“[…] considero que la conciencia general está
hoy en día dominada, o bien por las convenciones, o bien por la neurosis, y en
estas dos filosofías actuales hay muchos rasgos en los que podemos vernos
retratados”.
Iris Murdoch, “Retorno a lo sublime y a lo
bello”, Revista de Occidente n.º 44, enero 1985, p. 73.
"La mitología, por su parte, hace que la actitud trágica se antoje en cierto modo histérica y que el juicio que se limita a lo moral quede corto de vista".
Joseph Campbell, El héroe de las mil caras; trad. Carlos Jiménez Arribas, Vilaür, Atalanta, 2020, p. 70.
Si tuviera tiempo, como hace unos meses, de seguro estos libros me hubieran
animado a construir una de esas entradas-mamotreto de quince folios que solía
redactar antaño, pero mi ritmo de trabajo me aconseja levantar el pie del
acelerador el fin de semana, y no confundir el descanso con el cambio de causa
de estrés. Por este motivo, apenas me haré eco de tres libros que, aun siendo
de años diferentes, muestran que la escritora irlandesa Iris Murdoch sigue disfrutando
de una persistente y merecida vigencia. A estos libros habría que añadir Iris
Murdoch. Ensayo sobre la intensidad (Letra Capital, 2019), del escritor y
cineasta Ramón Luque Cózar, que no he tenido la oportunidad de leer.

El primer libro que quería recomendar, muy reciente, es Iris Murdoch.
La hija de las palabras, de la estudiosa María Gila (Editorial Berenice,
2021). Estamos ante un estudio integral sobre la obra de Murdoch -hay aspectos
biográficos, pero su finalidad es más contextualizar las ideas que intentar
sustituirlas-, donde Gila va recorriendo algunos puntales importantes de la
autora: su trabajo filosófico y ensayístico; la difícil relación entre éste y
la obra creativa de Murdoch, que ella siempre quiso mantener separados; su
concepción del concepto de imaginación -eje central del ensayo de Pau Luque que
ahora veremos-; la irregular trayectoria narrativa de la autora irlandesa, causada
en buena parte por su voluntad de cerrar en lo argumental y lo discursivo lo
que había abierto en lo moral (“la propia Murdoch reconoció su tendencia a
cerrar en exceso sus obras”, Gila, p. 62)”; las reflexiones sobre la religión y
el bien; el debate a partir de la obra de Sartre entre el perfeccionismo moral
y la disolución de la responsabilidad del individuo; la ascendencia de Schopenhauer
sobre su pensamiento, tema al que dedica un largo capítulo; el pormenorizado estudio
sobre el concepto del deber en las novelas de Murdoch, que se extiende durante 75
páginas; las ideas de sufrimiento, muerte y vacío moral, y un posfacio
sobre la responsabilidad, al que luego volveremos. Del cuidado intelectual y rigor
de María Gila creo que da buena cuenta la página 103, cuando compara los
acercamientos al concepto de contingencia de Iris Murdoch a cargo de los
estudiosos Antonio López Hernández y -mi admirado- Julián Jiménez Heffernan:

En resumen, creo no arriesgar nada si asevero que Iris Murdoch. La
hija de las palabras, de María Gila, va a convertirse en una referencia inexcusable
a la hora de acercarse a la autora de Bajo de la red.
El segundo sería el libro con el que Pau Luque obtuvo el premio Anagrama de Ensayo,
Las cosas como son y otras fantasías. Moral, imaginación y arte
narrativo (Anagrama, 2020). Es el de Luque un ensayo de largo alcance, con diversos
y sugerentes temas, y ningún resumen apresurado, como el que vamos a hacerle, le
puede favorecer, pero lo intentamos. El filósofo del Derecho Pau Luque realiza
un estudio sobre las espinosas relaciones entre moral, bien, realidad y arte
literario, temas que son centrales en el pensamiento de Murdoch y por ello la
escritora irlandesa es, a su vez, uno de los centros nucleares del ensayo de
Luque (especialmente entre las páginas 147 y 165, pero no sólo ahí). Luque,
como quien esto firma, descree de las novelas unidireccionales, con una sola
interpretación ética, que él denomina favolettes y que, según el grado
de inepcia de sus practicantes, oscilan entre la fábula buenista y el panfleto
inane. No son pocos los y las novelistas de éxito que practican esta fórmula de
libros empaquetados ideológica o éticamente desde las entrevistas, que leen
personas por lo común ya convencidas de las ideas más yacentes que subyacentes entre
sus páginas, conduciendo a una burbuja de sesgo que ríete tú de las redes
sociales.

