lunes, 3 de febrero de 2014

Esther Ramón y Fernando Castro Flórez




Esther Ramón, Caza con hurones; Icaria, Barcelona, 2013.
Esther Ramón es poseedora de una voz poética singular, de difícil (e innecesaria) adscripción a escuelas o estéticas. La poesía a la que más se parece, al llegar a su cuarto poemario publicado, es la suya propia de poemarios anteriores. Apenas podríamos establecer, por afinidad temática, algún hilo de relación con la Juana Castro de Arte de cetrería (1989), que también utilizó con fortuna el campo semántico cinegético para su lírica. De tono sosegado, expresión contenida y lenguaje cuidado, Caza con hurones contiene fundamentalmente dos tipos de poemas: unos algo más discursivos o narrativos, en los que es posible esclarecer algún tipo de encadenamiento argumental o temático, y otros más crípticos, donde la asociación paratáctica de imágenes parece destinada a la creación de otras tantas estampas en la mente del lector, alejadas de cualquier denotación reconocible aparte de la sensación de encierro. El resultado es una poesía espinosa, poco complaciente con el lector acomodaticio, que en ocasiones reflexiona sobre el lugar en que se posa la mirada poética y, en consecuencia, también sobre aquello que se deja de ver (“Montaña”, “Raíz”). Una poesía dura pero que cuando es acechada con la paciencia del hurón, acaba produciendo frutos vibrantes: “Tampoco hay espera, / ni guantes que cubran / las manos. / En el jardín de los / términos medios, / las rosas crecen sin tallo, / asoman sus rojas cabezas / directamente de la tierra / humedecida, / con los ojos siempre / entreabiertos, / siempre entrecerrados” (“Limbo”).



Fernando Castro Flórez, Mierda y catástrofe; Fórcola Ediciones, Madrid, 2014

Vuelve Fernando Castro a tocar en Mierda y catástrofe un tema que le es querido, el de la relación entre el vómito y las artes. Ignoro si otras veces que lo ha tocado tuvo en cuenta esta fabulosa imagen de Cervantes: “Vio un día en la acera de San Francisco unas figuras pintadas de mala mano y dijo que los buenos pintores imitaban la Naturaleza, pero que los malos la vomitaban” (“El licenciado Vidriera”, Novelas ejemplares). Este ensayo de Castro Flórez, desatado como todos los suyos, hunde el cuchillo conceptual en el “desastre estético actual” (p. 37), y en su banalidad generalizada, pues “el arte está arrojado a la pseudo-ritualidad del suicidio” (p. 173), examinando diversos tipos de prácticas artísticas con ánimo de esclarecer su lugar dentro de un difícil eje de coordenadas: aquel que intenta diferenciar, nada menos, cuándo un hacer estético está intentando combatir la inercia ideológica de su tiempo y cuándo está reproduciéndola pese a postularse como su enemiga. En otras palabras: cuando intenta el arte luchar contra la mierda y cuándo se dedica a revolverla sin más. En el mismo sentido, se intenta deslindar cuándo la transgresión es sólo una pantomima que indica la asunción acrítica del espectáculo como lenguaje, y cuándo tiene fines realmente alternativos, combativos, estéticos (en un sentido profundo de la palabra, no confundir con esteticistas) o emancipatorios.

Castro descubre pronto sus cartas; en la misma página 37 se muestra partidario de “lo maravilloso, en vez de lo siniestro (…) es necesario lo imposible, lo desmesurado”; es decir, postula la necesidad de un arte grande y ambicioso, que no caiga en la parodia, ni en la transgresión fácil, ni en el lenguaje manido, ni en la repetición carente de sentido. Más adelante sostiene que “para cruzar es frontera de la banalidad necesitamos verdaderos creadores de acontecimientos dispuestos a superar la narcosis de lo virtual” (p. 95). A lo largo de su libro recoge ejemplos de arte memorable, que cumple esos requisitos. Parece Castro Flórez muy interesado sobre todo en aquellas prácticas artísticas que intentan unir lo natural con lo artificial, acercándose a las experiencias próximas a la naturaleza, sea a través del paseo (Richard Long), sea a través de la escultura de/en la naturaleza, donde se demora en los ejemplos de Andy Goldsworthy, Giuseppe Penone, Miguel Ángel Blanco y David Nash. 



