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sábado, 27 de junio de 2015

El arquetipo de los gemelos y su pervivencia en la narrativa actual



En este artículo, aparecido en la revista italiana Istudi Ispanici, intento establecer los motivos de la pervivencia y asombrosa difusión del mitema de los hermanos gemelos en la narrativa actual en castellano, utilizando la mitocrítica, la antropología, la neurociencia y algunas ideas provenientes del psicoanálisis junguiano. En la parte metodológica se intenta explorar si hay algún modo de conjuntar los avances neurocientíficos con la explicación psicoanalítica de la identidad; en la parte expositiva se exponen los pasos históricos mediante los que el eje gemelar ha creado todo un imaginario cultural rastreable en centenares de obras de todas las épocas y lugares, centrándonos más tarde en la literatura hispánica, en especial la española. El artículo se puede descargar aquí.

Si el link anterior no les funciona, pueden descargar el artículo aquí

El artículo que se ha publicado es apenas el 65 o 70% del texto original, que es más largo y con mayor aparato crítico, lo que impedía su publicación en revista. Quizá es también demasiado extenso para publicarlo aquí, imagino que lo incluiré en algún futuro libro de ensayos.

 

viernes, 10 de enero de 2014

Los hemisferios




Mario Cuenca, Los hemisferios; Seix Barral, Barcelona, 2014.

El metal de su vida es como todos.
Y es igual aquél óxido,
y aquella rigidez en la mandíbula.
Si aún no se lo cree, haga la prueba.
Vuele al otro hemisferio.
Mario Cuenca, Todos los miedos (2005)

He leído que un filósofo llamado Petrón mantenía la opinión de que existían varios mundos tocándose los unos a los otros en figura triangular equilátera, en cuyo centro, según decía, se hallaba la morada de la Verdad, y allí habitaban las Palabras, las Ideas, los Ejemplos y representaciones de todas las cosas pasadas y futuras, rodeadas por el Siglo. Y en ciertos años, con largos intervalos, parte de ellas caían sobre los humanos como catarros y como cayó el rocío sobre el vellón de Gedeón; otra parte quedaba allí en reserva para el porvenir, hasta la consumación de los tiempos.
François Rabelais, Gargantúa y Pantagruel

Lo que sigue no es una “reseña” de Los hemisferios. Prefiero hablar de la novela en diversos lugares, atendiendo a aspectos concretos de la misma; además, si usted ha llegado hasta aquí es porque busca un acercamiento a la novela, algunas pistas que le orienten respecto a qué puede encontrar en ella. Prefiero hacer esto último, pues nos referimos de una novela tan densa y variada que su exégesis global invita más al artículo de corte académico que a una recensión breve, que amputaría la mayoría de sus aspectos narrativos, filosóficos o psicológicos.

Los hemisferios es una novela baudelaireana, de correspondencias simbólicas y míticas entre sus dos partes, tituladas “La novela de Gabriel” y “La novela de María Levi”, que tienen algunas diferencias estilísticas –si bien no tantas como sugiere la contraportada–. La historia global o común de la obra cuenta de dos formas diferentes los similares acontecimientos y ansias que sacuden a dos arquetipos. El primero es representado por Gabriel en ambas novelas; el segundo está compartido por los tuertos Hubert Mairet-Levi en la primera y su claro trasunto Marie Levi en la segunda (lo que pudiera ser un guiño al Orlando de Virginia Woolf, que también vive a través de los tiempos con sexos diferentes). En consecuencia, es necesario enfatizar que no se trata de la misma historia contada por dos personajes (lo que remitiría a otros modelos como Durrell o Faulkner), sino dos arquetipos repitiendo papeles en dos historias distintas, que tienen “lugar” en dos espacio-tiempos distintos, conectados en algunos puntos (vgr., p. 45: “un colapso del presente y el pasado (…) el zumbido de la realidad saliéndose de su goznes”). Como en algunas teorías astrofísicas, Cuenca utiliza la hipótesis de dos mundos paralelos que se tocan en algunos “agujeros de gusano” narrativos, lo que nos remite a ciertos relatos de Borges u otras obras de literatura fantástica o de ciencia-ficción (The Legion of Time, de Jack Williamson; Eye in the Sky o Valis, de Philip K. Dick, o El mundo en la era de Varick, de Andrés Ibáñez), por no citar a la serie Fringe, cuyas últimas temporadas semejan en parte la construcción de Los hemisferios. En algún momento el autor parece indicar esta posibilidad de mundos paralelos: “O tal vez esté en ambos lugares a la vez, en una bilocación. Tal vez esté en dos tiempos que aspiran a ser un mismo tiempo y que a veces, cuando se rozan, escupen esquirlas de metal incandescente” (p. 111, véase también 130 y 192). Algunos detalles, como un cuadro basado en la Sagrada familia de Gaudí, son claves para entender la comunicación entre ambos espacio-tiempos.

