domingo, 11 de septiembre de 2016

Del odio a la poesía




Ben Lerner, The Hatred of Poetry; Fitzcarraldo, London, 2016
Ben Lerner, Elegías Doppler; Kriller71, Barcelona, 2015.
 

Aquel que de poeta no se precia,
¿para qué escribe versos y los dice?
¿Por qué desdeña lo que más aprecia?[1]

Así se desahogaba Miguel de Cervantes en el capítulo IV de su Viaje del Parnaso (vv. 337-339), a las alturas de 1614 y en el penúltimo año de su vida. Es cierto que la poesía es uno de los artes más vilipendiados por sus propios practicantes. Y no hablamos sólo de las prédicas contra la poesía de los adversarios, sino contra su mismo ejercicio. Creo que alguna vez he reproducido parte de este recuento: Vicente Núñez legó que “La poesía es delito”; Jaime Gil de Biedma decía que “El juego de hacer versos / (...) es algo / parecido en principio / al placer solitario”. Pablo García Casado ha escrito sobre “eyacular el poema”; Alexis Díaz-Pimienta tiene una pieza, “Poeta en el aeropuerto”, donde también compara la escritura con la eyaculación. Sus últimos versos dicen: “la diferencia está en que el hombre solo / no se lava después de la última palabra” (Yo también pude ser Jacques Daguerre). Artaud sostuvo que “toda escritura es una marranada. Las personas que salen de la nada intentando precisar cualquier cosa que pasa por su cabeza, son unos cerdos. Todos los escritores son unos cerdos. Especialmente los de ahora”. Deleuze dijo que escribir es algo sucio; sin conocer la frase o quizá por conocerla, el poeta costarricense Alfredo Trejo escribe: “Si la gente supiera / lo sucio y poco confortable / que es escribir algunas cosas” (Prefiero ver estática, 2013). Gerald Manley Hopkins tuvo que dejar la literatura por considerarla incompatible con el sacerdocio -Paz le dio la razón al exponer que “el saber del poeta es un saber prohibido y su sacerdocio es un sacrilegio” (Los hijos del limo)-, y Leopoldo María Panero ha declarado en algún sitio sentirse “cagando poemas”. José Ángel Valente escribió: “Implacable desprecio por el arte / de la poesía como vómito inane” (El inocente). Monterroso tiene esto en algún sitio: “Escribir es un acto pecaminoso. Al principio, contra los grandes modelos, en seguida contra nuestros padres, y pronto, indefectiblemente, contra las autoridades”. En fin, que si hacemo caso a los escritores llegaríamos a pensar que esto de escribir, sobre todo escribir poesía, es algo bastante indecente.


 Nicanor Parra

A esta catarata vienen a sumarse los improperios coleccionados o lanzados por el novelista, ensayista y poeta Ben Lerner en The Hatred of Poetry, que tras contar en su delirante comienzo el trabajo que le costó aprenderse en el colegio un poema de Marianne Moore de apenas 24 palabras (“Poetry”, otra andanada contra la poesía), se hace la pregunta clave: “What kind of art assumes the dislike of its audience and what kind of artista aligns herself with that dislike, even encourages it?” (“¿Qué tipo de de arte asume el desagrado de su audiencia y qué tipo de artista se alinea con esa antipatía, e incluso la fomenta?”, p. 9). Lerner explica que el problema puede yacer en las onerosas expectativas que ponemos en el hecho mismo del poema (sea como lectores o como escritores), y la discordancia entre el universo virtual de aquello de que el poema parece capaz y lo que finalmente logra. Es decir: el poema siempre parece mejor en nuestra mente de lo que luego será al ponerse por escrito. Lerner pone el ejemplo de Grossman al hablar de Hart Crane, aunque también podía haber puesto el de W. B. Yeats: “ejemplo de la insatisfacción ante su trabajo, tanto con respecto a sus versos como a sus dramas, lo hallamos repetidamente en esta correspondencia. Con respecto a los dramas, la representación de los mismos le muestra defectos que corrige incansable, acumulando versiones sucesivas. sus versos también son corregidos después de publicados en libro, hasta llegar a darles esa sencillez e intensidad que constituyen su aspiración como poeta” (Cernuda, Poesía y literatura, 1964). Un verso de Peter Handke lo resume con claridad: “No estaba desesperado, sólo insatisfecho”[2]. Pero, ¿cuál es el problema básico de la poesía? ¿Por qué esa insatisfacción, tanto de los poetas como de los lectores? ¿Por qué todo vate dice que la poesía de su época es una bazofia -salvo la suya, claro-? Pues el motivo no es otro que el apuntado por Lerner y que me parece el mayor hallazgo del ensayo: la constante idealización de la poesía que llevamos siglos desarrollando y amplificando tanto los lectores como los propios poetas.