Uno de los puntos fuertes del ensayo de Castro Flórez es su profundo análisis de las relaciones entre el arte y el espectáculo, que desmonta, entre otros recursos discursivos, mediante el concepto de camuflaje. Citando a numerosos autores, Castro Flórez explica cómo el camuflaje permite ser visible e invisible al mismo tiempo, lo que parece una constante en el arte actual, bien sea por la voluntad de invisibilización del artista, bien porque en otros casos su comercialidad le permite ser parte del decorado espectacular sin llegar a ser distinguido por la contemplación artística. Para muchos, según denuncia, “Es urgente desvelar todos los secretos y, especialmente, airear lo reprimido, convertir lo real en show, no sea que algo verdaderamente ‘inquietante’ acabe por tragarnos y llevarnos al sin-fondo de lo enigmático” (p. 197). El resultado es un arte del ruido, del ruido de fondo, donde es difícil encontrar lo valioso entre el estruendo mediático y el pacífico rumor bovino del arte museístico y de bienal. A favor del ensayo de Castro Flórez, apuntamos la amplitud de la mirada y su voluntad de intentar deslindar el grano de la paja, lo que es frecuente en visiones conservadoras del arte (vgr., Avelina Lesper) pero no siempre en las visiones progresistas, que por no pecar de dogmáticas prefieren caer en el no menos peligroso relativismo. Como reparo, la poética maquínico-textual del autor, cargada de citas, quizá podría aliviarse un poco de ciertos pensadores posmodernos que, como Baudrillard o Virilio, han demostrado su reaccionarismo y superficialidad a la hora de entender el arte contemporáneo (entre otras realidades), siendo tan gratuitos y previsibles para denostar el mal arte como incapaces para detectar el arte realmente valioso.


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[Relación con los autores: ninguna. Relación con las editorales: ninguna.]

sábado, 25 de enero de 2014

La literatura egódica



Esta semana comienza a distribuirse La literatura egódica. El sujeto narrativo a través del espejo (Universidad de Valladolid). A continuación transcribo una breve sinopsis de algunos de los temas abordados en el libro así como el índice del mismo.




SINOPSIS

El yo es nuestro amigo imaginario. Abundan los neurobiólogos, filósofos o escritores que sostienen  que el yo es una construcción; no una construcción “social”, como dirían los teóricos posmodernos, sino una construcción psicológica, interior, una especie de pequeña persona interpuesta, que la mente humana crea para gobernar, dialogando con ella, su psique y su conducta. Robert Musil, poco sospechoso de ser posmodernista, aludía al “instinto de construirse el yo que, como el instinto de los pájaros de construirse su propio nido, edifica su yo sirviéndose de diversos materiales de acuerdo con determinados procedimientos” (El hombre sin atributos). Esto significaría dos cosas: en primer lugar, la existencia de una partición interna, que genera un hiato; en segundo lugar, la capacidad de la mente de detectar esa distancia interior y convivir naturalmente con ella: “¿Cómo voy a saber lo que pienso hasta que no me oigo decirlo?”, comentaba E. M. Forster medio en serio, medio en broma; presten atención al “me” que utiliza el narrador británico y piensen sobre quién escucha a quién en su cabeza (la de Forster y la suya). Para algunos autores, esta segunda persona tiene consistencia subjetiva real; para otros, es una ficción interpolada que no sustenta nada detrás; para ciertos psicoanalistas, es la encarnación de la grieta o brecha existencial en que consiste la identidad. Se tome la postura que se tome, queda claro que el hombre conversa, machadianamente, con el otro que siempre va consigo. De ser coherentes, usaríamos siempre para expresarnos la primera persona del plural.

Esta composición dialógica de la personalidad tiene su rastro en las numerosas visiones literarias sustentadas en el desdoblamiento: el doble, la figura del extraño, los diálogos interiores, la paradoja de la autoficción (donde el escritor es y no es el protagonista), etcétera. Y el “lugar” donde más a menudo tiene lugar la conversación es, por supuesto, el espejo; ese azogue que aparece de forma continua y casi obsesiva en la literatura española contemporánea, esa superficie especular a la que se asoman los personajes de la narración para verse y hablarse, para reconocerse. Wittgenstein decía en sus Diarios que “lo que llamamos ‘reconocer’ es sólo una capacidad especial que podríamos perfectamente perder sin que por ello hubiera de considerársenos deficientes”, pero se refería a reconocer a otras personas; cuando la falta de reconocimiento se produce ante la visión reflejada de uno mismo el resultado es, literariamente al menos, traumático. Basta pensar en una novela aparecida después de publicado el ensayo, Los hemisferios (2014), de Mario Cuenca, donde la voz narrativa cambia de primera a segunda persona después de que el protagonista se dirija la palabra a sí mismo… frente a un espejo.

