viernes, 12 de mayo de 2023

Entrevista en Romanica Silesiana

 

Entrevista en Romanica Silesiana, a cargo de Guillermo Sánchez Ungidos:

 https://journals.us.edu.pl/index.php/RS/article/view/14643

 


 

Algún aperitivo:
 

G. S. U.: De acuerdo con lo que expones en La huida de la imaginación (2019), buena parte del discurso novelístico actual, adultera y deforma lo real, y además bloquea el desarrollo estético del género activando una práctica realista “débil”. No me resisto a preguntarte, entonces: ¿Por qué crees que faltan imaginación y complejidad?


V. L. M.: Como esta entrevista será leída en un entorno académico, y por personas inteligentes, creo que puedo expresarme con libertad: porque la imaginación es parte del talento literario, y éste, como todos los talentos, escasea; y falta complejidad porque la mayoría de los escritores no quiere tomarse molestias. Se confunde tener algo que escribir con tener algo que contar. Se piensa que narrar es relatar historias propias o ajenas con un poco de “condimento” estilístico —o, aún peor, algunos creen que narrar es sobrecargar el estilo literario sin tener nada interesante que transmitir, ni personajes memorables que desarrollar—.


 

 

martes, 2 de mayo de 2023

Gritar más fuerte en un espacio cada vez más diminuto

 


Gritar más fuerte en un espacio cada vez más diminuto

 

[Versión web del artículo publicado en El País el 30/04/2023; la versión publicada era ligeramente más breve]

 

La primera vez que vi la publicidad me pareció escalofriante. Luego sospeché estar ante una broma sofisticada: un intento de llamar la atención mediante un vídeo que pareciese un anuncio, sin serlo. Así que buceé en la página de la empresa en Instagram, porque ya no podemos fiarnos ni de lo que vemos, entre los deepfakes y las ironías rebuscadas. Por desgracia, lo que había contemplado no era ninguna broma. Una marca alemana fabrica unas cabinas verticales parecidas a las antiguas de teléfonos, pero más angostas, con una mesita y una silla alta en su interior. En realidad, lo que se vende es la insonorización; es decir, son silenciosos y diminutos espacios de trabajo insertables dentro de espacios de trabajo mayores.

Digerí varios vídeos y fotos, entre ellos la grabación que me había aterrado: una mujer entra en una cabina ubicada en una sala donde se oyen pájaros de fondo y están sentadas dos personas. La mujer cierra la puerta, suelta en la mesa unos papeles, y, sin más, grita estentóreamente. Bueno, en realidad suponemos que aúlla, porque solo oímos los pájaros. Ella se desgañita de forma desgarradora, pero su voz no nos alcanza. Las dos personas con las que comparte sala tampoco oyen nada, no se inmutan. La publicidad se redondea con esta frase: “Nosotros, cuando enseñamos la oficina a un nuevo empleado: este es el lugar donde puedes ir a gritar. No te preocupes, está insonorizado”.

A veces me pregunto, será la edad, en qué momento se nos fue la cabeza. Cuándo perdimos el norte civilizatorio y nos lanzamos a un tobogán sin darnos cuenta de que a partir de cierto momento ya no había tobogán y solo caíamos al vacío. No se trata de patologizarlo todo, pero, de verdad, ¿no es ir demasiado lejos, no les inquieta, no les parece enfermizo naturalizar que en nuestro espacio de trabajo llegue un momento en que debamos ir a gritar para desahogarnos, para no lanzarnos por la ventana o agredir a alguien? ¿Deseamos ver como algo normal sobrellevar la ansiedad trasladándola a microespacios tolerables, silentes, donde podamos berrear antes de volver a nuestra mesa recolocándonos el pelo? ¿Cuánto tardarán en opacar o esmerilar los vidrios de esas cabinas, para que no muestren a los empleados llorando, molestia que puede desmotivar a sus compañeros?