Mientras que el narrador de la primera parte es Gabriel, un escritor que cuenta sus experiencias tras conocer a una mujer de corte mítico, la narradora de la segunda novela es más difícil de describir. Quizá se da una pista en la primera parte, cuando en la página 111 se habla de “una proyección de su propia culpa, su materia doliente derramada desde un proyector de la conciencia”. Marie parece estar instalada en una especie de limbo (puede ser la muerte, la inconsciencia del coma o simplemente otra dimensión posthumana donde la vida sólo tiene lugar como manifestación de la conciencia post-corporal; me inclino por esta última posibilidad). El problema es que Los hemisferios parece aquejada de lo que Ricardo Menéndez Salmón describía como “mal de los constructores” en uno de los relatos de Gritar (Lengua de Trapo, 2007): las deficiencias que procura la búsqueda de la perfección a cualquier precio, que puede derivar en malformaciones indeseadas e insospechadas. En este sentido, da la impresión de que la segunda novela ha sido “estirada” sólo para coincidir en número de páginas y número de capítulos con la primera. Mientras que “La novela de Gabriel” está perfectamente compensada y construida, manteniendo un altísimo interés y enorme calidad a lo largo de 270 páginas, “La novela de María Levi” se levanta sobre una estructura muy monótona, alternando escenas del presente y el pasado por turnos, y su contenido es a veces sobrante y repetitivo, alargando multitud de escenas que no siempre añaden algo sustantivo, por lo que a ratos se nutre de relleno especular. La lectura se hace pesada en esta segunda parte, a lo que se suma cierta sensación de déjà-vu respecto a personajes e historia. En mi discutible y personal juicio, “La novela de Marie Levi”, que tiene una narradora formidable desde el punto de vista constructivo, hubiese funcionado igual o mejor con la mitad de capítulos y páginas.

En otros lugares desarrollaremos otras cuestiones que abre la novela, entre ellos: los aspectos míticos de los personajes; su posible adecuación al marco narrativo conceptual de Le récit spéculaire (1977) de Lucien Dällenbach; el uso de estructuras abismáticas a partir de espacios “concéntricos” (p. 54), que se transmutarían en otros tantos niveles estructurales: la narrativa de las películas filmadas por los personajes, la narrativa de los acontecimientos de cada una de las novelas y el “Supremo Montaje” que englobaría ambas. También podría abordarse su composición fragmentaria, que la une a Boxeo sobre hielo (2007), la primera novela de Cuenca; la excesiva dependencia de la historia respecto de modelos anteriores, como el Vértigo de Hitchcock, y su vínculo con otras remediaciones contemporáneas; la sugerente definición de los personajes como revenants, que tiene en francés dos significados: “fantasma”, o aparecido, y “resucitado” o reaparecido, y las posibles reminiscencias de Solaris en la obra. O la posible adscripción estética a lo que José Luis Molinuevo ha denominado tecnorromanticismo, ya que la novela de Cuenca es decididamente postromántica: personajes desgarrados, movidos por un destino del que no pueden escapar; ligazón esteticista de amor y muerte; solipsismo; adecuación de la naturaleza al estado de ánimo de los personajes (p. 434); dobles y sujetos divididos; sublimes geográficos; construcción como “espiral de espirales” según la expresión de Schlegel[1]; existencia de fuerzas y conexiones ocultas entre todas las cosas, etcétera. Incluso hay menciones literales: “ella interpreta un personaje escapado de una novela romántica (…) una versión punk de las mujeres que podría haber adorado Novalis, o Byron” (p. 117), describiendo después sin citarla la característica estampa del Caminante sobre el mar de nubes (David Caspar Friedrich, 1818).



