viernes, 19 de abril de 2013

El blog decreciente



Quizá lo sepáis ya, pero desde hace tres semanas tengo, además de Diario de Lecturas, otro blog, sin título, dentro de El Boomeran(g):

http://www.elboomeran.com/blog/1506/blog-de-vicente-luis-mora/

Es un proyecto distinto a este. Para empezar se trata un blog decreciente. Si todo va bien tendrá 100 entregas, cada una de 500 palabras exactas. Se han publicado ya la 100, la 99 y hace un momento la 98. No es un blog de crítica literaria, sino un ensayo literario de 50.000 palabras, fragmentario y en marcha, escrito a través de un blog.

Sigo pensando que el blog es uno de los instrumentos literarios más precisos, maleables y sugestivos de nuestro tiempo. De ahí que lejos de abandonar este, me dedique a la práctica por duplicado. 

Es posible que las entregas de este Diario de Lecturas se espacien porque, a pesar de que mis ganas son dobles, mi mente sigue siendo una y escaso mi tiempo libre. Intentaré que lo que aquí aparezca siga teniendo la poca o mucha calidad de siempre.

Nos vemos aquí, o allí, o en donde queráis. Abrazos.

domingo, 7 de abril de 2013

Afinación


Yo sentía que el instante tenía un sentido oscuro que era preciso afinar y perfeccionar. 
Jean-Paul Sartre, La náusea


En los últimos meses han coincidido en las estanterías tres libros que tienen un elemento en común: los tres suponen una especie de afinación de los temas, tonos e intereses de sus novelas anteriores. Hay que decir que las tres novelas son excelentes y que no pueden ser más dispares o diferentes entre sí. Parecen escritas por tres escritores de tres países o mundos distintos, algo que simboliza la riqueza y variedad de la última narrativa española, que está pasando a mi modesto entender por un momento dulce.
.

1. Aforismos dopados

Las mujeres suelen fijarse en los detalles. Yo también. Sobre todo me fijo en los detalles.
Javier Moreno, Alma


El primer ejercicio de afinación me ha parecido encontrarlo entre las dos últimas novelas del murciano Javier Moreno. Alma (Lengua de Trapo, 2011) y 2020 (Lengua de Trapo, 2013) están escritas desde una autoficción distanciada pero explícita. También comparten temas, sobre todo el argumento principal y último (común a su vez a las obras de Sara Mesa y Menéndez Salmón sobre las que hablaremos después): la abyección del ser humano. “Creo que el ser humano es en esencia una especie abyecta y que ese es el secreto de su éxito evolutivo. Ante la ingenuidad y la abyección, siempre me decanto por la ingenuidad. No puedo escribir la palabra abyecto sin pensar al mismo tiempo en Thomas Bernhard.” (Alma, p. 16). También hay obsesiones habituales de Moreno en ambos libros: las referencias científicas, la distancia entre copia y original, Josefine Mutzenbacher, la higiene íntima, IKEA, el ruido blanco, la moda, Google Earth como proveedor de sentido entre realidades lejanas, los pequeños detalles elevados a símbolos cósmicos, etc. Si María tiene en Alma una carpeta de fotos a la que denomina “Alma”, Gowan tiene en 2020 otra carpeta de imágenes a la que titula “Revelaciones”. Aunque parecen obras diferentes, la estructura de 2020 es similar a la de Alma, pero amplificada: los hallazgos de una línea ahora son de una frase. Los de un párrafo se hacen ahora de una página. Están más elaborados, son relámpagos en vez de fogonazos, pero la escritura se basa en el encadenamiento de destellos de inteligencia y observación. El argumento, más trabado y “legible” en 2020 sigue sin ser importante, algo sobre lo que el autor no ha dejado de ser explícito: “El argumento siempre me ha interesado más bien poco en las novelas. (…) El resto —la trama— no son sino extrapolaciones. La vida es una suma de acontecimientos carente de trama. Como mucho, podría hablarse de pequeñas convergencias que procuran la ilusión de sentido” (Alma, pp. 30-31). Del mismo modo que las lámparas LED se iluminan gracias a lo que los electricistas llaman el “silicio dopado” (semiconductor de banda prohibida indirecta en la terminología científica), Alma y 2020 se construyen a partir de aforismos dopados, destellos o fogonazos que han sido desarrollados en pequeños párrafos cegadores; haces de luz cebados destinados a iluminar las zonas en penumbra de nuestra realidad cercana. Así, de un detalle de Alma,