El peligro de la idealización

Para explicar esa idealización, comienza Lerner un recorrido histórico, que, como es predecible e inevitable, comienza por la expulsión platónica de los poetas de la República ideal (ver Platón, República, II, 367c). El pasaje ha sido tantas veces comentado que el mayor mérito de Lerner es relatarlo de nuevo sin que suene a manido. Luego pasa de puntillas por otras diatribas contra la poesía para llegar a las clásicas defensas de Sidney y Shelley (pp. 29ss), y a partir de ahí explicar el hiato que hay entre la percepción de lo creemos que debe ser la poesía y lo que la poesía es cuando la lees realmente. El problema, a juicio de Lerner, es que la educación nos inculca que al leer poesía vamos a sufrir algún tipo de rapto mistérico o taumatúrgico que nos elevará por las regiones del aire. El frustrante resultado es que cuando llegamos a los textos desnudos, la realidad no es tan halagüeña, ni siquiera en los clásicos. Como expresa Lerner con agudeza, “the fatal problem with poetry: poems” (p. 32). Los poemas de los demás y los propios, claro está, y por eso dice Lerner que muchísimas pesonas escriben versos en su juventud, pero los más sabios abandonan la práctica al constatar su incapacidad de alcanzar ese áureo modelo de perfección verbal y semántica que se nos enseña en el colegio que es la poesía. O en la universidad, claro: recordemos que para Fernando Lázaro Carreter el poeta Jorge Guillén era, y así le llamaba sin empacho, “el excelso poeta”[3]. El propio Guillén escribió: “tan fecunda puede ser la aliteración como la rima, si se les descubre su quid divino”[4]. Si quieren darse el mismo topetazo descrito por Lerner, lean antología de Jorge Guillén para buscar ese quid divino, y dense el mismo leñazo que yo, cuando tras leer afirmaciones de ese jaez fui todo ilusionado a Cántico y me encontré con la realidad mostrenca, brutal:

¿Rosas? Pero el alba.
… Y el recién nacido.
(¡Qué guardada el alma!)
Follajes ya: píos.[5]

El problema no son los versos en sí -aunque los citados no pueden ser más contrarios a mi gusto personal-, sino la desmesurada expectativa que Lázaro Carreter y otros profesores, durante siglos, han continuado insertando en las mentes a medio formar de sus alumnos. Mientras que a los narradores y a los dramaturgos se les presentaba de una manera natural y huera de aspavientos, mediante la descripción proporcionada de sus aportaciones, al hablar de poesía la voz se engolaba, se amaneraba y se mencionaban los ropajes de lo esotérico, de lo divino, de lo álgido, de lo “puro”, y el pobre adolescente quedaba apesadumbrado, para acercarse desde entonces a los libros de poemas como a una especie de biblias laicas, que deben respetarse con tanto fervor como lejana y pasmada admiración, que conduce a una forma “superior” o más intensa de vida (es lo que denomino el nefasto “Síndrome El club de los poetas muertos”). Y claro, como expone Lerner, la realidad nunca puede colmar una expectativa de ese tamaño. Ni siquiera la poesía de Shakespeare o la de Dante pueden. Todas las obras líricas tienen caídas, o pasajes prosaicos conectando las partes poéticas (como denunciaba Poe en The Philosophy of Composition, 1846), o una excesiva carga de referencias eruditas, o un número incontrolado de nombres de reyes o escritores, y en las obras se alternan versos caedizos junto a cimas esplendentes: el resultado es, como no podía ser de otra forma, humano, demasiado humano, irregular, con altibajos, cuando al joven estudiante se le había preparado para lo divino. Incluso las frecuentes antologías de malos poemas, tipo Las mil peores poesías de la lengua castellana, contribuyen a afirmar el ideal de perfección, como expresa Lerner con agudeza, porque “Reading the worst poems is a way of feeling, albeit negatively, that echo of poetic possibility” (p. 35; “leer los peores poemas es una forma de sentir, siquiera negativamente, ese eco de posibilidad poética”). No hay escapatoria: el modelo de medida es siempre la perfección ideal, pero la realidad se muestra vulgar, desmañada, insatisfactoria. El joven que accede a la Ilíada, la Odisea o la Eneida se encuentra con una cascada de dioses, semidioses, mitos y héroes que convierten la lectura en un fatigoso ir y venir a las notas al pie, sin las que a menudo no se entiende nada, convirtiendo lo que debería ser lectura ininterrumpida en un intrincado sendero de discontinuidades. Otro tanto le sucederá al estudiar la poesía renacentista, la barroca y la neoclásica, y sólo al llegar al romanticismo parece que los versos comienzan a respirar por sí mismos, pero para entonces ya es demasiado tarde. Los profesores, que han dedicado su vida a estudiar los mitos y constelaciones, los linajes de Agamenón o Ricardo III y las referencias y homenajes ocultos, son incapaces de explicarles a los alumnos la grandeza de los textos, seguramente porque en muchos casos hace falta una vida de estudio para entender esa grandeza, mientras que la grandeza de Bach se entiende con escuchar diez minutos de La pasión según San Mateo. El problema de recepción de la poesía es, por tanto, la descompensación entre lo que creemos esperar y lo que luego encontramos, un resultado que siempre es meritorio, pero jamás a la altura inmarcesible que nos habían dibujado de forma arbitraria. Algo similar dejó caer en 1976 José Luis Castillejo en La nueva escritura: “la existencia de la escritura convierte a lo simplemente no escrito en problemático”[6]. Y la literatura impresa puede ser la consecuencia publicada e irreversible del problema, como puede deducierse de la larga reflexión sobre este asunto que es el maravilloso Dichtung & Warheit (An Unwritten poem) (1958), de W. H. Auden.