Hay muchas novelas dentro de esta ambiciosa novela de Cuenca, cuyos defectos se deben más a un exceso de ambición que a un defecto de talento. No hay esto último, pues Cuenca es uno de los narradores españoles actuales más capacitados, de cualquier edad. Termino con una reflexión que abre otra dimensión de Los hemisferios. Hemos dicho más arriba que la novela de Cuenca es baudelaireana, pero también es nietzscheana, en un nivel muy profundo y esencial: “Todo esto duró mucho tiempo, o poco tiempo: pues, hablando propiamente, para tales cosas no existe en la tierra tiempo alguno” (Así habló Zaratustra; Alianza, Madrid, 1994, p. 432). La página 178 de Los hemisferios, si se relee después de terminar el libro, ayuda a clarificar la novela y la circularidad del tiempo de la misma. En esta página se lee que Hubert “le habla a Gabriel sobre círculos, sobre el círculo del tiempo, sobre el tiempo circular, sobre el Apocalipsis, sus manos y su rostro bañados por el resplandor de los monitores. Dice que así será el tiempo posterior al Apocalipsis, un anillo, un circuito cerrado de vídeo, un bucle silencioso, en mitad de un desierto. Dice que el tiempo del fin del mundo será como una pantalla alzada sobre las dunas en la que proyectarán -¿quién, si ya no habrá seres humanos para hacerlo?- una rueda de imágenes tan hermosa como la que ahora él manipula sobre su mesa de edición (…) Qué será la muerte sobre una pantalla cuando ya no quede nadie para apreciar su hermosura. El cine, después de la extinción del último ser humano, qué será” (subrayado nuestro). Compárese con la última página de la novela, donde los posthumanos “avanzan como sonámbulos en dirección a una gigantesca pantalla sobre dos postes clavados en la nieve” (p. 536). El motivo por el que el “eterno retorno de lo idéntico” no queda del todo explicitado en Los hemisferios es el mismo por el que tampoco se detalla completamente en Así habló Zaratustra: “Esta idea es más bien aludida que realmente desarrollada. Nietzsche tiene casi miedo de expresarla. El centro de su pensamiento rehúye la palabra” (E. Fink, citado en el prólogo de Andrés Sánchez Pascual a Nietzsche, op. cit., p. 23). Sería terrible para los protagonistas, y quizá también para el escritor, constatar que todo va a tener lugar otra vez, que la mujer A o Primera Mujer va a reencarnarse continuamente, y que Gabriel y Hubert/Marie van a perderla siempre, van a amarla siempre sin llegar a poseerla nunca, van a intentar salvarla sin llegar jamás a lograrlo: “piensa que tal vez el objeto de su deseo tenga la potencia de regresar a la vida en un circuito perpetuo, cuántas veces a lo largo de la historia. Cuántas veces habrán amado, compartido y extraviado a la misma mujer” (Los hemisferios, p. 179; otros puntos de contacto con el libro de Nietzsche son los sueños simbólicos, las tarántulas, las transformaciones y la resurrección del episodio “La fiesta del asno”). La conclusión es que las criaturas que se dirigen hacia la pantalla alzada en la nieve, en la última página de la novela, son en realidad posthumanas (véase p. 287), de incorporeidad simbolizada por su carencia de ombligo, mentes liberadas de la ascendencia y el cuerpo que sobreviven más allá del fin del tiempo, canalizando el “incesante parloteo” de su conciencia (p. 289) y que contemplan en esa pantalla el cine/arte del futuro (p. 178), configurado como un simple “chorro de luz aún más pálido” (p. 536). No sé si con eso intenta decir Cuenca, desde una postura idealista, que la conciencia y el arte son las dos únicas manifestaciones humanas dignas de supervivencia y que lograrán atravesar, como la luz de las estrellas muertas (p. 286), la distancia que existirá cuando nosotros ya no existamos.



[Relación con el autor: amistad. Relación con la editorial: es una de las editoriales donde publico mis libros]


[1] Cf. Jean-Luc Nancy y Philiphe Lacoue-Labarthe, El absoluto literario. Teoría de la literatura del romanticismo alemán; Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2012, p. 519.

lunes, 5 de julio de 2010

Algunas novedades variadas

Comento algunas novedades editoriales que han aparecido en sellos diversos y que pueden resultar interesantes por distintos motivos.