“—Es la primera lección del bróker. Comprar acciones a la baja y vender al alza.
—Un principio de conservación del dinero.
—Efectivamente. Una sabiduría equiparable a la de los maestros taoístas. La única apuesta segura es la apuesta por el vacío.” (Alma, p. 79).

Moreno levanta ahora una reflexión monumental sobre el ciego azar bursátil, la tiranía del dinero, la crisis económica y la virtualización de la “gran economía”, que asfixia la devaluada microeconomía individual. Aquí aprecio un gran parecido con (o un homenaje a) la novela Cosmópolis de Don DeLillo, pues tanto Gowan, el personaje millonario de Moreno, como el Eric Packer de DeLillo, se mueven por la ciudad en un coche, juegan a bolsa y llevan a veces a sus asesores dentro del vehículo con un ordenador. Desde allí ambos elaboran discursos mitad sociológicos, mitad oníricos, sobre nuestro tiempo: “no es que seamos testigos tanto del flujo de la información cuanto de un espectáculo puro, o de la sacralización de la información, ritualmente convertida en algo ilegible” (Don DeLillo, Cosmópolis; Seix Barral, Barcelona, 2003, p. 100); “el dinero es vulgar porque es todavía algo material (…) Los espíritus viajan a la velocidad de la luz, se propagan a través de ondas y fibra de carbono y se materializan en forma de cifras” (2020, p. 95). Ambos elaboran su Arte de la guerra particular, para un campo de batalla por completo desmaterializado, sin que eso signifique, por desgracia, que no haya víctimas reales.


 .

2. Panópticos corporales

Ah, las cuatro paredes de la celda…
Sara Mesa, Un incendio invisible

Cuatro por cuatro (Anagrama, Barcelona, 2012) tiene varios puntos en contacto con Un incendio invisible (Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2011), la anterior novela de la poeta y narradora sevillana Sara Mesa. En ambas un personaje masculino en crisis vital, con leves problemas oculares (miopía en Cuatro, astigmatismo en Un incendio; si apunto la anécdota es porque creo que la autora la emplea como metáfora de la imposibilidad de los protagonistas de acceder íntegramente a la experiencia), con una mujer clavada en el recuerdo (la loca Lola, Elena), y con total desgana por su nuevo trabajo, llega a una institución (un geriátrico, un college), que bajo una capa de normalidad encubre numerosos y terribles secretos. Buena parte de la historia en ambas novelas transcurrirá describiendo cómo el personaje aprende las nuevas y extrañas reglas, se diluye en ellas con total inanidad y desinterés, con la sensación de estar dentro de una obra de teatro (Cuatro, p. 241; Un incendio, p. 191), mientras que va descubriendo oscuras relaciones entre los habitantes y los trabajadores. Ambas instituciones acaban siendo cárceles de vigilancia y control absoluto más que lugares donde sanarse o aprender. Y hay más: esas instituciones están ubicadas en ciudades inexistentes (Vado, Cárdenas), con ligero parecido a ciudades reales, y la sociedad es distópica en ambos casos: Vado está siendo abandonada por sus habitantes sin que se conozca el motivo, Cárdenas se desangra en una incontrolable serie de disturbios sociales. Los espacios vacíos, las ruinas, las zonas muertas en que los escasos habitantes viven relaciones casi selváticas, animales, son una constante en ambas obras, así como las relaciones de poder, sometimiento y crueldad entre los personajes, el sexo enfermizo o disfórico, la sensación de fin d’époque, la sensación de amenaza, la “violencia sorda, conflictos de poder, jerarquías, sumisiones” (Cuatro por cuatro, p. 136), “torturas, encierro, locura, enfermedad” (p. 130), temas estos últimos que comparte con La calera de Thomas Bernhard, una referencia explícita de Mesa. Cuatro por cuatro es mucho más redonda que Un incendio invisible, está mejor escrita (sobre todo en su última parte) y la alternancia de hasta cuatro narradores diferentes demuestra la ambición narrativa creciente de la autora. Sólo reprochar la excesiva linealidad interna de cada parte, algo monótonas en el modo de ir aportando información, y algunas construcciones mejorables: “casi estoy corriendo cuando llego” (p. 119), “pero yo igual me llamo ahora de otra forma” (p. 127). Por lo demás, Cuatro por cuatro es una novela agudamente anclada en las zonas de sombra del ser humano y de su hobbesiano comportamiento, y un ejercicio literario consistente y recomendable.

