“Considero como un acto de resistencia cultural el homenaje público a un pensamiento, a un discurso, una escritura difíciles, poco dóciles a la normalización mediática, académica o editorial, rebelde a la restauración en curso, al neoconformismo filosófico o teórico en general (no hablemos de la literatura) que aplana y achata todo alrededor de nosotros, tratando de hacer olvidar lo que fue el tiempo de Lacan, el futuro y también la promesa de su pensamiento, y por lo tanto de borrar de ese modo el nombre de Lacan; ustedes saben que hay mil maneras de hacerlo, a veces las más paradójicas (…) es posible que algunos de quienes aducen hoy el día el nombre de Lacan, y no sólo su herencia, no hayan sido los menos activos o los menos eficaces en esa operación. También en este caso la lógica del servicio prestado es de las más retorcidas; la censura, la sutura y el hormigonado ortodóxico no excluyen, sino todo lo contrario, el eclecticismo cultural de fachada. Sea que se trate de filosofía, de psicoanálisis o de teoría en general, lo que la chata restauración en curso trata de recubrir, de negar o de censurar, es que nada de lo que pudo transformar el espacio del pensamiento en las últimas décadas habría sido posible sin alguna explicación con Lacan, sin la provocación lacaniana, fuera como fuere que se la recibiera o se la discutiera”[1].
Este asombroso párrafo no puede ser de otra persona más que de Jacques Derrida, y está cargado de razón de principio a fin, pero sobre todo fijémonos en el principio, en la descripción del panorama cultural -¿francés?-, y en la confrontación, la puesta como ejemplo, de ciertas escrituras como modos intrínsecos de resistencia ante ese estado cultural de cosas. Esa normalización cultural, descrita por el filósofo francés en una conferencia de 1992, está hoy más presente que nunca. Darío Villanueva escribía esta semana en una reseña: “Aquel viejo empeño zolaesco de escribir la novela con palabras tan transparentes y limpias que remedasen la sutileza de un vaso de vidrio, para no entorpecer el acceso de nuestra mirada a la realidad descrita, se cumple finalmente al pie de la letra en la mayoría de las novelas de éxito, caracterizadas por algo así como un deliberado no-estilo”. Las escrituras que toman como referencia al mercado son desustanciadas, son no escrituras. Frente a ese modo de entender la ¿cultura?, la postura intelectual de Derrida me parece ejemplar. Últimamente, y en diversos lugares, he visto algunos artículos que hablan, creánselo, de algo así como del "declinar" del pensamiento derrideano, de su pérdida de influencia una vez desaparecido el autor, y de la decadencia de la deconstrucción. Me hace gracia que se diga algo así, cuando la deconstrucción, salvo raras y exquisitas excepciones (Cuesta Abad, Asensi, Jiménez Heffernan, Brea y algunos otros), apenas sí ha sido bien conocida y, sobre todo, utilizada en España, de modo que mal puede declinar lo que, en términos generales, apenas ha dado sus primeros pasos. El pensamiento de Derrida no puede declinar, como no ha entrado en decadencia el de Demócrito o el de Plotino. Los grandes pensamientos se alinean con los demás y forman con ellos estructuras dialécticas que sobreviven al paso del tiempo. Derrida, desde muchos años antes de morir, y por derecho propio, está en ese escasísimo teatro de la mente, y la deconstrucción es sólo uno de sus méritos. Su pensamiento lingüístico, su modo de leer la tradición, la originalidad de su enfoque, la forma de discutir las cosas importantes como minucias y las minucias o migajas discursivas como cosas importantes -como el lugar donde las cosas suceden realmente, según sus palabras-, su curiosidad universal, su inteligencia abrumadora y, además, la deconstrucción, le hacen constituirse como un referente innegable. Esto quiere decir que Derrida puede y debe ser discutido, porque no hay pensadores indiscutibles y Derrida, por vocación, menos todavía: yo me agarro unos cabreos tremendos a