El propio Lerner ha caído alguna vez en el misticismo de ese poema ideal localizado en el platónico cielo de los poemas, y lo hizo leyendo a su admirado John Ashbery. Ezequiel Zaidenwerg recuerda en su prólogo a Elegías Doppler que Lerner comentó en un ensayo sobre Ashbery: “Sus poemas son glosas a poemas a los que no podemos acceder” (Elegías, p. 9). También para Lerner, pues, la idealización está presente, y, como aclara Zaidenwerg, los poemas son leídos en relación con otros poemas ideales que no existen, como “lírica negativa” (expresión del propio Lerner), a partir de “la idea, de espíritu platónico por cierto, de que el poema es un reflejo, siempre secundario, de una entidad inaccesible de orden superior que sólo es posible glosar” (Zaidenwerg en Lerner, Elegías, p. 10). Lerner lo admite, con algo de melancolía, casi al final de su ensayo: “You can only compose poems that, when read with perfect contempt, clear a place for the genuine Poem that never appears” (The Hatred, p. 103; “sólo puedes escribir poemas que, leídos con perfecto desdén, dejan espacio para el Poema auténtico que nunca aparece”).


La justificación

Es evidente que el poeta escribe

A golpes de inspiración

Pero hay gente a quien no les afectan los golpes.

Boris Vian, Cantilènes en gelée (1949)

Superadas las fases históricas en que la poesía debía ceñirse a unos códigos morales[7] o estéticos de legitimación, y aunque desde la Poética (1919) de Jakubinski se ha intentado explicar la poesía como una práctica “autotélica”, es decir, un lenguaje que “encuentra su justificación (y así todo su valor) en sí mismo; es su propio fin y no ya un medio”[8], la percepción social es bien diferente. La poesía es la única rama de la literatura que parece precisar una justificación, quizá porque recibe ataques que otras ramas del arte no encajan jamás, según declaraba Lerner a Eduargo Lago en una entrevista reciente: “teniendo en cuenta el lugar marginal que ocupa la poesía en la cultura resulta chocante que provoque un rechazo tan vehemente en tanta gente, mucho mayor que otras manifestaciones artísticas, como la música experimental”.

Si se fijan, nadie le pregunta a un novelista, a un dramaturgo o a un ensayista por qué practican sus respectivos géneros (les preguntarán por qué escriben, en general, pero no tendrán que legitimar su práctica concreta). Pero un poeta sufre a menudo la inquisición de “¿Por qué escribe usted poesía?”, de la misma forma en que se cuestiona habitualmente a los practicantes del salto base por qué se juegan la vida. La pregunta es muy frecuente, y lo terrible es que afecta también a los propios poetas, que parecen obligados de continuo a darse motivos para hacer lo que hacen. Por ejemplo, el poeta mexicano Luis Arturo Guichard escribe en uno de sus fragmentos y aforismos de El silencio escribe con tijeras: “Es conmovedor todo lo que hacemos los poetas para justificar nuestro oficio y aparentar una cierta utilidad social, aunque sabemos que no tenemos ninguna. Y ni falta que nos hace”[9]. De hecho, la angustiosa necesidad de legitimación ha creado algunos de los peores enemigos de la poesía: ciertos defensores. Cualquiera que haya visto el tráiler de la última película de Jodorowsky, Poesía sin fin, entenderá, horrorizado, las barbaridades que se cometen en nombre de la poesía, entre ellas la absurda y contraproducente defensa de lo poético como el régimen del ridículo y de la restricción racional. Aquí un fragmento más que significativo:




El tema de la legitimación en el ensayo de Lerner se aborda desde la perspectiva de una de las máximas frustraciones de la poesía actual: su incapacidad para levantar una voz socialmente incluyente, un discurso supraindividual y dirigido a la colectividad (por decirlo en mis términos, su conformación como gesto de literatura egódica, como vimos en 2013 y volveremos a ver en El sujeto boscoso, de inminente aparición). Lerner parte de Whitman y su “Whitmaniac” o whitmaníaca experiencia de crear un sujeto -véase “Song to Myself” de Whitman- capaz de aludir a la universalidad de los “americanos” -entendiendo en realidad por tales a los estadounidenses, lo que muestra ya el primer conflicto de identificación-. Después, a partir de un artículo en Harper’s Magazine de Mark Edmunson, que Lerner desmonta tan cuidadosa como radicalmente, se adentra en el espinoso problema de cómo crear una voz que por un lado busque la universalidad y por otro lado sea capaz de integrar a las minorías, lo que es -viene el autor a concluir- prácticamente imposible, y un gesto de nostalgia whitmaníaca (p. 95) en nuestros tiempos. En opinión del autor, que cita algunos ejemplos, lo que cabe es únicamente dar la forma debida a la diferencia.


La poesía de Lerner

La excelente introducción de Ezequiel Zaidenwerg a Elegías Doppler otorga al lector una idea bastante completa de lo que se proponen los tres libros de poemas que ha publicado Lerner hasta la fecha. Partiendo de una poesía en la que es muy detectable la herencia de Ashbery, hasta llegar a un tono más personal, es una poesía crítica pero, sobre todo, autocrítica, muy consciente de la episteme epocal desde la que se escribe (dentro de una corriente a la que llamamos en su momento “metaepistemológica”, disculpen el palabro):

Entonces, los balazos penetraron el tejido blando de nuestra episteme.
Creíamos que ordenando palabras al azar
podríamos evitar la ideología. Estábamos en lo cierto.
Pasamos, luego, a estar completamente equivocados. De eso se
trata California.
Lo que yo más recuerdo sobre el Renacimiento
es que todo tenía tetas. Tranvías, atardeceres,
todo. Desfigurar una técnica
sólo para joder:
ésa era mi idea. Corría 1865;
nadie se preocupaba por el positivismo.
Podrían discutirse nuestros métodos,
pero no nuestra metodología.
Así, un par de conserjes perdieron las piernas.
Ahora, algunos de mis mejores amigos son conserjes. (p. 35)

Esa autoconciencia, que en algunas manos genera extrañeza y en otras monstruos, se vuelve feraz en Lerner, capaz de unir polifónicamente varios tonos y preocupaciones en la investigación en que consiste su trabajo lírico. Teniendo en cuenta que la reflexión aparece en ambos lugares, ensayo y poesía, es natural que se produzcan pasadizos o comunicaciones entre ellos, como la imagen de la lluvia interrumpida, presente en Angle of Yaw y también en una de las mejores páginas (p. 100) de The Hatred of Poetry. Sus penetrantes reflexiones sobre el uso de la segunda persona del singular (The Hatred, p. 93) encuentran correspondencia en sus poemas en prosa, escritos desde un “tú” multirreferencial, que persigue la identificación del lector (ver Elegías, p. 140). Otro enlace es la aludida tensión entre los poemas que tenemos y los no escritos:

Expresar este desajuste
es tarea de la lírica negativa,
que no existe. (p. 61)

La obra poética de Lerner tiene altibajos, como todas. Pero sus altos, como la impresionante “Elegía didáctica”, a la que pertenecen los tres versos citados, uno de los textos sobre el 11/S más demoledores que he leído, son portentosos. De las muchas definiciones que he leído del dinero, ésta es la más escalofriante y puede que la más exacta: “El color del dinero es / Verde visión nocturna” (p. 94, de Mean Free Path). El poema que da nombre a ese libro de 2010, “Mean Free Path”, es un ejercicio de repeticiones y fugas temáticas con momentos y versos de notable brillantez. Sus interrupciones y rupturas, tanto semánticas como de sentido, nos obligan a realizar un trabajo de lectura en el que la idea de “delay”, de llegar con demora al sentido (como ha visto Daniel E. Pritchard), es esencial.

La lectura de Elegías Doppler es más que recomendable para repensar qué entendemos por poesía, qué entendemos por calidad, qué entendemos por humor blanco y por humor negro, qué sabemos de la excelencia literaria y de la poesía que tiene un ojo en la calle y otro en las alturas que caen hacia la calle.


