
Filosofía eres tú
[Publicado en el número de septiembre de revista Mercurio]
[Publicado en el número de septiembre de revista Mercurio]
Víctor Gómez Pin
Filosofía. Interrogaciones que a todos conciernen; Espasa Calpe, Madrid, 2008
El punto de partida de este libro de Gómez Pin es tan simple que resulta escabrosamente ambicioso: devolver a la filosofía su condición de despertador (frente a aquellos que la han considerado como tisana sustitutiva del Prozac), incluirla en el giro de preocupaciones básicas de los humanos, y hacerlo con esa transparencia “que viene emblemáticamente asociada al nombre de Descartes” (p. 15). Ahí es nada: hacer filosofía para todos, desde un lenguaje de todos, revirtiendo el giro hermenéutico que desde principios del XX ha convertido a la Filosofía en algo para iniciados, dotado de una koinée terminológica que, según el Vattimo de El fin de la modernidad, aleja al lector y enreda al especialista en una serie de topoi francamente indiscernibles no ya para el común, sino incluso para lectores expertos y cultos, pero no especializados en esa peculiar sintaxis, llena de incrustaciones griegas y alemanas. Seguramente el éxito continuo de pensadores como Nitzsche, Benjamin o Cioran, que siguen interesando a nuevas generaciones de lectores, parte precisamente del milagro de su transparencia expositiva. Algo que intentan también otros pensadores como Rosset, pero a costa de cierta superficialidad puntual en el tratamiento de los asuntos.
Gómez Pin se plantea expresamente su libro como algo muy necesario, a mi juicio: “un catálogo relativo a qué ha de saber un filósofo” (p. 29), y ese catálogo incluye mucho más que el tradicional acervo de la Historia de la Filosofía, que es un buen laboratorio de trabajo, pero no el final de los saberes que debe dominar un pensador. Gómez Pin añade: “Tal saber incluye necesariamente aspectos relativos a genética, lingüística, mecánica clásica, mecánica cuántica, Teoría de la Relatividad, teoría matemática de Conjuntos, topología algebraica, teoría físico-matemática del campo, teorías ondulatorias de la luz y del sonido, momentos de la historia de la teoría musical, historia conceptual del arte… y un no muy largo etcétera” (ibídem). En unos apéndices al libro se entra, ya de modo bastante técnico, en todos estos asuntos, lo que demuestra la coherencia del autor, que no se limita a exponer una programática, sino que demuestra haberla seguido, de modo intachable, durante muchos años. Cada capítulo del libro es un asombroso modo de leer el mundo, desde la historia científica, cultural y filosófica de cada concepto. Además, Gómez Pin señala oportunamente algo con lo que en principio estaríamos de acuerdo: “Los problemas filosóficos son universales antropológicos, es decir, no hay lengua en la cual no estén presentes, ni sociedad que no esté obsesionada por ellos” (p. 37). Sin embargo, su actitud claramente cientifista -radicalmente cientifista, más bien-, nos plantea una duda: al hacer tanto hincapié en la necesidad de conocer los rudimentos de la ciencia de nuestro tiempo para sustentar deducciones filosóficas de ellas, el autor olvida que también quienes en el pasado lo hicieron llegaron a conclusiones falsas por ser la ciencia algo en perpetuo desarrollo, una ficción que siempre escribe una historia inacabada. Hay algo de paradójico en defender universales a partir de concretos, aspectos que crucen la especie entera a partir de formulaciones incompletas de estados de investigación. Apoyando conclusiones filosóficas sobre la genética cuando aún no se ha completado el desciframiento completo de todos los genes se corre el mismo riesgo que cuando se elaboraban reflexiones sobre el espacio y el tiempo antes de Einstein (y Einstein ya tampoco basta). Por eso Gómez Pin acierta más cuando escribe sobre la importancia de la ciencia (en general) y de la actitud científica como algo natural al ser humano, que cuando busca un principio científico y extrae consecuencias metafísicas del mismo. Esa preocupación científica es un universal, sí, pero no pueden serlo sus resultados parciales y concretos.