Frente
a ese unidireccionalismo novelesco, que lo único que pone en cuestión es la
salud mental de sus editores, Luque prefiere la novela en conflicto consigo
misma, sin soluciones fáciles, sin moral decantada, que no sólo cuestiona las
ideas del lector, sino que, antes y sobre todo, se cuestiona a sí misma como
obra de arte -mediante el lenguaje narrativo- y a sí misma como artefacto transmisor
de ideas. El autor lleva a cabo una disección muy interesante entre dos formas
de bascular la tensión entre realidad e imaginación (panal* y panal**, las
llama; quizá la distinción hubiera requerido una terminología divisiva más
clara, pero creo que con esas rúbricas quiere enfatizar precisamente lo difícil
que es a veces distinguirlas), y se mueve con soltura entre obras literarias (Lolita
de
Nabokov y las novelas de Murdoch, entre otras), musicales (la discografía de
Nick Cave) y filosóficas, donde destaca, como hemos apuntado, la obra ensayística
de Murdoch. Luque tiene un interesante apartado sobre el realismo literario, en
el que el peso de la imaginación representa, en realidad, la capacidad de una
voz literaria de preguntarse a sí misma sobre su capacidad de representación
de
todos los recovecos y dobleces de lo real, con la debida apertura a la
alteridad. En el mismo sentido y abordando la misma cuestión, María Gila recoge
una reveladora opinión de Iris Murdoch: “El realismo de un gran artista no es
fotográfico, sino que está constituido esencialmente tanto de piedad como de
justicia” (La soberanía del bien, p. 197), y añade una opinión de propio cuño: para
Murdoch “reflejar la realidad en el arte demanda un esfuerzo moral por
comprenderla más que por emularla” (Gila, p. 51). Creo que hay una sintonía
armónica entre esas ideas y Las cosas como son de Pau Luque; un
ensayo cuya disección y discusión darían para un seminario, pero que aquí no
podemos dejar de recomendar por la penetración y rigor de sus ideas, que pueden
disfrutarse sin necesidad de estar de acuerdo en todo momento con ellas. En eso
precisamente consiste la multidireccionalidad inherente a los buenos libros.

Y el tercer libro es de la propia Iris
Murdoch, La soberanía del bien (Taurus, 2019) en la edición y versión de
Andreu Jaume —de quien quiero destacar una joya recién aparecida, su edición y
traducción del Elogio de la piedra caliza de W. H. Auden para Acantilado—. Este libro de Murdoch es su acercamiento más concentrado a una de sus
ideas centrales, como vimos más arriba: la del bien, “una idea difícil que sólo
se revela de forma gradual”, según Jaume (introducción, p. 28), y a la que
Murdoch se acerca a través de una atrevida mezcla de enfoques: psicología,
filosofía, religión y “también aprovecha elementos de la teología y de la espiritualidad
oriental, sobre todo del Bhagavad Gita y del budismo” (Jaume, p. 30),
una mezcla que no tiene por qué funcionar siempre, pero que genera la sensación
de no estar leyendo siempre el mismo texto, uno de los problemas constantes del
ensayo de corte filosófico. El ensayo de Murdoch, por esa razón varia, es muy
sugestivo, porque oscila entre profundas reflexiones a partir de la filosofía
kantiana o de la analítica inglesa, y otras cavilaciones sobre la necesidad de
la literatura como modo cultural de entender debidamente todas las dimensiones
de lo humano (véase páginas 121 y siguientes). Su publicación por Taurus se
enmarca dentro de un movimiento editorial de recuperación de obras de Murdoch -sobre
todo novelísticas, pero también de ensayo-, que vienen realizando algunos
sellos españoles durante los últimos años: Lumen (El príncipe negro; El
sueño de Bruno; El mar, el mar), Siruela (La salvación por las palabras,
El fuego y el sol, Nostalgia de lo particular) e Impedimenta (El unicornio,
El libro y la hermandad, Bajo la red, Monjas y soldados). Novelas que, como
señaló uno de sus lectores acérrimos, Gonzalo Torné, le otorgan un lugar bastante
singular en las letras inglesas: “si la preeminencia de Murdoch no se
aprecia con tanta claridad quizás se deba a su rareza, una rareza
particularmente rara, pese a que sus novelas, por complejas y matizadas que sean, no le
cobran al lector la tasa de acceso de la dificultad (uno de sus
poderes es hacernos parecer más inteligentes al leerla que de costumbre); ni
tampoco abordan cuestiones extravagantes: al contrario, uno de sus temas
recurrentes es la locura del enamoramiento, la más corriente de las ocupaciones
del ser humano adulto” (G. Torné, “La rareza de Iris Murdoch”,
El Cultural, 08-07-2019).
La idea de la responsabilidad
individual y su relación con el concepto de bien común está presente en los
tres libros, seguramente porque, como apunta María Gila en su conclusión, es
uno de los centros de su obra ensayística, aunque no acaba de resolverse, constituyéndose
sus novelas en el centro de operaciones de diversas puestas en práctica de
situaciones hipotéticas que llevan a sus personajes a oscilar entre lo posible
y lo debido, revelando las tensiones entre lo individual y lo colectivo sin
sentenciar ni moralizar al respecto -como pide Pau Luque para la buena
narrativa: que nos lleve a pensar, sin tener la sensación de que se nos intenta
persuadir de una u otra motivación-. El bien narrativo de Murdoch, en resumen,
no es tanto un ideal platónico, sino la misma idea de ponernos a pensar sobre
qué hacemos y quiénes somos, sin tener que dar(nos) una respuesta definitiva. Frente
a cierta “novela de actualidad” que aborda problemas sociales y políticos desde
una clarísima convicción de planteamiento, escribiendo columnas de opinión de
cuatrocientas páginas, Murdoch opina, sentada en un sillón de orejas estampado de
los años ochenta, que quizá la función de la novela no sea ofrecer soluciones
baratas a los problemas, sino pensar la enorme complejidad psicológica, social
y filosófica de aquellos asuntos en los que están involucrados el sentido del
deber y la visión de la libertad propia de millones de ciudadanos.
[Relación con los autores reseñados: ninguna. Relación con las editoriales: ninguna]