Cerrando

Aún no ha aparecido la poesía.
La imagen no es un sustituto. La imagen es como una anécdota
en boca de un bebé que nació muerto. Y ni la reflexión,
con su infinito espurio, ni tampoco la religión, con su octava parte
de hongos,
pueden causar orgasmo tras orgasmo como la poesía.
(Lerner, The Lichtemberg Figures)

Lerner ha publicado seis libros, que han recibido diecisiete premios, no pocos de ellos relevantes. Esos reconocimientos no validan nada, pero son indiciarios de algo, son la consecuencia lógica de un talento natural que se percibe con sólo leer varias líneas o versos del autor. En The Hatred of Poetry encontramos luminosas aserciones, como la de que Sócrates fue tan sabio que fue el primer poeta que supo librarse -al no escribir- de la poesía (, p. 26), o que Lerner nunca ha encontrado tan valiosas las eufonías de Keats como las disonancias de Emily Dickinson (p. 46), o que el género del manifiesto permite explayarse sobre la poesía “while avoiding the limitations of poems” (p. 56), miradas que demuestran la fina sensibilidad del autor para entender la poesía y su entorno reflexivo y cultural. La inteligencia de Lerner para leer a grandes poetas como Whitman o los antes citados, así como sus dotes para plasmar por escrito sus ideas sobre lo leído son proverbiales, llegando a cotas de rara brillantez (pp. 99-100). Su ensayo une preocupaciones seculares del pensamiento poético con otras más actuales, dentro de un tono reflexivo, convincente y con pequeñas gotas de humor, que le evitan caer en la misma solemnidad que denuncia o en la visión añeja de la poesía como mester divino que intenta combatir. Sus poemas son una demostración talentosa de que otro tipo de poesía es posible: estética sin olvidar la crítica, y (auto)crítica con la estética. Pensamiento, belleza disonante, crítica precisa de nuestros tiempos, inteligencia. Ustedes verán lo que hacen. Yo voy a comprar y leer sus novelas, Saliendo de la estación de Atocha y 10.04, porque la luz es escasa y cuando uno se topa con ella debe atrincherarse en el resplandor. 


[Relación con autor y editoriales: ninguna.]



[1] M. de Cervantes, Poesía completa, 1. Viaje del Parnaso; ed. Vicente Gaos, Castalia, Madrid, 1973, p. 114.
[2] P. Handke, “Vivir sin poesía”, Vivir sin poesía; Bartleby, Madrid, 2009, p. 521; traducción de Sandra Santana.
[3] Fernando Lázaro Carreter, De poética y poéticas; Cátedra, Madrid, 1990, p. 204.
[4] J. Guillén, Hacia “Cántico”. Escritos de los años veinte; ed. Kathleen M. Sibbald, Ariel, Barcelona, 1980, p. 337.
[5] J. Guillén, Cántico; ed. José Manuel Blecua, Labor, Barcelona, 1970, p. 98.
[6] José Luis Castillejo, La escritura no escrita; Facultad de Bellas Artes, Cuenca, 1996, p. 24.
[7] “La poesía, ya en la Edad media, había sido objeto de teorías contradictorias. Una opinión muy en boga, que la justificaba, era considerarla sujeta a la teología, y sólo podía existir como poesía divina o religiosa. Y es que de otra forma, la poesía era ficción; por tanto, mentira, por tanto (siguiendo este silogismo al que eran aficionados los escolásticos medievales), injustificable desde el punto de vista moral. Para que la poesía pudiera circular libremente se inventó entonces una nueva categoría ideológica, la alegoría, en general de carácter cristiano. Por eso Dante pudo publicar su Divina Comedia, dándole un carácter alegórico cristiano, ya que de otra forma hubiese sido acusado de frivolidad intelectual.”; Alberto Porqueras Mayo, Temas y formas de la literatura española; Gredos, Madrid, 1972, p. 98.
[8] Tzvetan Todorov, Crítica de la crítica; Paidós, Barcelona, 2005, p. 20.
[9] Luis Arturo Guichard, El silencio escribe con tijeras, (La isla de Siltolá, Sevilla, 2016, p. 72.

sábado, 27 de agosto de 2016

Lo que cuesta un verso







Hace ya mucho tiempo Steven Shaviro explicó en su blog los problemas que iba a causar la legislación del copyright para la investigación académica en Estados Unidos no publicada en revistas, desde que un cambio en la normativa aplicable considerase que un solo verso -dos en Canadá- es "parte esencial" o significativa de una obra poética, y por lo tanto obligaba a las editoriales a negociar royalties y a pedir permiso para citar cualquier verso de un poeta, aunque se tratase de una obra de investigación. Shaviro apuntaba que esta exclusión del “fair use” al citar versos de poemas o de canciones podría generar el absurdo de un estudio sobre un poeta que no incluya ni una sola línea de su obra, con tal de evitar el fastidio de solicitud de permisos y más que posibles pagos. O llegar al desatino de describir o parafrasear los versos, lo que destruye, evidentemente, el esfuerzo original del poeta estudiado (recordemos que nos referimos a libros que, para más inri, traen a la actualidad, ponderan, estudian y difunden la obra de esos poetas). Esto se agrava en trabajos de espectro más amplio: imaginemos un libro que se proponga realizar un panorama de la poesía estadounidense actual, sin contener un solo verso de ningún autor, o sólo de un par de ellos. 