Los espacios, según Gaston Bachelard, son psicológicamente significativos. Generan sensaciones por sí mismos, o las liberan, o acorralan las emociones. Estos ergástulos laborales jibarizados me trajeron inmediatamente a la memoria los micropisos, las claustrofóbicas caravanas devenidas residencia habitual de los estadounidenses empobrecidos, los hoteles “cápsula”, las “skiphouses” presentadas como lo más en Instagram y que resultan ser… contenedores de obra convertidos en nanocasas de ocho metros cuadrados que, según los divertidos locutores de la empresa promotora, resultan ser “sorprendentemente amplios por dentro”. Precariedad molona: esto no lo vimos venir, pero ha venido para quedarse, como saben quienes buscan alojamiento en Madrid o Barcelona. Y claro, estos espacios infinitesimales, ¿no piden un peaje a sus habitantes? ¿No llegará un momento en que haya lista de espera para vivir en la cabina de la segunda planta, junto al ficus? También parece una broma, pero hace poco vimos cómo algunos empleados de Twitter bajo amenaza de despido se quedaban a dormir en las oficinas, para ser más productivos. El siglo XXI ha desarrollado un sentido del humor que se parece mucho al horror puro.

En su demoledora crónica Los brotes negros. En los picos de la ansiedad, el escritor y comisario de arte Eloy Fernández Porta relata una etapa de crisis, provocada por varios factores: la muerte en un breve período de su madre y su padre, una paulatina precarización de los trabajos culturales que conlleva la mudanza a un micropiso, una ruptura amorosa que funciona como detonante, ingredientes genéticos y ambientales, la autoexigencia extrema. Un cóctel explosivo. Sus brotes a veces se resolvían en ataques de llanto y otras en aullidos en público: “Y entonces empiezo a gritar de verdad. Primero son gritos extraídos de la pura garganta […] del fondo del esternón sale un bramido largo, una a creciente y desesperada”. Fernández Porta, con su inteligencia habitual, no achaca su ansiedad a un solo factor, no regala el terreno a ningún sesgo. Pero, desde luego, la precarización no ayudaba. El ínfimo espacio vital —más oclusivo aún para quienes pasaron intramuros el encierro pandémico— tampoco. Añade: “al declararme incapaz trato en vano de impugnar un sistema que solo sirve para los superdotados y no podrá sino crear multitudes de tullidos afectivos, negados rencorosos, desechados, donnadies”.

Hacia ese horizonte negro puede dirigirnos esta estructura implacable que genera cada vez más personas ansiosas, más trabajos precarizados, amenazados por el extractivismo productivo, la fatalidad tecnológica o la falta de garantías sociales. Nos deja en el borde, preguntándonos si esto es lo que tenía el futuro preparado para todos: el permiso para gritar cada vez más alto en un espacio angustiosamente menguante.

 

 

 

 

sábado, 29 de abril de 2023

El cazador de Javier Tomeo

 EL CAZADOR | JAVIER TOMEO | Casa del Libro

Javier Tomeo, El cazador. Oviedo: Pez de Plata, 2023, 127 pp.

El silencio y el olvido son los dos alimentos que más de continuo reciben las personas ya fallecidas que durante su vida escribieron con cierta ambición y tomando riesgos. Los ejemplos de ninguneo y desmemoria son tantos que es preciso prestar atención a las excepciones. E incluso cuando un editor, lustros después de la muerte de una voz distinta y ambiciosa, se juega el tipo y el dinero en recuperar alguna de sus obras de un autor diluido en el espeso limbo que rodea a los artistas muertos en España —y me temo que no solo aquí—, puede pasar que su valiente y necesaria propuesta vuelva a recibir más silencio por respuesta.