 .

3. Lo inefable a la vista

Un hombre es lo que ha visto.
Ricardo Menéndez Salmón, La luz es más antigua que el amor

La última novela de Menéndez Salmón, Medusa, sobre la que no nos extendemos porque próximamente hablaremos de ella en otra parte, tiene igualmente numerosos puntos de contacto con La luz es más antigua que el amor. Aparece otra vez un álter ego del autor (Bocanegra, seguramente), se construye sobre un artista ficticio (Prohaska), del mismo modo que la anterior se levantaba en parte sobre Adriano de Robertis y Vsévolod Semiasin, y sus temas principales tienen que ver con la abyección humana, el mal y la relación entre el artista y el poder. Amén de ello hay coincidencias aún más estrechas. En ambas se pone en cuestión el género de la biografía (Medusa, p. 99; La luz es más antigua que el amor, p. 153), aparece en ambas el tema de la autodestrucción de la obra (Semiasin se come sus pinturas, Prohaska “arrojó al mar todos y cada uno de sus dibujos”, p. 27), en ambas se ahonda –con notable perspicacia y profundidad– en el topos de la imagen, y entre las dos aparecen prácticamente todos los horrores históricos del siglo XX, de Hiroshima a Dachau, de Stalingrado a la Guerra Civil española. Capturar el horror es uno de los asuntos centrales no sólo de estas dos obras, sino quizá de toda la narrativa de Menéndez Salmón. Derek Walcott escribió sobre la última obra de Ossip Mandelstam que “Mandelstam, en su agonía, trata de escribir un buen poema, y este esfuerzo salva el texto para nosotros. El triunfo de escribir una buena obra no elimina el sufrimiento vivido, pero es asombroso que la belleza nazca de una situación de horror. Por eso no cabe hablar de pesimismo u optimismo; la poesía es su propia verdad”. Prohaska explica los motivos para abandonar el arte, después de su última y terrible fotografía: “mi viaje (…) ya había cumplido su cometido, pues lo único inacabable en el mundo es el horror. El horror es el único combustible que jamás se agota, la materia prima más y mejor repartida en el universo” (pp. 134-35). De este modo, salvar el horror, regresar del viaje al que se partió para dar forma artística a lo inefable, es el objetivo de los artistas ficticios de Menéndez Salmón, que pagan un alto precio vital por sus propósitos estéticos.

 .

4. Conclusión

Alguna mente malpensada puede decir que estos autores han llevado a cabo sus respectivos ejercicios de afinación a la vista del buen resultado que les depararon sus anteriores novelas. No podemos negarlo tajantemente, pues ignoramos qué se mueve en la mente de los otros escritores –y quizá es mejor así–, pero nuestro optimismo antropológico y la confianza en la trayectoria de estos tres autores, que han demostrado sobradamente su competencia en el género novelesco y en otros, nos hace pensar que la afinación puede ser también un ejercicio de modestia. Del mismo modo que la reescritura constante de Juan Ramón Jiménez supone, frente a la soberbia que le achacan sus detractores, un evidente modo de humildad en la persecución de la mejor forma posible del poema, Moreno, Mesa y Menéndez Salmón intentan pulir su propia obra en busca de la mejor novela de que son capaces, aprendiendo de sus propios errores pero también de sus aciertos. De hecho, son los aciertos los que están desarrollados en estas nuevas obras: Mesa escribe mejor y con más ambición; Moreno ahonda en personajes y estructuras, y Menéndez Salmón ha crecido en su capacidad de ligar la anécdota vital de una persona con su periplo artístico. Podría decirse que han salido ganando, sí, pero lo importante es que quienes hemos salido victoriosos, al final, hemos sido sus lectores.