Parece que ese futuro distópico está llegando. Ayer la conocida estudiosa de la poesía modernista (en el sentido que esta palabra tiene en el mundo anglosajón) Marjorie Perloff explicó en Facebook que ha tenido que subir su última colección de ensayos sobre poesía en abierto en su web porque se le pedían 500$ por citar 5 versos de un mesóstico (una variante del palíndromo) de John Cage, además de una cantidad no especificada por citar versos de Wallace Stevens, entre otros pagos debidos:


“ […] but the difficulty was copyright. The press in question declared that the Wallace Stevens quotes in Essay #1 would have to be renegotiated, and the demand goes on from there. The John Cage Trust wanted $500 for five lines of a John Cage mesostic. I decided that such expenses were disproportionate for a collection of old essays” (el enlace es éste, aunque sólo es legible para contactos de Perloff).


A poco que se citen versos de cuatro o cinco poetas diferentes, es plausible que el editor deba invertir más dinero en pagar los derechos de poetas muertos que en pagar a su autor vivo. En la práctica, esto significa que tanto el ensayismo literario sobre poesía como la investigación sobre la misma impresa en papel se prohíbe por motivos económicos, lo que implica que los escritores no pueden cobrar por su trabajo y se ven obligados a ofrecerlo gratuitamente. Si en el caso de la investigación universitaria, sobre todo la proveniente de universidades públicas, podemos hacer salvedades (aunque todo profesor, una vez publicada libremente la investigación en revistas, tiene derecho a recopilarla, sistematizarla o ampliarla luego en libro y cobrar por ello), en el caso de un ensayista no académico interesado por la poesía -por ejemplo un escritor profesional que quiera expresar sus opiniones sobre un poeta, como hizo Cortázar sobre Keats, o un poeta que, como John Ashbery o Charles Simic, quiera escribir sobre otros poetas-, la única posibilidad de publicar será a través de una editorial muy poderosa, que pueda pagar a los herederos o poseedores de los derechos de los poetas citados el canon que éstos establezcan. Pero claro: ¿cuántas editoriales pujantes económicamente publican ensayos sobre poesía?


Este anacoluto legal produce efectos insospechados e injustos. Tenemos la suerte de poder leer gratis el libro de Marjorie Perloff, que aborda poetas como Stevens, Silvia Plath, Creeley, Larkin o W.C. Williams aquí: http://marjorieperloff.com/books/modernists-avant-gardists-contemporaries/ , por decisión personal de la autora, pero en otros casos, por ejemplo de ensayistas no académicos, es bastante posible que se nieguen a dedicar su tiempo a escribir un libro largo y profundo sobre otros poetas que no va a poder publicarse en papel, y por el que no cobrarían absolutamente nada. Es difícil saber cuántos buenos ensayos nos estamos perdiendo y vamos a dejar de leer por esta legislación de inexplicable dureza. Así están las cosas: los derechos de los autores muertos, que ya no necesitan el dinero, impiden generar derechos a los autores vivos, que quizá sí necesiten esos ingresos y que, en cualquier caso, y como cualquier otro trabajador, merecen cobrar por su trabajo.

domingo, 21 de agosto de 2016

Visión panorámica de la representación de objetos en la narrativa hispánica actual


En el último número de la revista colombiana Cuadernos de literatura aparece mi artículo "Visión panorámica de la representación de objetos en la narrativa hispánica actual".

Resumen: "En la última literatura hispánica hay varias posibilidades dirigidas a construir objetos
ontológicos. Por ello, en las actuales narrativa y poesía no es difícil establecer dos categorías de fundación ontológica: las cosas auráticas y las proyectadas, con diferentes significados y consecuencias, que serán discutidas en el texto."

Puede descargarse aquí:

https://www.academia.edu/27914542/Vision_panoramica_de_la_representacion_de_objetos_en_la_narrativa_hispanica_actual

Si no funciona este enlace, por no tener cuenta abierta en Academia.edu (abrírsela es gratuita y muy recomendable, por la cantidad de producción académica y científica a la que se puede tener acceso), puede descargarse aquí:

https://dl.dropboxusercontent.com/u/8138231/Vision%20panor%C3%A1mica%20de%20la%20representacion%20de%20objetos%20en%20la%20narrativa%20hispanica%20actual.pdf




domingo, 14 de agosto de 2016

La familia real de William Vollmann




William T. Vollmann, La familia real; Pálido Fuego, Málaga, 2016.