En el libro se hacen referencia (p. 59) a tesis de su libro Entre lobos y autómatas. La causa del hombre (Espasa Calpe, 2006), lo que nos permite ver la unidad de su pensamiento. Se vuelve a incidir entre las diferencias de la conciencia humana respecto a la animal (esta vez desarrollando una tesis de Hobson, pp. 119 y siguientes), diferencias que para él justificaban la no necesidad de unos derechos de los animales equivalentes a los del hombre. La cuestión de la igualdad de derechos entre animales y hombres está planteada por Gómez Pin rebatiendo los puntos de partida teóricos que otros pensadores españoles (como Jesús Mosterín o Jorge Riechmann). Al argumento del enorme parecido genómico, oponía Gómez Pin otro de no poca lógica: “si el grado de homología (…) es suficiente para considerar que nos corresponde un común destino, ¿por qué las cosas parecen ir por otra vía?; ¿por qué hay tal disparidad, tanto anatómica como psicológica y de comportamiento, entre ambas especies? Y sobre todo: ¿por qué no se da en el ‘hermano’ primate cosa análoga a nuestro lenguaje?” (Entre lobos y autómatas, p. 72). Y es que el lenguaje es, para el autor, un elemento fundamental para explicar las diferencias que plantea lo humano; no por casualidad retomará el tema cuando aborde la inteligencia artificial. Utilizando las tesis de Wittgenstein (p. 81), Chomsky y Pinker, elabora una construcción que nos hace ver que, en efecto, sólo el hombre tiene lenguaje, mientras que animales y máquinas se mueven por códigos instintivos o impuestos por el hombre, en cuya formación y desarrollo no pueden intervenir. En Filosofía. Interrogaciones que a todos conciernen lo sentencia de este modo: “el lenguaje simplemente es nuestra naturaleza, o una parte muy importante de ella” (p. 160). Así pues, donde habría que poner hincapié no es en el estudio de los muchos cromosomas que compartimos con ciertas razas animales, sino en esos pocos cromosomas cuya información biológica es diferente. Por supuesto, estos planteamientos de Gómez Pin no indican ni animadversión contra los animales ni resquemor ante la naturaleza, ya que sólo en el seno de ésta, como advierte sensatamente, es entendible el proyecto humano.
Hay aseveraciones de lo más interesante, como ésta sobre el espacio: “Y sin embargo, hay razones para estimar que tal geometría y tal espacio constituyen efectivamente (como Kant pretendía) una suerte de constructo determinante de nuestra percepción del entorno, una intuición a priori a la que nuestra intuición empírica se amolda. En suma: Aunque el espacio físico no sea euclidiano, nuestra percepción del mundo sí lo es” (p. 68). Otra: “el electrón representa una suerte de reencuentro con lo sustancial” (p. 84). A pesar de ser un gran conocedor de temas científicos, es curioso cómo Gómez Pin olvida a veces algunos rudimentos científicos para arrimar el ascua a su sardina, como cuando escribe: “corolario importantísimo del postulado según el cual la filosofía concierne al género humano como tal, es también que la disposición filosófica ha de ser fomentada desde muy pronto, impidiendo que la educación infantil se traduzca en parcialización del espíritu. Pues un niño es naturalmente rebelde al aprendizaje de disciplinas desprovistas de hilo conductor que las unifique y, en consecuencia, carentes de sentido” (p. 18). En realidad, eso no se debe a que el niño necesite una representación en modo filosófico y prosódico de la realidad, sino más bien a que las limitaciones de las conexiones sinápticas de su cerebro, hasta que cumple 7 años, le hacen imposible cualquier otro tipo de relación, como apuntan las investigaciones cognitivas más recientes. La percepción de lo fragmentario como relato no hilado del mundo requiere, ojo a esta obviedad, una inteligencia plenamente desarrollada. Pero habría que buscar con lupa mistificaciones de este tipo en Gómez Pin, que ya demostró en su acomplejante Infinito y medida (1987) su dominio de las artes matemáticas, por poner un ejemplo. Por poner algún defecto más, para que no se note demasiado la admiración incondicional de quien suscribe estas palabras, Pin critica la nueva cultura literaria de “corta y pega”, pero él la utilizaba en Entre lobos y autómatas reproduciendo en dos páginas (28 y 44) exactamente la misma frase sobre la crueldad de los lobos. En Filosofía el corta y pega de párrafos como el del “lac operón" llega a las tres veces. También le negaba en Lobos y autómatas el sentido del humor a los robots, pero el corrector automático de Windows le cambió a Josep Carner por Josep Carné. Hay criterios discutibles de edición en Filosofía, como por ejemplo que algunas citas aparezcan meramente entrecomilladas y otras (p. 146) con nota al pie aclarando su origen bibliográfico. También, porque los paratextos son siempre traicioneros y los créditos de un libro son siempre interesantes, se podría decir algo sobre los filósofos con agente literario, sobre si eso puede afectar -o no- al contenido de un libro, sobre si la exigencia es la misma cuando se esperan cierto tipo de resultados -o no-. Pero eso lo dejamos para otro día. Con lo que hay en las excelentes páginas de Filosofía. Interrogaciones que a todos conciernen tenemos estímulos, ideas, planes de estudio e interrogaciones universales que dan, en efecto, para toda una vida.
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