Si la narrativa española contemporánea fuese un solo libro, se parecería mucho al Lazarillo de Tormes, esa obra maestra cuya primera palabra es “Yo” y, sin embargo, es un yo con abundantes dudas de identidad. Por ello, La literatura egódica intenta reflejar, en sus variadas y metamórficas posibilidades, la aparición del sujeto narrativo ante el espejo: el doble, el otro, el notro, el yo autoficcional, el yo autonovelado, el yo metanoico y el yo rasgado o roto. Y también desea registrar los usos más habituales del espejo (desde los semánticos hasta los estructurales) en la narrativa española contemporánea, a través de los cuales el yo egódico (ego/dicere), el yo que se sobrenarra o se narra de más, es el protagonista central de buena parte de sus obras.

Para terminar, y por si pudiese servir de guía acerca del contenido del libro, reproduzco a continuación su índice:


ÍNDICE
Prefacio

I. INTRODUCCIÓN
I.1. Espejos y fracturas.
I.1.1.El problema de mirarse al espejo.
I.1.2. El espejo y la poética del resquebrajamiento.
I.1.2.1. La reflexión rota.
I.1.2.2. Los miedos de Borges.

I.2. La narrativa española reciente: breves notas de aproximación.
I.2.1. Apresurada historia.
I.2.2. Notas para una caracterización de la narrativa posmoderna española.
I.2.3. Ensayo de diagnóstico.


II. LA CONSTRUCCIÓN Y/O DESTRUCCIÓN SUBJETIVA A TRAVÉS DEL MOTIVO DEL ESPEJO.

II.1. Construcción identitaria.
II.1.1. Espejo y temporalidad.
II.1.2. El espejo retrovisor.
II.1.3. Con los ojos del espejo. González Sainz y la narrativa de la construcción especular de la identidad en Un mundo exasperado (1995).
II.1.4. Los demás como espejo.
II.1.4.1. El reflejo subjetivo como modo de reconocerse.
II.1.4.2. El espejo del amante.

II.2. Construcción del relato narrativo mediante el uso del espejo.
II.2.1. El espejo como método literario estructural.
II.2.1.1. Estructuralidad y simbólica.
II.2.1.2. El juego de espejos y el trompe-le’oil.
II.2.2. El espejo y el sueño.
II.2.2.1. Onírica.
II.2.2.2. El motivo del espejo a solas.
II.2.2.3. Los mundos detrás del espejo en la literatura contemporánea española.
II.2.2.4. El espejo mágico en La reina de las nieves (1994), de Carmen Martín Gaite.

II.3. Destrucciones y disoluciones de la identidad narrativa.
II.3.1. Multiplicidad y metanoia del sujeto reflejado. Su presencia en la novela Nadie me mata, de Javier Azpeitia.
II.3.2. Poéticas de la ruptura.
II.3.3. El espejo del esperpento de Valle-Inclán y su legado actual.
II.3.4. La metamorfosis como sustitución sucesiva de la identidad.
II.3.4.1. Descripción general.
II.3.4.2. Algunos ejemplos de metamorfosis en la narrativa reciente en castellano.
II.3.4.3. La metamorfosis en El amante bilingüe (1990), de Juan Marsé.
II.3.5. Tapar el espejo.
            II.3.6. Sujeto narrativo e inventario.

III. EL TEMA DEL DOBLE Y LAS FORMAS DE OTREDAD Y NOTREDAD EN NARRATIVA CONTEMPORÁNEA EN SU RELACIÓN CON DEL MOTIVO DEL ESPEJO.

III.1. Configuraciones literarias del doble en la Posmodernidad
III.1.1. El doble en la novela Laura y Julio (2006), de Juan José Millás.
III.1.2. La “bisolución” en el relato “Los invasores” de Eloy Tizón.

III.2. El espejo y el yo. El reconocimiento.
III.2.1. El síndrome Dorian Gray.
III.2.2. El reconocimiento en Detrás del hielo (2006), de Marcos Ordóñez.

III.3. Formas básicas en narrativa. La narrativa de autoficción.
III.3.1. Narcisismo narrativo y re/di/ab/solución del yo: la literatura egódica.
III.3.2. Autoficción
III.3.2.1. Sucinta descripción del “subgénero”.
III.3.2.2. Algunas autoficciones en la narrativa española reciente.
III.3.2.3. Conclusiones.
III.3.3. Autonovela
III.3.4.1. Nadja como precedente.
III.3.4.2. Autonovelas en literatura actual en castellano.