.
.
[Relación con las editoriales: ninguna con Anagrama, ninguna con Lengua de Trapo, Seix Barral es mi editorial habitual. Relación con los autores: cordial en los tres casos]

sábado, 16 de marzo de 2013

(Firma digital invitada) Paula García Santoro: inquietudes sobre el diseño

"Hola, Vicente. Estoy estudiando diseño de producto, y tengo algunas dudas que me gustaría plantearte en relación a este campo. En primer lugar, quisiera mostrar mi repulsión hacia esta tendencia posmo-chachi en el diseño que se/nos impone y que vendría a representar el BUEN HACER: Ikea. No hace mucho, en unas de esas yoguererías tan de moda y tan representativas de un mundo aparentemente suave y limpio, un chaval, ante la extrema limpieza y blancura-cool del local (la limpieza como antesala del fascismo), le dijo a su compañero: “joder, aquí parecemos manchas”, y me pareció un comentario muy paradigmático de la repercusión del diseño en las personas. El diseño parece que esté en el cielo, en los valores (los objetos parecen más virtuosos que las personas), en el buen hacer, en ese espacio blanco, abstracto, divino, donde se establecen hipotéticos usos sin ninguna relación con las manos, más que las del propio diseñador. Es como si nuestra función se redujera a producir espectros, imágenes de lo apropiado, de lo que tendría que ser un hogar o espacio público, es decir, una vida. Un escenario, a fin de cuentas, limpio, seguro, culto, para que la gente vea, toque y piense que está en un buen lugar.

Participar de esta paranoia colectiva, en la que todo es guay, sexy y anárquico, inclusive, y consciente de sí y blablabla, me entristece, porque con todas estas gilipolleces sé que se ocultan unas cada vez más radicales diferencias de clase, adquisitivas y jerárquicas. Los objetos se reducen a las exposiciones, a los Designs weeks, y a la madre que los parió. Es como si la figura del diseñador fuera una mamá ideal, muy Special-K, que tiene que cuidar, enseñar y alimentar BIEN a sus niños, para que un día (que nunca llegará) se conviertan en unos buenos ciudadanos-emprendedores. Por ello, es menester que sepan apreciar como toca todas esas instalaciones superecológicas que les hemos montado para divertirse, reflexionar, etc. ¡Anda ya! Parece que nos eduquen para cobardes, para asquearnos del otro. Estoy harta de todas estas políticas destinadas a asfixiar las vidas de las personas con una sonrisa servicial, convirtiendo la ciudad en una casa, en algo íntimo y domesticable, y así tú poder sentirte “como en casa” -> Hasta aquí mi pataleta pija.

Ahora bien, te pregunto, Vicente, ¿qué aconsejarías a una estudiante de diseño que está apuntito de meterse en el proyecto de final de carrera? ¿cuál es tu postura frente al diseño? y en este panorama tan turbio y geometrizador que se presenta, ¿conoces alguna propuesta en el diseño que respete a las personas, que parta de la tierra? ¿y alguna referencia bibliográfica? El otro día leí una entrevista muy interesante al arquitecto Enric Miralles y me gustó mucho su forma de proyectar, dialogando con el entorno, pero consciente a su vez del daño que puede llegar a producir su obra en el tejido urbano. Es una manera de proyectar que me parece muy atractiva. En clase proyectamos de la siguiente manera: apuntamos en la pizarra (blanca) una serie de conceptos que ponemos en común y que más adelante se convertirán en algo físico... Los valores nos ciegan. Seguimos soñando en realizar un sistema democrático de gente libre e igual, y acabamos creando cosas blancas-tope-chachis sin apenas relación con su entorno. Islas flotantes, hermosas, en un mar de conflictos y miseria."