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El primer libro es un regalo, y nunca mejor dicho, porque el autor ha querido hacerlo de libre descarga para todos los interesados, gratuito y únicamente sujeto a licencia Creative Commons. Su autor es el filósofo José Luis Molinuevo, y su título es Retorno a la Imagen. Estética del cine en la modernidad melancólica (Archipiélagos, 2010). Retomando el proyecto de su fabuloso blog “Pensamiento en imágenes”, cuyo enlace podréis encontrar en la sección de links a la derecha, Molinuevo se propone un regreso a lo real de las imágenes en ciertas películas que a su juicio entran de lleno en lo que denomina “modernidad melancólica”. A su juicio estas películas se presentan saturadas de interpretación, cubiertas de una cáscara pseudofilosófica que a veces diluye su significación, en vez de aclararla. Esa sobresignificación puede enturbiar, según el profesor de Estética, la recepción de unas imágenes que en su momento hacían de su despojamiento conceptual y su aproximación ontológica al espacio el eje de su fuerza (disculpen el brutal resumen de un concepto explicado por Molinuevo durante decenas de páginas). Su discurso es, por tanto, reintegrador y no expansivo, intentando relocalizar qué podría ser lo real estético en esas cintas, que forman parte del mejor legado cinematográfico occidental: Stalker, Fata Morgana, La mirada de Ulises, Blow Up, La Jetée, El cielo sobre Berlín, Blade Runner, El año pasado en Marienbad y un largo y exquisito etcétera. Para terminar, quería hacer énfasis en algo que no suele comentarse en este tipo de ensayos, pero que Retorno a la Imagen es capital: lo magníficamenente que está escrito el texto, la calidad literaria con la que Molinuevo va engarzando imágenes e ideas. Un lujo al alcance de todos. Podéis descargároslo aquí:

http://www.box.net/shared/c0m6yyo66o

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Francisco Rico, Jordi Gracia y Antonio Bonet Correa (eds.), España Siglo XXI. Literatura y Bellas Artes; Fundación Sistema, Madrid, 2010.

Es este un libro ambicioso, de casi mil páginas y numerosos autores, incluido dentro de un proyecto general titulado “España Siglo XXI”, dirigido por Salustiano del Campo y José Félix Tezanos. Este volumen, número 5 del proyecto, Literatura y Bellas Artes, está coordinado por Francisco Rico y Jordi Gracia para la parte de Literatura, y Antonio Bonet Correa para la sección de Arte. La parte literaria del volumen intenta ser una revisión amplia de los fenómenos acaecidos en la última parte del XX y principios del 21, desde la narrativa al teatro pasando por la poesía, el ensayo, la historia y la filología. Cerrando el volumen y el período en estudio hay un artículo mío titulado “Letras sin imprenta. Ciberliteratura, blogs, narrativas cross-media”, con los siguientes epígrafes, por si es de vuestro interés: “Ciberliteratura y cibercultura. Internet como medio creativo. Internet como medio transmisor o soporte de literatura tradicional. Internet como material. Otros ciberespacios: videojuegos y narraciones ‘cross-media’. Bibliografía”.

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Pilar Baumeister, Wir schreiben Freitod... Schriftstellersuizide in vier Jahrhunderten; Peter Lang Verlag, Frankfurt am Main, 2010.

Pilar Baumeister es una escritora de origen español residente en Alemania, autora de libros de poesía y ensayos. Ha publicado este curioso ensayo sobre literatura y suicidio, cuya traducción sería Escribimos muerte voluntaria... Suicidios de escritores durante cuatro siglos. Mi alemán no da toda vía para leerlo, pero quería dejar constancia de la salida del volumen porque en su momento, tuvimos en este blog un largo debate sobre escritores suicidas. De aquel debate tomó Baumeister alguna nota y por eso estoy o estamos, según me cuenta, entre los agradecimientos del libro. Transcribo la nota de prensa de la editorial traducida al español, por si alguien está interesado:

“Intentar una introducción para historias de suicidios sería seguramente absurdo. Sólo en medias res, bajo el peso total de la acción y quizás retrospectivamente sea posible comprenderlas de la manera más apropiada.» El presente ensayo recoge datos biográficos de 423 escritores y escritoras que se quitaron la vida en un período desde 1609 (John Suckling) hasta 2008 (con los más recientes suicidios de Thomas M. Disch, Hugo Claus, David Foster Wallace, Miroslaw Nahacz). Este libro no tiene en absoluto la intención de una evaluación moral, no es ningún reproche contra los incapacitados para vivir, ni tampoco quiere clasificar a la mayor parte de los afectados bajo el término de locos y seres maniático-depresivos, como son nombrados superficialmente con demasiada frecuencia. En lugar de ello, la autora investiga las circunstancias y motivos de esta situación tan extrema que todos comparten. Toma como ejemplos entre otros: parejas que se suicidaron, familias con varios suicidas, subrayando el lugar, la fecha, los acontecimientos y el instrumento para matarse; agrupa los suicidios según edad, sexo, nacionalidad y motivos; por razones políticas (el recuerdo de torturas sufridas), por un amor desgraciado, fracaso profesional, ineptitud de los métodos psiquiátricos o por culpa de enfermedades físicas graves (el derecho a la autonasia fue reclamado por Arthur Koestler). La autora, que es a su vez escritora, quiere denunciar deficiencias en la sociedad –despertar interés por la última obra de sus colegas antes del suicidio y crear una corriente de proximidad hacia sus vivencias, especialmente hacia las 77 autoras. La culminación de su proximidad está en su diálogo ficcional con ellas en el último capítulo.

