Eduardo Moga, Hombre solo. Madrid: Huerga & Fierro.
Colección Rayo Azul, 2022.
Eduardo Moga plantea cada libro como un proyecto con retórica, tono y
estética propias, de modo que una
poética de la variación parece regir
su ya larga trayectoria lírica, acrecentada por este último título,
Hombre
solo, publicado por la interesante colección Rayo Azul de Huerga &
Fierro. En esta nueva entrega de la obra en marcha de Moga la semántica
desolada, casi nihilista, produce una crisis discursiva que pronto parece una
transposición de una crisis vital. Moga emplea un arriesgado verso largo y
libre, despojado y descarnado, prosaico no pocas veces, que simula
deliberadamente un desahogo furibundo, vibrante en el marco de resonancia de
una escritura desatada, donde la única esperanza que encontramos reside en la
clara existencia de una pulsión, la de escribir. Y mientras hay pulsión, hay
deseo, y mientras hay deseo hay vida y esperanza. El torrente frondoso de
Hombre
solo es a menudo es enunciado por un
flanêur solitario y triste que
deambula alucinado, intentando escapar, urbe mediante, de una soledad
omnipresente en el poemario.
Un punto más en una línea
estética tempranamente descrita por Tomás Sánchez Santiago en un artículo de Cuadernos
Hispanoamericanos de 2004: “una radicalidad que sigue invistiendo a Eduardo
Moga de un alto grado de presión expresiva y de veracidad, rasgos por los que
ya se reconoce su escritura. Su personal fuselaje enunciativo y su imaginería
rodante en torno a una severidad existencial golpea con mandobles implacables y
simultáneos la conciencia indefensa del lector”. Hombre solo entra
dentro de esa línea y a la vez la sacude; es un libro singular en la
trayectoria de Moga, quizá un poco lastrado por la minúscula tipografía, que
dificulta la lectura pero que, al mismo tiempo —y supongo que esa ha sido la
razón de tan difícil decisión editorial—, permite mantener la disposición
textovisual de los poemas y su lectura sin rupturas versales.
Esperanza López Parada, Un tiempo de gracia. Valencia:
Pre-Textos, 2022.
Este extraordinario libro de Esperanza López Parada debería ser asignatura
obligatoria en cualquier taller literario, para analizar los hábiles y talentosos
recursos con los que la autora convierte sutilmente un tema en un hallazgo.
Tiempo
de gracia confirma la coherente y singular trayectoria de esta poeta, a mi
juicio una de las más brillantes de nuestro panorama, cuya discreción quizá es
parte de la razón de que no sea tan conocida como merece. Otra causa puede ser
que la suya no es una poesía elemental y, en consecuencia, requiere de cierta
atención lectora —no es una poesía difícil, sino compleja, algo muy diferente—.
El libro se organiza sobre un año contado entre dos fechas luctuosas:
un tiempo de gracia. La primera tarea sería entonces esclarecer el posible
sentido de gracia en este contexto. La expresión “tiempo de
gracia” tiene su propio sentido dentro de la religión católica, aunque creo que
la minúscula invita a entender este término, gracia, no tanto o no solo
en un sentido religioso, sino en un sentido trascendente —si bien no dentro de
la inmanencia, como la Olvido García Valdés en Confía en la gracia (2020)—.
Aunque hay referencias religiosas dentro del poemario de Esperanza López Parada,
parecen destiladas o recontextualizadas, porque un entendimiento literal de la
gracia entendida como “ayuda sobrenatural concedida por Dios al hombre para el
ejercicio del bien y el logro de la bienaventuranza” (María Moliner), parece
bastante contradictorio con el tenor de los poemas de libro, donde son el mal,
el dolor y la malaventura de la muerte los que presiden el sentido —junto a la
confianza puesta en una futura reunión simbólica—. No obstante, el vocabulario
religioso, bíblico y litúrgico es omnipresente en el poemario, por más que esté
resignificado hacia la minúscula, rebajando sus resonancias a la vez que
se busca la inserción en un espacio intemporal y de lucha entre sentido y
sinsentido. También hay en Tiempo de gracia otra re-simbolización, la del
mar como muerte (lo oceánico como pathos, en vez de como ethos)
en el poema “Agosto”, una de las secciones más notables del libro, y también
una retorsión del tiempo bajo una perspectiva de relatividad emocional, como un
cronoespacio que puede ser sacudido, expandido o alterado por el trauma (lo que
trae a la mente el “time is out of joint” de Shakespeare). Algunos poemas desbordan
la emoción, pero es su contención y su elipsis parcial lo que los hace
realmente estremecedores. López Parada explica a la perfección cómo hacer del
dolor una experiencia universal, en vez de convertirlo en una exhibición pornográfica
individualista, como es tan corriente en estos días. El resultado es un libro
esperanzador, técnicamente impecable, emotivo, demasiado humano, filosófico y destinado
a periódicas relecturas. En suma, si algún jurado del próximo premio nacional
de poesía está leyendo estas líneas, le animo a que recorra detenidamente este
libro.
Juan de Salas, Los reales sitios. Barcelona: Ultramarinos.
Lo que viene a continuación no es una reseña, sino un diálogo. Es
subjetivo en extremo y por ello debe ponerse en cuarentena, aunque yo no
conozca de nada a Juan de Salas.
Los reales sitios trabaja con un elemento que me resulta muy
querido, y que he utilizado en la parte
Centro de
Circular 22 —por
esto decía que esto que leen no es una reseña, sino un diálogo—: la descripción
de las zonas y normas
invisibles de la ciudad: aquellas normas
urbanísticas y de planificación que, sin saltar a la vista más que para los
expertos, determinan la ciudad, conforman sus posibilidades arquitectónicas y
espaciales y, sobre todo, son la
materialización de los poderes en una
encarnadura tan indetectable a simple vista como poderosa e inamovible —o
extremadamente rígida y resistente al cambio—. La habilidosa poética de Juan de
Salas, que mezcla una mirada afectiva no normada, un poso teórico de
historiador del arte, un compromiso político y una retórica original y
arrojada, ofrece a quien lea
Los reales sitios una experiencia singular
de lectura de conceptos que damos por (archi)sabidos como
paisaje,
espacio,
afueras o
ciudad, resemantizándolos y haciéndolos aparecer, si no
como nuevos, sí al menos tan renovados que ya asemejan otra cosa, una realidad
distinta y más próxima a la nuestra. En especial, me han parecido de notable
inteligencia las tres piezas que parten del género de la zarzuela para lograr
la superposición estratigráfica de tiempos y espacios que revela la pertinaz
raigambre de lo rancio y lo casposo en la hipermodernidad pangeica de nuestros
días. Estamos ante una completa deconstrucción de lo que significa
mirar en
el siglo XXI y ya lo dije en
El lectoespectador: lo que caracteriza la
modernidad de una literatura es su forma de mirar. Juan de Salas está aquí,
entre nosotros, pero ya está en otro tiempo: más adelante. No es que sea un
nombre promisorio para el futuro, es que es el futuro
ahora. Si no me
entienden, lean
Los reales sitios, y creo que coincidirán conmigo.
[Relación con los autores: cordial con Moga, he intercambiado correspondencia con López Parada sobre su obra, ninguna con Salas. Relación con las editoriales: he publicado varios libros en Pre-Textos; ninguna con Huerga y Ultramarinos]