Paula García Santoro, diseñadora de producto (Valencia, España)

____________________________________________________________________

Respuesta

Gracias por tu interesante punto de vista, Paula. No soy experto en diseño, y no puedo recomendarte bibliografía como la que buscas. Pero lo que escribes me ha hecho pensar. En efecto, hay un diseño humanizado, como el de Miralles, o como el de los edificios de Rafael Moneo, que incluye al hombre en el proyecto y le procura entornos habitables. Lejos de la máxima de Le Corbusier, para quien la casa era una "máquina de habitar", Miralles o Moneo eliminan la máquina de la ecuación -por más que toda construcción sea en parte, por supuesto, un artefacto mecánico-. El problema del diseño comienza cuando lo maquinal, como apuntas en tu texto, cobra más importancia que el ser humano al que el edificio (el objeto, el producto, el entorno, etc.) va destinado. Entonces comienza la alienación, que puede ser simple e inocua, como cuando hay un exceso de diseño, o grave y dañina, cuando el diseño convierte a la persona que se mueve en su interior en una mancha, en un error estético, haciéndola sentir incómoda.

Y esto sucede, por descontado. Hay centros comerciales, aeropuertos o espacios abiertos en los que al diseño excesivo de la arquitectura se une el hiperdiseño de algunas tiendas o espacios interiores, de forma que se produce en la persona que circula por ellos una especie de síndrome Stendhal espacial, donde el vértigo descrito por el escritor de Grenoble se transmuta en un mareo visual producido por la saturación de diseño que, en una tienda de Apple, por ejemplo, va desde el logotipo hasta la organización de la tienda, desde los objetos vendidos hasta las mesas funcionales, proyectándose en todo momento la idea de que no eres "cool" si no formas parte de esa lógica hiperorganizada y estetizante. No son pocas las personas que me han comentado la frialdad terrible que contemplan en una tienda de Apple. Como si existiese una distancia inalcanzable entre la perfección de los objetos cuadrangulares (todos los productos más vendidos de Apple son ahora cuadrangulares), con esquinas levemente redondeadas, y nuestro cuerpo tosco, romo, lleno de accidentes orográficos y de extremidades que tienden a romper la forma rectangular.

Creo que es el imaginario de la ciencia ficción el que mejor ha representado la alienación del individuo en espacios hiperdiseñados, donde la única forma de no desentonar es ajustarse a una mecánica de movimiento pactada de antemano, a una coreografía maquinal (véase en especial el trailer de THX 1138). Sólo si el ser humano se comporta como un mecanismo puede formar parte razonable del entorno. Son tres películas (las otras son The Clockwork Orange y Tron) que muestran diversas formas de deshumanización. Te dejo estos tres vídeos y con ellos me despido. Gracias por tu correo electrónico.














domingo, 27 de enero de 2013

Televisión por otros medios





Una de las cosas que más me sorprendió de la recepción de El lectoespectador fue que al menos dos de los críticos que se ocuparon de él mostraron su extrañeza ante el hecho de que se incluyera un ensayo sobre televisión, alegando que parecía anacrónico frente al resto. Como si la televisión estuviese ya pasada de moda o no siguiese siendo fundamental. Parece que piensan a la manera del narrador omnisciente de Mario Crespo en su novela Biblioteca Nacional (2012), para quien “en el mundo de hoy la tele se ve en YouTube, el periódico se lee en formato digital y los amigos se hacen en redes sociales como Facebook”[1]. Chocaba más todavía cuando una de las recensiones venía firmada por el autor de dos recientes libros sobre series de televisión. Y digo que choca porque las series televisivas, uno de los fenómenos narrativos más difundidos y exitosos de nuestro tiempo, por más que se vean ilegalmente vía Internet, están siempre pensadas, diseñadas y concebidas para la televisión; incluso en ocasiones su estructura gira alrededor de las pausas publicitarias obligatorias en la pequeña pantalla. Y en aquellas donde no hay publicidad, está siempre la limitación “metafísica” de los 50-60 minutos de duración, muy televisiva (en absoluto cinematográfica), una frontera puramente televisiva, que sólo es sobrepasada en casos excepcionales (como en los episodios finales de una temporada). De forma que todo en estas series es televisión pura y dura. Y hoy en día son una de las formas de consumo cultural más difundidas e incluso respetadas[2] en los últimos tiempos, como es natural, debido a la altísima calidad de alguna de sus manifestaciones.