En ninguna parte como aquí advertiréis el encanto, la simpatía, el ángel, dicho sea en andaluz, que despiden de sí, como tenue fragancia, las cosas vulgares, o algunas de las infinitas cosas vulgares que hay en el mundo.
Benito Pérez Galdós, Misericordia

Therefore, although it be a history
Homely and rude, I will relate the same
For the delight of a few natural hearts
William Wordsmorth, Michael

Finalizada la aventura de leer esta extraordinaria novela, el lector se queda abrumado durante unos días, incapaz de leer otra, por la sencilla razón de que La familia real no termina, ni mucho menos, con la lectura. La insistencia de Vollmann en algunas ideas, el poder asombroso de algunas imágenes, la capacidad de algunos personajes para reverberar sus comportamientos, suscitan en el lector esa recepción aplazada que caracteriza, por ejemplo, a algunas películas de David Lynch o Stanley Kubrick. Aunque los ojos están en otras cosas, la mente sigue procesando la novela, la sigue leyendo, persiste en encontrar hilos, pasadizos y líneas argumentales o emocionales entre los personajes y las infinitas historias secundarias que se narran en La familia real. La sensación del lector, por tanto, es muy parecida al rapto emocional que sufre el protagonista, Henry Tyler, al perder a Irene, la mujer con la que está obsesionado (la esposa de su hermano), y que en realidad es sólo una de las figuras de la adicción de Tyler al algo más, una necesidad fatal de engancharse a imposibles que irá adoptando diversas metamorfosis a lo largo de la novela y que, a la postre, acaba destrozando su vida.

La familia real a la que hace referencia el título es, en realidad, un grupo de prostitutas; un tema que ha protagonizado varias obras de Vollmann, como Whores for Gloria o Butterfly Stories, y que ya muestra una de sus señas de identidad narrativas: la verticalidad o profundidad con la que aborda sus obras no se riñe con la horizontalidad social de su mirada: cualquier capa de la sociedad, desde el estrato de los vagamundos sin techo hasta la capa legamosa de los multimillonarios, entra dentro de su radar narrativo. Desde que las editoriales cuelgan en la red las sinopsis argumentales de las novelas no tiene sentido incluirlas en las reseñas; pero en este caso sería especialmente vano o inútil resumir la trama de una novela de este tamaño y densidad, cuya traducción y edición debemos a la misma persona, José Luis Amores, alma mater de Pálido Fuego y esforzado difusor de una parte de la mejor narrativa anglosajona actual. Tampoco podemos conjeturar acerca de la inmensa red de referencias y alusiones culturales, religiosas, legales, míticas y narrativas de La familia real; creo que lo esencial es que con ese tejido el autor pretende cuestionar el relato de la vida, entendiendo por tal la existencia en el oeste de los Estados Unidos a finales del siglo pasado (una metáfora sin más de la sociedad occidental), y realiza ese cuestionamiento mediante una novela inabarcable, como la existencia retratada, que también se pone en crisis a sí misma. Vollmann, a diferencia de otros novelistas que intentan ocultar como pueden los costurones de su obra, reconoce sin empacho los defectos del relato, las dificultades que va encontrando, sus limitaciones (“puede que tales episodios anexos sean flojos y mecánicos, como las tramas secundarias en las obras de Shakespeare, pero el hecho es que en ocasiones la realidad cambia furtivamente el dial de nuestro destino preestablecido”, p. 319), pide perdón por introducir un nuevo personaje alrededor de la página 500, y reconoce en los créditos finales la pelea con su editor para que no le recortara en 2/3 el manuscrito original. Sin embargo, a pesar de todo esto, y pese al monumental volumen de páginas de La familia real, al lector le sucede lo mismo que con la vida: no puede dejar de leer, igual que no puede dejar de vivir, y los puntuales defectos que nos constituyen en seres perennemente insatisfechos no impiden que avancemos y avancemos en la lectura, encontrando en la imaginación de Vollmann no solamente recompensas suficientes al hecho de leer (de existir), sino que de cuando en cuando recolectamos imágenes memorables, como la personificación de la ciudad de San Francisco (pp. 775ss), o capítulos maravillosos, como ese “Libro XVII” en el que Vollmann explica la decadencia de la relación una pareja mediante un largo viaje en coche de costa a costa de los Estados Unidos, en pos de “la casa de sus sueños”.