veces cuando le leo, porque su provocación intelectual es constante. Puede y debe ser discutido, insisto, pero lo que no puede ser es ignorado, actitud intelectual muy española (o, mejor dicho, actitud típica española nada intelectual), porque ignorar los pensamientos importantes impide entender ese teatro dialéctico universal en que la filosofía consiste. Por eso me hace mucha gracia cuando alguien pone a parir a Derrida sin haber leído –enterándose, digo– ningún libro del francés. O solo un libro. Hay quien se lee el brevísimo y tangencial Universidad sin condición y cree que ya puede tener una imagen cabal del pensamiento derrideano, algo que sólo se podría hacer tras repasar, como poco, las más de 1.000 páginas que supondrían La carte postale, De la grammatologie y La dissémination, y aun sería poco comenzar. Los muertos que mata el “mundillo” cultural español también gozan de buena salud. Es cierto que, de la misma manera que Derrida señala para Lacan, algunos de sus seguidores han cometido excesos de oscuridad deliberada y puramente imitativa que han perjudicado –otro tanto ha pasado con Heidegger- la imagen del maestro, cuyo aparente hermetismo se debe a la complejidad de la construcción, y no a una voluntad opacadora. Hasta cuando es más oscura, la prosa de Derrida es como la poesía de Mallarmé l’obscure: lo que intenta es arrojar luz sobre los temas tratados, crear imágenes que expliquen, aunque sea retorcidamente, el sentido oculto de las cosas, operar por desvelamiento. Algunos de sus discípulos lo que hacen es arrojar sombra, un espeso tejido conceptual que deja el o los sentidos más enterrados de lo que estaban. Pero eso no es culpa de Derrida.
Pero además, entiendo que reivindicar en cualquier momento, pero especialmente ahora, el pensamiento derrideano, es ejecutar el mismo acto de resistencia intelectual que en su momento plantease Derrida con Lacan: demandar la necesidad de un pensamiento denso y alternativo en medio del pensamiento único; de una escritura difícil en el centro de las escrituras fáciles, de una actitud del pensar que sea, en sí misma y estructuralmente, todo lo contrario de lo que se lleva, lo que se vende, lo que se quiere. Derrida como pharmakon, veneno y remedio a la vez, en el sentido platónico, contra la sanísima podredumbre de la claridad inane. Por eso creo que, haciendo un ejercicio escolarmente derrideano, el párrafo de Derrida sobre Lacan se puede rescribir de esta manera:
“Considero como un acto de resistencia cultural el homenaje público a un pensamiento, a un discurso, una escritura difíciles, poco dóciles a la normalización mediática, académica o editorial, rebelde a la restauración en curso, al neoconformismo filosófico o teórico en general (no hablemos de la literatura) que aplana y achata todo alrededor de nosotros, tratando de hacer olvidar lo que fue el tiempo de Derrida, el futuro y también la promesa de su pensamiento, y por lo tanto de borrar de ese modo el nombre de Derrida; ustedes saben que hay mil maneras de hacerlo, a veces las más paradójicas (…) es posible que algunos de quienes aducen hoy el día el nombre de Derrida, y no sólo su herencia, no hayan sido los menos activos o los menos eficaces en esa operación. También en este caso la lógica del servicio prestado es de las más retorcidas; la censura, la sutura y el hormigonado ortodóxico no excluyen, sino todo lo contrario, el eclecticismo cultural de fachada. Sea que se trate de filosofía, de psicoanálisis o de teoría en general, lo que la chata restauración en curso trata de recubrir, de negar o de censurar, es que nada de lo que pudo transformar el espacio del pensamiento en las últimas décadas habría sido posible sin alguna explicación con Derrida, sin la provocación derrideana, fuera como fuere que se la recibiera o se la discutiera”.
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[1] Jacques Derrida, “Por el amor de Lacan”, Resistencias del psicoanálisis; Paidós, Buenos Aires, 1997, p. 72.