Precisamente, el fenómeno de las teleseries viene a demostrar que la televisión está más viva que nunca y que no pierde importancia. Ello llevó a Eloy Fernández Porta a hablar de las “series de esta nueva Era Dorada de la televisión”[3]. Sí, es cierto que hay mucha gente que apenas se sienta delante de un televisor, yo entre ellos, pero eso no quiere decir que lo visto en streaming a través de la Red no sea televisión emitida por otros medios. Por no hablar de que muchos acontecimientos de gran trascendencia social (mundiales de fútbol, olimpiadas, partidos de tenis, Eurocopa, etc.), deben seguirse por la pequeña pantalla porque las páginas de difusión por streaming quedan inmediatamente saturadas. Estamos hablando de fenómenos que concitan la atención de millones o cientos de millones de personas y que es imposible seguir con imagen vía Internet.

En Narrativas transmedia (Deusto, 2013), el libro de Carlos Scolari que estoy leyendo estos días, se recogen varias entrevistas con algunos protagonistas de los cambios narrativos en los medios audiovisuales. Uno de ellos, el productor Mikel Lejarza, señala que “hacer contenidos televisivos o radiofónicos que carezcan de elementos transmedia sería como hacer televisión en blanco y negro (…) La televisión, tan denostada por algunos, ha sido el medio que mejor se ha adaptado a los nuevos lenguajes, y de ahí que esté mejor que la prensa o el cine, que tienen enormes dificultades para hacerlo”[4]. En efecto, se cierran cabeceras de periódico o pasan a la Red, y se hacen menos películas, pero ninguna cadena de televisión desaparece; si acaso, es absorbida por otra y su licencia de emisión es rápidamente ocupada por otra naciente. Pero regresemos al elemento creativo, apuntado por Lejarza, de renovación de lenguajes: algunas series televisivas están llevando a cabo una auténtica revolución expresiva, desde Breaking Bad a American Horror Story pasando por la ya clásica Lost, que no tardará en tener repercusión en el modo en que lo narrativo es entendido en nuestros días. El único enemigo serio de la televisión no es Internet, que en realidad la multiplica y consolida como generador de contenidos que luego la red transmite, sino los videojuegos. Pero esa es otra historia.

De hecho, es abrumadora la cantidad de literatura actual que tiene a la televisión en el foco de su eje narrativo: La mendiga (2000), de César Aira[5] y Rating (2011), de A. Barrera Tyzska, se construyen con las telenovelas como fondo; Los muertos (2010), de Jorge Carrión, y Aire nuestro (2010), de Manuel Vilas, con las series o la programación televisiva como eje estructural. En 2666 (2005), de Roberto Bolaño, "La parte de Fate" contiene una importante presencia televisiva. En la reciente Show Time (Lost Coast Press, 2012), de Phil Harvey, que imagina un reality show de supervivencia en condiciones extremas (un poco al estilo de Hunger Games). Por no hablar de la importante presencia que tiene el medio en novelas como A.B.U.R.T.O. (2011), del mexicano Heriberto Yépez (que además le dedicó el ensayo Contra la tele-visión); Fabulosos monos marinos (2010), de Óscar Gual; El público (2012), de Bruno Galindo; Sonría a cámara (2010) de Roberto Valencia, o en relatos como “Por culpa de la televisión”, de Germán Sierra (Alto voltaje, 2004). En la novela de Carlos Gámez, Artefactos (Sloper, 2012), un espíritu utiliza la televisión para comunicarse con el personaje (p. 40). Incluso en poesía encontramos ejemplos recientes (podríamos citar textos de Raúl Quinto, Cristina Morano o Sergi de Diego Mas), entre los que espigamos este poema de Marta Agudo:

Pongo la tele y sonrisas húmedas. Zapping de orden y museos. Animales ejecutados y orejas desalojadas. Correas tras espasmos de gloria, segundos de pedestal y la destreza del suelo. Como en un truco de magia, cada ficha se recoloca en su casilla hasta el pistoletazo del día siguiente. Ciudad peregrina pero en orden, albergas películas y santuarios, frecuencias que sin rozarse construyen la veracidad de un mapa…[6]

El televisor como objeto está perdiendo lugar e importancia en los hogares, esto es cierto, a pesar de los intentos de revitalización provenientes del 3D. Pero mientras el electrodoméstico “televisor” decae, la televisión como generador se reinventa, se invisibiliza y disuelve, inteligentemente, dentro de la pantalla como concepto aglutinador, como realidad mayúscula y vital (Laura Borràs[7]) que ha terminado por incluir en sí al televisor, a Internet, a los móviles, al libro electrónico, etc. La pantalla no es sólo un “soporte” o un “canal”; es una interfaz con el usuario que ha terminado por ser el modo de recibir la información que el sujeto necesita y que no está en su inmediato entorno físico (sea práctica o de entretenimiento, profesional, intelectual o de ocio). No vemos Internet, ni televisores, ni tabletas: lo que vemos en todo momento son proteicas pantallas en que cualquier tipo de contenido puede aparecer, y muchos de ellos, y no los menos atractivos, siguen siendo producidos por cadenas de televisión en formato televisivo. En consecuencia, sola en compañía de Internet, que al englobarla y difundirla la refuerza, la televisión sigue teniendo una importancia sociológica y aun estética fundamental, y en buena medida sigue configurando los hitos más relevantes del imaginario colectivo.


[1] M. Crespo, Biblioteca nacional; Eutelequia, Madrid, 2012, p. 59.e
[2] “Actualmente hay series de televisión, fundamentalmente norteamericanas, de una altura narrativa sobresaliente. Las películas son una suerte de versión audiovisual de los cuentos, de los relatos cortos, mientras las series de televisión se han convertido, a mi parecer, en el equivalente a las novelas, a las novelas en el sentido más decimonónico y auténtico del término, las de mucho antes del ‘Noveau Roman’ y todas esas cosas”; Ángela Vallvey, “El hombre del corazón negro”, Cuadernos Hispanoamericanos, nº 729, marzo 2011, p. 26.
[3] Eloy Fernández Porta, €®O$. La superproducción de los afectos; Anagrama, Barcelona, 2010, p. 34.
[4] Carlos Scolari, Narrativas transmedia. Cuando todos los medios cuentan; Deusto, Barcelona, 2013, p. 35.
[5] En Las conversaciones (2007) también concede Aira gran protagonismo a la televisión.
[6] Marta Agudo, 28010; Calambur, Madrid, 2011, p. 41.
[7] “De hecho ya es una realidad que gran parte de nuestras vidas transcurre entre pantallas, que hemos aprendido a relacionarnos con ellas leyendo, mirando, viendo, ignorando elementos visuales que nos estorban en nuestro propósito, tocando, escuchando… O sea que puede que leer en digital, con un verdadero aprovechamiento de las posibilidades del medio represente, en función de los objetivos artísticos, leer más”; L. Borràs, “Nuevos lectores, nuevos modos de lectura en la era digital”, en Salvador Montesa (ed.), Literatura e Internet. Nuevos textos, nuevos lectores; Universidad de Málaga, Publicaciones del Congreso de Literatura Española Contemporánea, Málaga, 2011, p. 47.