III.3.4. Más egotismos: dos palabras sobre narcisismo electrónico.

III.4. Nadie y notredad.
III.4.1. El Nadie social: del hombre de la multitud y el Odradek al notro de Mercedes Soriano.
III.4.2. El desgaste y la metafísica narrativa del lavabo


IV. CONCLUSIONES

IV.1. Explicaciones para una hiperpoblación.
IV.2. El sujeto vacío o problemático rellenado ficcionalmente como sujeto narrativo y poemático principal de la literatura española contemporánea.

 





lunes, 20 de enero de 2014

Llera Bonilla López Bringhurst Dobry





José Antonio Llera, Transporte de animales vivos; Aristas Martínez, Badajoz, 2013. Cuando me asomé hace tiempo al ensayo de José Antonio Llera Rostros de la locura. Cervantes, Goya, Wiseman (Abada, 2012), me sorprendió esta frase de la primera página: “Los ojos furiosos de Medea en el óleo de Delacroix brillan más afilados que la daga que empuña”. En aquel momento pensé que la frase parecía un verso, y la impresión se corrobora hoy tras leer este poemario de Llera, cuajado también de brillantes imágenes en prosa. La obra de Llera, que es muy personal pero a la vez recuerda a prosas hipnóticas como las de los Tres poemas de Ashbery o el Libro de los venenos de Gamoneda, tiene un potente lado salmódico que hunde sus raíces en el inconsciente, aunque sin caer en lo onírico más que en momentos muy puntuales (“Sueño”, p. 63). Es una poesía impura, donde referencias a clásicos de la literatura en varias lenguas (Llera es profesor de Literatura Comparada) se mezclan con plásticos y cámaras de fotos, en una mezcla afterpop que, no obstante, tiene más tensión hacia el sublime estético que hacia lo popular, sin olvidarlo: “Estás aturdido, poeta. Para no desplomarte apoyas el cuerpo en los contenedores y acaricias las pérgolas de acero. / Si la Verdad te ignora como esa dama a quien quieres tocar los pechos en las verbenas, si la naranja metafísica se convierte en zanahoria y tu sueño trafica con el plomo, prepara el torniquete o mézclate entre la multitud que espera su turno en el photo-call” (pp. 46-47).

Juan Bonilla, Una manada de ñus; Pre-Textos, Valencia, 2013. Nuevo volumen de los relatos de Juan Bonilla (Jerez, 1966), uno de los escritores españoles mejor dotados para el género. A diferencia de otros títulos del autor en que los relatos eran más independientes, Una manada de ñus muestra cierta cohencia interior: todos los cuentos están ubicados en un eje temporal próximo al de la infancia y adolescencia de Bonilla, y a su entorno geográfico (Jerez de la Frontera, Cádiz), lo que unido a la nomenclatura de de los distintos narradores parece indicar que Bonilla ha regresado a la autoficción. Decimos “regresado” porque Bonilla lleva utilizándola desde hace 20 años, desde la aparición de su primer libro de prosas, Veinticinco años de éxitos (La Carbonería,1993), y si bien la autoficción es hoy en día una plaga en las letras españolas, hay que recordar que Bonilla fue uno de sus primeros y más habituales practicantes. En consecuencia, su uso no responde a las modas sino a una coherencia estética sostenida durante dos décadas, pues también la ha utilizado en otros libros intermedios. De hecho, Una manada de ñus puede ser, a mi juicio –y conozco la bien la obra del jerezano– el libro más autobiográfico y “confesional” de Bonilla, algo extraño en alguien que ha utilizado el género autoficcional para esconder más que para mostrar la anécdota biográfica real. A destacar los relatos “Cuidados paliativos”, “El sol de Andalucía embotellado” y “Justicia poética”; en este último se hace un ingenioso rescate (y una justa vindicación) del poeta José María Fonollosa.