Creo que algo así está pasando con la recuperación por la editorial Pez de Plata de la primera novela de Javier Tomeo, El cazador (1967), y de ahí esta nota, por si en algo contribuyese a paliar ese mutismo, o a dar visibilidad a la obra. Aparecida en la década donde comenzó la indispensable renovación de la narrativa española, El cazador presentaba a un autor diferente, más ubicable en la órbita de cierta narrativa centroeuropea (Georg Büchner, Kafka, Schulz) que en la tradición española. Tomeo solía caminar con un lado en lo real y otro en lo fantástico, y tuvo un claro momento de despegue con Amado monstruo (1985), que constituyó un éxito editorial que lo catapultó durante los años siguientes a una “vorágine publicadora”, según Pozuelo Yvancos[1], y a la distribución internacional de su obra, aunque en algunos países fue más conocido como dramaturgo que como novelista, como explica Antón Castro en su acertado prólogo a la edición ovetense de El cazador.

En El cazador asistimos a la épica menor de Julián, un personaje ensimismado que se enclaustra en su cuarto el día que cumple los 35 años, un número nel mezzo del camin de nostra vita que seguramente no es azaroso. Sitiado por su madre al otro lado de la puerta, Julián se rodea de muñecos y objetos a los que comienza a dar vida, a través de su propia voz:

 

Y la madre, al oírle […] pregunta al cabo de un momento […] ¿Quién está contigo?

                Y esa pregunta ofrece a Julián la posibilidad de utilizar todas sus voces y responder sucesivamente con cuatro yoes distintos. un yo por el monje, otro por el sargento, otro por cabo ametrallador y, por fin, el suyo propio. Ninguna de las cuatro voces, por supuesto, coincide en tono, timbre y entonación. (2023: 52)

 

Es una especie de regresión infantil a través de los desdoblamientos subjetivos, pero que la habilidad simbólica de Tomeo comerte rápidamente en una alegoría de la resistencia ante la vida pautada y mecánica. Julián se multiplica para vivir otras vidas que no puede disfrutar durante su robótica existencia.

Otro tema importante de la novela es el choque generacional contra sus padres, especialmente contra su madre; asunto este de las madres castrantes que retomará Tomeo en su novela más conocida, Amado monstruo, según la lectura que hizo de ella Leopoldo Azancot: “en el fondo, los dos protagonistas del libro son aspectos de un mismo personaje, el hombre genérico, que debido a su dependencia inicial de la mujer, ve en esta un principio amenazador contra su libertad, un principio negador de su esencia” (reseña en ABC, 06/06/1985). La puerta de la habitación donde está encerrado Julián se convierte en un espacio de separación a la vez que de comunicación, pues la madre no deja de suplicar o musitar a través del ojo de la cerradura, intentando que el hijo se arrepienta de su decisión misántropa. El tono kafkiano con el que comienza la novela va mutando hacia tonos que podríamos encontrar hoy en la obra de un César Aira, como por ejemplo plantear puntos de partida insensatos que la condición obsesiva del personaje desarrolla con exquisito y metódico cuidado (p. 117):

 

[Pinchar sobre la imagen para verla mejor]

 

Del mismo modo que el protagonista de El castillo de la carta cifrada (1979), donde según Pozuelo “Tomeo se entrega a la excentricidad de un juego metafórico con dos planos, como toda metáfora, en que el plano A, el de significación, vuelve a ser la soledad del individuo, encerrado en su fortaleza, incomunicado con el mundo”, Julián genera en El cazador un aislamiento donde se rompen los lazos convencionales y civilizados con el mundo, para ofrecer un expresionismo radical de la interioridad que solo puede acabar de una forma.

Hay que felicitarse, pues, de esta recuperación por parte de Pez de Plata de El cazador, con la esperanza de que iniciativas de este tipo contribuyan a volver a poner sobre las mesas de lectura la obra singular, obsesiva y diferente de Javier Tomeo.



[1] J. M. Pozuelo Yvancos, “Tetralogía de la soledad: una introducción a la narrativa de Javier Tomeo”, Tropelías, 1, 1990, pp. 177-198.

 

[Relación con autor y editorial: ninguna]