p. 67).



Se rompe el poema, se rompe la lengua y se rompe el sujeto. El resultado del intento discursivo de sutura o reunión de todos los pedazos es, sería, Los privilegios reales.

01/11/2018


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Blanca Llum Vidal, Aquest amor que no és u / Este amor que no es uno. Barcelona: Ultramarinos, 2018. Traducción de Berta García Faet.



Fray Luis de León, en el Prólogo de la Traducción literal y declaración del libro de los Cantares de Salomón, explica el mester de traductor de textos y sostiene que “El que traslada ha de ser fiel y cabal y si fuere posible contar las palabras, para dar otras tantas, y no más, de la misma manera, cualidad y condición y variedad de significaciones que las originales tienen”. Un propósito similar parece mover a Berta García Faet cuando traslada el poema de Blanca Llum Vidal, Aquest amor que no és u, que a su vez pasea sobre el fértil legado del Cantar de los cantares, tomando algunos de sus elementos como puntos de partida para hacer un poema de amor transversal, o de amor absoluto, como queramos definirlo —en el dudoso caso de que el asunto tenga o necesite definición—. El Cantar de los cantares es un texto extraño dentro de la tradición bíblica, según dicen los expertos, y, en el aspecto que a nosotros nos interesa, es un poema fundador, tanto por la estructura constante de símiles o comparaciones (que durante siglos o milenios regirá la poesía amorosa), como por la carnalidad anfibológica del lenguaje, como por el uso de imágenes que creo que podríamos llamar sin demasiado error “paleopetrarquistas”, escritas por un Petrarca idealizador avant la lettre:



8. A la yegua mía en el carro de Faraón te comparo, amiga mía.

9. Lindas [están] tus mejillas en las perlas, tu cuello en los collares.

10. Cercillos de oro te haremos esmaltados de plata.[4]



Las comparaciones del texto del Cantar suelen apoyarse en la naturaleza, especialmente en flores hermosas o en animales bellos o indispensables para la subsistencia humana, y esa comparación se hace de forma explícita, sin ahondar casi en lo metafórico, si bien siempre dentro de un sistema simbólico que el propio fray Luis de León trata de esclarecer en las “declaraciones” que añade a su versión.



Blanca Llum, como hemos dicho, no intenta en absoluto una traducción o versión libre del Cantar, sino que toma con “letra torcida” (p. 39) algunos de los elementos de esa tradición y los actualiza en un conjunto simbólico y metafórico más amplio, cuyas bases centrales son tres —un número relevante en la imaginería de este libro, según la propia autora—: En primer lugar, la transversalidad del sujeto que habla, que escapa de la forma dialogada original para crear un discurso de subjetividad polimórfica y cambiante —que, como es obvio, se corresponde con una idea de amor más amplia y diversa—; no en vano Blanca Llum cita en una entrevista[5] a Luce Irigay y su Ce sexe qui n’en pas un (1974, 1977), y recordemos que el poemario de Llum se titula Aquest amor que no és u. En segundo lugar, estamos ante un tratamiento poético donde comparaciones y metáforas mantienen su naturalismo, enriquecido con elementos oníricos y juegos de lenguaje, además de un ritmo peculiar que, como ya advierte el editor en su prólogo, es una de las características más singulares de la obra de Llum Vidal. En su nota de traductora, Berta García Faet —quien podría estar incluida en esta selección de diálogos entre poesía y tradición, por la brillante conversación que teje en su libro Los salmos fosforitos con César Vallejo—, la poesía de Blanca Llum es difícil de sacar del catalán original, por estar “estallada de giros antiguos, coloquialidad, paisajes concretos, temporalidades” (p. 64), lo que encuentra correspondencia en unos poemas —o capítulos de poema— trufados de ritmos diversos, con versos de arte menor y resabio popular (“Quan el sol es desplomi / i els ulls facin lloc a la nit, / buscaré el monstre petit / pels camins de les móres.”, p. 19) y otros fraseos más largos, de corte versicular, que quiebran el discurso y mantienen al lector siempre en guardia. La sorpresa es un elemento constante en la lectura; si hay algo parecido a un hilo narrativo en estos textos la autora gusta de tomarlo entre los dedos, enredarlo, retorcerlo, y llevarlo a imágenes diferentes, polisémicas, luminosas, que no sólo implican una resemantización y una reformalización del Cantar, sino un repensado integral del discurso poético a comienzos del siglo XXI, una declaración acerca de qué es hacer poesía amorosa en este lugar y en este tiempo, con una determinada lengua, la catalana: “i ara escullo cargol per dir néixer” (“y para decir nacer escojo ahora decir caracol”), no con la intención de lograr que las palabras parezcan nuevas, sino para dejar claro que, en efecto, lo son. El diálogo con los clásicos realizado por la buena poesía es una forma de paso atrás para tomar impulso, con la mirada siempre puesta en dar el mayor salto adelante posible.

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[1] Conjeturo esa posibilidad a partir de esta acotación de Carlos Javier González Serrano: «Nietzsche explicaba lo que, a su juicio, constituye el verdadero “ideal ascético”, aquello que se esconde tras esta expresión tan endiosada y ensalzada en la historia del pensamiento: “Mi respuesta es: al contemplarlo el filósofo sonríe a un optimum de condiciones de las más alta y osada espiritualidad, pero con ello no niega ‘la existencia’, antes bien, en ello afirma su existencia y solo su existencia, y esto hasta el punto de no andarle lejos este deseo criminal: pereat mundus, fiat philosophia fiat philosophus, fiam…!”, o lo que es lo mismo, que “perezca el mundo, hágase la filosofía, hágase el filósofo, hágame yo”»; C. J. González Serrano, “Mística, ascetismo y filosofía”, El vuelo de la lechuza, 24/02/2014, . Si viene de aquí, Fiam podría caracterizarse por una afirmación del ser y de la voluntad, frente al ser menguante de Cual; es decir: la conciencia frente a la simple existencia.

[2] Rafael Diego-Fernández Sotelo, “Mito y realidad en las leyes de población de Indias”; en Francisco de Icaza Dufour (coor.), Recopilación de leyes de los reinos de Las Indias. Estudios histórico-jurídicos. México D.F.: Porrúa, 1987, p. 220.

[3] Edición de Fernando Baños para la Fundación Ricardo Delgazo Vizcaíno, Barcelona, 1997, p. 7.

[4] Citamos por la versión de fray Luis de León publicada en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/cantar-de-cantares-de-salomon--0/html/01e17fb4-82b2-11df-acc7-002185ce6064_2.html#I_2_.


[5] Anna Maria Iglesia, “La forma amatorial son siempre formas amatorias”, Librujula, http://www.librujula.com/entrevistas/2269-la-forma-amatoria-son-siempre-formas-amatorias.


[Relación con los autores: ninguna. Relación con las editoriales: ninguna con Ultramarinos y Tusquets, Pre-Textos y La isla de Siltolá han publicado libros míos]