La estética de Edgardo Dobry muestra en Contratiempo (Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2013), algunos puntos comunes con los expuestos arriba para Llera: erudición mezclada con referencias cotidianas, incluso chocarreras, como los titulares de un diario deportivo, sabia mezcla alto/bajo/cultural, menciones a otras lenguas (de las que Dobry es traductor profesional), etcétera. La poética de Dobry, una de las más interesantes de la actualidad, como ya dijimos en este mismo blog (aquí y aquí), ha pasado de cierto intelectualismo sustentado en el extrañamiento metafísico a un “extrañamiento próximo”, lo que significa que el personaje muestra su perplejidad ante todo lo que le rodea y se ampara parcialmente en la cultura para orientarse, sin conseguirlo. A pesar de esa evolución, señalada también por Raúl Zurita en la contraportada, hay líneas o afinidades entre las dos estéticas, como es natural: “era toda nuestra mitología / en una ciudad sin más historia / que una decrépita promesa de futuro” (El lago de los botes, 2005); “Bronceado de mitología / vuelve de la biblioteca // y ahora sabe que se puede / caer al cielo como a un pozo” (Contratiempo, p. 23). Y una preocupación objetual que ya estaba en poemarios anteriores (“Las cosas / escuchan, cuántas veces lo habré dicho”, p. 90). El resultado es un poemario nervioso, que reproduce los contratiempos vitales con contrapuntos antisublimes; un libro a ratos punzante cuya lectura no deja indiferente al lector.

Como aire fresco y saludable novedad en el mundo del relato breve podemos definir Los monos insomnes (Chiado Editorial, 2013), de José Óscar López (Murcia, 1973). Imaginación disparatada, desparpajo narrativo, humor y apuntes líricos, detalles de ingenio y finura expresiva coinciden en estos cuentos disímiles, extraños, donde perlas de poesía y brochazos sexuales, ciencia ficción y realismo descarnado conviven sin ningún problema, unidos por la singular mirada de su autor. Si “John Holmes y el nuevo mundo” puede recordar a “Johana Silvestri” de Bolaño (Llamadas telefónicas), “Variaciones del fin del mundo” nos trae a la memoria Ruido de fondo de Don DeLillo, y el extraordinario relato “El universo es un jardín a nuestro paso”, pleno de imágenes memorables, puede resucitar al mejor Stanislaw Lem. Un volumen desconcertante, con alguna caída (“El mal, la brevedad”), pero que el lector lamenta terminar, porque pocos autores como López tan indicados para llevarle a uno a lugares que no imaginaba que existieran y que agradece que hayan sido inventados.

Robert Bringhurst, La belleza de las armas; Kriller71 Ediciones, Barcelona, 2013.
No conocía la poesía del estadounidense Bringhurst (Los Ángeles, 1946), y debo decir que ha sido una grata sorpresa. Como sus paisanos Eliot Weinberger o Susan Sontag, Bringhurst es una persona preocupada por las más diversas culturas y los más distintos saberes; pero el poeta añade una encomiable voluntad de aprender lenguas, tanto las más habladas (inglés, chino, español, árabe), como lenguas muertas y otras insospechadas (navajo, cree, la lengua de Haida Gwaii), cuya cultura oral intenta preservar y, a su manera, reconstruir en ocasiones mediante la palabra poética. Su perspectiva antropológica y su inaciable inquietud convierten esta antología, seleccionada por él mismo, notablemente traducida por Aníbal Cristobo y Marta del Pozo y bien prologada por Nacho Fernández R., en una suerte de excavación arqueológica (de “arqueología del sentido” habla Fernández en su texto), que investiga en la profundidad del conocimiento humano a la vez que deja visibles las capas estratigráficas sobre las que se asienta la escritura. Las trazas indias y griegas, mexicas o mesopotámicas, nutren un discurso que –quizá por su riguroso asiento secular– logra el milagro de sonar muy contemporáneo. Como si Bringhurst hubiera conseguido encontrar una especie de denominador humano común (digámoslo así para no ponernos muy junguianos; La belleza de las armas invita a esa lectura, aunque el autor prefiere a Frazier y su La rama dorada, como puede verse en la página 204), una philosophia perennis que no pierde actualidad porque afecta a algún tipo de esencia o de sustancia (táchese lo que no proceda según ascendencias). Recomendable esta voz, que busca allí donde nadie supone que hay algo: “oscuridad bajo el alba, / oscuridad en el hueco de la mano; // dentro de la espina dorsal la oscuridad, la oscuridad / que hierve en las glándulas; // la arrugada lámina de oscuridad que se / aloja en cada fisura del cerebro; // la membrana / de la oscuridad que siempre se halla / interpuesta / entre dos superficies al cerrarse” (p. 101).

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[Relación del crítico con las editoriales: Abada, ninguna; Kriller71, ninguna; Pre-Textos es mi editorial de poesía; Adriana Hidalgo, ninguna; Chiado, ninguna. Relación con los autores: Ninguna con Bringhurst, amistad con Juan Bonilla; simple correspondencia sobre sus libros con Llera, Dobry y López]