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Marta Agudo y Jordi Doce han reunido en Pájaros raíces. En torno a José Ángel Valente (Abada, 2010) a numerosos poetas, estudiosos y críticos alrededor de la figura de José Ángel Valente, uno de los poetas e intelectuales españoles más valiosos de los últimos tiempos (o uno de los pocos escritores españoles universalmente valiosos, según se mire). Según la nota editorial, Pájaros raíces es “un acercamiento poliédrico, de facetas diversas pero complementarias, que permite indagar no solo en la naturaleza de esta obra sino en su intenso potencial de impregnación. La herencia creadora y crítica de esta escritura se halla presente, en mayor o menor medida, en la obra de todos los autores cuyos trabajos aquí se recogen, testimonio inequívoco del lugar central que Valente ocupa en la poesía en lengua castellana del pasado siglo y de su capacidad para generar líneas de tensión creadora y de diálogo crítico”. Un servidor colabora con un ensayo titulado “Desierto contra espejo. Por qué Valente tenía que ser mejor”, que es menos polémico de lo que parece, si bien lo que hace oportuno y necesario el volumen son las contribuciones, por orden alfabético, de Jordi Ardanuy, Marcos Canteli, Daniel Casado, José Martía Castrillón, José María Cuesta Abad, Rafael-José Díaz, Diego Doncel, Manuel Fernández Casanova, Agustín Fernández Mallo, María José Flores, Pilar Fraile, Eduardo García, José Luis Gómez Toré, Ana Gorría, Isidro Hernández, Amalia Iglesias, Julián Jiménez Heffernan, Alejandro Krawietz, Francisco León, Antonio Lucas, José Antonio Llera, Juan Carlos Marset, Antonio Méndez Rubio, Luna Miguel, Eduardo Moga, Vicente Luis Mora, Luis Muñiz, Marianela Navarro Santos, Antonio Ortega, María Ángeles Pérez López, Julio Pérez Ugena, Carlos Peinado Elliot, Jaime Priede, Raúl Quinto, María do Cebreiro Rábade Villar, Goretti Ramírez, Esther Ramón, José Luis Rey, Jorge Riechmann, Ada Salas, Vicente Valero, Joan de la Vega, Javier Vela, José Luis Zerón Huguet e Ibon Zubiaur. Sólo Valente podía concitar un plantel tan variopinto; si no han leído aún su obra, no duden en hacerlo.

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El último libro que quiero recomendar, aun antes de terminar de leerlo, es la novela El ladrón de morfina (451 Ediciones, 2010), de Mario Cuenca. No sé todavía si le haré o no reseña, pero estoy viendo cosas excelentes que justifican las decenas de críticas muy elogiosas que están apareciendo en las últimas semanas sobre el libro. A modo de muestra, me gustaría reproducir uno de los muchos párrafos a cuyo margen he puesto signos de admiración:

En la guerra, convendrás conmigo, una especie de luz de alarma se mantiene prendida en el fondo del pensamiento, una parte del cerebro sigue escuchando las explosiones que reverberan al fondo de la noche, los bombardeos y las astillas de bambú, y casi puede uno ver esas astillas saltando por el aire, ingresando en la piel de los muchachos, y casi se escuchan los gritos y las pisadas de las botas sobre los charcos congelados, Dios sabe si de agua o de sangre o de orina. Hay prendida una pequeña luz al final del pensamiento, siempre alerta, tal que una lucidez de fondo, como si bajo el nivel del sueño hubiera otro nivel aún más profundo en el que el cuerpo continuara de guardia. Tus ojos, mientras duermes en la guerra, se mueven persiguiendo las cosas que se desplazan dentro del sueño, sino al ritmo del estruendo de fuera, de la realidad de fuera, una realidad en sesión continua, una sesión continua de horror, en la que los muertos caminan agarrando una cuerda muy larga, haciendo una columna muy larga que se pierde en las narices de la noche. Eso no es dormir. Eso es saltar de la guerra a la guerra, pasando por la fiebre.

(pp. 118-119)