Novela realista e irracionalista al mismo tiempo, gracias al isótopo del personaje de la Reina en un sistema subatómico ordenado por la mostración, obra durísima (con algunos momentos en que hasta el lector más entrenado necesitará recomponer su estómago), aliñada con detalles de humor y de insólita ternura, La familia real es un libro excesivo y desatado, marca de la casa Vollmann[1], una creación que planta cara a la cosmovisión actual de gratificaciones instantáneas y ahorro de esfuerzos intelectuales. Es un libro para lectores de verdad, para quienes buscan algo más que entretenimiento y gustan de sumergirse en mundos narrativos y no en lecturas de bolsillo. La familia real, lo más parecido a una novela “rusa” de nuestro tiempo -no en vano coloca a Los demonios de Dostoievski explícitamente en su punto de mira (p. 83)-, se constituye en proeza narrativa gracias a una decisión estética que señaló con acierto un crítico de The Boston Globe, según el cual Vollmann “en La familia real, lleva a cabo algo heroico: renuncia a la oportunidad de deslumbrarnos a fin de perturbarnos”. En efecto, en algunos puntos se advierte a la perfección que Vollmann renuncia al grand style que sembró por doquier en su impresionante Europa Central, comentada aquí años atrás, para conseguir una atmósfera que se clava como un cuchillo en la mente del lector, quizá para que sienta la misma falta de concesiones que sufren todos y cada uno de los personajes de la novela, cuyos sufrimientos nunca se ven ahorrados por ningún tipo de estética. Un despojamiento retórico deliberadamente elegido como forma de respeto a una precariedad existencial, de cuando en cuando interrumpido con pasajes ambiciosos (pienso en los capítulos antes citados o en las memorables páginas sobre la caída de la Reina, pp. 862-64), que recuerdan al lector con impecable factura técnica que Vollmann es muy capaz de utilizar un estilo alto, pero que ha decidido darle un tono distinto a la obra, para no “salvar” la cruda historia mediante la belleza.  Su propósito es darle visibilidad y memoria a los olvidados (p. 773), a los borrados por la sociedad, a los apartados por el espectáculo y el sistema. En este sentido, el tramo final de la novela, una larga descripción de la vida de Tyler entre los hobos que se mueven como polizones en los trenes de mercancías -a los que Bob Dylan ha dedicado alguna canción-, (un cambio de vida anunciado en la página 144), me parece de una belleza no esteticista digna de encomio.

La familia real es una novela cainita, sobre la marca de Caín y el hecho de traicionar a aquellos a quienes más quiere (pp. 895 y 914), incluida y sobre todo la traición a uno mismo, bajo el presupuesto de que “Nadie es jamás inocente” (p. 157). En esta obra no hay buenos y malos, todos los personajes son imperfectos en mediano o sumo grado. En El sujeto boscoso, que aparecerá en octubre, recordamos que según Elfriede Jellinek (La muerte y la doncella), el espejo de Blancanieves no es monstruoso porque hable, sino por decir siempre la verdad; algo similar representa el personaje de Dan Smooth, una persona intolerable y cruel precisamente porque siempre tiene en los labios la verdad más dolorosa para el otro. El protagonista, Tyler, es autodestructivo y falla a quienes más quiere, Domino hace honor a su nombre y esclaviza a los demás como muestra de poder, John es infiel por naturaleza, Brady parece un archivillano de Scorsese y todas las prostitutas se ven obligadas a hacer lo que sea necesario para sobrevivir (p. 689). Todos son fallidos: “había observado (…) que cada persona que conocía estaba poseída por al menos una necesidad cuyo propósito divino era contrarrestar la virtud” (p. 725). Pero la grandeza de Vollmann, que deja siempre una pequeña puerta abierta a la redención, nos deja asistir al magnífico y crepuscular espectáculo de una novela que también se falla a sí misma, a la que no le importa caer, sin tener claro si pondrá después volver a levantarse. A Vollmann todo eso le da igual. Él no necesita demostrar que sabe escribir. A él le importa otra cosa, infinitamente más importante, esa que no deja de darnos vueltas a quienes hemos terminado de leer esta novela. Si usted quiere saber qué es esa cosa, tendrá que hacer como lector lo que hace Vollmann como narrador: llegar hasta el final, con todas las consecuencias. Yo volvería a hacerlo.



[Relación con editorial y autor: ninguna]


[1] Cuando Laura Miller reseñó The Royal Family en 2000, dejó claro que “Vollmann is a writer of considerable talent, with an encyclopedic urge to document overheard conversations, bar-stool autobiographies, lumpen manifestoes and mad soliloquies, and an itch to tell the story of the world and its people in unprecedented ways. All three of those impulses feed into Vollmann's mammoth new novel”.